24. Sin miedo a vivir. #9
—Hacedlo —Sendro amplía la sonrisa—. El rey sospechará de vos como hizo con el robo de los niños —me advierte con las cejas elevadas.
—Si no fuera yo quién lo ejecutara, sus sospechas recaerían sobre mí de todas formas —asiento con las cejas arqueadas de forma subversiva—. Prefiero librarme de vosotros antes de recibir el castigo.
—El rey tenía razón cuando declaraba que vuestras intenciones eran detestables. Deseáis el poder como vuestra madre —me espeta Sendro con un aire de justicia que calienta mi sangre.
—Mi poder está lejos de un asiento y cuatro muros, soldado Graver —estiro la comisura de mi boca en una sonrisa amplia de satisfacción—, pero todo llegará a su tiempo. En breves podrás comprobar tus pensamientos.
Escuché demasiadas veces por hoy que el rey Eliot tiene razón. Puede que sea así. O que, por el contrario, sus deseos se hayan hecho realidad y nunca pensó en las consecuencias de ellos.
—Mylo —anuncio al guardia.
—Sí, princesa —se inclina Mylo con atención.
—Sal del cuarto —le instruyo mientras concentro la mirada en los soldados—. Vigila la puerta y corre si escuchas que alguien se acerca.
—No pretendáis que os deje aquí a solas —se acerca para musitar cerca de mi oído.
—Tal vez —carraspeo. Alzo la mirada hacia sus ojos—. Deberías quedarte a presenciar lo que sucede para que dejes de temer por el estado de tu débil princesa.
Mylo sella los labios antes de retirarse.
Sendro esboza una sonrisa, apoya la mano en el suelo cuando la puerta se cierra.
Levanto la pierna para desenvainar la daga que oculto en la bota y apunto a su entrecejo con tanta prisa, que se detiene con la mirada fija.
Estiro el brazo para recoger luz de una de las antorchas hasta que la consume.
Oscurece la estancia a pesar de que todavía puedo distinguir a la perfección sus puntos débiles.
Junel y Kesien se mantiene aletargados cerca de la pared, analizan como su amigo me desafía sin movimientos.
Estiro la sonrisa más de lo que hace un solo instante pretendía.
Me acerco hasta él con seguridad y una sacudida que rompe todo lo que tenía asumido sobre mí.
—Pon tus rodillas en el suelo, y discúlpate por tus pensamientos impuros sobre mí —estiro el brazo. Sujeto la empuñadura de la daga para apretar la hoja en un lateral de su cuello—. Y solo así, el corte será rápido y la muerte poco dolorosa.
—Yo no me arrepiento de mis deseos —ríe Sendro. Su sudor se intensifica—. No es pecado anhelar lamer lo que una ramera esconde.
—Unas últimas palabras llenas de erudición, soldado Sendro —aprieto los labios al inclinar la cabeza a la izquierda—. Tu madre estaría conmovida con esta despedida.
Despacio, incido la daga sobre uno de los broches que conforma su armadura.
Lo acerco a mí. Separo con la hoja las ropas húmedas a simple vista que protegen su cuerpo, introduzco entre ellas la bola de fuego que reposaba en mi mano.
Lo suelto para evitar que pueda sacarla.
El efecto es inmediato. Sendro deja de lanzar improperios para vociferar, se deja caer en el suelo.
Sus brazos y piernas se agitan de forma incontrolable ante nuestra mirada.
Sus chillos son tan fuertes, que siento como Mylo separa la hoja de la puerta un instante antes de volver a cerrar.
Junel y Kesien apartaron la mirada al ver como el fuego tocaba su cuerpo, han bañado su cara en lágrimas que recorren sus mejillas con el ímpetu de una urgencia que se sume en la impotencia.
Ninguno de ellos derramó lágrimas por mi honor cuando querían mancillarlo…
Detengo sus espasmos con el pie. Lo volteo para hundir la daga en la nuez de su garganta buscando acabar con su sufrimiento.
Tiro con fuerza hacia atrás. Su armadura está intacta, pero de las uniones metálicas brota un humo delicioso para cualquiera de los lobos que adiestra Tien.
Suspiro, porque podría haber sido yo quién ocupase su lugar, y sin embargo no lo soy.
—Si elegís pedir perdón, solo la daga os dará muerte —volteo hacia Kesien y Junel. Extiendo el brazo en dirección a la otra antorcha.
—No existen disculpas que puedan calmar el dolor de mi arrepentimiento, princesa —solloza Kesien.
—Siento que tu alma acceda al mundo de los muertos con tanto pesar —guardo silencio en un gesto de compasión.
Bordeo el cuerpo del guardia muerto en el suelo para acercarme a él. Sujeto la hoja de mi daga, le ofrezco la empuñadura. Kesien la mira confundido por un instante, me busca con la mirada para comprender qué sucede.
—Vas a expiar tus pecados —balanceo la daga frente a sus ojos para que la tome.
El guardia acepta. Le dedica una mirada de tristeza a Junel mientras él observa horrorizado como empuña la daga con las dos manos.
Se arrodilla. Desdobla los codos para estirar el arma apuntando a la boca de su estómago, más tiembla tanto, que sería incapaz de abordar un punto concreto.
Traga saliva sobre las rocas. Su mirada vuelve a encontrarse con la mía durante unos segundos.
Asiente con respeto antes de hundirse el cuchillo en el centro del abdomen en un gesto ágil que le hace emitir un último chasquido sordo antes de caerse herido hacia un costado. El gemido ahogado que despide la vida.
—Mi señora… —pronuncia Junel. Apoya las manos en el suelo para postrarse ante mí—. Permitidme una última voluntad antes de morir.
—Lo que acepte, estará sujeto a lo que pidas —afirmo mientras retiro la daga del cuerpo de su compañero.
—Matadme vos, mi querida señora —suplica Junel, hunde la frente en el suelo—. Yo soy demasiado cobarde para morir como cualquiera de ellos.
Cierro los ojos un segundo. Tomo aire. Despejo la garganta con un carraspeo según camino despacio hacia él para aceptar su deseo.
Su llanto es desconsolante, pero me detengo frente a sus manos y su cabeza para observar cómo, lentamente, su mirada comienza a elevarse firme.
Ninguno decimos palabra alguna más. Sujeto su cabello con las manos para sumergir la daga en un lateral de su cuello mientras una lágrima recorre mi mejilla.
Tiro hacia un lado antes de dejarlo caer al escuchar como la sangre impacta contra el suelo. Sobre mí.
Me alejo un par de pasos para examinar los cuerpos, la armadura aún humeante de Sendro.
Subo las manos llenas de sangre hasta mis ojos cerrados, hasta que me encuentro capaz de mirarlas.
En la derecha, todavía empuño el arma. No puedo detener las lágrimas cuando al mirar al frente tras enfriar mi mente, me doy cuenta de que yo fui la responsable de lo sucedido.
Pero nada invade mi alma salvo paz. Sus nombres ya no me dan miedo, sus intenciones tampoco, pero sus almas deberían temer por ellos mismos.
Limpio las perlas afiladas que caen golpeando mi clavícula por las partes de las mangas libres de sangre.
Tomo aire en varias ocasiones para convencerme de que este no era mi destino y debo continuar.
No hay vidas más preciadas que otras, me digo a pesar de que me salvé.
Uso la capa de Junel para limpiar la daga antes de guardarla en la bota.
Me inclino ante los cuerpos de los presentes para despedirme de ellos, pedir su perdón a pesar de sus pérfidos latidos.
—Eladriel… —musita Mylo desde la puerta al verme ensangrentada.
—Tira una antorcha en este lugar cuando hayas sacado los cuerpos —le ordeno a Mylo tras retirar las lágrimas—. Que parezca un accidente.