Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 25. El ejército de la luz. #6
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25. El ejército de la luz. #6

—Pensé en designarlo como condestable del ejército de la luz —sugiero mientras busco el resto de armas que desenvainar—. Su experiencia en el mismo puesto durante años nos será de utilidad. Sus hombres pueden entrenar a los nuestros.

—Es una magnífica idea, princesa —asegura Twig con tono sonriente—. Es un hombre confiable para esa tarea.

—Antes de que te marches, deseo que hagas algo más por mí —volteo. Me apoyo con ligereza contra la mesa de trabajo.

—Lo que deseéis, mi querida Eladriel —sonríe Twig.

—Busca a Lugh. Dile que deseo verlo en mi presencia de forma inmediata —mi tono se vuelve juicio al darle la orden.

Twig me dedica una reverencia. Da dos pasos hacia atrás antes de voltearse para abandonar el cuarto.

No estaré aquí cuando él descubra que su primo se ha marchado de Eryas, temo que pueda acudir al palacio en busca de explicaciones o reclamos.

La situación con el comendador Aendyl es complicada, me preocupa que vigile los pasos de la princesa.

No deseo que un guardia elfo me comunique que Lugh se ha olvidado algo, y en vez de guardar un pañuelo, esta vez deba preservar su cabeza.

Guardo en la bolsa los papeles que Twig y yo buscamos en la biblioteca.

Supongo que lo más sensato será dejarlos ocultos en la cabaña de Avka una vez que cojamos los archivos.

Incluso puede que necesite ayuda con algunas interpretaciones que leí.

Coloco sobre ellos la ropa de descanso. Recojo los frascos de elixir medicinal buscando los huecos entre la tela para impedir que el viaje los rompa.

Dejo el libro de Elm a su lado mientras recorro la habitación para no olvidar el resto de cosas que necesito, la pintura de Azohr…

Quizás le agrade colocarla sobre la mesa del reino nevado.

Un par de toques suaves en la madera unos minutos más tarde me avisan de que Lugh llegó.

—Adelante —ordeno. Me apresuro a colocarme en el centro del cuarto.

Las hojas se separan despacio. Twig aborda la estancia con rectitud.

—Princesa —Twig me dedica una reverencia.

—Te escucho —arrugo la frente.

—El joven Lugh os espera fuera —sus ojos se entornan serios.

—Déjanos a solas cuando entre —mi sonrisa aparece, aunque tensa.

—Sí, mi señora —se inclina antes de abandonar la estancia.

Lugh aparece tras la cabeza de Twig. Su sonrisa es tan amplia, su aspecto es tan despreocupado, que termina de encender la ira que siento hacia él.

Cómo se atreve a presentarse en mi cuarto con esa expresión tan alegre después de haberme engañado durante días.

Debería avergonzarse por su comportamiento.

Desafía mi inteligencia como si no pudiera ver más allá de lo que sucede bajo mi corona de princesa.

Entrecierro los ojos cuando se coloca justo ante mis ojos.

La curiosidad le obliga a prestar atención a toda la estancia.

Las comisuras de sus labios se estiran hacia abajo en una mueca de juicio al ver el hilo de oro que decora parte de las cortinas del balcón, asiente según percibe los detalles del resto de la decoración.

Lleva la mano a la boca del estómago antes de doblar la espalda en una reverencia.

—Princesa —ríe Lugh al recuperar la postura recta—. ¿A qué debo el honor de vuestra audiencia en privado?

Le dedico la sonrisa de reproche que había guardado entre los labios para esta ocasión.

Me acerco al escritorio para coger el anillo y el pañuelo que guardé en el primer cajón.

Dejo escapar el aire al tomarlos. Sus cejas se encogen apenas los determina, pero sus labios suben alegres alimentando el rechinar furioso de mis dientes.

Da un paso al frente para alcanzarlos. Retrocedo antes de que pueda estirar los dedos.

—Al tratarse de ti, pediré tu opinión para conocer qué te interesa tratar primero —recojo el brazo en un movimiento ágil—. ¿Prefieres hablar sobre tu traición? ¿O prefieres que hablemos sobre la princesa Aranel?

—¿Traición? —Lugh arquea una ceja. Retira el brazo despacio—. ¿A qué traición te refieres?

—Dijiste que olvidaste el pañuelo el mismo día que visitamos Eigton para la misión de la llave —se lo lanzo a los pies—. Aranel dijo que no era cierto.

—Le prometí silencio… —baja la mirada al pañuelo. Se agacha a recogerlo.

—¿Desde cuándo las promesas que le haces a Aranel, son más importantes que las que me haces a mí? —bramo furiosa. Entierro el anillo entre mis dedos.

—¿Esperas saber todo lo que sucede en mis reuniones privadas con ella? —la expresión de Lugh se rompe. Me miran lleno de crítica—. ¿Nuestra amistad lo exige?

—¿Crees qué podéis jugar conmigo? —camino en su dirección con mirada desafiante—. Pedís que me arriesgue por salvaros, pero vosotros decidís actuar como si yo no pagase las consecuencias si nos descubren.

—Yo no pedí que te involucraras —espeta Lugh con frustración—. Sé lo que debo hacer.

Cierro los ojos para que mi rabia no brote ante él.

No lo haré responsable de ella aun si es quién la provoca.

Repito el proceso con más calma, hasta en una tercera ocasión intento que la inquietud no golpee mi pecho por no encontrar paciencia.

Sus palabras avivan mi ira. Mis fosas nasales se ensanchan cuando no puedo dejar de escucharlas, mis dientes crepitan al sentir la joya en la mano.

Keus, sus tíos y la fuerza de sus reproches…

Pensar en ellos me hace desear lanzar un grito de importancia que me desgarre.

—Ella te ha traicionado —vocifero. Lágrimas de indignación invaden la comisura de mis ojos—. Te ha traicionado de nuevo.

—No lo creo —niega Lugh mientras trata de esconder su titubeo.

Esa llama que ha despertado en mi interior no es ira. La luz sale de entre mis dedos, el humo cuando siento como el metal del anillo se ha derretido y gotea sobre la alfombra... Su mirada examina cada una de las que se deslizan.

—Aendyl fue quien encontró tu pañuelo. Él le obligó a enviar la carta y el anillo —dejo caer la lágrima. Sostengo mi mirada en él—. Era una señal para poder encontrarte.

—¿Podría considerar traición que quiera salvar su vida? —sus pupilas ni siquiera destellan el dolor por lo que les hizo a las mías.

—¿Acaso ella te cegó? —doy un par de pasos hacia él. Mis ojos se abren, y ni siquiera siento furia—. ¿No puedes ver qué hubiera sucedido si tu llevases el anillo en el dedo?

—Si ella quisiese traicionarme, hubiese dado mi nombre —Lugh eleva la barbilla ante mi cercanía. Se cruza de brazos.

—Tenía que avisar a su guardia para advertirte de lo que sucedía. Debía protegerte —mis voces cada vez nacen más encolerizadas.

—Seguro que Aendyl sigue todos sus movimientos ahora que ha descubierto la verdad —Lugh baja la mirada. Su entrecejo se arruga—. No tendría otra opción.

—¿Él le permite encamarase contigo en vuestros encuentros? —elevo las cejas en un gesto irónico, casi incrédulo.

—Confío en ella, Eladriel —afirma con una seguridad repentina en su mirada que me hace resignar—. Al igual que tú, estoy dispuesto a aceptar todo por estar a su lado.

—No es necesario que jures por ello, Lugh —bajo la mirada decepcionada—. Incluso aceptaste ser su criado.

El brillo de sus ojos se transforma. Su frente sube con lentitud, como si sus ojos dudaran de encontrarse con los míos.

Veo vergüenza en ellos. Confusión por haber descubierto algo que solo debía pertenecer a su intimidad y la de la princesa.

Por desgracia, este descubrimiento no será nada en comparación con la nueva decisión que tomó Aranel.

—¿Cómo sabes eso? —la nariz de Lugh se arruga despacio. Es la primera vez que me mira con desprecio—. ¿Entraste a mi casa?

—Keus me lo confió. Recibí su visita a primera hora de la mañana —confieso sin titubeos.

—¿Él te ayuda? —me dedica una triste mirada—. Eso es lo que deseabas…

—Dijo que la princesa cambió de decisión a última hora para escogerlo a él —me detengo cuando su brazo se aparta para que no lo toque.

El silencio se apodera de nosotros por unos segundos. Mientras Lugh deja su mirada pegada al suelo, escucho sus tímidos sollozos desde aquí.

—No es cierto —musita Lugh con voz entrecortada.

—Mi padre envió un guardia con un edicto a tu casa —aprieto los labios. Apoyo la frente sobre su hombro al fin—. Comprendo que…

—¿Por qué? —me interrumpe con furia—. ¿Por qué vino aquí?

—Quería saber si podía ayudar a evitar su partida —le miento. Carraspeo para forzar una sonrisa—. Desafortunadamente, no puedo hacer nada.

—¿Qué haré ahora, eh, monstruo de pantano? —su gemido de dolor rompe el lugar que él ocupa en mi corazón—. Había aceptado la idea de la vida que me ofrecía así no me gustase.

—¿Por alguien que espera verte como criado para la eternidad? —le pregunto con esperanzas de escuchar su primera negativa con respecto a ella.

—¿Acaso aquí no soy criado? —ríe con sarcasmo—. Es la misma vida.

—Tu vida en Eigton sería corta. Serías ejecutado en cuanto la princesa diera a luz a un hijo tuyo —le corrijo en tono firme—. Aquí tienes más libertad que en su cama de reina.

—¿Eso te ronda cuando estás con tu teniente? —me pregunta con aires de reproche y dignidad—. ¿Ya olvidaste que morirá?

—¿Te duele que yo esté dispuesta a compartir su mortalidad, mientras la princesa renuncia a una eternidad junto a ti por una corona y un título? —elevo la frente. Recoloco la postura con rabia.

—Ha sido una respuesta dolorosa —asiente Lugh después de tragar saliva.

—Y merecida, querido anacardo —arqueo una ceja según me cruzo de brazos.

—Siento haberte mentido, ella dijo que impedirías mi salida de Eryas —resopla—. Tenía razón.

—Es cierto. Porque eres más que un criado de Ravenbell, ¿me oyes? —afirmo. Me acerco a la bolsa sobre la cama—. Y si vuelvo a recibir noticias que te relacionen con la princesa, me encargaré de que Aendyl confiese lo que sabe ante los dioses. Al menos, así también morirá ella.

—¿Me amenazas mientras te vas? —Lugh frunce el ceño a la forma en la que coloco la bolsa sobre el hombro.

—Esta noche accederé a los archivos secretos de Órianth —asesto desde la puerta con media sonrisa—. Sabremos por qué se creó el ejército de ángeles, y quiénes vienen a por nosotros.