Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio. #3
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26. La condena del silencio. #3

—¿Habría de pensar que vuestra cercanía con el teniente os vuelve confiable para mí? —Eladriel eleva su barbilla al colocarse de medio lado.

—Por supuesto —Gandar ni siquiera pestañea—. No estaría aquí en estos momentos si no fuera ese el caso.

—Creo que los dos sabemos cuál es el motivo de tu presencia aquí —la princesa estira los labios en una mueca de insatisfacción.

Eladriel hace silencio. Gandar calla mientras la princesa me dedica una mirada que consigue calcinarme los pensamientos. Una mota de desconfianza lucha por esconderse al fondo de sus ojos, pero los he visto tantas veces, que a mí no me la puede ocultar.

—Eladriel —sujeto su brazo para apartarla.

Dirijo una mirada de aviso a Gandar para que no se le ocurra seguirnos.

—¿Por qué nos alejamos? —protesta Eladriel molesta—. Su magia le dirá lo que hablemos…

—No me gustan tus silencios cuando tus ojos me revelan tanto —deslizo la mano por su antebrazo en busca de ellos.

—No le agrado —señala a Gandar de forma disimulada—. No confío en que pueda escuchar todo lo que hablamos.

—Su magia le avisó de tu llegada, eso es todo —entrelazo los dedos con los suyos mientras me hundo en mi mirada—. Él solo desea protegerme.

—¿De qué debe protegerte hoy en este lugar? —sus cejas se elevan con recelo a mis palabras.

Lucho por no guardar silencio más tiempo del que ella considere apropiado. Espero que no sospeche de que, lo que diré ahora, será mentira. El aire contenido en medio de la garganta me impide revelarle que está aquí porque no conseguirá sus objetivos. No puedo.

—Su presencia es casualidad —bajo la mirada para poder mentirle—. Él debía entregar información, y nos encontramos aquí.

—Azohr… —puedo ver como Eladriel tensa la mandíbula.

—¿Desconfías de nuevo? —arrugo el entrecejo sin vacilar.

Su frente se alisa. Sus dientes dejan de rechinar cuando esa mota que antes titilaba con fuerza ha desaparecido.

El brillo de recelo se ha llenado de culpa, y me golpea en cada uno de sus pestañeos como si fueran un látigo que me castiga.

Aun si soy consciente de que es una corrección que merezco recibir.

—No quise que pensaras… —la voz de Eladriel sale en un fino hilo.

—Yo no dejaría que te hicieran daño —interrumpo sus palabras para besar su frente—. No quiero hacerte daño.

—Estoy convencida de que no mientes. Lo siento —sus ojos me buscan con timidez. Sus palabras me hieren de forma directa—. Mi vida en el palacio de Eryas me obliga a…

—¿Eso es lo que te ha hecho venir al claro? —vuelvo a interrumpirla—. ¿Sospechas?

—Debo estar con la princesa cuando vengo a la ciudadela —titubea Eladriel a pesar de que su mirada quiera resistir firme.

—Pero no mencionaste a la princesa cuando te pregunté —mis labios se estiran con desconfianza.

—No deseo conversar con ella —confiesa al fin.

—¿A qué es debido? —mi semblante se relaja al comprobar que no es mí de quién siente desconfianza.

—Mi padre ofreció un criado de Eryas como regalo de compromiso a la princesa —toma aire con cuidado—. Eligió al primo de Lugh.

—¿A su primo? ¿Por qué haría algo así? —estrecho la mirada—. La princesa es inteligente, pero eso lo alejará de él.

—Lo es. Le prometí ayuda a cambio de que se alejara de Lugh —Eladriel deja caer sus hombros hacia delante.

—¿Crees que quiere vengarse acercándose a su primo? —un leve pliegue surca mi frente por la incredulidad de lo que afirma.

—Yo solo deseaba proteger a Lugh, no esperaba que ella respondiera de esta manera —niega Eladriel. Su mirada cae apenada—. Lo usa para poder continuar comunicándose con él.

—No quiere renunciar a la idea de su compromiso y estar cerca de él —alzo las cejas por un golpe de sarcasmo.

No podría haber imaginado los alcances de la princesa elfa detrás de su apariencia de criatura correcta.

—Me angustia que Lugh tampoco esté dispuesto a renunciar —su mirada se eleva preocupada mientras muerde su labio inferior—. No sé si he tomado una decisión correcta con respecto a Keus.

—¿Decisión? —no puedo evitar el suspiro de resignación que me nace ahora que conozco tanto de ella—. ¿Qué has hecho?

—Le pedí ser mi espía —sus pupilas bailan sobre las mías—. Evitaremos que se comunique con Lugh siendo yo quién le escriba.

Su mirada se aparta por un instante antes de que la culpa le haga hablar de nuevo.

—En su lugar, yo me cortaría la cabeza por esto —Eladriel asiente bastante convencida de lo que afirma.

Me alivia esa presión en la espalda que cargaba desde que hablé con Gandar con esas palabras. Ella ama como yo, sin justificación. Pero saber que no perdonaría…

—Sabes que la princesa no evitaría su muerte si todo sale a la luz —estiro el dedo para elevar su barbilla.

—Lo sé, pero… —la princesa deja escapar el aire.

—Puede que la culpa ahora te haga daño, pero ver cómo se mantiene con vida lo aliviará —sonrío. Beso la punta de su nariz.

—Ellos se quieren —titubea.

—Mi princesa —mi sonrisa se amplía al verla a ella delante. Sentirla en mi piel—. Si la princesa Aranel supiese sentir amor, si ella amase a Lugh, no podría sentarse en ese trono.

—Temo que no me perdone cuando descubra lo que hago —sus ojos se envuelven en lágrimas.

—La princesa se destruirá con sus acciones, y Lugh descubrirá la verdad tarde o temprano —limpio un par de lágrimas que se habían aventurado a salir.

Eladriel sonríe de forma ligera. Se deja caer con cuidado hasta que su frente se funde en mi pecho.

—Te besaría si tu amigo el ciego que puede ver no estuviera tan cerca —susurra.

—¿Me privarás de ello solo por eso? —sujeto su rostro para elevarlo. Beso sus labios una sola vez—. Puede que le resulte agradable ser testigo de ello en vez de verlo en sus visiones.

Sonríe. Sus brazos me acarician el cuello cuando lo rodea para acercarme a ella.

Mis labios se encuentran con los suyos con anhelo por el tiempo que llevan sin ellos.

No puedo controlar la vehemencia que me produce el temor porque nunca más vuelvan a estar cerca.

Mis manos no se detienen ante el deseo de buscar su cintura para retenerla, como si así pudiera mantenerla a mi lado para siempre.

Las yemas de sus dedos luchan por quedarse conmigo bajo cada roce.

Deslizo su lengua entre la mía con la necesidad con la que la princesa se aferra a mi armadura.

Algo debe haber cambiado en Eladriel. Hay luz de luna que no es del reino nevado, y aun así no tiembla porque la bese.

Quizás, ya solo le importe la alianza con el tiempo y hacer que el silencio se vuelva nuestro guardián.

Es un fiel soldado que no se quiebra ni pierde su lealtad.

Su función es más importante que luchar, te avisa de que viene la guerra y te prepara para lo peor.

El enemigo acecha. Está cerca y él lo sabe.

Las hojas se mecen con bravura en la parte baja de uno de los árboles más cercanos.

Desenvaino la daga tras colocar un pie delante de la princesa.

Ojeo a Gandar, la punta de su bastón apunta hacia el lugar desde el que brotó el ruido en posición.

Una bandada de pájaros, un búho blanco, salen disparados de las ramas y se encuentran de frente con Hai y Neche.

—¿Crees que fueron los pájaros? —Eladriel se adelanta hasta colocarse a mi derecha.

—Mantente cerca de Gandar, examinaré el lugar —le ordeno. Señalo al hechicero con una sacudida de ojos.

—¿Esperas que acepte tus órdenes sin oponerme? —su cuello se tuerce en un gesto afilado—. ¿Cuántas veces tendré que hacerte esta pregunta?

—¿Ninguna? —arrugo el entrecejo con indecisión.

—Debe quedarte claro que no soy un ser indefenso, teniente —cada vez que usa la palabra teniente me hace sentir deseos de pedirle que olvide mi título.

—Quizás tú debas entender que no deseo subestimarte, solo protegerte —mi mandíbula se vuelve tensa según clavo en ella una mirada molesta—. Eso es lo que haces con alguien que quieres.

—No busco que me protejas —Eladriel desenvaina su daga—. No necesito que lo hagas.

—Sé que tú no lo necesitas, pero mi alma sí —resoplo antes de devolver la vista al frente.

Un nuevo sonido, esta vez entre los matorrales, nos pone en alerta.

Gandar retrocede a pasos sigilosos hasta que toma el lugar tras la princesa.

Las plantas se mecen con más rapidez a pesar de que no corre aire, se sacuden un par de veces más hasta que una figura irrumpe de los matorrales.

La princesa Aranel aparece con una sonrisa amplia.

Eladriel deja escapar el aliento. Me sorprende que se haya destensado incluso antes de envainar la daga.

Estoy convencido de que, hasta la princesa sintió el viento cortante cuando adelantó un par de pasos con mirada desafiante para recibirla.

Y aun así, Aranel sonríe. Estoy convencido de que sus comisuras solo se han alzado porque está en nuestra compañía.

—Sabía que el claro sería el lugar donde te encontraría, princesa Eladriel —manifiesta Aranel tras recorrerme con la mirada—. Hoy es miércoles.

—Princesa —le dedico la reverencia protocolaria antes de guardar silencio.

—Princesa de los elfos —se inclina Gandar—. Es un honor veros.

—Señor Dugalf —asiente Aranel. —Os confieso que para mí es una sorpresa.

Los ojos de la princesa elfa ruedan hacia Eladriel. Inclina la frente hacia un lado después de que un par de arrugas hayan tomado el centro de su frente.

—He de admitir, que su presencia no la esperaba —la comisura izquierda de Aranel tiembla según se eleva.

—Imagino que no han sido las ganas de sorprenderte las que te trajeron aquí si sabías donde buscarme —Eladriel se cruza de brazos.

—Deseaba hablar contigo antes de que te encerraras con el teniente en el cuarto de la ciudadela real —ríe la princesa elfa.

—Ellos se marcharán —miente Eladriel.

—No importa —Aranel dedica una mirada fugaz a Gandar. A mí—. No creo que sea beneficioso para ninguna que nos escucharan.

—¿Os asusta que alguien más descubra lo que ocultáis? —la pregunta de Eladriel me hace torcer el cuello hacia ella y su media sonrisa.

La princesa Aranel enturbia la mirada tras escuchar a la princesa. Sus ojos se entrecierran.

—No he cedido a tus amenazas, Eladriel —Aranel da un paso al frente. Su rostro se vuelve rígido—. Keus se instaló en Eigton esta mañana, pero será Lugh quién acabe ocupando su lugar.