Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 25. El ejército de la luz. #4
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25. El ejército de la luz. #4

Hace rato que yo acaricio mi daga baja el corpiño según observo en el reflejo de las hojas que sostienen con brío sus movimientos más ocultos.

Sus miradas, sus gestos… Cualquiera de sus intenciones.

—Vosotros también la heristeis —confieso sin dudar—. Se marchó con el corazón y la corona rota.

Detengo mis pasos frente al anciano.

—Siete pueblos conforman Ravenbell, y solo vosotros habéis venido en busca de respuestas —sonrío con ironía—. ¿Así pretendéis vencer a un rey cuyo poder proviene de los dioses?

—Aun si fuera uno —brama un hombre de aspecto joven que saca el pecho con valentía y poca paciencia—. La justicia siempre debe ganar.

—Es una hermosa e inocente forma de verlo —suspiro—, pero cuando la fuerza la impone el poder, la justicia debe impulsar a la inteligencia.

Me cruzo de brazos.

—El pueblo debe despertar y hacerse fuerte. Solo de esa forma podrá alzarse y derrotar a quiénes lo quieren débil —mi mirada se endurece ante ellos.

—¿Creéis que el pueblo tiene la inteligencia para eso? —me reprocha el anciano con una sonrisa irónica que me desconcierta. Debería llorar en vez de reír.

—Mucho niños no pueden elegir entre un libro o una hoz, sus padres necesitan que trabajen para comer —otra voz poco amable abandona el tumulto.

—¿Qué sabréis vos de sacrificios? —asesta el anciano como si fuera dueño de mi pasado.

Un par de pasos me separan de él, pero nada me detendría en acercarme salvo mi propia conciencia.

Mis pupilas se hunden en las suyas. Desafían su moral.

Mis ojos han capturado eventos que ninguno de ellos ha tenido que presenciar, nuestra piel ha recibido la violencia que el rey no ha ejercido sobre el pueblo.

Yo escuché y sentí emociones que rondaban la muerte, y nada de eso se compensa con una silla y un nombre en la boca de todos.

—No desconozco el privilegio de mi posición —me trago el nudo en la garganta por los recuerdos—. Ni tampoco el castigo de ella.

—¿Castigo? —ríe el anciano. Todos comienza a reír—. ¿Una almohada mullida, oro y un caldo caliente cada día, es un castigo?

Mis comisuras se alzan por su ignorancia.

Su incipiente panza cubierta de buenas ropas, sus pies protegidos del frío y las impurezas afiladas del suelo…

También es un privilegiado a mis ojos si lo comparo con esos niños que estaban perdidos en el bosque.

Es una desgracia que los más ignorantes sean los más envidiosos.

Gobernar esa emoción requiere de sabiduría para encontrar equilibrio entre avaricia y bondad, y ellos apenas pueden ver cuáles han sido sus errores.

—Ninguno de vosotros podría imaginar jamás lo que pesa el poder en hombros de una mujer —la calma se apodera de mi voz—. Lo que os cuelga entre las piernas os da un privilegio que ningún título podría otorgarme por mucha corona que sostenga.

—Los dioses no se equivocan en sus deseos —carraspea el anciano—. Ellos siempre tienen razón en sus designios.

—Entonces marchaos. No os opongáis al destino que parecen haber decidido para vosotros y vuestros hermanos ejecutados —desenvaino la daga—. Esa es la diferencia entre el pueblo y vuestra princesa.

Doy un paso limpio hacia él con la daga firme, la coloco a un lado de su cuello.

—Mi libertad no está debajo de la cintura, sino en el anhelo más profundo de mi alma —elevo las cejas—. Yo sí estoy dispuesta a ganármela.

El silencio asesta la muchedumbre. Ya no hay gritos.

Ahora están ahogados en las gargantas de los que alrededor del anciano se alternan para tragar saliva.

Retiro la daga de su cuello. La envaino y me alejo para acercarme a Twig, poder observarlos a todos una vez que hemos establecido los criterios de mando.

No me interesa el trono, pero sí que mi nombre deje de ser parte del linaje de mi padre de una vez por todas.

—Mi lucha, como la de mi madre, es vuestra —afirmo al recuperar la postura protocolaria esperada para una princesa—. Siempre y cuando la vuestra esté con la mía.

—Las hadas juramos lealtad al rey Eliot desde que Ravenbell surgió —uno de los hombres que antes gritaba ahora adopta un tono sereno—. Ahora nuestra lealtad se tambalea.

—Hay enemigos del rey contando sus oscuridades —asesta el anciano con labios fruncidos—. No estamos de acuerdo con su gobierno y el de sus canciliers.

—Yo no exijo lealtad para el rey Eliot, quiero fidelidad hacia mí y mi palabra —sonrío.

—No podemos jurar en nombre de todas las hadas —declara uno de los más jóvenes.

—Yo mismo me ofrezco como súbdito de vuestro real mando —el anciano ante mis ojos hinca rodilla—. Al menos, vuestra daga rozó mi cuello de frente.

—Pero Sulán… —un señor a su izquierda se inclina para ayudarlo a levantar.

—Un solo rey conocí sobre estas tierras, Céin —Sulán niega su ofrecimiento—. Nunca vi en sus ojos la intensidad de justicia con la que la princesa me ha mirado.

Céin levanta su mirada hasta encontrarla con la mía.

Mis párpados se separan al comprobar que está analizándome tras las palabras de Sulán como si fuera a encontrar en mis ropas o mi aspecto lo que le acaba de asegurar.

Tras pocos segundos, su rodilla roza el suelo tal y como la del anciano.

Sus ojos caen hacia la tierra áspera y seca.

Los que están alrededor comienzan a postrarse ante mí bajo un silencio que dice más, que cualquier espadazo al aire.

Más que esa batalla que sostenían hace un rato.

A partir de ahora, estos hombres tienen una misión clave que puede cambiar el destino del reino.

Mi decreto, el que acaban de escuchar, debe esparcirse por cada uno de los pueblos.

Desde Íkora, hasta Zor.a. Que los súbditos descubran que poseen un nuevo camino que cambie esta era.

Deben ser provistos de armas y sus raciones de alimentos diarios serán duplicadas si deseo que se mantengan saludables y fuertes.

Hay que establecer alianzas con los reinos y ejércitos que estén dispuestos a luchar contra mi padre.

—¡Guardias! —espeto en tono categórico. —Guardad la puerta de palacio.

—Mi señora… —Aké tienta arrojar una advertencia que detengo con una mirada fija.

—Si intentas desafiar una vez más mis órdenes, te será difícil hacerte a las mazmorras como tu nuevo hogar —entorno los ojos a modo de amenaza.

La guardia real se inclina mientras golpea la laza. Abandonan el jardín.

—Os propongo una alianza —le comunico a Sulán según les señalo con la mano que se pongan en pie.

—Mi señora, sin conocerla me siento dichoso de haber sido elegido para ella —asiente el anciano de forma respetuosa.

—Haced que los habitantes de Ravenbell guarden lealtad a mi nombre. Reclutad criaturas hadas para formar un ejército más grande que el de mi padre —inclino el mentón hacia delante en señal de afirmación—. Y os daré la libertad.

—Alteza, es un honor poder serviros, pero… —balbucea Sulán—. El pueblo no tiene fuerzas para luchar, pasan hambre tras largas jornadas de trabajo.

—Enviaré a guardias con carros llenos de provisiones a quiénes lo necesiten. Incluso a los que se mantengan fieles a mi padre —mis ojos se centran en Sulán—. Redacta un registro de quiénes son.

—¿Yo? —Sulán arruga el entrecejo.

—Confío en que tendréis capacidad para poder llevarlo a cabo —arqueo una ceja en un gesto divertido—. Adicional a la comida y bebida, se entregará un cargamento de armas a quienes decidan unirse a nosotros.

—¿Armas? —una pregunta sale de entre las filas.

—Se os entregarán espadas, dagas, arcos y flechas, hachas… Cualquier arma con la que podáis defenderos y atacar —observo sus ropas pulcras, pero ligeras y poco preparadas para soldados—. También os haré llegar escudos y armaduras con la que podáis protegeros.

—Los hombres de los pueblos están complacidos con vuestras provisiones, majestad —Sulán desprende un cariño repentino que me hace poner los ojos en blanco.

—Quiero que todas las mujeres luchen —sello los labios cuando mi petición hace que todos levanten la mirada.

No encuentro el motivo por el que se han unido para recriminar de forma silenciosa mi decisión.

—Pediré armas especiales para ellas —me mantengo tan firme como mi postura.

—Las mujeres solo servirán de estorbo —asesta uno de los ancianos del grupo.

—Las empuñaduras de las espadas, dagas y hachas estarán rellenas de arroz para hacerlas ligeras. Las cuerdas de los arcos serán de tripa de animal y no será necesario tensar con tanta fuerza —sonrío.

—Grandes enemigos encontraremos, lo sé —asegura Sulán. Inclina la cabeza hacia delante con mirada triste—. Muchos de nuestros hermanos siguen fieles a la doctrina de nuestro rey, no tendrán piedad.

—¿Qué pasará con los niños si las mujeres luchan? —pregunta Céin temeroso—. Serán presa de los guardias reales.

—Los niños serán protegidos fuera de este reino —apenas me hago esperar para calmar sus dudas—. Las mujeres son imprescindibles, no contamos con soldados. La muerte no desprestigia a nadie .

—¿Cómo haremos para esparcir vuestra palabra sin levantar sospechas? —pregunta uno de los jóvenes que volaba luchando contra los guardias.

—Hablad de los carteles colocados en las tabernas y las calles. Contad rumores sobre el palacio, el hijo del cancilier y la muerte de la reina Olet… —mis pensamientos vagan entre los últimos sucesos—. No podéis olvidar la importancia de mantener mi nombre oculto.

—Disculpad, su majestad —interviene Sulán con una ceja elevada—. ¿Cómo podremos confiar en vos?

No debo extrañarme por su suspicacia, confiaron en mi madre.

Aunque ella deseaba que una formación irrumpiese en palacio para doblegarse ante su gobierno, nunca se hubiese atrevido a ir contra el rey.

Eso la mantuvo a su lado. Es comprensible que quieran asegurarse de que arriesgarán sus vidas y serán correspondidos.

Tengo la prueba perfecta para que comprendan que no mentí al asegurarles que mi lucha siempre había sido la misma que la suya.

—Ahora seréis vosotros los encargados de colocar esos carteles que difaman el nombre de su majestad —confieso ante sus miradas expectantes—. Tengo todos los materiales ocultos.

—¿Vos? —Sulán sonríe, sus ojos brillan. —¿Fuisteis vos?