Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 24. Sin miedo a vivir. #7
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24. Sin miedo a vivir. #7

Saco el anillo entre sus pestañeos de dignidad. La princesa se acerca despacio cuando los rayos de la luna resaltan en mayor medida ese azul profundo de la casa Valoth. Su casa. Lo contempla con detenimiento. El brillo de sus ojos titila con paz ahora que lo ve.

—Aunque no me creas, esperaba que lo tuvieras tú —Aranel sonríe mientras su garganta se mueve por alivio.

—Que esté en mi poder es fortuito —aprieto los labios mientras le echo un vistazo a la joya—. Me pregunto por qué te alivia que esté en mis manos, si fueron enviadas a las de Lugh.

—No fui yo quien se lo envió —deja caer la mirada ante la confesión.

—Eso fue lo que Lugh dijo —cierro el puño para guardar el anillo.

—Porque fue lo que Aendyl me obligó a decir a mí —aparta su mirada. Su tono se vuelve molesto.

Mis párpados caen decepcionados ante lo que admite. Suspiro. Empuño el anillo para guardarlo y tomar el pañuelo que guardo al lado. A menos que Lugh estuviera tan loco como para entregarle un recuerdo suyo a Aranel, es imposible que lo que él dice sea cierto y haya sido enviado junto a la joya.

—Quiero que seas sincera si de verdad deseas que ayude a Lugh —humedezco los labios para encontrar calma—. ¿Cuándo olvidó esto en Eigton?

La princesa determina el pañuelo entre mis manos.

—En las horas de ayer en la tarde —Aranel recuerda con mucha más nitidez que él su último encuentro.

—¿Aendyl fue el que lo encontró? —trago saliva. Ni siquiera deseo escuchar su respuesta.

—Solo sabe que pertenece al reino de las hadas —su tono se llena de angustia. Su voz se vuelve frágil.

—Por eso envió el anillo… —callo—, delataría al hada que lo llevase.

—Vio el emblema del reino en una de las esquinas —oculta sus labios temerosa—. Entró en cólera.

—¿Te castigó? —aparto la rabia para acercarme a ella.

—El condestable conoce sus límites, sobre todo a días de nuestro compromiso —admite Aranel con la altivez propia de su puesto—. Sabe que yo no me doblego con facilidad.

—¿Por qué accediste a escribir esa nota entonces? —su seguridad en sí misma es más grande que el amor que siente por Lugh—. Pareces tener más poder que él.

—Me amenazó con confiar el secreto a los dioses si me negaba, dijo que no lo deshonraría —su pasmo al confesar que peligran me sobrecoge—. Si no hubiese accedido, los ángeles habrían invadido Eryas tan solo dos horas después para buscar al que rompió las normas de los creadores.

Me enfurece admitir que la encuentro triste, pero no es suficiente.

Puede que ella haya sido egoísta al decidir arriesgarse y exponer a Lugh a sabiendas de que está comprometida.

No negaré su falta de juicio. Sin embargo, culparla a ella solo sería injusto.

Él conoce las consecuencias a las que se enfrenta.

Su relación con Aranel es peligrosa desde el primer encuentro, ella nunca actuó de forma clara y aun así decide comportarse como un completo irresponsable.

Aseguró que ese pañuelo lo olvidó el día que fuimos a por la llave.

Me engañó y sus ojos no temblaron mientras lo hacía…

Contemplo su estado. Parece dispuesta a que lo sucedido con Lugh permanezca oculto, aunque sea por no manchar su nombre.

Eso me agrada más de lo que ella cree. La ayudaré por Lugh, pero ella me necesita tanto como yo necesito sacar a los niños de Zor.a. Debo llevarlos lejos.

Creo que puedo resolver el problema del anillo ordenando a Mylo que se lo entregue a uno de los prisioneros.

Elegiría a uno de los peores, que no fuera inocente, y le prometeré la libertad si accede a hacerlo.

Le diré al guardia que lo lleve ante Aendyl como el culpable que busca y después será reclutado en Draenith.

Siempre que la princesa acepte primero mi pedido, claro.

—En la ciudadela aseguraste que nuestra amistad nos traería grandes beneficios —sonrío. Su mirada se vuelve filosa—. Llegó el momento de averiguar cuáles son, incluso si no podemos llamar a lo que nos une, alianza.

—Comprendo que aceptas ayudarnos —asiente la princesa.

Su postura se vuelve tan protocolaria como la mía. Ambas sujetamos las manos al frente.

—Estoy dispuesta a solucionar el problema con tu prometido, pero solo si accedes a entregarme algo que necesito —mi propuesta solo aumenta mi sonrisa y tensa sus hombros.

—Si está en mis manos, cuenta con ello —deja caer el mentón en una afirmación.

—Quiero tres barcos elfos dispuestos en el muelle de Néferien y cargados de provisiones. Debe ser antes de la semana que viene —mi barbilla se alza para apoyar la firmeza en mi pedido.

—¿Tres? —sus manos se separan. Sacude la cabeza en negativa—. La flota de mi padre solo cuenta con cinco barcos de refuerzo.

—No los quiero para mí, pueden regresar a tierras elfas tras cumplir con su trabajo —inclino la cabeza hacia un lado al ver que no le interesa salvar su cuello.

—Accederé solo cuando me cuentes de qué manera nos ayudarás —sus labios se estiran con poca gana.

—Aendyl busca un hada con el anillo, y lo tendrá —dibujo media sonrisa—. Yo se lo haré llegar.

—Pero sospechará de esta conversación si eso ocurre —niega.

—El guardia que lo llevará dirá que fue acusado de robo por mi padre —revelo con más calma de la que ella pudiera comprender—. Ver un hada con un anillo lujoso de Eigton resulta sospechoso.

—¿Y si el hada confiesa? —sus pupilas se alternan veloces con las mías.

—No podrá, porque el castigo que su majestad le impuso por atreverse a pecar en reino elfo se lo impedirá —me inclino hacia delante después de soltar las manos—. Los prisioneros sin lengua no pueden hablar.

—Bien. Tres barcos esperarán en la costa del bosque de los susurros cuando dispongas —sus cejas se arquean según acepta—. Espero que todo salga como lo esperas.

—Todavía hay algo más que debes hacer si deseas aceptar mi ayuda —mis palabras captan su atención de inmediato—. Y no tienes más remedio que aceptar si deseas salvar a Lugh con certeza. No te daré el anillo.

—Dijiste que respetarías lo que él decidiese —Aranel sella los labios. Sus hombros caen.

—Él me mintió —mi tono cambia, se vuelve frío y distante—. Si lo buscas de nuevo, voy a convertirme en tu némesis.

—Tú tienes secretos —sus ojos se entrecierran—. Tu padre, los dioses… Podrían descubrir tu romance.

—Te salvaré de Aendyl, pero puedo condenarte de la misma forma que tú insinúas —mis fosas nasales se ensanchan con odio—. Si él sufre te aseguro que no esperaré a que Aendyl tome la justicia que le pertenece como esposo, Azohr no es culpable de tu falta de agallas.

—¿No puedes comprender que yo quiero a Lugh? —su tono de voz se eleva.

Bajo la mirada con cautela. De reojo capturo la vista a mis espaldas para comprobar cuánta distancia nos separa de los guardias que custodian la puerta.

—Solo comprendo que no lo quieres tanto como te quieres a ti. Como a tu trono —ojalá yo pudiese envolver mi realidad tan bien como ella lo hace con la suya—. De otro modo, jamás habrías aceptado exponerlo para salvarte.

—También lo hice por tu pueblo, porque Aendyl no se detendría en sus propósitos —aparta la mirada con dignidad fingida.

—Lo buscaron en su trabajo —la furia me hace gritar—. Todos vieron cómo se acercaban a él para entregarle lo que enviaste.

—No pensé que eso pudiese exponerlo —aparta la mirada. Su tono de voz baja.

—¿No pensaste que confesarle a Joralf la situación con Lugh lo pone en peligro? —vocifero sin dar importancia ya a quién nos escuche—. ¿No has pensado en qué hubiera pasado si esta noche hubiera dejado a Lugh acercarse con el anillo?

—¿Vendrá? —todo lo demás parece no importarle bajo esta pregunta.

—Espero que no se atreva —muerdo mi labio inferior un instante—. Será doloroso para él tener que despedirse de ti de este modo.

Aranel asiente. Calla mientras me mira.

—Bien —confirma la princesa—. Si debo alejarme para que lo ayudes, lo haré.

—Vuelves a estar equivocada, princesa —niego—. Debiste alejarte de él para que ahora no necesitase mi ayuda.

—El trato sigue en pie —Aranel levanta la tela de su túnica. Toma camino hacia la escalera—. Después, no sé qué fin tendrá la guerra que empiece entre nosotras.

—Yo no tengo miedo a perder mi trono, pero tú estás bastante arraigada al tuyo —declaro con la voz y la barbilla en alto—. Si los dioses descubren lo que sucede con Azohr, confesaré quién eres y haré que te maten.

—Entonces Lugh también será ejecutado —se detiene sobre el segundo escalón. Hasta sus amenazas deben ser de espalda.

—Después del plan del anillo, para tu prometido sería el segundo hada con el que le engañas. Yo podría alegar que tú los buscas, y no sería mentira —mi voz se alza desafiante—. Mi palabra irá contra la tuya hasta el final.

—Ahora solo somos tú y yo, y lo que Lugh decida —Aranel me dedica una mirada por encima del hombro.

—Me parece justo —me mantengo inmóvil, sin pestañear—. Porque si decide alejarse y no lo permites, me otorgarás una excusa para acabar contigo.

En esta ocasión no obtengo respuesta alguna por su parte. Continúa por las escaleras hasta que desaparece en el interior.

Menos de dos horas después, las manecillas del reloj de mi cuarto se mueven despacio a pesar de que las siento apresuradas.

Resta solo un cuarto de hora para las doce.

Desde hace un largo trecho contemplo desde la cama como el momento se acerca.

No lo deseo, pero ya no le temo. Es a este punto al que me aterraba llegar.

Me encuentro sentada esperando que el tiempo me indique cuándo debo matar, me pregunto si esto mismo es lo que sentía mi padre cuando su benevolencia aún no estaba consumida por la oscuridad.

Estaba segura de que nunca lo sabría. Lo único que aprendí en estos últimos días es que, no importa qué hada, siempre sentiré culpa por mis actos.

Recorro el cuarto. Me convenzo de que es lo que me corresponde hacer.

¿Debería tener piedad por sus vidas incluso con lo que sé?

Algo me dice que no debo arriesgarme a descubrir que sucedería si tomo esa decisión.

Si ellos no dan marcha atrás y me atacan como aseguraron que harían…

Respiro. Compruebo que las dagas estén en su lugar y me aferro al instante en el que siento que debo bajar para no dar marcha atrás.