27. La otra cara de la magia negra.
(Azohr)
Humedezco la garganta. Según las indicaciones que Gandar me dio en Brenshire en días pasados, debería poder encontrar una salida directa al claro en uno de los pasillos.
Mis pies se detienen frente a la espada que gobierna el centro.
Recorro el alrededor con la mirada, la oscuridad que cubre cada galería no me deja diferenciar lo que hay al fondo de cada una.
Si quiera, el hechicero ofrece vigilia a nuestros deseos.
A duras penas consigo divisar desde el extremo a ese guardia que ha dejado tendido en el suelo.
Mi frente se eleva cuando el tiempo me azota sabio susurrando que lo pierdo. Ni siquiera sé dónde debo ir.
Mis pupilas se deslizan hacia Eladriel. Mi aliento se contiene al ver que la sangre no fluye, el veneno de las espinas ha debido comenzar a hacer efecto.
Las sella de forma natural para impedir que puedan curar a quiénes han sido pinchados con ella.
Su piel se torna pálida demasiado rápido.
Sus labios han perdido ese tono rosado después de que las grietas han robado de ellos su luz.
Me apresuro a correr hacia el pasillo que mis ojos encuentran al levantar la cabeza solo por la necesidad de ayudarla antes de que esas armaduras que suenan por la escalera, nos den alcance.
Y al final, solo hay un denso muro. Ladeo el cuello hacia una de las puertas a mi derecha.
Pestañeo una sola vez antes de obligarme a entrar ahí incluso si dentro se encuentra el propio rey de los elfos y nos descubre.
Llamo a la magia para separar la hoja. Mi respiración recupera un poco de calma al comprobar que se trata de un comedor.
Que está vacío y silencioso. Empujo la puerta con el talón y cautela de que el sonido no delate nuestra posición.
Mi concentración se vuelve urgente al hundir la punta de los dedos en Eladriel, la impulso con suavidad al contemplar la mesa amplia y despejada frente a mí.
Recuesto a la princesa con cuidado en ella.
No sé qué debería hacer. Si uso la magia y me transformo en Aelfraed, Eladriel no pasará desapercibida en este estado, el collar no funcionará en alguien inconsciente.
Solo puedo poner el colgante en mi cuello, y sentir remordimiento por aceptar que necesito las sombras sobre su mente cuando no deseo que tomen la mía.
—Lo siento, Eladriel —me inclino para apartar el pelo de su frente. La beso—. ¿Me oyes?
Busco el colgante a prisa. Lo engancho al cuello cuando todavía no puedo apartar la mirada de sus ojos cerrados.
No deseo sentirme aún más culpable. Mi respiración se vuelve tan pesada como era bajo la piel del rey de los elfos, mi vista vuelve a transformar el paisaje en borroso.
Tomo su mano para besarla mientras mi pecho se llena de aire.
—Usaré mi magia negra en ti —confieso aun con el dorso de su mano entre mis labios.
Entrelazo sus dedos con los míos para que me sienta cerca y no olvide que la sostengo.
—Servus custos magia nigrae tibi imperat ut in mente mea appareas —cierro los ojos.
Hilos negros comienzan a brotar de las marcas de los brazos.
Viajan. Recorren sus dedos serpenteando para escalar, avanzan rápido hasta los hombros.
El cuello. Desaparecen al acercarse a sus labios, entrar dentro de ella.
Sus párpados se separan al instante a pesar de que su mirada está perdida dentro de mi mente.
Rastreo entre sus pensamientos hasta llegar a la princesa Aranel.
Me aferro a su mano para que la magia me ayude a controlar sus decisiones.
—Vult esse princeps Aranel —le ordeno.
Desaparecen las heridas envenenadas que cubren el cuerpo de la princesa.
El color de su cabello deja de ser azabache y se transforma en el rubio de tonos claros que siempre lleva la princesa de los elfos.
La túnica blanca de Aranel la cubre. Su rostro está velado con las facciones de las criaturas de Rhysartyr.
Me permito soltar un suspiro de alivio, aunque solo sea por saber que no he fallado con la magia.
—Levanta —impongo con voz de señor de Rhysartyr.
La princesa obedece. Sujeta mi mano para alzarse y mantenerse en pie.
—Camina en silencio —suelto su mano después de darle un beso en una mejilla—. Confía en mí.
Ella solo asiente.
Recoloco la postura antes de abrir la puerta.
Abordamos el pasillo con aspecto de seguridad tras comprobar que la princesa sigue con la expresión serena.
Estiro el brazo para detener sus pasos al llegar al pasillo donde el guardia debería reposar, me aseguro de que sigue en la misma posición.
Muevo el mentón hacia abajo por alivio al ver que sigue postrado.
Avanzamos hacia las escaleras. La luz de las antorchas comienza a volverse tenue al paso del tiempo, el trayecto se ha ensombrecido.
Dedico miradas sobre el hombro a Eladriel, la magia aún se mantiene intacta.
Tomo su mano para ayudarla a subir los últimos escalones.
La coloco delante cuando sus piernas flaquean y la puerta a la sala de la ciudadela está a solo dos peldaños.
Separo la hoja. La hago pasar despacio al ver que todo está oscuro, no hay antorchas de guardias.
Un suave golpe me estremece. Sujeto su brazo para acercarla.
Mi mano viaja hacia la armadura de forma inconsciente sin recordar que no la poseo en el aspecto de Aelfraed.
Una sombra se mece entre las tinieblas con más oscuridad.
Se acerca. Gandar aparece sonriente con una gran bolsa al hombro.
La luz verde nos ilumina cuando su vara emite el mismo sonido que hace un instante me puso en alerta.
—Admito que debo felicitarte, teniente, has abrazado tu magia con más intensidad que de la que yo esperaba —el hechicero traza una amplia sonrisa—. Te diré que me siento orgulloso.
—Aún no hemos abandonado la ciudadela, puede que te adelantes —grito en voz baja cuando no puedo evitar que la rabia brote.
—Te subestimas —manifiesta Gandar sin temblar por semejante acusación.
—¿Eso piensas? —elevo las cejas—. Espera a salir de aquí.
—¿Podremos salir con Joralf tras esa puerta? —Gandar eleva la barbilla en uno de sus gestos subversivos.
—¡Por Beliel y su reino…! —dejo que mi voz salga por pura frustración.
—Confío en que nos librarás de él incluso si estoy convencido de que el rey de los elfos no utilizaría esa clase de expresiones —admite Gandar estirando la cara en una mueca de suficiencia.
Mi mirada se llena de ira. Mi pie derecho se adelanta cuando lo encierro entre mis párpados con firmeza.
—Deberías dar gracias a que me has encontrado con este aspecto, no sería igual de amable si no fuera Aelfraed y la vida de Eladriel dependiera de eso —mi mandíbula se tensa cuando las palabras me salen entre los dientes.
—Me hago cargo de tu enfado, teniente —acepta Gandar. Asiente de forma ligera—. Responderé por él cuando lo decidas.
—No ahora… —mi mirada gira apenas hacia la princesa.
—¿Cómo has conseguido usar la magia en ambos? —Gandar mueve la vara para acercarse.
—Yo llevo el collar que ella me entregó en el claro —admito. Me aclaro la garganta tras apartar la mirada—. Eladriel sigue las órdenes de mi magia negra.
—Fascinante… —la vara del hechicero se inclina hacia ella para observarla—. ¿Cómo era su aspecto antes de transmutar en la princesa Aranel?
—Su piel ya se había vuelto pálida —arrugo el entrecejo al contemplar su curiosidad. Como si lo que ve fuera algo digno de admirad y no de temer.
—Entonces no creo que pueda mantenerse con esta apariencia por mucho más tiempo —Gandar ni siquiera quiebra su tono de voz para admitirme tal cosa—. Está demasiado débil, su cuerpo no podrá permanecer al servicio de la magia.
—Quédate con ella —estiro su mano para que Gandar la tome—. Me desharé de ese guardia y los soldados de fuera para poder salir de aquí.
Gandar observa la mano como si fuera algo extraño.
Sus ojos me miran entornados en curiosidad.
Le respondo con urgencia por la vida de la princesa y acepta antes de que pueda suplicarle por ello.
Sujeto sus brazos. Doy un paso hacia el lado para que, aunque su mirada parezca perdida, me mire a los ojos.
—Eladriel —mi tono se vuelve promesa—. Sigue firme, princesa, vas a leer ese archivo.
Mirar a Gandar es suficiente para que asienta.
Abro la puerta acuciado por el tiempo que sé que no tengo, sacudo el cuello entre los estantes en busca de Joralf.
Clamo a mi propia vida al verlo cerca de la entrada y no de la sala de la que he salido.
Se gira en cuánto escucha mis pasos, se entrega en una reverencia al verme aparecer frente a él.
Dibujo una amable sonrisa según llego a su lado.
Le hago un gesto con la mano para que se levante, cualquier día se quedará en esta posición.
—Joralf —abro los brazos al llegar frente a él como hace el rey con los que son cercanos.
—Majestad —asiente Joralf.
—Visité a la princesa Eladriel y conversé con ella por largo rato —sujeto las manos a la espalda mientras me balanceo sutilmente sobre los pies—. Cuéntame, ¿cómo se encuentra mi querida Aranel?
—Permanece en compañía del nuevo criado personal tal y como ordenasteis —afirma sin pestañear—. También el condestable Aendyl acudió.
—¿El condestable se encuentra con ella? —arqueo una ceja.
—El señor Aendyl no permanecerá demasiado tiempo —Joralf baja la mirada.
—Aprovecha su visita para que la guardia haga un recorrido por los alrededores —asiento—. Los enemigos no usarán esta entrada para acceder ni huirán por aquí si ya están dentro.
—Vuestras órdenes siempre son sabias, majestad —Joralf me dedica una reverencia.
Me mantengo cauto mientras se aleja. Analizante.
Mi paciencia parece que quiere quebrarse cuando mantiene la puerta abierta al hablar con los guardias centinelas.
Mis manos se unen a la espalda para controlar el movimiento.
Finalmente me dedica una reverencia. Tomo carrera en busca de la sala apenas el soldado golpea la lanza contra el suelo para llevarse sus pasos.
Separo la hoja a prisa. Algunos de los papeles que dejaron sobre las mesas cercanas salen en estampida.
Gandar coloca su cuerpo ante el de la princesa.
Su daga apunta al frente con la misma firmeza, con la que dibuja una sonrisa de vanagloria que recibo con dicha.
—Esperemos un par de minutos para salir —me acerco a ellos a prisa—. ¿Cómo sigue?
—No conseguirá abandonar este lugar con esa apariencia —Gandar se aparta para ofrecerme una visión de ella.