25. El ejército de la luz. #2
—Te irás ahora porque es una orden de tu princesa —afirmo mientras vuelvo al balcón.
—Pero verá que no regreso a casa en las horas de la noche —Keus insiste en continuar, me sigue hasta el ventanal—. Si no me despido de él, puede que no me perdone.
—A la noche, tu destino estará sellado de forma definitiva en Eigton, y no podrá hacer nada salvo aceptar que tú has ocupado el lugar que él deseaba —de medio lado, me dispongo a ser sincera—. Tú tampoco podrás hacer nada para cambiarlo.
—¿Creéis que servirá para algo este sacrificio? —su voz se vuelve entrecortada. Su frente cae.
Cómo puedo negar tal cosa… Una vez que ingrese en el palacio de los elfos, habrá perdido la libertad de su vida para toda la eternidad. Nunca volverá a ser, solo pertenecerá. Y ni siquiera sé si eso servirá.
—Yo nunca podré olvidarlo —asiento sonriente—. Espero que Lugh tampoco lo haga.
Keus acaba de aceptar el designio que Aranel tomó sobre él.
Su mirada aun esta apartada, pero puedo ver el reflejo de los rayos dorados del sol en la gota que se desliza sobre su mejilla.
Sonrío por su bondad. Se estira al comprobar que no encuentra vergüenza en el acto de permitirse llorar para continuar.
Es tan parecido a lo que yo siento, pero tan diferente a lo que veo en guardias…
Sus cualidades de hombres lograron cerrarles los lagrimales. Hasta las almas.
—Estoy conforme con tus deseos para impedir que Lugh y la princesa se encuentren de nuevo —según apruebo su idea, ya siento el peso del arrepentimiento—. Solo si tú accedes a que yo sea quien dé las órdenes.
—Mi apellido siempre se ha doblegado ante el vuestro, princesa —Keus se inclina.
—Cuando abandones Eryas pertenecerás al reino de los elfos y le servirás a ellos, pero solo puedes deberte a una princesa —le encomiendo con advertencia—. Serás mi espía.
Keus apoya la rodilla en el suelo.
—¿Qué debo hacer? —pregunta con una seguridad que Lugh odiaría en este momento.
—Por ahora, solo trata de ganarte la confianza de la princesa. Ella debe creer que estás de acuerdo con sus intenciones y que le servirás para algo —sonrío—. Después, tendrás que traicionarme.
—¡Alteza! —la frente de Keus se alza antes de que el silencio pueda respirar—. No podéis pedirme tal cosa.
—Mañana en las horas de la mañana le dirás que la princesa Eladriel se llevó uno de los archivos provenientes del templo de los dioses —ordeno sin determinar si está o no de acuerdo—. Es necesario que ella confíe en ti de forma ciega.
—Si el rey Eliot descubre que confabulo contra su corona, me ejecutará —ruega tembloroso.
—Si a la princesa no le conviene incriminarte, no dirá nada —camino hacia el borde del balcón—. Su objetivo es reunir pruebas contra mí, tú debes hacerle creer que tienes mucha información que cederás con gusto —dedico una mirada sobre el hombro. —No olvides que allí soy enemiga de tu familia.
—Y… —calla—. ¿Si la princesa pide mi ayuda para acercarse a Lugh?
—Ofrécela sin temor —elevo media sonrisa—. Que desee ver a Lugh no significa que le complazca lo que encuentre llegado el momento.
—Entiendo, princesa… —Keus tuerce los ojos con el entrecejo arrugado.
—Tienes que estar atento a mis noticias e impedir que sea ella quien reciba las misivas. Un error sería fatal —mis ojos se entrecierran en dirección a las orillas.
Sonrío cuando veo como Tien cruza los árboles que conforman el bosque entre las manos de guardias provistos de lanzas. La gente vitorea su custodiada entrada a palacio.
—Eso es todo por ahora, Keus, puedes retirarte —volteo ligeramente para dedicarle una sonrisa de despedida.
—Mi señora —se inclina. Retrocede para abandonar el cuarto.
Keus se pierde junto al chasquido de la puerta.
Twig aprovecha para acercarse con una mueca de zozobra sujeta entre los labios, imagino que le angustia lo que ocurre.
Los muros de este palacio nunca fueron seguros, pero lo que sucede en estos últimos días lo convierte en el destino perfecto si deseas reunirte con la muerte con prontitud.
Apoya sus manos a un lado de las mías, sobre la barandilla fría.
Diseña una tímida sonrisa que escasamente consigue aligerar la sensación de las últimas horas. Del silencio y el engaño.
—¿Qué está ocurriendo, mi pequeña princesa? —pregunta Twig sin apartar la mirada de la pasarela y Tien.
—Los guardias apresaron a Tien por lo sucedido con los soldados en las orillas —sonrío ante el pánico del entrenador entre la multitud.
—Pero… los dos sabemos que no es culpable de ello —afirma en una mirada de reojo.
—¿Quién pudo ser, sino? —elevo una ceja. Finjo sarcasmo—. Hay testigos que lo incriminan a él.
—¿Pensáis ocultarme por más tiempo lo sucedido con los guardias? —Twig se coloca de medio lado recto e impasible.
—Hasta que sepa de qué me hablas… —niego.
Me aseguro de no apartar mis ojos de los suyos por evitar que sospeche.
—Yo mismo tuve que deshacerme de vuestras ropas para que las criadas no murmurasen falsos sobre vos —confiesa Twig con aparente molestia y cara de regañina…—. No veo heridas considerables en vuestro cuerpo.
—Presté ayuda a un guardia que tuvo un incidente mientras entrenaba en el patio —ladeo el cuello con una sonrisa tranquilizadora—. Nada más pasó.
—Mi querida Eladriel —Twig baja la mirada para buscar mis manos antes de asestarme el brillo triste de sus ojos—. Si me alejáis de vuestra vida, ¿qué será de la mía? —lágrimas empañan sus pupilas—. ¿Acaso cometí algún error, mi pequeña hada?
Aprieto los labios cuando veo como su lágrima camina entre los surcos de su pena.
Cojo una de sus manos para ponerla con cuidado sobre mi mejilla.
La presiono para poder sentir el tacto de su cariño, que él sienta como me sostiene.
Su angustia se transforma en duda. Luego en temor.
Su razón ondea alrededor de pensamientos peligrosos, y es en ellos donde se encuentran las respuestas más hirientes.
Quizás por eso no puede ser feliz. Ninguno podemos.
—Mi adorado Twig —beso el reverso de su otra mano con ternura. Me dedico a lo que nos ha unido siempre—. Solo deseo ver como abres los ojos cada mañana, saberte a salvo.
—¿Por qué os asola mi muerte? —aferra mi rostro entre sus dedos.
—Porque no puedo permitir que mis planes apaguen la luz de tu eternidad como sucedió con Elm —cierro los ojos ante el recuerdo de su cabeza entre las manos de Twig para no verlo en sus ojos—. Ese dolor arañaría mi corazón con furia hasta mi muerte.
—No me privéis de vuestra compañía y amistad solo por temor, ahora os necesito más que nunca —sus lágrimas caen, bañan mi dolor con fuego—. Dejadme teneros hasta el fin de mis días.
—Lo siento, Twig —me inclino para abrazarlo. Tomo aire para aspirar lo que le entristece y apartarlo de él. —Debí verte antes, saber que me necesitabas.
—Nada debo perdonaros, mi princesa, salvo vuestra insinceridad —me reprocha Twig mientras limpia sus lágrimas con un pañuelo—. Vuestra falta de confianza es más dolorosa que el rechazo.
Sus reproches también son dolorosos, más de los que quería recordar. Tiene razón. No quiero arriesgar su vida, pero tampoco puedo mirarlo a los ojos y mentirle para protegerlo por siempre.
—Acepté la opción de marcharme con el teniente fuera de Órianth —tomo aire adelantándome a su reacción. Aparto la vista a los árboles de las orillas—. ¿Contaré con tu compañía?
—¿Qué haría un lacayo como yo fuera de la vida que conozco? —Twig sonríe levemente.
—Twig —aclaro mi garganta. Lo miro y me trago el orgullo—. Mi nuevo camino no puede comenzar si no estás en él. Yo no podría vivir sin que estés a mi lado.
—Mis recuerdos más preciados, mi vida, se encuentran en este palacio —declara. Apoya su cabeza sobre mi brazo—. Confío en que el teniente sabrá ocupar lo que deje mi presencia.
—Escúchame bien, viejo traicionero —mi voz tiembla con sollozos—. El lugar que ocupas no podría borrarlo ni el más sagrado de los deseos, ni el teniente más poderoso.
Doy media vuelta para ocupar sus ojos. Para que su figura ocupe los míos por completo.
—Tu ausencia no podría hacerse soportable ni con recuerdos de tu voz. Nada podría sustituir los tiernos abrazos que me sostienen con pureza desde mi infancia —beso sus manos—. El testimonio de tener un buen padre.
—También será llenado por aquellos que un día os llamen madre —asiente con orgullo.
—¿Les negarías el derecho de llamarte abuelo? —sonrío ante la idea de un futuro donde llamarlo padre—. Allí, podríamos ser lo que siempre soñamos.
—Mi señora… —sus ojos se iluminan. Twig toma aire emocionado.
—Podrías llamarme hija… —mi sonrisa se estira. Ahora son mis lágrimas las que se deslizan—. Y tú por fin ocuparías el lugar que te pertenece.
—Quizás nunca os llamé así —las yemas de sus dedos se aferran al dorso de mi mano—, pero las palabras no siempre son eco de los sentimientos. A veces el corazón atesora emociones que guarda bajo llave por su valor.
—¿Y si se perdiera esa llave y ya no pudieras dejarlos salir? —su afirmación me causa más preocupación que calma.
—Cuando un padre ama a su hija con tanta profundidad como yo os amo a vos, ni cien cortes en el corazón podrían quebrar lo que siente —asesta Twig con la mandíbula apretada en su afirmación—. Aunque ya no haya sangre que dé color a su piel.
—¿Puedo considerar entonces que has revocado tu decisión? —limpio mis lágrimas en un par de pestañeos.
—Pequeña Eladriel —el pecho de Twig se llena de aire y confesiones honestas—. También un padre sabe cuándo su hija debe forjar su propio destino y confiar en que, lo enseñado, es suficiente para verla ser feliz.
—Estás dispuesto a hacerme infeliz por la eternidad… —mi mirada se llena de pesar.
—No, mi dulce criatura de oro y luz —acaricia lento el pelo que adorna mi cara.
Lo aparta. —¿Cómo podría permitir que mi amor os limitase?
—besa mi mano—. Mi cariño os seguirá por el camino que elijáis.
Se sembró la primera vez que os sostuve entre mis brazos apenas nacida, y floreció en cada beso y palabra mientras crecíais.
Un rugido ensordece parte de la cavidad más oculta de mi corazón, agita mi interior sin piedad de las heridas que pueda abrirme.
Y solo yo puedo escuchar que tiene el propósito de fragmentarlo.