Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 25. El ejército de la luz. #3
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25. El ejército de la luz. #3

Confié en que mi destino estaría ligado al suyo desde que tuve razón.

No espero protección en las noches de desvelo ni confabulaciones peligrosas, anhelo la libertad de un mundo que no una los sentimientos a la doctrina de un protocolo.

Él siempre fue el motivo por el que me pesa cualquier corona.

Nunca acepté ese trono porque hacerlo era aceptar que el suyo no es mi apellido, que a su lado no es el lugar donde debo estar.

Su libertad es tan importante para mí, como mis propios latidos. No le obligaré a huir en mi compañía, pero siento que mis fuerzas se apagan al pensar en dejarlo. Incluso si sé que ya no quiero quedarme aquí.

—Solo desearía hacer algo antes de que os marchéis para siempre —sonríe Twig. Da un par de palmadas en el dorso de mi mano izquierda.

—Cualquier cosa que desees —lo miro con apremio.

—Si el teniente y vos os unís bajo juramento, permitidme estar a vuestro lado —sus pupilas se dilatan en orgullo cuando descasan sobre mi figura—. Nada podría hacerme sentir más pleno, que ver cómo mi más preciada armonía se convierte en una bella melodía.

—Estarás a mi derecha, Twig —beso su frente con ojos cerrados para empaparme de él—. Tú siempre estarás a mi derecha incluso cuando seas sombra.

Carraspeo. Recupero la postura cuando recojo mis lágrimas con el lateral de la mano y más firmeza que nunca.

Las voces de los súbditos se han vuelto feroces.

Las puertas de Eryas se han cerrado. Algunas hadas aletean en el aire mientras otros sacuden la reja con fuerza, los centinelas tratan de impedir que abran sacando sus lanzas por los barrotes para apartarlos.

Una formación de soldados se despliega por el jardín cuando se vuelven insumisos a sus órdenes y armas.

Observo a Twig en el segundo que dura uno de mis pestañeos.

—¿Qué crees que debo hacer, Twig? —mis pupilas caen a sus manos sobre la barandilla de piedra. Coloco las mías encima.

—Confiar en vos —asegura Twig con mirada fija al tumulto.

Analizo sus palabras cuando ondean en el aire, frente a mis ojos.

Sus ojos brillan mientras me miran como si se hubiese encomendado a mis decisiones.

Él me ha preparado toda mi vida para este instante, aunque nada le hizo comprender cuánta seguridad me ofrece el impulso de su confianza.

Mi comisura izquierda se eleva cuando determino en su figura imponente contemplando el jaleo desde el balcón, como todo un rey. Como mi propio señor.

Mi barbilla se eleva por él. Sujeto las manos en la espalda ante su mirada perpleja e inicio la marcha.

Su semblante se vuelve serio como consecuencia de lo que acontece, se llena de fiereza al seguir mis pasos.

Según bajo los escalones de la torre, esa sensación de control aumenta.

Mis dientes rechinan en el eco de la galería.

La ira que está sumida en la mota brillante de mi pupila, hace que los centinelas doblen la espalda en silencio según tiran de las hojas para permitirme el paso.

Lo que hay fuera me asusta menos que esa imposición de mi padre de mantenerme cerca del hijo del cancilier.

Los guardias aún sacuden las armas en la verja.

Desde aquí las voces son aún más colosales, que desde la seguridad de mis aposentos.

Fijo mi atención en los súbditos que resisten frente a ellos a pesar de que hay soldados justo a la salida que me dedican una reverencia que debería agradecer sonriente.

—Aké. Ubán —tuerzo el cuello a dos guardias a mi izquierda—. ¿Qué es lo que sucede?

—El pueblo exige hablar con un alto cargo —Ubán sobresale de la formación—. Desean que el hijo del cancilier sea sometido a un juicio de los dioses.

—¿Por qué Tien no fue enviado con los creadores entonces? —doy un paso hacia el lado. Una de mis cejas se arquea inconforme.

—El rey ordenó que fuera llevado a las mazmorras del palacio —asiente el guardia.

—Hablaré con ellos —elevo la frente—. Decidles a los guardias que la princesa ha dado la orden de que se detengan.

—Eso no será posible, alteza —niega Ubán con mirada baja.

—¿No será posible? —la urgencia por su negativa me hace ladear la mirada hasta convertirlo en el centro de mis pensamientos.

—Su majestad dio indicaciones para que nadie saliese del palacio hasta que él tomase la decisión justa con el señor Mémberin —Aké rompe la formación.

—¿El sol del mes de émenor nubla tus sentidos y te impide comprender las órdenes que te da tu princesa? —tomo aire según sujeto mis manos al frente.

—Sería peligroso para vos interceder en este momento —insiste Aké.

—No repetiré de nuevo mi orden —doy la vuelta para dirigirle una mirada de autoridad—. Si deseas desistir de ella, serás enviado en compañía de Tien.

Aké se inclina. Ubán despliega las alas desde el borde de la escalera para lanzarse al vuelo.

El sonido de las lanzas impactando contra el suelo del resto de guardias a mi alrededor se pierde al ver como uno de los súbditos que ondeaba en el aire con bravura, ha caído al lago tras ser ejecutado.

Ni siquiera he terminado de bajar las escaleras cuando la punta de la lanza atraviesa el pecho de otro más.

Escucho los pasos de Twig para aferrarme a ellos.

Los centinelas prosiguen con sus ataques incluso si el soldado que envié le cuenta cuáles son las nuevas instrucciones.

La batalla contra la multitud solo cesa cuando mi camino se detiene frente a ellos.

Ubán me dedica una reverencia. Debe ser que su gesto llama más la atención que mi simple presencia, pues solo ante él es que el resto de soldados decide detenerse.

La verja deja de zarandearse cuando sus armas se apoyan en el suelo como señal de rendición.

El pueblo guarda silencio, aunque no puedo evitar admirar la determinación que brota con la sangre de sus heridas.

Las puertas se abren después de recibir la inclinación del pelotón real.

Los hombres que forman el revuelo sangriento separan los párpados con precisión al ver que por fin sus reclamos son escuchados.

No sé si sus caras son de sorpresa o desagrado por mi figura.

Al menos, son más caballerosos que los que rondan dentro de los muros de mi hogar al otorgarme el espacio necesario para poder hablar frente a ellos.

Se han retirado en pasos cortos. Aunque no se han apostado tan lejos como cualquiera esperaría para poder salir a hablar.

—No quiero que ningún guardia me siga —indico con voz elevada para que todos los soldados se hagan eco de mi decisión.

Twig camina. Él no se asusta a pesar de su edad.

Un señor con aspecto envejecido abandona el grupo con lentitud.

Intuyo que no se debe a su aspecto ajado esa forma de caminar, puede que sea una criatura tan temerosa como valiente.

Parece que será el encargado de representarlos a todos.

Inclusive a las hadas que han descendido sobre la roca de forma desordenada cuyas alas siguen abiertas por si deben iniciar un apresurado vuelo.

Mis pasos se detienen apenas he cruzado la verja. Sujeto las manos al frente ante sus miradas curiosas.

—Os pido disculpas en nombre de la guardia real de Eryas, y de mi casa —recorro al anciano con la mirada. A todos—. Deseo escucharos y ofreceros lo que necesitéis.

—Es una lástima que vos no podáis ofrecernos aquellos que nos otorgaría el ansiado consuelo —el señor de aspecto ajado no reprime su cólera, sale despedida de sus labios.

—Haré lo posible para ayudaros a encontrarlo, os doy mi palabra —asiento como si con esto sellase un pacto.

—Nuestros pueblos son atacados por alguien que trabaja para el palacio. Ahora nuestros hermanos son ejecutados por la guardia real —la voz del señor se alza poderosa. Lanza miradas al grupo—. ¿Cómo es posible fiarse de alguien que viene del mismo lugar que nuestros enemigos?

—Los guardias que actuaron sin orden oficial serán castigados de forma severa —enuncio. Mi voz se eleva sobre la suya—. Se os entregarán unas disculpas públicas y los cuerpos de los que han sido ejecutados una vez os hayáis retirado.

—No, alteza, nadie se marchará de aquí —el anciano sacude la cabeza enfurecido—. Las disculpas no harán que ese que señalan como próximo príncipe deje de ser un asesino.

—Eryas solo tienen una princesa —sentencio—. Jamás tendrá un príncipe.

—Maldita la falta que nos hace una mujer en el trono —asesta uno de los hombres atrás de la formación.

—Una vez nos gobernó una reina a la que entregamos nuestra confianza y nos abandonó —una sonrisa se dibuja en el rostro del anciano. El desprecio—. No queremos tener otra.

—¿Mi madre os abandonó? —me obligo a tragar saliva. Y aun así, mi tono de indignación no se hace indiferente en ninguno—. ¿Ella fue la que os abandonó?

—Toda la corona nos abandonó —asesta el señor.

—Quienes os abandonaron comparten cerveza con vosotros, se sientan en vuestras reuniones en la taberna —mis mano se separan antes de dar un paso al frente—. Eryas nunca se ha levantado a luchar, mi señor.

—¡El pueblo sobrevive muriéndose de hambre! —un hombre más alejado, por la zona de la esquina, da un paso al frente—. Nosotros luchamos cada día.

Escucho los pasos metálicos de los guardias a mis espaldas. Capturo sus movimientos por el rabillo del ojo. Detienen sus movimientos cuando estiro el brazo.

—Guardias —ordeno.

—Mi princesa… —Twig quiere titubear en su confianza hacia mí.

—¡Fuera! —insisto.

Volteo el cuello al no percibir los rugidos de la armadura obedeciendo. Twig calla. Los soldados aceptan la orden al fin. Se retiran a pesar de que no apartan la vista de los hombres frente a mí. Los súbditos captan mi atención con más interés que antes.

—La reina Olet ha luchado durante años por convertir Ravenbell en un reino justo —aprieto los dientes.

Me lanzo a caminar. Lo hago entre ellos. No podría temerlos, no conocen cuán terrible es mi padre como enemigo.

—Lo hizo sola porque su pueblo decidió no levantarse a pesar de ver injusticia —sonrío de forma tensa—. Ella sacrificó su vida esperando que despertarais. Murió viendo a su pueblo aletargado.

Percibo el aroma del miedo a lo desconocido en cada uno.

Tal vez, escuchar la verdad es lo que necesitan para poder revelarse.

Los guardias contemplan mi caminata desde el jardín.

Twig mantiene la postura a pesar del susto por mi cercanía a los desconocidos.