Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 26. La condena del silencio.
55%

26. La condena del silencio.

(Azohr)

Hace más de media hora que espero a Gandar.

Apoyo las manos en el respaldo del sofá, elevo la mirada hacia la esfera del tiempo sobre la chimenea.

Hasta el ritmo del reloj se ha impacientado ante su falta de cortesía.

Él fue quien insistió en que agradecería su compañía tras lo visto en su visión, pero el muy descarado se atreve a llegar tarde.

No soy ingenuo. Sé que su retraso no se debe a un repentino cambio de opinión, intenta perturbar la mía.

O que yo convenza a Eladriel de que es mala idea.

De cualquier manera, no estoy dispuesto a esperarlo más de diez minutos.

Me iré sin dudarlo si no aparece por la puerta antes de que lleguen las ocho y media.

Podría contentarme con el hecho de que el colgante dejó de quemar de esa forma tan voraz que lo hacía desde la visita de la princesa.

No puedo asegurar que ese fuego se haya apagado, pero ya no es hiriente al tacto.

No desprende la piel después de horas sobre ella.

Comprendo entonces que en estos momentos, son las cadenas de mi propia sombra la que me hacen sentir dolor con esa intensidad con la que el fénix de plata me dañaba.

Se romperán. En el instante en el que ocurra, los restos harán al collar arder como yo arderé.

No estoy preparado para sus reproches. Aunque tengo la certeza de que conseguirán romper mis miedos, y la esperanza de que sus propias heridas le hagan apiadarse de mis temores.

—Teniente Bradosck —enuncia Gandar—. Tu miedo se ve con facilidad, pero es en la determinación dónde deberías poner tu concentración.

Mis pupilas se alejan de inmediato de la esfera cristalina del reloj ante sus palabras. Coloco la espalda recta. Me cruzo de brazos.

—No tengo miedo de enfrentar mi verdad, Gandar —elevo las cejas—. Llegas tarde.

—Los dos sabemos que he llegado justo cuando estabas preparado para partir —asiente Gandar. Sostiene su vara con determinación—. ¿O dirás que me equivoco?

—Por completo —me aclaro la garganta—. Si puedes leer mi mente ahora, sabrás que borraría la idea de la mente de Eladriel si eso evitase lo que va a suceder.

—Fueron las decisiones que tomaste las que te trajeron hasta este momento, Azohr —su mirada se vuelve subversiva. Lo detesto.

—Yo no convencí a Eladriel para entrar en esos archivos —me inclino hacia delante con ligereza.

—Nadie te obligó a mantener tus labios sellados —una de sus cejas se arquea para acompañar a la curva de sus labios.

—No sabía cuál sería su reacción al descubrir la verdad —mis brazos caen.

—¿Aseguras entonces que esa es la fuente de tus temores? —la punta de la vara de Gandar se eleva presta para apuntarme.

—Sabes a la perfección que eso es lo que me ha hecho callar —hasta a mí me hace dudar el tono de autoridad moral que uso.

—Eladriel no es responsable de tu silencio, teniente —Gandar precipita la punta hasta el suelo—. No puedes continuar engañándote.

—¿Crees que es momento para mantener esta conversación? —ladeo el cuello hacia el reloj—. Llegas tarde —le recuerdo con sarcasmo.

—¿Quieres huir de lo que has hecho? —da un paso hacia la derecha para ocultar la puerta de mi campo de visión.

—Se irá, Gandar —mi frente se desliza hacia abajo afligida—. Eladriel no se deja llevar por emociones.

—¿Estás seguro de eso? —su frente se arruga. Su expresión se llena de dudas—. Parece emocional cuando afirma con tanta bravura que está dispuesta a abandonar estas tierras por la única recompensa de tu compañía.

—Acepta irse con el Azohr que conoce… —alzo la mirada hacia él a pesar de que me avergüenza.

—Con certeza, su ausencia sería tormentosa para ti —Gandar da un par de pasos que lo acercan. Su mano se detiene sobre mi espalda—. Pero afrontar quién eres sin su compañía es lo que de verdad te aterra.

—Siempre supe quién soy —mis pupilas le replican saltando sobre las suyas.

—Siempre recuerdas que tu padre era hornero y tu madre una criada, pero nunca que eres un brujo —sus ojos se apartan. Ruedan a la izquierda con hastío—. Eres la primera criatura en la historia de Néferien en poseer dos magias. Me temo que eso aún no lo has aceptado.

—¿Por qué querría aceptar esa condena? —el mentón me cede en un gesto de rechazo—. La magia negra me robó todo lo que quise. Me robará a Eladriel.

—Pero es esa magia quién puede traer de la muerte a la princesa —Gandar aprieta los labios. Su barbilla se arruga.

—¿Y cuándo recobre la conciencia y descubra qué fue lo que la sanó? —impugno su argumento con la frente arrugada—. No podrá perdonarme que le haya mentido.

—Entonces no habrá sido la magia la que la hizo alejarse, señor Bradosck, será tu falta de honestidad —revela Gandar con ese aire de sabiduría que me pone de los nervios.

—Le prometí que no sería deshonesto. Yo me prometí que con ella nunca lo sería —suspiro. Dejo caer el peso de los hombros sobre los brazos—. Y fallé.

—El egoísmo de tenerlo todo te cegó —confirma apenado. Su ceja derecha se eleva en un gesto de crítica—. El amor puro y real no es capaz de dañar al que ama.

—¿Eso crees? —mi interés me obliga a subir la frente—. ¿Crees que no tengo sentimientos verdaderos hacia ella?

—Sé que la amas con profundidad, Azohr, pero no tanto como a la idea de una vida a su lado —de nuevo, Gandar me pone de los nervios—. De la misma forma que ella te ama a ti.

El hechicero se da media vuelta. Da por terminada la conversación y una urgencia que no parecía tener le invade para dirigirse a la puerta.

Me lanzo tras él. Sus palabras me parecen sabias, pero solo podrían ser dichas por un corazón que no amó a otro ser como yo amo a la princesa.

Si lo hubiera hecho, sabría que el cuerpo grita por la sangre que corre dentro del otro ser.

Desde que el primer latido impulsa ese sentimiento, el resto solo lo hace para avivarlo hasta que se sacia o se rompe.

No existe el miedo fuera de su existencia, todo se reduce a su voz.

A sus deseos. Ningún paisaje volverá a parecer hermoso después de ver lo que sus ropas ocultan.

El único instrumento que desearás tocar se llama piel, y nunca dejarás de soñar con las notas que suenan bajo tus dedos al deslizar las yemas sobre él.

La belleza traicionera de su inteligencia hará que cualquier otra que hayas conocido sea insustancial.

Ninguna plegaria vuelve a arrodillarte salvo aquella que le ruega por misericordia a su alma para que no se aleje.

Y quién consiga su piedad, enloquecerá por no perderla.

Camino a su lado. Mis pasos se vuelven rápido cuando percibo que su miraba blanca está ausente.

Conozco sus gestos de molestia más de lo que me gustaría.

Reconozco que pensar en su visión sobre el amor me ha hecho sentir culpable por mis acciones.

Acepto lo que está a punto de pasar porque sé que de otra modo, jamás podría confesarle la verdad a Eladriel.

Pero, incluso si mi ego se rompe por dar por cierto lo que asegura, vivir a su lado engañándola consumiría mi esencia cada vez que la mirase a los ojos.

—Dime, Gandar —estiro el brazo para detener sus pasos. Mojo mi labio inferior—. ¿Por qué ocultar la verdad a Fiena no consumía mi conciencia como ahora?

—Porque a la señorita Alis nunca le importaste lo suficiente como para desear descubrir qué hay en ti —Gandar me dedica una mirada por encima del hombro—. Y la princesa desea con todas sus fuerzas descubrirlo.

—¿No es eso amor? —arrugo el entrecejo. Llevo las manos a la espalda—. Es decir, querer saber todo de alguien, que sepa todo de ti…

—Sí, querido Azohr. No tengo dudas de que estás enamorado de Eladriel —suspira—. Pero existen muchas formas de amar.

—Pues dime en ese caso por qué la mía está equivocada —carraspeo. Me adelanto hasta su derecha—. No quiero fallar más.

—Me temo que solo la princesa podrá responder cuando descubra la verdad —declara Gandar con una mueca de preocupación que deja escapar de entre sus labios.

Emir se inclina al abrir la hoja de la puerta.

Yeziel sonríe como en cada oportunidad que paso por aquí, hasta puedo ver la burla escondida en la comisura izquierda de sus labios.

Gandar le espeta una negativa firme cuando el intento de bromear conmigo conquista el movimiento de sus labios.

Me recorre sacudiendo las pupilas, mi expresión le confirma las palabras del hechicero.

—Buenas noches, teniente Bradosck —se inclina Yeziel con la sonrisa convertida en una línea recta.

—Solo necesito un saludo al día —suspiro.

—Debería obedeceros, no aguantaría vuestro mal humor de ser así —reprocha Yeziel recolocando el casco de su armadura.

—¿Dejó algún mensaje el príncipe antes de salir? —ignoro sus palabras con facilidad.

—No, señor —afirma Yeziel.

Desvío la mirada hacia Gandar. Le indico con una sacudida firme de cabeza que se adelante a buscar a los fénixes.

—¿Tienes información del guardia del que me hablaste? —centro mi atención en él.

—Sí —murmulla Yeziel—. Me buscó en las horas de la mañana.

—¿Y bien? —acerco la cara a la suya.

—Asegura que no observa movimientos sospechosos en la señorita Alis —su tono se escapa tan bajo como determinante.

—Quiero que la vigile todo el tiempo. Quiero saber todo lo que Godrick le dice y le obliga a hacer —mi dedo índice se eleva con advertencia. Mi tono lo secunda—. Que sea su sombra de ser necesario.

—Como ordenéis, teniente Bradosck —asiente Yeziel.

Hai y Neche han descendido cerca del puente. Picotean hierba de las primeras brazas del campo de fénixes.

La fénix de Gandar se tumba sobre la hierba, su ala se estira por completo sobre ella para permitir que su vara se apoye con firmeza entre las plumas.

La recorre con facilidad hasta que toma asiento en la silla y sujeta las riendas.

Me mantengo en espera tras él mientras asegura la postura.

Coloca su bastón en el apartado robusto de cuero que Ebhan ordenó añadir a su silla de forma especial.

Aprovecho para correr hacia Hai cuando Neche recoge las alas para iniciar el vuelo. Me sujeto al pomo de la silla de un salto.

Gandar programa el rumbo con los fénixes en los primeros minutos del vuelo.

Insiste en tomar la ruta que atraviesa el bosque ancestral tras asegurar que es la más rápida.

Incluso si le repito hasta en tres ocasiones que es la menos segura.