Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 24. Sin miedo a vivir. #8
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24. Sin miedo a vivir. #8

Me empujo cuando cruzo la puerta. Un soplo leve de alivio brota de mi pecho al ver que las hojas se han cerrado y ya no hay marcha atrás.

Guardo el aliento según bajo de la torre.

Me pego a la pared, ando a hurtadillas en cada paso, uno los labios para evitar que el aire silbe entre ellos…

Mis pupilas se dilatan para dilucidar mis pasos en medio de la oscuridad de la noche.

A tres escalones del pasillo principal me detengo, aguzo el oído.

Me aseguro de que nadie camina cerca, que no hay soldados alrededor por el cambio de guardias.

Abordo el pasillo en una carrera intentando disimular el ruido de los pasos largos, lanzo leves ojeadas para comprobar que nadie me sigue hasta el patio de armas.

Dirijo la vista al frente. Sus puertas se abren sin esperarlo.

—¡Princesa! —Mylo me sujeta por los brazos para evitar que caiga al suelo.

—Me asustaste —con voz entrecortada, me apresuro a recuperar la postura.

—Tenemos que darnos prisa, los guardias llegarán a las mazmorras antes de que entremos en la sala —sujeta mi brazo para tirar de mí hacia el patio.

Me aferro a su mano con determinación. Corremos sobre la tierra del palacio y el crujido de la arenisca bajo las apresuradas pisadas.

No lleva su lanza ni la armadura, tan solo sus ropas.

Se asegura a cada instante de que me encuentro bien, que sigo cerca a pesar de que el tacto todavía nos une.

Su ceño se frunce cada vez que devuelve la vista al frente.

A la llegada a la entrada de las mazmorras se acerca a por una de las antorchas que la iluminan.

Está desabrida y oscura aun así. Me la entrega para desenvainar una daga de su cinturón de cuero, avanza mientras apunta.

—Perderéis capacidad de defensa con la antorcha —me advierte Mylo con el tono apresurado.

—Llévame ante ellos, esto en mis manos es más peligroso de lo que crees —le indico sin vacilar.

Mylo calla para atender a mi palabra. Recorremos el tramo de escaleras que baja a las celdas principales.

Las gotas de agua golpean el suelo de madera de los escalones según descendemos, caen sobre nosotros.

El aroma fresco y terroso del musgo se une al producido por el moho.

Me roza el olfato en busca de náuseas. Bajo la mirada al pisar un charco formado en una de las hendiduras en la superficie de la roca del suelo, me distrae por un instante de mi mente.

Del silencio por temor de Mylo que lejos de que pueda estrujarme la conciencia, la endurece.

—¿Has conseguido reunir a los tres guardias sin que te vieran? —accedemos a uno de los pasillos a la izquierda.

—Seguí vuestras órdenes sin complicaciones, princesa —confirma Mylo con voz temblequeante.

—¿Sospecharon cuando le indicaste las nuevas órdenes del rey? —adelanto la cabeza cuando su mirada se aparta de forma insistente.

—Nada —afirma.

—¿Y tú? —me aparto—. Pareces tener dudas.

—Las tengo, alteza —sostiene Mylo en una ojeada rápida.

—No esperaba algo distinto —aprieto los labios por un instante—. Deseo escucharlas y resolverlas.

—Mi lealtad a vos no necesita escuchar justificaciones —asesta sin quebrar la mirada.

—Si en algún momento cambias de opinión, no tendré problemas en retomar esta conversación —asiento con una leve sonrisa que apoya mis argumentos.

Mylo voltea el cuello con el dedo índico colocado en la mitad de sus labios.

Me pide silencio. Desenfunda el colgante que le entregué de un espacio bajo sus ropas para colgárselo del cuello.

El lino de su camisa comienza a desprenderse bajo una sombra negra que adquiere el aspecto del traje de vuelo de Tien.

Avanza hasta ocultar sus facciones. Sus ojos se vuelven blancos, su piel comienza a desgarrarse en segundos para dar paso a otra nueva.

El color negro de su pelo se transforma en uno castaño claro con reflejos de oro.

La daga ya no es la que portaba para defendernos, su emblema y diseño ha cambiado hacia el de alguien cuyo amor propio no deja escapar ni a sus complementos.

Mis párpados se separan al encontrar en el hilo de la voz de Mylo, el tono del hijo del cancilier. El lunar que decora el nudillo izquierdo del dedo índice aparece dibujado sobre su mano. No puedo evitar asombrarme al ver lo realista que ha sido su cambio.

—A partir de ahora y solo hasta que diga lo contrario, tú serás quién dé las órdenes —le impongo. Coloco mis manos al frente en espera de que abra la puerta.

Asiente. Separa despacio la hoja. Cuando se aparta de la puerta, las mandíbulas inferiores de estas tres escorias se caen.

Han tomado asiento en la roca firme del suelo de la esquina los tres juntos.

Sus caras relajadas indican que se lo estaban pasando bien hasta que han sido conscientes de mi presencia en el lugar.

Camino con seguridad hacia el centro de la estancia con la frente en alto.

El trío asustadizo se levanta de forma apresurada para dedicarme una reverencia. Cambian la mirada para enfocarla en Mylo y su nuevo aspecto de hijo del cancilier con curiosidad. Veo como sienten intriga. Balbucean como ignorantes cerdos al retroceder ante su media sonrisa tomando asiento de nuevo.

—Buenas noches, soldados —manifiesta Tien con una seguridad que solo hay tras el arrojo de Mylo.

—Princesa —Kesien consigue romper a hablar—. No esperábamos que alguien como vos se atreviese a bajar a este lugar.

—Pensé que estabas al tanto de las veces que mi padre me envió aquí —arqueo una ceja tras la confesión—. Además, tus suposiciones resultan ofensivas, soldado Jeidan. La justicia no conoce de abismos ni sexos.

—Disculpadme, mi señora, pero… —Kesien inclina ligeramente la cabeza hacia delante—. ¿De qué justicia habláis?

—¿Por qué nos mantienen en este lugar? —pregunta Sendro con tono de arrogancia.

—Su majestad desea conocer la nueva información que habéis obtenido sobre los bastardos —afirma Mylo. Separa las piernas para cruzarse de brazos.

—Lo siento, señor Mémberin, pero el rey no deseaba revelar ciertos asuntos a la princesa —asiente Junel de forma respetuosa—. No comprendemos por qué nos reunió en este lugar.

—Mi prometida desea conocer los detalles, y no eres quién para negárselos —asegura Tien. Echa mano a la empuñadura de la daga.

Su actuación realista me estremece. Estiro la mano para detener sus movimientos mientras arrugo el entrecejo. Si vuelve a decir algo que defienda mis intenciones, nos descubrirán antes de haber dicho nada.

—La realidad, querido, es que conozco todo sobre lo sucedido con los niños —sonrío. Doy un paso que adelanta aún más a Mylo—. Lo que deseo descubrir es lo sucedido con el lugar en el que vivían.

Kesien dedica una mirada a Junel. Sendro expande las pupilas con interés sobre mi figura. Alternan sus miradas confundidas con la de Tien y la mía.

—El rey ordenó deshacernos de todo lo que había allí —confiesa Kesien a regañadientes.

—Las casas que construyeron para los niños fueron fáciles de eliminar, pero el ganado… —Junel chasquea la lengua—. Tuvimos que incendiar todo para cumplir con los deseos de vuestro padre.

—No habléis más de la cuenta —Sendro ladea el cuello hacia ellos con voz elevada—. Puede que nos estén engañando.

—Y si así fuera, ¿tienes algo que decir en la posición en la que te encuentras? —me inclino a su altura.

—Guardad cuidado, mi señora, mi devoción y compromiso son hacia el rey de Ravenbell, no hacia vos —afirma Sendro de manera decidida.

—Pude comprobar que tus palabras son veraces en la guardia de las fronteras del reino. Junto a las de Kesien y Junel —le espeto sin consideraciones—. Esas afirmaciones fueron más ofensivas, que las presunciones lanzadas por tu camarada hace unos instantes.

—Princesa… —Sendro baja la mirada.

Sé que no dirán nada más. Probablemente, ni se hayan molestado en descubrirlo. Sus pensamientos estaban orientados a otras preocupaciones…

—Debo advertíos de que moriréis aquí —recupero la postura. Los examino a los tres—. Pero la manera en la que lo hagáis depende de lo que confeséis.

—No conocemos más de lo que sabéis —Sendro apoya las manos en el suelo con rabia—. ¿Por qué no le preguntáis a vuestro prometido?

—Es el más cercano al rey después de su padre, tendrá más detalles que nosotros —interviene Kesien con voz nerviosa, con más miedo del que veía en Mylo.

—Puede que sea cierto eso que aseguráis, seguro que él tiene más detalles —sonrío—. Pero habéis dicho que mi padre no desea darme información, es una lástima que él solo sea su perro y deba utilizaros a vosotros.

Camino hacia Mylo con las pupilas fijas en el collar para que se lo quite.

Mylo lo retira. El aspecto del hijo del cancilier desparece con él, su piel tostada vuelve.

Lo rosado de sus mejillas ilumina de nuevo su rostro después de que una expresión demasiado mezquina se hubiese apoderado de su tierna mirada.

Los soldados, postrados en el suelo, observan la escena con resignación.

Acaban de comprender que el motivo por el que están aquí, no es otro que la advertencia que acabo de lanzarles.

Van a morir. Se dedican miradas impotentes, lo veo.

Alguno incluso ha permitido que el pánico se apodere del brillo de sus ojos para suplicar, callado, por clemencia.

Una imploración que eriza mi piel a pesar de que nada de mí pueda mostrárselos ahora.

—Vuestro plan para entrar en mis aposentos parecía sólido —tomo aire para olvidarme de la culpa—. Pero demasiado cobarde.

—No sabemos a qué os referís —señala Junel. Como si negarlo lo hiciese mentira.

—¿Deshonrar a la hija del rey? —arrugo la frente. Aguzo el tono de voz—. Qué aspiraciones tan interesantes y malvadas —dibujo una sonrisa—. Acorde a las que vuestro señor os indicaría.

—No os equivocáis —sonríe Sendro—. Seguro que disfrutaría si nos viera cumplir con esa suposición que afirmáis.

—No tengo dudas, aunque, los dos tenemos nuestros propios propósitos —deslizo las comisuras de los labios hacia abajo. Asiento—. Muy diferentes, claro.

—¿Cuáles son esos objetivos? —pregunta Junel con rabia entre los dientes—. ¿Elegir el traje que luciréis el día de vuestro casamiento?

—Que meta más elemental… —pongo los ojos en blanco al dejar caer los brazos—. Siendo hija del rey Eliot, no podría anhelar otra cosa que destruir, vosotros solo os habéis cruzado entre mis objetivos.