Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio. #5
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26. La condena del silencio. #5

—Yo tengo la llave y puedo acceder a la ciudadela —declara Eladriel con una mirada de redición—. Puedes permanecer aquí, pero debo llevarme el colgante para poder salir —me muestra su mano pidiendo el collar.

—No usarás esto —cierro el puño para contener el colgante—. Yo usaré la magia negra —este es el único momento en el que soy tan sincero con ella como espera, y ni siquiera sabe a qué me refiero.

—Confía en mí, teniente —la princesa se acerca. Acaricia mi mejilla mientras me besa. —Siento que después de que salgamos de aquí, encontraremos la paz que llevamos tiempo anhelando.

—Cuando tú no podías recordarme yo ya confiaba en ti —le aseguro, besando sus labios antes de que los aleje de mis temores.

—Te esperaré —sonríe la princesa—. Gandar —asiente hacia el hechicero.

Ante la reverencia del hechicero, Eladriel despliega las alas y se lanza al vacío del cielo con un salto determinante.

Cuando se pierde, cuando no puede ser consciente de mi tristeza, descargo la angustia en el suelo.

Abro el puño para observar el collar. Sería tan sencillo fingir que mi magia se mezcla con la que contiene la perla, confesarle que eso me dio el poder para salvarla del veneno de los archivos…

Pero Gandar me observa. Sé lo que dirá. Sé lo que yo me diré.

Admito que tenía razón al asegurar que estaba preparado, porque en otras circunstancias no habría dudado en hacerlo y ahora siento culpa solo al pensarlo.

—Teniente Bradosck —me reclama Gandar con ojos acusadores—. ¿Eres consciente del problema que tenemos?

—Lo soy —asiento. Cierro el puño para guardar el collar bajo mi armadura—. Habrá que recurrir a uno de los espías de Ebhan dentro de Eigton para que nos preste ayuda.

—Esa opción no es confiable —niega el hechicero. Golpea mi pierna con la vara—. Recuerda que lo que se encuentra en esos archivos es muy preciado.

—¿Prefieres enviar al espía a distraer al rey? —me cruzo de brazos cuando el sarcasmo se adueña de mi expresión—. Su falta de protocolo lo delataría en segundos.

—Entonces, enviemos al espía con una noticia que haga salir al rey de palacio —afirma Gandar. Hunde la punta de su bastón en el suelo—. No puedo cambiar lo que vi, Azohr, yo debo entrar a esos archivos.

—¿Por qué? —su angustia por acceder es tan parecida a la de Eladriel…

—Porque no sé qué sucedería con el resto del destino de la visión si alterase lo que sucede en ella —su frente cae abatida—. Debo coger lo que Eladriel desea y el resto de los objetos tal y como se mostró.

—¿Y qué haremos si decide enviar a sus guardias en vez de ir él? —elevo las cejas con algo de burla—. ¿Qué nos maten no cambia tu visión?

—No lo hará —sonríe el hechicero—. Dudo que no quiera investigar quién se atreve a atacar a su más leal amigo, Ealion.

—Vamos, viejo confiado, es el rey de los elfos —pongo los ojos en blanco para refutar su firme convicción—. Su seguridad será lo primero en lo que piense si oye la palabra ataque.

—Ealion se ha convertido en algo más que un amigo desde la partida de la reina Aerendyl —afirma el hechicero acercándose en un par de pasos—. Necesitará al sabio para guiar a la princesa cuando parta a las islas de Aeranthos.

—Pero Ealion no fue atacado —le recuerdo—. Cuando el rey llegue y descubra que la torre de la sabiduría sigue intacta, regresará de inmediato para apresar al espía de Ebhan —estiro el índice en su dirección—. Si llega a mencionarnos, Aranel no dudará en confirmar sus palabras.

—La torre de la sabiduría será atacada —Gandar zanja la conversación con una declaración que no da espacio a réplicas.

El puño de Gandar se eleva hacia el cielo.

En cuestión de segundos, su fénix sobrevuela el claro para descender en espiral a nuestro lado.

Neche sacude el cuello despacio, suelta un graznido cuando siente como una mano amiga se posa sobre el plumaje que recorre su piel translúcida por las veces que resurgió del fuego.

Acerca su rostro hasta sentir la cercanía del aliento del hechicero sobre ella.

—Mi querida Neche, te necesito una última vez —confiesa Gandar con un tono cariñoso que pocas veces escuché—. Busca a Ifendi y Reina, que vuestro fuego arda por las praderas de la torre de la sabiduría.

—No tienes permiso para ello —declino la orden de Gandar con mi voz autoritaria de teniente—. Tu orden obliga a la ley de Néferien a liberarlos si descubren el ataque.

—Debemos ser cuidadosos si queremos asegurarnos de que puedas marcharte con la princesa cuando llegue el momento —Gandar me dedica una mirada de conformidad. Triste—. Así lo ha decidido el destino, ya me convencí de ello.

—No tienes que hacerlo —la tensión en mi cuello me hace rogar según me acerco—. No te pertenece.

—Es una pena que si mueres, mi magia desaparezca contigo —me espeta una mirada evocadora. Insistente—. Hice un pacto por ella, ¿recuerdas?

—Dijiste que debías protegerme por mi magia negra —sentencio con la voz entrecortada que causa el remordimiento.

—Y eso me ha traído hasta aquí —aprieta los labios—. Usaste la magia negra para duplicar la llave de los archivos, y eso unió tu poder al hado de la princesa.

El hechicero golpea el lomo de su fénix en un par de ocasiones con ternura.

—Vamos pequeña —musita Gandar—. Después de que cumplas esta orden, serás libre.

La fénix se acerca hasta envolverlo. Se funden en un abrazo mientras Gandar sostiene sus plumas con fuerza cuando sus lágrimas comienzan a brotar.

Aparto la mirada no por su intimidad, sino por la culpa que me hace desear darle sus últimos momentos a solas.

Neche abre sus alas por completo. Hunde su pico en el suelo ante él.

Las garras se clavan en la tierra, la hierba de alrededor de sus patas brota en un tumulto amarronado formado por gránulos de piedra de barro blando que sale disparado cuando asciende en un impulso…

Gandar lo observa con lágrimas en sus ojos, se inclina con pesar hacia delante.

Su pena se apoya en su vara. Degluto el remordimiento con decisión y me aproximo con cuidado.

Sonriente. Bajo la mirada en silencio para compartir con él su tristeza.

Permanezco aquí hasta que sus lágrimas terminan de encontrar consuelo en el lugar donde tuvo que renunciar a la única criatura que permaneció a su lado desde que era niño.

Al menos, su libertad es real. Jamás podrá volver a ser montado ni obedecer órdenes.

—Lo siento, Gandar —musito casi sin abrir los labios—. Lo siento mucho.

—Dos cosas buenas surgen de este incidente, mi querido Azohr —asiente Gandar. Su mirada se cuela con ligereza sobre su hombro—. Tu vida y tu libertad.

—Aunque me consuela escucharte, mis disculpas son sinceras —enarco una mirada de súplica para que las acepte.

—Por años traté de que fueras libre como Neche lo es ahora, pero de la manera en la que el corazón y la mente lo desea —el hechicero me señala tres veces con su dedo acusador—. Si hoy lo consigues, cualquier sacrificio habrá merecido la pena.

—Después de esto habrás cumplido tu promesa —asiento con una convicción inquebrantable—. También encontrarás la libertad.

—Mi lealtad seguirá intacta —me dedica una afectuosa sonrisa—. El cariño que profeso hacia ti proviene de tiempo antes de que tu magia brotara. Tu padre, Draegor y yo, fuimos buenos amigos.

—Os protegisteis como yo protejo a Eladriel, hasta la muerte —elevo las cejas con ironía.

—Yo aprendí de sus errores, por eso liberé a Neche —el hechicero esgrime una advertencia—. Espero que tú también puedas hacerlo.

Asiento en silencio. Yo sé qué clase de errores son esos. La lealtad que mi padre le ofrecía a Draegor le impidió amarme a mí, huir, y eso los perdió.

—Te espero dentro de la ciudadela —golpeo su espalda con suavidad—. Aún no sé cómo lograrás acceder sin ser visto, pero… Te espero.

—Cuando el espía sepa que debe hacer, me reuniré contigo en la puerta de los archivos —asesta. Alza el brazo para llamar mi atención—. Protege tu cabeza, es el único sitio donde tu magia sanadora funciona con dificultad.

Elevo el puño para captar la atención de Hai, que descienda. Su gran figura aparece presta. Su sombra se vuelve aún más oscura a estas horas.

—Lleva a Gandar a la casa de Ejhé —ordeno a Hai—. No lo abandones si la cosa se complica.

—No puedo abandonar mi puesto aquí —grazna el fénix—. ¿Cómo te avisaría si algo sucediese?

—Neche ya no podrá protegerlo —aparto la vista hacia Gandar según me alejo de Hai—. No regresarás hasta que no esté a salvo. Vas a seguir sus órdenes.

—Azohr —Hai sacude el cuello.

La expresión de Gandar, de confusión, es suficiente para comprender que es la mejor decisión posible.

—Ordené a Hai llevarte a casa del soldado Ejhé. Le di instrucciones de permanecer contigo —asiento con labios rectos y el rostro lleno de respeto.

—Si te descubren, Hai no estará aquí —me alerta Gandar con cejas juntas.

—Sé que volverás a tiempo —trago saliva. Me convenzo de que quiero saberlo con fuerzas—. Tienes que entrar en esos archivos.

Coloco la mano sobre la empuñadura de la espada para cruzar el claro.

Me obligo a mantener la lengua quieta para poder continuar avanzando sin retirar mi ofrecimiento.

Esta es la única orden que Hai llevará a cabo, hasta que nos reencontremos solo seguirá las indicaciones del hechicero.

Sé que Gandar lo necesita más que yo. O no.

Pero me siento incapaz de elegir entre sus vidas.

Eladriel estará en mis manos, tendrá la oportunidad de recibir mi ayuda, pero no podré estar para él si me necesita.

No podría renunciar a ninguno de ellos, y sin embargo, tengo la sensación de que, de manera inevitable, ambos desaparecerán.

Me concentro en el suelo bajo la oscuridad de la luna, en las arrugas que comienzan a surcar mis manos cuando intento transmutar en el rey de los elfos.

Fracaso de nuevo tras cuatro intentos. Conozco cómo funciona el temblor que provocan los nervios en el estómago, son ellos los que me traicionan si trato de respirar para calmarlos.

Intento atraer el poder una vez más. No abandono la idea de usar el colgante si por desgracia la magia negra decide no aceptar mi llamado hoy, pero eso no podrá ofrecerme el poder de salvar a la princesa.

Pestañeo cuando mi vista se vuelve cansada.