25. El ejército de la luz. #5
—Os pido que no actuéis de forma imprudente —mi tono se llena de confianza. Mi semblante se vuelve autoritario—. Lo que digáis debe ser pensado con calma. Todos debéis conocer las decisiones para que no haya discrepancias.
—Sí, mi señora —asiente Sulán de inmediato.
—Recordad que no es la venganza lo que mueve esta lucha, sino el derecho —mi frente se inclina a modo de aviso.
—Pero nosotros no conocemos los detalles de la vida privada del rey —interviene de nuevo el anciano con voz ronca.
—Enviaré un guardia a la taberna de Ráh cada viernes con una misiva que replicaréis en los carteles —mis labios se guardan entre mis dientes pensativos. No puedo encomendar más tareas a Mylo.
—¿Y qué haremos con aquellos que no quieran unirse a nuestro bando y nos pongan en peligro? —pregunta Céin.
—No habrá más remedio que luchar contra ellos —su pregunta me hace soltar los labios con pesar.
—Eso hará que el número de reclutados se resienta, mi señora, en un futuro podrían estar de nuestro lado —Sulán interviene con el tono de descontento propio de su edad—. Debemos hallar otro método.
—Incluso cuando es errónea, la moral determina el curso de nuestra vida, señor Sulán —afirmo con cierta pena.
—¿No verán el bien? —Céin aparta la mirada con las cejas arqueadas.
—Aquellos cuya moralidad fue manipulada no distinguen el bien del mal —mis comisuras se estiran tan tristes como convencidas—. Convierten el error en virtud, justifican el daño y el sometimiento. Ellos también serán nuestros enemigos.
—Habrá esposos que maten a sus mujeres e hijos… —advierte el anciano—. Nuestro concepto de familia dejará de existir.
—Lo difícil de una batalla no son las pérdidas materiales —mi mirada baja—. El mundo no cambia por comodidad, sino por el grito de quiénes ya no pueden soportar la opresión.
—Mi señora —Sulán lleva las manos en la espalda según se inclina—. Cuente con mi espada para vuestro ejército.
—¡Y con la mía! —revela un hombre tras él.
Más de medio centenar de hombres le suceden, empuñan las armas que sujetaban en la lucha con bravura. Elevan la punta hacia el cielo bajo un grito que capta la atención de los guardias de manera inmediata. Mi mirada se afila en su dirección.
—Guardad silencio, o esta alianza dejará de existir antes de haberle dado forma —ordeno con firmeza mientras me acerco a Twig.
Durante todo este tiempo, él se ha mantenido en silencio. Su sonrisa fija y estirada desde que hemos llegado me hace sentir segura, y eso es más que suficiente para comprender que he hecho lo correcto.
—Necesitamos que nos deis un nombre, mi princesa —Sulán hunde la punta de su espada en la tierra—. No podemos marcharnos sin él.
—¿Un nombre? —arrugo el entrecejo en busca de su mirada.
—Somos el ejército de la reina de Ravenbell —manifiesta Ceín tras una sonrisa y una inclinación—. Debemos tener un nombre.
Volteo hacia Twig. Señalo la formación inclinada frente a nosotros con una sonrisa.
—Serás el encargado de hacerlo —le ordeno.
—Solo vuestro poder le da significado —Twig sonríe y aviva el brillo de sus ojos—. Es el ejército de la luz.
—Bien —acepto conforme su decisión—. Ese será vuestro nombre. El anciano Sulán será su mariscal.
—Me honráis con vuestra confianza, majestad. Me aseguraré de no defraudaros —el anciano me dedica una reverencia.
—Designaré a alguien de mi confianza como condestable —devuelvo la atención al grupo—. Puede que pronto debáis partir hacia nuevas tierras para instalaros allí, tenéis que manteneos cerca unos de otros.
—Princesa —carraspea Twig tras llamarme en un susurro—. Tal vez, eso suponga un costo económico superior al que deben poseer como simples hadas trabajadoras.
—No te preocupes, Twig —poso la mano sobre su hombro con una sonrisa—. Son trabajadores de la princesa, recibirán su sueldo porque tú te encargarás de ello.
—A su servicio, mi señora —asiente Twig con manos al frente.
—La noche de mañana recibiréis la visita de Twig y el condestable que sea designado —manifiesto—. Retiraos para que el rey no envíe guardias contra vosotros. No forméis problema de ahora en adelante.
—Vuestro reinado traerá una nueva era —se inclina Céin.
Sulán, Céin y el resto de hombres se marchan después de que sus alas se hayan desplegado.
Twig me sonríe. El ruido que sacudía el exterior del palacio ha desaparecido según me indica la vuelta al interior.
Ubán bajo la escalera se mantiene tieso.
Aké y el resto se han colocado como estatuas a lo largo de la pasarela en custodia de la seguridad de su señor.
—Ubán —exclamo al inicio de las escaleras antes de abordarlas—. Entregad los restos de las hadas que han sido ejecutadas a sus familias. Todos los restos.
—De inmediato, princesa —asiente Ubán. Su lanza golpea el suelo afirmando.
El guardia y otros tres que rompen la formación marchan hacia la salida para recuperar los cuerpos.
Los centinelas de la puerta y otros dos soldados se colocan rectos en los puntos de entrada.
Los contemplo con cuidado. Me siento conforme con lo sucedido, pero no sé en quién podría confiar para que se encargase de la tarea de visitar la taberna cada semana y entregar la información a Sulán.
Quizás solo pueda recurrir a Twig. Puede que si lo mantengo ocupado con este asunto, no vuelva a hacer preguntas que se relacionen con las esclavas, Tien o su padre.
El pasillo está lleno de premura a pesar de que la turba ya se dispersó.
Algunos guardias caminan en zancadas que invaden las galerías de advertencia mientras se dirigen al alta este.
El cancilier Orlo acompañado del cancilier Priel y Tieran se apresura.
Sus túnicas se sacuden, sus ceños se han curvado en preocupación.
No será por Tien. Imagino que a él solo se le dará algún tipo de advertencia, aunque debe estar atemorizado por haber sido prendido de esta forma.
Él sabe que mi padre no actúa así. Los que son cercanos a su majestad y carecen de voluntad, están exentos de recibir castigos.
Y así fue. No ha sido castigo por el rey, sino por el pueblo.
—¿No iréis a descubrir lo que sucede con el hijo del cancilier? —Twig me dedica una mirada de reojo que guarda la mordacidad de su afilada lengua.
—No lo considero prudente —observo a los canciliers y la prisa que los domina—. Quizás Drieden se enfurezca con mi visita.
—Me temo que, ni aun partiendo hoy de Eryas para no regresar, evitaréis que desconfíe de vos —Twig sonríe. Sus labios se estiran irónicos.
—¿Crees que se atrevería a confrontarme por lo sucedido? —la frente se me anuda por su pésimo ánimo.
—No creo que estando su hijo en los calabozos quiera arriesgarse, el cancilier es inteligente —su cuello se estira convencido—. Pero puede que más adelante…
—No creo haberme convertido en el centro de sus conjeturas —carraspeo. Mis pupilas divagan en busca de un cambio de tema—. Me gustaría saber qué ocurre con los criados encargados de atender a los canciliers en sus noches de palacio.
—¿Sucede algo con Hasé o Esa Ilá? —el ceño de Twig se llena de extrañeza.
—¿Cuál de ellos se encarga del cancilier Drieden? —me detengo en la entrada a la torre en espera de Twig.
Camina con la respiración entrecortada. Sujeto las manos al frente para que acceda en primer lugar.
—Mi señora… —jadea Twig—. Si me permitís la imprudencia…
—Habla con él. Ofrécele lo que desee, pero no debe despegarse de la sombra del cancilier en ningún momento —me mantengo en el sitio, en espera de que aborde los primeros escalones.
—Lo haré, pero deberíais saber algo —Twig trata de apresurar sus pasos. Sus ojos se encuentran con los míos de forma desesperada.
—Por los dioses, Twig, no me des malas noticias —cierro los ojos resignada.
—El cancilier Orlo Varden, encargado de la administración del tesoro de la corona, ha mencionado ante el rey una reducción sin justificar en las reservas reales de monedas —revela Twig incapaz de sostener la calma con la expresión.
—Debe ser el monto que sacaste cuando liberamos a Daaria y las criadas —mi cabeza se inclina hacia delante. Me humedezco los labios—. ¿Hay algún otro lugar donde guarden monedas?
—Toda la plata de palacio se guarda en las arcas —sostiene Twig.
—Debo encontrar otra fuente para poder pagar los sueldos de los hombres del ejército y conseguir las provisiones —otra inquietud más que tensa mi espalda…
—Elm me contó que la reina Olet aún conserva su dote —declara con tono insinuante—. La reunió de las asignaciones recibidas por el mantenimiento de la corona y la renta de algunas tierras. Las tenía guardadas para vos.
—No me sorprende que conozcas esos detalles mejor que yo —sonrío—. Incluso si aseguras que es para mí.
—Este siervo tan solo desea ayudaros, mi pequeña princesa —ríe con aires de picaresca. Debe sentirse desleal por confesarme esos secretos.
—Ya que conoces todos los detalles de esa dote, serás tú quién te encargues de buscarla y de pagar a Sulán y sus hombres —ordeno cuando sus pasos se han detenido frente a la puerta de mi cuarto en mi espera—. ¿Tres mil feérines para cada uno será suficiente por ahora?
—Por supuesto, mi señora —asiente Twig tras separar los párpados.
—Hay algo para lo que requiero tu gran sabiduría —confieso.
Estiro el brazo cuando intenta abrir la puerta. Sujeto el tirador y empujo para hacerlo yo.
—Siempre estoy dispuesto a serviros, mi pequeña princesa —Twig sonríe. Sujeta sus manos al frente.
—¿Cuáles son tus pensamientos acerca del comendador de Zor.a? —aun sujeto la hoja cuando lo miro extrañada porque no accede tras de mí.
—El señor Virindi siempre mostró devoción a vuestra madre —Twig inclina la cabeza hacia un lado, pensativo—. Estoy seguro de que vuestra figura es objeto del mismo respeto ante sus ojos.
—Nos prestó su ayuda con el asunto de los niños y fue leal a mí al guardar silencio —cierro la puerta.
Camino tras Twig para alcanzar el centro de la estancia. Busco entre el corpiño las dagas que oculto para dejarlas sobre el escritorio.