26. La condena del silencio. #6
Veo como la armadura se transforma sin incidentes en la blanca túnica que siempre porta Aelfraed, inmaculada y sin una arruga.
Toco los pliegues que ahora constituyen figuras de edad en mi rostro.
Sentirme así me desagrada. Es la imagen que en pocos años podré ofrecerle a Eladriel.
Abordo la ciudadela. Los guardias que vigilan las puertas se inclinan cuando poso el pie sobre el primer escalón.
Mantienen la curvatura de la espalda según accedo al interior.
Ha sido tan sencillo, que apenas me resulta creíble.
Justo al escuchar el rugido de las puertas cerrándose a mis espaldas es cuando comprendo que no es a mí a quien ha recibido, sino a su rey.
Que la magia decidió prestarme su servicio.
Todo está tan oscuro como la otra vez, pero no hay luz de la princesa que me sirva de guía.
Consigo llegar a la sala que me enseñó buscando a tientas por la pared hasta encontrar la cuerda que colgaba de la cortina, tomo la llave del manojo que Aelfraed siempre lleva.
La estantería se eleva dándome el espacio justo para abrir la cerradura.
Tras un discreto chasquido, la hoja se abre.
Tomo la antorcha que ilumina los primeros escalones para llevarla conmigo.
Mis pasos se vuelven poco ágiles. Recibo las armaduras, la espada del centro, la oscuridad entre los pasillos tal y como lo encontré la última vez…
Es escalofriante, hermoso. Como si no pudieras ver nada, pero te mostrasen lo que necesitas.
—¿Mi señor? —una voz severa y llena de intriga me sorprende a mis espaldas.
Mis pasos se detienen. Mis párpados se estiran antes de que pueda controlar mi expresión.
Me humedezco los labios, me aclaro la garganta para voltear con seguridad.
No debo dejar que nada de lo que yo haría se muestre, una sola palabra diferente al rey podría delatarme.
Como, por ejemplo, no conocer de nada al guardia que se postra frente a mí.
—Dime, muchacho —mi tono sale calmado.
Coloco la antorcha en medio para poder verlo con claridad.
—El guardia asignado a la princesa me envió al pasillo al escuchar pasos —confiesa.
—Acerquémonos —asiento. Ofrezco espacio para que me guíe—. Deseo visitar a mi hija.
—Su majestad, pero… —eleva la frente con urgencia a mi orden—. No se encuentra en compañía de la princesa Aranel.
—¿Cómo así? —despacio, mi cuello se tuerce. Le dedico una mirada de medio lado con el ceño inconforme—. Las normas de mi palacio son claras. Un guardia se mantendrá en su compañía en todo momento.
—Disculpad, mi señor —aparta la mirada—. Fue una orden directa de la princesa.
—Llévame hasta Joralf de inmediato, parece que tendremos que dar nuevas órdenes —la autoridad se hace dueña se mi tono.
El guardia golpea su lanza. Bordea la espada majestuosa del centro para guiarme hacia el tercer pasillo.
Debo esforzarme en no sonreír. La figura recta de Joralf se dobla al ver mi silueta reflejada en el suelo.
Solo recoloca la postura en el momento en el que mis pies se detienen frente a sus ojos, y sacudo los dedos para indicarlo. Y aun así, apenas me mira.
—Mi señor —enuncia Joralf.
—¿Cuál es el motivo de tu presencia en este lugar? —elevo la frente sin consideración—. ¿Acaso tu trabajo no es prestar protección a mi hija?
—Su alteza, la princesa, me ordenó que permaneciese al lado de la hija del rey de las hadas —confiesa según su mirada se vuelve más lejana.
—Debisteis designar a otro guardia para su encargo —mi tono de molestia acompaña a mi semblante—. ¿Cuál es el motivo de proteger a la princesa de las hadas en esta ocasión tras el rechazo de la anterior? ¿Sucede algo con mi querido amigo Eliot?
—Su majestad solo deseaba asegurarse de que la estancia de la princesa en la ciudadela fuese confortable y segura —Joralf se inclina.
—¿Te fijaste, al menos, si estaba en compañía del condestable? —doy un paso al frente que suena a reproche.
—No, mi señor —acepta Joralf con temblequeo.
—¿Sola? —arqueo una ceja con la calma del rey elfo—. ¿Habéis dejado a mi princesa sola?
—Pero, mi señor… —vacila el guardia.
—Busca un criado que se mantenga con ella si debes vigilar la puerta de la princesa hada —la sombra de mis ojos apoya mis palabras—. Después, podrás volver a cumplir con la orden de mi hija.
—¿Y…? —Joralf se aclara la garganta. Sus ojos suben, pero solo hasta la túnica a la altura del pecho—. ¿Y la princesa?
—Yo estaré con ella —sentencio.
—Su majestad —Joralf golpea la lanza contra el suelo.
Su espalda arqueada frente a mí, su autoridad, me recuerda a la princesa Aranel. Sus palabras en el claro. Entrecierro los ojos al mirarlo desafiante.
—¿Desde cuándo permites que la princesa se quede a solas? —pregunto a Joralf a pesar de que veo como sus pasos detenidos oscilan por ello.
Espero en silencio a que pueda darme una respuesta, pero si fuese el verdadero Aelfraed, ya sabría que no sirve para nada. Su lealtad hacia ella parece firme.
—A partir de ahora me confiarás cualquiera de las decisiones de la princesa —sonrío de forma sosegada—. Ni ella debe saber mis órdenes, ni esto puede suceder de nuevo.
—Despreocúpese, mi señor —asegura Joralf—. No volveré a dejar a la princesa sin vigilancia.
Volteo para dirigirme al guardia que me encontró bajo las escaleras.
—En cuanto a ti… —elevo la frente al mirarlo—. Encárgate de la vigilancia de mi hija hasta el regreso de Joralf. Tiene prohibido abandonar su cuarto hasta que el criado nuevo llegue.
—Como deseéis, mi majestad —se inclina el guardia.
—Si como Joralf tomas sus órdenes como las del trono, os daré castigo —le advierto para que no tema por ella, sino por mí.
Joralf se inclina. El guardia me dedica una reverencia antes de marchar.
Me mantengo en silencio hasta que el sonido de las armaduras deja se escucharse rebotar por los escalones.
Dirijo una mirada hacia el antorchero del muro al lado de la puerta.
Desdoblo el brazo para colocar la antorcha mientras aparto la magia de mis pensamientos, dejar de percibirla para volver a mi aspecto.
Hasta la respiración se siente pesada bajo esta piel.
Estiro la espalda cuando las canas del rey desaparecen, el pelo se acorta hasta despejarme la nuca, y las arrugas se desvanecen.
Suelto el aire desde lo hondo del pecho para llamar a la puerta. Alzo el puño.
Eladriel aparece tras la hoja con gesto apresurado justo cuando mis nudillos estaban por impactar con ella.
Casi no he tenido tiempo de ver sus ojos pestañear cuando sujeta mi armadura para hacerme entrar y cerrar la puerta.
Voltea. Apoya en ella sus brazos. Mi comisura izquierda se eleva al ver como su gesto se vuelve invencible, su mirada podría impedir que cualquiera que nos hubiese descubierto se atreviese a entrar. Sonríe. Eso es suficiente para mí.
—¿Hai nos espera? —pregunta Eladriel impulsándose.
Se acerca al escritorio con la misma urgencia con la que me hizo entrar. Recoge la bolsa que la otra vez traía sobre su hombro para colgarla de él.
—Sí —afirmo tras seguir sus pasos con la misma convicción que si fuera cierto.
—Si nos marchamos ahora, Joralf nunca descubrirá que salí del cuarto —la princesa me muestra la llave con una sonrisa de satisfacción.
—Solo espero a que des la orden, princesa —mis labios también dibujan una sonrisa, aunque no tiene nada de agrado.
Toda prisa parece haberse desvanecido de ella. Ni siquiera se ha atrevido a dar un paso después de que le haya hecho saber que estoy dispuesto a continuar. Tenso la frente. Eladriel solo me observa.
—Antes de abandonar el cuarto, desearía poder decirte algo —la expresión tierna en el rostro de la princesa es lo única que hace que mi respiración no se precipite.
Asiento. Quiero que mi voz salga para afirmarle que escucharía hasta sus renuncias si es lo que desea. Y sin embargo, ella no es leal a mí. No me obedece.
—Puedes irte —anuncia Eladriel. Al final conseguirá que mi respiración se acelere—. No me gustaría que algo malo sucediese sin haberte dado la oportunidad de elegir.
—Princesa… —carraspeo para obligarme a no callar.
—No habrá represalias —asiente con efusividad—. Puedes renunciar a todo esto ahora, y te doy mi palabra de que jamás juzgaré tu decisión. Nada cambiará entre nosotros.
—Sé que no es el lugar más seguro donde puedo estar contigo —sonrío. Sus ojos me hacen renunciar a la distancia—. Pero elegiría cualquier rincón donde estuvieras tú por muy oscuro que fuese.
—Nunca te agradecí que confiases en mí —susurra antes de apoyarse sobre la punta de sus pies para besarme—. Tú me viste. Gracias por verme.
—No —niego—. No quiero que lo hagas.
—Tú ves algo en mí que nadie más salvo yo pudo ver. Jamás. Ni siquiera Twig —Eladriel me mira. Sus ojos se centran en los míos—. He descubierto que eso es lo que me hace amarte.
Contengo el dolor entre los párpados cuando su abrazo me envuelve.
Mis brazos le responden al instante sin esfuerzo solo por el hecho de sentirla viva.
Sus palabras suenan a despedida sin que sea consciente de que lo será.
Por primera vez, no siento que su tacto me calma.
Mis sombras se enredan con fiereza. Estar a su lado ya no hace que mi pecho se alivie, tiembla por lo que callo y todo lo que abarcará.
Hundo la barbilla entre sus cabellos antes de que se aparte. Ojalá el tiempo se parase fuera de esta estancia. No quiero que se marche, y me urge alejarla para aliviar el peso de la deslealtad hacia ella. Quema más que el fuego del colgante en mi piel.
—Supongo que eso fue lo que me hizo amarte al verte en Brenshire —Mi nuez sube con torpeza. Me he vuelto incapaz de mirarla—. Pero cuando me miraste sobre el puente…
Yo también necesito despedirme de ella. Por si después de lo que suceda, la deslealtad la quema también.
—Sé que esa mirada siempre me hará amarte —sello los labios.
—Te prometo que resistiré solo por descubrir todo lo que te hace amarme —Eladriel sonríe con firmeza.
—Entonces espero que mis oscuridades también te hagan sentir amada —aparto la mirada a sus pupilas expandidas.
—Las velaré con la luz de mi poder hasta que se vuelvan claras —su mano se coloca firme sobre mi rostro. Me hace mirar ese brillo en los ojos—. Podrás verte tan claro, como yo te veo a ti, teniente.
—Tú pareces saber hacerlo sola —suspiro.