Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio. #2
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26. La condena del silencio. #2

Ninguno de los dos tenemos un amplio conocimiento sobre las criaturas que habitan esas tierras, solo sabemos que no son agradables.

Tira de las riendas hacia su derecha. Coloca a Neche en mi costado izquierdo y a la misma velocidad a pesar de que detesta los vuelos rápidos.

Sus arrugas en la unión entre las cejas revelan que en el fondo está más preocupado que yo. Aunque desee negarlo con fuerza.

—No debiste acompañarme —sonrío por su semblante inquieto. Por su intento fallido de ocultarlo—. Puede que tu magia te cuente todo sobre los demás, pero a mí no me hace falta tenerla para ver qué te sucede.

—El plan de Eladriel se vería frustrado si no hubiese decidido venir —confiesa Gandar con cierto pesar—. Su cabezonería hará que trate de regresar en otra ocasión si en esta no consigue lo que se propone.

—Eladriel sufrirá un ataque al intentar abrir la puerta según tu visión —recuerdo su advertencia—. ¿Cómo podrás acceder tú?

—Su plan fue astuto, pero cometió un error —sonríe de forma más amable de la que esperaba para referirse al tormento del que siempre se queja—. No descubrió que no se necesita una llave para acceder.

—¿Cómo así? —dejo caer la cabeza. El asombro se apodera de mis hombros—. Fue la princesa Aranel la que le confió la forma de acceder a ellos.

—No conozco el motivo de su engaño, pero esa llave no abre la puerta que Eladriel busca, es para la que está tras ella —revela el hechicero con audacia. Al menos, no lo envolvió en uno de sus enigmas sabios.

—¿Estás seguro de lo que dices? —una arruga se marca en mi ceño—. ¿Una puerta, tras otra puerta?

—Dos objetos han sido ocultados para protegerlos de aquellos que algún día se atrevieran a entrar con malos fines —me equivoqué, recurre a su tono misterioso con más rapidez de la que deseaba.

—¿El códice del conocimiento? —presumo.

—En mis visiones, siempre aparecen tapados por mantos de seda blanca —manifiesta Gandar mientras indaga en sus propios recuerdos—. Creo que solo descubriré lo que hay en sus interior tras entrar.

—Aunque consigas acceder, no conocemos lo que Eladriel busca —tiro de las riendas para que Hai reduzca la velocidad y se mantenga junto a Neche.

—Debes conseguir que mencione el nombre de forma clara —me ordena como si no fuera evidente.

—Me preocupa cómo podré decírtelo —mis labios se estiran burlones—. No estarás cerca.

—Utiliza tu magia negra para comunicarte con tu mente —propone bajo un gesto de poca importancia al mostrarme las manos—. Eso le permitirá a mi magia escuchar lo que tú escuchas.

—Hay ciertas cosas de la magia que nunca me he atrevido a usar, lo sabes —arrugo la nariz por su ademán de menguada importancia.

—Ahora sería de ayuda que confiaras algo más en tus habilidades, dado que dependes de ellas para salvar a tu querida princesa —Gandar ríe. Entre sus labios se escapa la ironía.

—No disfruto de usar esos conjuros a pesar de que me has hecho aprenderlos todos —aparto la mirada hacia los cálamos de las plumas de Hai.

—¿Qué mal hicieron? —tuerce el cuello con juicio para condenarme—. No quedan sino relatos para dar cuenta de los crímenes que cometieron los brujos de magia oscura.

—Gandar —mi suspicacia quiere destruir su intento de justificación—. Incluso la diosa Vémtix participó en esa decisión a pesar de ser la creadora de nuestro reino.

—Más siendo cierto todo lo que tu lengua parlotea, no determina que ese veredicto fuese justo o verdadero —su condena se vuelve infinita.

—Usaré la magia para salvar a la princesa —hundo la mirada en él. Le confieso todo lo que siento—. Pero cuando todo termine, jamás volveré a usarla.

—¿Esperas que eso te salve? —Gandar aparta la mirada cuando ha establecido su sentencia—. Tu padre nunca usó su don, y aun así fue ejecutado por ello.

Callo. Lo hago por mi propio bien. Perdí la cuenta de las veces que mencionó a mi padre en las últimas semanas tras haber ocultado su nombre al fondo de su garganta por años.

Conoce cuánto me desagrada hablar de él.

Sabe que no niego su nobleza, yo sé que ese fue el motivo por el que el rey Draegor se apiadó de él ese fortuito día en el que su sentencia parecía apta para ser entregada a Beliel.

Confió en lo que vio a pesar de que ni sus padres lo hicieron. Arriesgó su vida por un extraño.

Siempre reverencié al padre de Ebhan. Aún lo quiero.

Pero cuando era niño y la presencia de mi padre aún podía sentirse y no soñarse…

Sentía más amor y admiración por él, que por cualquiera que llevase corona.

Hasta al verlo aparecer con el delantal recubierto de harina estaba en presencia de un gran señor.

La ausencia de mi madre lo acercó a mí, nos unió.

Por eso no comprendo cómo pudo preferir permanecer junto a su rey y su castillo, antes que huir y proteger la única familia que teníamos.

Yo era lo único que le quedaba. Su regazo era el único trono en el que yo deseaba sentarme.

Gandar se muestra compasivo con mi silencio mientras el vuelo continúa.

Espero que se sienta más que complacido con todo lo que me ha dicho desde que llegó al comedor del castillo.

La ciudadela aparece frente a nosotros más rápido de lo esperado.

Anhelaba el momento de llegar después de la tensión que ha producido el silencio tras la afirmación del hechicero.

Era insoportable al final del trayecto. Hai estira las alas para descender, Neche toma el aire en paralelo sobre la explanada del claro.

Clavan las garras en la tierra humedecida bajo la hierba para aferrarse al centro amplio del espacio.

El vaho mineral asciende. Se mezcla con los efluvios propios del bosque alrededor, y su aroma me evoca las horas de entrenamiento en el campo de fénixes.

Hai desliza el cuello hasta que su pico roza la hierba.

Lo rodeo para bajar, me suelto solo cuando mis pies están a un palmo de tocar el suelo.

Ruedo los ojos hacia Gandar. Desmonta con menos trabajo del que esperaba.

Las alas de Neche se mecen llamando a mi fénix, vuelve al vuelo después de lanzar un graznido para que siga su trayectoria. Deben estar sedientos.

—Azohr —la voz de Gandar me hace despegar la visión del cielo y el vuelo—. Tú no eres como tu padre, no tienes por qué cargar con su destino.

A pesar de que su intento de consolación me hace poner los ojos en blanco, acepto sus palabras con una sonrisa firme.

—No dudes de ello, Gandar —mis pupilas se vuelven tan críticas como la curva de mis labios—. Cuando vi como su cabeza rodaba, le prometí que no repetiría sus errores.

—Quisiera comprender qué clase de heridas abrieron sus actos en tu corazón —insiste. Es incapaz de guardar su obstinación.

Sus intenciones siempre son buenas, pero él no podrá comprenderlo.

—¿Vendrás a la cabaña? —carraspeo por incomodidad. Aparto su intento de sosegar mi dolor.

—Iré tan pronto como consiga lo que la princesa quiere —responde en medio de un suspiro pesado.

—Mantente cerca para poder seguir nuestros pasos —apoyo la mano sobre su hombro—. Nos encontraremos allí.

Gandar sortea la hierba alta con la vara mientras se aleja. Se pierde entre los árboles al cabo de cinco minutos. Su ausencia me produce una tormenta que no deseo. La soledad a la que me ha expuesto me obliga a pensar en sus palabras, ahora comprendo cuáles eran sus intenciones…

Descubrió que tenía magia negra antes que yo.

Durante días me observaba desde una silla mientras entrenaba los conjuros que Ebhan ordenada, su ceño fruncido me hacía intimidar.

La semana de mi octavo cumpleaños, los oficiales de magia nos enseñaban a dominar el poder en grupo cuando Godrick robó el único recuerdo que poseía de mis padres para romperlo.

Las perlas del collar que sacó de un hueco en mi armadura rodaron sobre las piedras del suelo como mi inocencia, destrozó lo único que mi padre pudo regalarle a mi madre.

Me contó que ella no lo dejó ni un segundo en el embarazo y yo no me separé de él hasta que lo destruyó.

Mi ira buscó de forma insaciante la punta de mis dedos para herirlo de muerte, él ya había matado mi alma.

Justo cuando vi los hilos negros marcarse sobre mi piel, el hechicero se levantó y colocó su vara entre nosotros para crear un campo de protección que me devolvió a la realidad.

Su gesto salvó la vida del brujo, pero también la mía.

Tomo aire de forma profunda tras resignarme a la magia.

Mis párpados se cierran mientras trato de apartar los pensamientos oscuros que rondan mi mente.

Con la última exhalación, siento como la magia responde a mi llamado, me llena.

Mi respiración se acelera más de lo que desearía.

Abro los ojos por el tacto inesperado de una mano sobre mi espalda, la conexión desaparece cuando me concentro en recuperar una de las dagas que escondo bajo la armadura. Volteo con el arma firme.

—No esperaba encontrarte aquí —Eladriel sonríe. El brillo de sus ojos se dirige hacia la punta de la daga frente a ella—. Pero si fuese un enemigo, te hubiese eliminado con facilidad.

Suelto el aire contenido al verla.

—Tampoco esperaba verte aquí —bajo el brazo despacio. Envaino la daga—. ¿No deberías estar en el cuarto de la ciudadela?

—Quise asegurarme de que vendrías —la princesa arquea una ceja con cierta sorna.

—¿Desconfías? —le devuelvo el gesto.

—¿Debería hacerlo? —su sonrisa se vuelve pícara—. La ausencia de tu fénix debe ser considerada como sospechosa, siempre está en tu compañía.

—Yo… —despego los labios para hablar.

—Esta noche, yo soy el acompañante del teniente Bradosck —la voz del hechicero se eleva para llenar el claro e interrumpirme.

Eladriel da un paso a un lado. Se inclina para ver la figura caminante del hechicero en la oscuridad. Su frente se arruga cuando su espalda recupera la postura y su mirada me encuentra.

—¿Cómo…? —carraspea Eladriel. Inclina el mentón para bajar la voz.

—Su magia le cuenta en susurros eso que sus ojos no pueden ver —confieso con una sonrisa al ver cómo Gandar enciende su asombro.

—¿Y su magia también le agudiza el oído? —sujeta sus manos al frente.

—Así es, querida princesa —Gandar se inclina ante ella al llegar a nuestra posición—. Pero no os preocupéis, soy un viejo respetuoso.