Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio. #4
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26. La condena del silencio. #4

—Tu ambición me parece desmesurada en cualquier ámbito, hasta en el dormitorio —ríe Eladriel. Su ironía le obliga a soltar los brazos.

—Te arrepentirás si tomas mis palabras como un juego —la frente de la princesa elfa se inclina hacia delante—. El único motivo por el que guardo silencio sobre lo que sé, es porque de lo contrario, no podría conseguir mis objetivos.

—¿Qué te hace pensar que tus objetivos tienen importancia para mí? —la frente de Eladriel se eleva. Su tono se vuelve autoritario.

—La soberbia es un pecado que nuestros dioses castigan —sonríe Aranel.

—También la ira —asesta Eladriel—. No desconozco que te mueve la venganza, aunque te advierto que no soy un enemigo tan fácil como piensas.

—No subestimo tu valentía —la princesa elfa me mira sonriente—. Viniste con el teniente después de todo lo ocurrido —sus cejas se alzan imperativas—. Pero tú no deberías subestimar mi inteligencia.

—¿Valentía? No deberías confiar solo en el don que posees —le advierte Eladriel sin que su pulso tiemble ni un poco—. Tú no has vivido con mi padre.

—Fueron los dioses quienes me concedieron el don de la sabiduría —las pupilas de Aranel destellan orgullo.

—Cuando el rey Eliot es quien te dio la vida, la supervivencia te obliga a usar la inteligencia como un arma. Las amenazas comienzan a perder significado —cada palabra que Eladriel dice me hace admirarla más.

—¿Te atreverás a menospreciar mis capacidades? —Aranel se tensa. Hasta su vista se mantiene tiesa.

—Jamás menospreciaría a otra raza —Eladriel agudiza la mirada. Sus ojos se entrecierran por un momento—. Tu sabiduría nace del amor, te abraza con calidez, pero la mía… Protege de una forma indomable porque nace del rechazo.

—¿Acaso crees que es amor lo que se respira en Eigton? —la princesa elfa ríe sin ocultar cómo se burla de lo que yo estoy completamente seguro—. Estás confundida si piensas que solo tú has sufrido daño.

—Tú nunca aprendiste a esconder la verdad tras razonamientos. No engañaste al miedo con artes —sostiene Eladriel con el tono contenido.

Tiene razón. Cuando se sobrevive por inteligencia, no lo haces porque puedas sentir, sino porque te ha permitido ver más allá del sufrimiento. Es una rendición a la tortura, sí, pero también una condena. Por eso Aranel nunca podría comprender a qué se refiere.

—No necesito un padre cruel para destruir enemigos —Aranel me dedica una mirada rápida—. Esta noche mis guardias estarán apostados en todos los puntos que rodean la ciudadela. Serás escoltada por Joralf en cada momento si decides entrar.

—Será un placer poder conversar con tu guardia privado por algunas horas —Eladriel asiente. Ni siquiera levanta una objeción.

—Está advertido de tus encuentros con el teniente —Aranel estira los labios en una mueca de molestia.

—Quizás a él le resulte interesante conocer a lo que se dedica su princesa cuando le ordena distraer la atención del resto, incluso de su prometido —Eladriel inclina la cabeza hacia un lado—. Debería descubrir el motivo por el que cortarán su cabeza.

—Solo necesito que Azohr se acerque a la ciudadela para capturarlo —la princesa elfa eleva las cejas—. Os entregaría juntos, por supuesto. Podrías considerarlo mi pago por tu ayuda.

—Dile a Joralf que me espere en la puerta de la ciudadela en diez minutos —le ordena Eladriel sujetando sus manos al frente. Sus rodillas se doblan en una reverencia.

Aranel asiente. Sonríe. Sus ojos se dirigen hacia Gandar al percibir como su espalda se dobla en una reverencia de despedida que consigue ampliar la curva alegre de su cara.

Sus pupilas se detienen sobre mí. Arquea una ceja, sus labios se estiran en una expresión de desprecio al ver que no hay inclinaciones de mi parte.

Ni siquiera, si en su mirada puedo ver como bramaría en busca de guardias que me apresasen por romper su ego.

—¿Olvidaste que tienes delante a una princesa? —me reclama Aranel tras dar dos pasos hacia nosotros con puños cerrados.

—Puede que llevéis una corona que obligue a que se inclinen ante vos, pero no es la palabra princesa la que os dedicaría en este momento —me muerdo la lengua para evitar comentarios que perjudiquen a Eladriel

—Sería una pena que las buenas relaciones entre nosotros se terminasen, teniente Bradosck —asiente Aranel con una mueca de pena fingida.

—¿Os referís al hecho de que vuestro padre traicionara a mi reino y el de los enanos para aliarse con el rey de las hadas? —el sarcasmo me hace arrugar la frente—. ¿O a cuando me amenazáis con apresarme por acercarme a la ciudadela?

—Azohr Bradosck —enuncia la princesa elfa en un solo golpe de voz—. No nos movemos entre seseras con poca materia, eso es profundamente agradable para mí…

—Apenas puedo daros la razón —carraspeo.

—Por eso creo… —Aranel toma aire—, que debes acogerte a tu propio juicio y entender las consecuencias de tus acciones —sonríe—. Antes de que sea demasiado tarde, claro.

—Comprendo las consecuencias de mis acciones, por eso me mantengo firme en ellas —sonrío—. Pero si me permitís el honor de ofreceros un consejo, marchad antes de que pierda el juicio y la compostura.

—¿Pones a prueba mi paciencia? —Aranel me analiza. Su nariz se arruga.

—Si el motivo de vuestro enfado es que no os reverencié, os ofrezco mis disculpas —le espeto sin pestañear—. Pero este siervo no les dedica reverencias a sus enemigos.

—Te atreves a faltarme el respeto estando en mis tierras —las fosas nasales de la princesa elfa se abren. Sus puños se fechan con fuerza—. Podría…

—Princesa Aranel —Eladriel da un paso a la derecha que la sitúa justo delante de mí. Le dedica una reverencia—. La conversación terminó.

—Tú y yo no será la última vez que hablemos —Aranel tuerce el cuello hacia Eladriel con mirada gris.

En el silencio, la princesa nos dedica una mirada poco cariñosa de despedida a cada uno.

Puedo escuchar desde aquí como su rabia regurgita en su interior tras haberla tragado.

Se aleja en pasos que parecen imperturbables.

En poco menos de dos minutos, no queda rastro de ella en ninguna parte del claro, pero se puede sentir esa sensación pesada que dejó su presencia.

—¿Sigues decidida a entrar incluso después de esto? —mi voz tiembla mientras ladeo la mirada hacia la princesa.

—No dejaré que sus amenazas me intimiden —voltea Eladriel. Nos dedica una mirada con restos de rabia.

—Princesa, con humildad os digo —se inclina Gandar. Sus ojos me miran como si me pidieran permiso—, acceder esta noche puede resultar más arriesgado de lo que creéis.

Que haya dicho la verdad solo a medias calma el revoltijo de nervios de mi estómago.

—No os preocupéis, gran hechicero —Eladriel dibuja una sonrisa astuta—. Azohr entrará por la puerta principal, y serán los mismos guardias centinelas quienes lo permitan.

—Estoy ansioso por conocer los detalles de tal proeza —Gandar deja caer su mandíbula inferior sorprendido.

—Ellos no verán al teniente de los brujos, señor Dugalf, estarán ante su propio rey —asegura Eladriel a pesar de que ninguno la entendemos.

Su mano se cuela en el cuero de su corpiño que se ajusta al lateral de su cintura. Entre sus dedos se enreda una cadena plateada. Una pequeña perla nacarada cuelga de ella formando un hermoso colgante. Un simple colgante.

—Me disculparéis, mi señora, pero desconozco lo que me mostráis con tanto interés —Gandar arquea una ceja ante el brillo de la cadena.

—Quién me lo entregó, aseguró que esto tiene el poder de transformarte en quién desees —Eladriel eleva el brazo para contemplar el collar con más cautela—. Puedo dar fe de que es cierto.

Gandar se apresura a buscar mi mirada mientras yo me vuelvo preso de la suya.

Veo como la curiosidad que siento le ha hecho desplegar el semblante como yo.

El poder que ella menciona solo se puede conseguir a través de la magia negra.

La criatura que le entregó este colgante ha estado en contacto con uno de los brujos de la fortaleza de Borh, estoy seguro.

—¿Quién puso esto en tu poder? —doy un paso hacia ella para examinar el colgante de cerca.

—Ilta Morgorite —admite Eladriel contemplando como la perla oscila en el aire.

—¿La profesora? —Gandar entorna las cejas.

Estira el bazo para arrebatar el collar de las manos de Eladriel. Lo acerca para examinarlo. No dejará de impresionarme nunca la facilidad con la que lleva la perla a su cara a pesar de que no tiene pupilas que admiren su belleza.

—Solo me explicó cómo funciona y dijo que lo usase en caso de ser necesario —Eladriel nos contempla con el ceño lleno de extrañeza.

—Su alteza —Gandar palpa el collar. Sus ojos blanquecimos buscan a la princesa—. Este collar posee magia negra, alguien ha debido transferir parte de su poder.

—¿Estáis seguro de lo que decís? —Eladriel abre los ojos.

Se apresura a recoger el colgante de las manos del hechicero para analizar si sus palabras coinciden con lo que ve.

—¿Es peligroso? —pregunta Eladriel—. No noté nada.

—No —Gandar dibuja una leve sonrisa—. No lo es.

—Entonces dejemos de perder el tiempo hablando de la magia negra y el collar, y redefinamos el plan —asiente Eladriel mientras me lo ofrece—. Os necesitaré también a vos, Gandar.

—Espero que eso que deseáis esté en mi mano —acepta el hechicero.

—Deseo que distraigáis al rey Aelfraed con una visita al palacio de Eigton —sonríe la princesa.

—Disculpad, pero… —Gandar me dirige una sutil mirada cargada de desencuentro—. La princesa Aranel podría considerar sospechosa mi visita.

—Estoy segura de que la princesa pasará la noche en la ciudadela —Eladriel sonríe de forma irónica.

Princesa —Gandar se inclina sin dejar de buscar mi atención.

Aparto la mirada por guardar silencio ante ese gesto en Gandar. Parece que busca mi intervención.

—Y tú… —la princesa me dedica una sonrisa—. Deberás usar el collar y ordenar a Joralf que se retire de la puerta de mi cuarto.

—Eso solo nos dará minutos para escapar —sacudo la cabeza en pos de una negativa—. Tu plan es demasiado arriesgado.