Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio. #7
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26. La condena del silencio. #7

—Porque tú ya velas las mías —su mirada sonríe.

Eladriel da un paso a la izquierda. Prepara la daga y apunta al frente antes de estirar una sonrisa de firmeza que me sacude las emociones.

Su mano se une a la mía. No puedo salir de este cuarto sin saber qué busca, Gandar me preguntará.

Si consigue acceder y descubre que olvidé preguntarle el nombre del archivo a la princesa, querrá vengarse.

Y no podré negarme a ello, habría perdido a su fénix por nada.

—Solo porque la curiosidad de saber por qué nos arriesgamos me obliga —ladeo el cuello hasta que la veo con claridad—. ¿Qué es lo que buscamos ahí dentro?

—Un archivo que hable sobre la creación de los ángeles —asiente Eladriel antes de colocarse frente a la puerta.

Con lentitud, separo la hoja del marco. Aguzo el oído tras la puerta. Eladriel confirma. No parece haber rastro de armaduras pesadas ni golpes de lanzas amenazantes contra el suelo.

—Espera. No podremos llevar la antorcha —la princesa sacude la cabeza antes de que la puerta se haya abierto del todo.

—¿Sabes dónde se encuentra esa sala? —asomo la cabeza para calcular los recorridos posibles sin luz.

—Aranel mencionó el segundo pasillo —se arrima al marco. Su mano se apoya en él para contemplar el exterior.

Como si eso fuera suficiente para ser cierto… Recojo la antorcha de la pared. Piso la punta después de dejarla en el suelo para apagarla.

—Cruzaremos enfrente, usaremos el muro como guía —la señalo en un movimiento de pupilas—. No la deslices sin más, hay armaduras y espadas que podrían caerse.

—Tal vez, podría proyectar una pequeña llama de luz —propone la princesa.

—Mientras más penumbra nos rodee, más seguros estaremos —aprieto los labios para pensar—. Sería mejor esperar a estar en la puerta de esos archivos para utilizarla.

—Yo iré delante —Eladriel estira la pierna con seguridad para iniciar el paso.

—Creo que no —tiro de su brazo para detenerla.

—Iré delante porque eso es lo más inteligente —sus cejas se elevan con fastidio—. Yo no resulto sospechosa. Además, soy más pequeña, vigilo con más sigilo que tú.

Estoy demasiado preocupado por ella, es mucho más arrojada e inteligente que yo.

—Bien —acepto en una sonrisa. —De nuevo, solo espero a que des la orden.

Eladriel dibuja media sonrisa. Se detiene ante mí un segundo para dedicarme una caricia suave en la cara.

Me mantengo todavía en el deseo de besarla cuando ella ya se adapta a las piedras que conforman la pared.

Avanza despacio. Su concentración se ha fijado en su abdomen, no se agita por su respiración.

Sus manos se deslizan con suavidad por la superficie rugosa, casi como si quisiera acariciarla para avisar de su llegada.

Me dejo llevar por esa confianza que dice sentir en mí para solo observarla a ella.

Sus ojos me buscan entre el velo oscuro, pero solo continúa al ver que mis movimientos son precisos como los suyos.

El ritmo de avance es prudente, pero nunca se detiene.

Analizo los detalles de la armadura al estar cerca, me agacho para sortear los adornos que conforman las paredes.

La princesa se queda inmóvil en el borde de la pared.

Me lanza una mirada rápida tras inclinar la cabeza antes de doblarse y desaparecer.

Parpadeo en la oscuridad. Trato de encontrar un resquicio de su sombra cuando una luz emerge del pasillo a mis espaldas por una pequeña fracción de segundo.

Dedico una mirada sobre el hombro. Observo la escalera para asegurarme de que no suenan guardias antes de tomar ese camino.

Un nuevo fogonazo ilumina el pasillo para guiarme según uno las manos a la pared.

Veo como la luz se desprende de las manos de Eladriel.

Su mirada se enciende cuando estamos a pocos pasos.

El brillo desaparece de improviso mientras avanzo.

Mis pasos vuelven a ser lentos. Cortos. Me detengo al sentir una mano sobre mi brazo que, como en el claro del bosque, no me hace desconfiar.

—Es aquí —advierte Eladriel bajo la oscuridad.

—Es el momento de hacer luz —le sugiero.

Una llamarada abraza su mano arqueada. Las sombras que ocultan algunas de sus facciones alimentan ahora lo más bello de toda su esencia física.

Su rostro. Sus ojos y sonrisa. Alumbra la puerta después de que su brazo haya hecho un pequeño movimiento hacia una cerradura que parece dañada.

Al revés. Gandar dijo que no necesita llave, pero se equivocó.

Mi entrecejo se arruga al ver como la princesa intenta encajar la llave, mi aliento se contiene mientras la mueve a la derecha.

—Debería funcionar, tenemos la llave —Eladriel inclina la cabeza hacia atrás para analizar el resto de la puerta cuando comprueba que no funciona.

—Puede que no sea la manera correcta de entrar —recuerdo las palabras de Gandar con más fuerza que nunca.

—No es posible, Aranel dijo que se accedía con ella —su mirada se llena de ira. Su cuello se tuerce para mostrármela.

—No fue sincera contigo —declaro sin titubeos—. Quizás, nunca lo haya sido.

—No es posible —la princesa se repite en sus pensamientos.

—Encontraremos la manera de entrar —mi mano sujeta su cintura para que se aparte—. Lo prometo.

—No —niega. Su voz nace con una determinación inquebrantable—. No me iré de aquí sin ese archivo.

Eladriel comienza un forcejeo con la llave.

Su frustración la obliga a girarla a todas las direcciones.

La saca. La voltea para introducirla de vuelta, y a pesar de que puede hacerlo, tampoco sirve para desbloquear la puerta.

Sus ojos se llenan de lágrimas que me condenan.

Su obstinación mientras intenta mover el pomo me parece admirable y sumamente dañina.

Esto nos hará perder el doble de tiempo del que teníamos.

Limpia sus lágrimas con la mano. Toma aire y vuelve a intentarlo.

Golpea el pomo con tanta fuerza, que logra insertarse en la hoja.

Un solo quejido sale de su boca antes de que los marcos se conviertan en gruesas ramas llenas de afiladas espinas que la rodean.

Toman su mano, su brazo, y se hacen con ella.

Su poder se desvanece antes de que pueda desenvainar la espada.

Ni siquiera puedo utilizarla si deseo preservar su seguridad en la oscuridad y no herirla.

No hay rugidos. No hay segundos que pueda contar para conocer cuánto tiempo ha pasado.

El silencio conquista el pasillo para aliarse con la desesperación.

Dejo caer mis rodillas al suelo. Me parece un mundo si no hay indicios de la princesa bajo mis manos, incluso si las muevo con la necesidad de dejar salir mis miedos.

Tanteo las rocas, los cantos de las piedras, la tierra de años…

El frío de los cimientos se vuelve cálido cuando su cuerpo roza mis dedos.

Dejo que su nuca descanse sobre mi pecho al encontrarla, trato de hallar vida en su cuello según mi respiración sale para dársela.

Beso su mano mojada de lo que la hizo caer.

Susurro su nombre cerca anhelando que sus labios se separen para decir el mío.

Un destello verdoso al fondo me ofrece la visión de sus ropas manchadas.

—Azohr —enuncia Gandar. Agita su vara en el extremo del pasillo.

—¿Hai? —alzo la mirada hacia él.

—Está preparado —asiente el hechicero. Se dobla al ver el cuerpo de Eladriel inconsciente—. Aún debe respirar…

—Con debilidad —mis ojos se llenan de angustia. Bajo la mirada hacia la sangre fina que brota de los pinchazos.

—Tienes que llevártela de inmediato, el camino a los lagos de Avka es de, al menos, una hora —Gandar no oculta su preocupación al asestarme una mirada autoritaria—. ¿Y la llave?

—Está en la cerradura —me impulso con la pierna mientras alzo a Eladriel entre los brazos—. El archivo que debes buscar es el de la creación de los ángeles. No te vayas sin él.

—Lo haré —afirma sin vacilar ni un segundo

—¿Cómo podrás ir a la cabaña? —doy un paso hacia él. Mi voz clama por su presencia—. Te necesito, Gandar. Por favor.

—El príncipe Ebhan espera por mí —Gandar utiliza la empuñadura iluminada de la vara para analizar a la princesa—. Vete ya.

—¿Por qué se lo has contado? —mis pestañeos ahora cargan decepción—. Él no sabía nada sobre mi magia negra.

—Esta es la única forma de afrontar la verdad, teniente —aparta la mirada sin darle ninguna importancia a su traición.

Mi alma vibra por la princesa en este momento para que la ira me abandone.

Si ella muere, no importa que magia tenga o quién lo haya descubierto, yo perdería la cabeza.

Antes podía renunciar a ella, pero haber estado cerca es peor de lo que podría haber imaginado.

Ahora preferiría ser mi padre. En el peor de los casos murió, pero yo sobreviviré para ver cómo se aleja y mata mi vida.