25. El ejército de la luz.
(Eladriel)
Hace días que el pueblo se reúne clamando respuestas a la puerta del palacio.
Varios grupos de hombres y mujeres recorren las orillas desde las primeras horas del alba, justo cuando los cuerpos de Kesien, Junel y Sendro aparecieron a ras del lago.
Apenas podían reconocerse, pero me aseguré de que alguien identificara a Tien como el autor de la masacre.
Es su nombre el que gritan. Levantan cuchillos, bastones y azadas desde que el sol dejó a la vista el horror de lo sucedido; el filo de sus armas refleja el deseo de venganza de los súbditos contra la familia Mémberin.
Su ira por la herida de la traición busca desde hace horas la concesión que sacie ese dolor que causa la incertidumbre. El miedo.
Sonrío. Contemplo desde la terraza de mi torreón como han conseguido que mi padre doble la guardia de Eryas.
Los soldados llevan sus espadas de cruz en la mano aparte de las lanzas, sus cascos están asegurados para evitar que los enemigos puedan apartarlos.
Solo son las siete y media de la mañana.
El relente del lago me arranca los poros, pero no pienso moverme de aquí hasta ver cómo Tien es escoltado hasta las mazmorras.
Escuché cómo el rey envió un grupo de guardias a casa del cancilier con orden de captura hace más de una hora.
Tuerzo el cuello por un golpe en la puerta.
Debe ser Twig. Le pedí hace tan solo un rato que se retirase tras permanecer a mi lado diez minutos en completo silencio.
Ninguno sabíamos qué decir. Desde que lo alejé de mis propósitos extraño sentirme acompañada por él.
Hablar o caminar por el palacio sin necesidad de tener que examinar los rincones para no encontrarlo.
Ahora está vulnerable frente al rey. Nunca fue de su agrado debido a que lo desobedece con frecuencia por mi culpa, pero desde que ejecutaron a Elm se mantiene solo.
No tiene aliados que puedan prevenirle de algún peligro.
Creo que hacerlo partícipe de mis ideas es más peligroso para él, que ocultarle la verdad.
—Adelante —ordeno con el tono elevado desde la terraza.
Un instante después, puedo apreciar el sonido de la puerta fechándose. Se escuchan pasos lentos y cortos que se acercan veloces hacia el ventanal como si solo flotase por la habitación. En un suspiro se transforman en pesados, algo más sonoros cuando me concentro en ellos. Menos ajados, tal vez.
—Princesa Eladriel —la voz dulce de Twig me hace sonreír.
—Princesa —una voz algo más grave me saluda tras él.
Arrugo el entrecejo. Separo los dedos con disimulo para buscar la daga antes de voltear. Recorro a Twig de pies a cabeza para asegurarme de que no está herido y esa voz no lo amenaza. Mis ojos se abren. Mi mano se deja caer con cuidado al descubrir quién le acompaña.
—¿Keus? —entrecierro los ojos a la vez que sale a la terraza.
—Alteza —se inclina Keus.
—¿Sucede algo con la familia Dirphen? —me alejo del balcón al verlo. Una de mis cejas se arquea.
—Me urge hablar con vos antes de partir de Eryas —asiente con la mirada baja.
El color miel que se destaca bajo los rayos del bajo sol transforma su peinado en alborotado. Vuelve su expresión algo más divertida.
—Lugh no comentó nada sobre tu partida —sujeto las manos al frente—. ¿Dónde irás?
—Iré a Eigton —Keus aprieta los labios.
—¿El palacio de los elfos? —mi mandíbula se afloja de golpe.
—El rey envió un mensajero real en las horas de la mañana para poner en sobre aviso que la princesa Aranel y su prometido pensaron en mí como criado —Keus aprieta los labios. Parece que se ha resignado a esta orden.
Mis ojos buscan a Twig, pero él apartó la mirada silencioso.
Comprendo que la princesa ha decidido tomar distancia de Lugh tras nuestra conversación, pero no del todo.
Se asegura de que si él la rechaza, tendrá un motivo para estar cerca.
Quizás, le habló de Keus en alguno de sus encuentros.
Vive con él desde que nació, se refiere a su primo como un hermano pequeño y molesto al que se le quiere.
Reniega de su compañía, es cierto, pero sé que lo buscaría en cuanto tuviera ocasión.
Ella sabe que tiene la posibilidad de debilitar sus decisiones y volver frágil su negativa solo con estar a su lado.
Imagino que el motivo de su visita es pedirme que impida su partida, pero no puedo hacer nada.
No tengo excusa con la que convencer a mi padre de que Keus debe permanecer en Eryas sin que pregunte por qué debería deshonrar el pedido de Aranel.
No tiene un poder que puedan utilizar en el ejército con el que hacerlo ingresar en la guardia, ni puede asistir a las clases de control.
Y si me detengo a pensar de manera fría su ausencia, que esté en el palacio de los elfos puede resultar ventajoso para nosotros.
La princesa cree que puede utilizarlo, que eso la acercará a Lugh, y puedo ser yo quien haga eso primero dándole instrucciones para que se convierta en mi espía.
Confiaría en cualquiera que fuera familia de mi anacardo.
—Presumo que no buscas las bendiciones de tu princesa, ¿cierto? —sonrío.
—Debo confesar que no erráis, mi señora —Keus calla. Su mirada se alza firme.
—No hay en mis manos algo que pueda revocar la decisión de su majestad —asiento antes de iniciar la marcha al interior—. Me temo que menos aún en las de la princesa elfa.
—Os estoy agradecido, mi señora, pero nada tiene que ver con esta decisión lo que me hace visitaros —confiesa Keus tras voltear para seguir mis pasos con la mirada.
—Entonces, os escucho —me detengo en el centro del cuarto. Señalo el interior para que acceda.
—Encontré una carta. Una que la princesa Aranel envió a Lugh a casa… —sus pies cruzan el ventanal sin que sus ojos se hayan despegado de los míos ni un segundo—. Confío en que podáis ayudarme con eso.
Trago saliva. Asiento.
—Primero dime qué deseas, ni siquiera conocía la existencia de esa nota que encontraste —aprieto los labios.
—Sé que mi presencia en el palacio de los elfos no se debe al azar, princesa Eladriel —Keus arruga la frente. Deja escapar una risa seca, abatida—. Si le hubiera dicho cuál es la orden de la princesa, él mismo me habría acompañado hasta allí.
—Estoy de acuerdo, aunque no por eso podré darte lo que desees —sonrío por su sagaz ingenio.
—Lo que deseo es romper la confianza que la princesa posee en mi primo —asiente. Su gesto de seguridad me encoge el estómago—. Si estar comprometida no la aleja de él, que las acciones de Lugh la aparten de una vez por todas.
Mi respiración cae ante su propuesta, ante la idea de traicionar a Lugh de esta forma.
Estoy convencida de que mantenerse alejado de la princesa es lo mejor si desea conservar la cabeza sobre sus hombros, pero…
Si no acepto lo que desea traiciono su libertad.
No sé hasta donde es leal llegar para que esté a salvo.
Me mintió, y pagará un alto precio por haberlo hecho, sin embargo, no me veo capaz de controlarlo.
De ensuciar su imagen. No de esta forma que él propone, al menos.
—¿Cómo crees que podrás conseguir eso? —la angustia consigue fruncirme el ceño.
—No confiaría en mentir en cartas si tienen la oportunidad de encontrarse —Keus guarda su labio inferior entre los dientes—. Mi estadía en ese palacio hará que me visite, estoy convencido, hay que impedir que vuelvan a reunirse en privado.
—Keus, debo prevenirte sobre algo —la vergüenza desvía mi mirada. También la culpa—. Sus intenciones con la princesa ya hace días que han escalado.
—¿Y vos lo sabíais? —la ternura de su rostro se deshace en un pestañeo. Se llena de sorpresa, algo de rabia…
—Fui yo quien los ayudó a reunirse —alzo la mirada para hacerme responsable de mis decisiones.
Keus me examina con la mandíbula tensa. Me mantengo concentrada en sus ojos acusadores que acaban de condenarme como la responsable de los males que acechan su hogar.
La vena de su frente parece un río de reproches.
Sus ojos se bañan en furia, sus labios luchan contra el silencio.
Supongo que esas lágrimas que empañan su mirada se deben a la impotencia de mi posición frente a la suya.
—Lugh es más que un habitante de Eryas para mí —el cargo de conciencia me hace confesar—. No conocía la existencia de un compromiso.
—Mi tía sospechó después de que uno de los elfos con armadura plateada lo buscara en los campos —Keus guarda resistencia sosteniendo la mirada en alto.
—No deseo que mi nombre te impida ser franco —coloco la mano sobre su hombro para sujetar su pena.
—Ella confiaba en vos para proteger a su hijo —me dedica una mirada herida de reojo.
Admito que esa frase ha quebrado la poca paciencia de la que dispongo. Hasta ahora, nadie puede negar que ese ha sido mi cometido desde hace días. Desde que el teniente me puso en aviso de lo que sucedía y lo corroboré con las palabras del rey de los elfos.
—No hubo motivos que me hicieran pensar en una alianza cercana, la princesa parecía proteger la vida de Lugh tanto como yo —mi barbilla se eleva con somera molestia.
—Hasta que se marchase como criado a su palacio —espeta Keus. Deja salir su rabia con tono descortés—. ¿Cómo podríais protegerlo entonces, princesa?
—¿Qué te hace pensar que aceptaría tal cosa? —titubeo sorprendida. Doy un paso hacia atrás para clavar en él una mirada de urgencia.
—Es lo que ella le pedía en esa carta que encontré, le confesaba que esa sería la única manera de estar juntos sin levantar sospechas —ríe con ironía. Llena el pecho de aire—. Y él aceptó.
—Entonces ¿la princesa pidió a Lugh en vez de a ti? —arrugo la frente confundida.
—No tengo constancia de que eso sea así —niega—. El mensajero me entregó el edicto real con la decisión de su majestad, y mi tía pensó que debía venir a poneros en sobre aviso antes de hablar con Lugh.
—Dudo que de haber sido así, mi padre hubiese rechazado su petición —ladeo la mirada hacia Twig. Sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Nuestra conversación de anoche debe haberla hecho cambiar de opinión.
—¿Vuestra conversación? —Keus arquea una ceja. Su mandíbula se separa con ligereza del cuello cuando su oído se afila.
—Tú tía está en lo cierto, Lugh no debe enterarse de tu partida —asiento. Mis cejas se elevan en un gesto de aviso.
—No puedo hacer tal cosa… —da un paso hacia atrás con ojos abiertos.