24. Sin miedo a vivir. #6
—Por supuesto, querido amigo —mi padre suelta una exhalación de placer tras tragar—. Además, has elegido el momento indicado.
—Mi señor, la casa Valoth no es digna de la honra que vertéis sobre ella —el rey elfo aparta la silla para ponerse en pie. Se inclina.
Mi padre estira la mano para indicarle que tome asiento.
—Este año, no solo nos acompañarán en el festival el reino de los elfos —confiesa el rey.
—¿Quiénes nos enorgullecerán con su visita? —Aelfraed coloca la túnica a la altura de sus piernas para tomar asiento.
Su majestad desdobla el brazo. Su copa espera que el copero llegue con la jarra para servirle. Una sonrisa se dibuja en su rostro durante la espera.
—Hace tan solo una hora que ordené a los escribas redactar invitaciones formales para el reino de Néferien y Bhulkahdur —admite mi padre—. Su compañía acallará los rumores de deslealtad entre sus altos cargos y este siervo ante los dioses.
—Eliot… —titubea Aelfraed.
—Te aseguro que no hay intenciones ocultas tras este gesto, querido Aelfraed —mi padre sonríe por esa seguridad en sus palabras… —. No aprecio su compañía, pero sí que su visita agrade a los creadores y limpie mi nombre ante ellos.
—Me sorprende la decisión tomada, Eliot —sonríe el rey elfo, pero creo que comprende como yo que no es real—. Sin duda es una decisión sabía que contentará a Aivtor y Essoi.
Las palabras del cancilier se desenredan ahora mientras mencionan el festival.
No tuve la oportunidad de escuchar la decisión que tomó mi padre con respecto a su propuesta, pero sé que aceptó su visita.
Confío en que haya desistido de sus planes macabros y solo espere la visita de los reinos por su anhelo de contentar a los creadores.
Debe tener en cuenta que dirigir un ejército según se preside el festival no sería fácil a pesar de que se sabe prescindible de cualquier batalla.
No dejaría que los soldados actuasen sin que él o sus canciliers estuviesen al mando, tiene demasiado miedo a una traición.
Si cumple con lo que Drieden le pide, se expondría ante los que trata de impresionar.
Miro el reloj entre pensamientos. Saboreo el vino. Faltan veinte minutos para las diez de la noche.
—Todas las criaturas de Órianth serán bienvenidos a mis tierras en esta ocasión —mi padre celebra sus palabras alzando la copa de nuevo.
Recuerdo la sala de asambleas, las cuevas de dragones fae que mostraba el mapa de Ylros.
Me esfuerzo por mantener el gesto impasible ante mis ideas de posible alianza con esos reinos.
Tienen ejércitos de fénixes poderosos como los de los brujos, pero sin nadie que los dirija.
Eso sería una buena excusa ante los dioses para derruir Néferien y Bhulkahdur, me sorprende reconocer de vuelta su inteligencia aún si es en estos asuntos.
No sería necesario que ninguno de ellos abandonase Eryas.
Los ejércitos de Ravenbell permanecerían apostados en el punto de cada día…
Podrían alegar que esa guerra es solo suya.
Pero si ellos son los que están aliados con mi padre para atacar Néferien, y los butkam han unido sus fuerzas a las del cancilier Drieden, ¿quiénes son los que vienen a por nuestro reino?
—La reina Efaris y el rey Wild asistirán con gracia, todos aquí conocemos sus deseos de establecer buenas relaciones con los reinos vecinos —afirma Aelfraed. Mi mirada se alza a sus palabras.
—He de reconocer que no los veo como enemigos tras la muerte de mi amada reina —el rey chasquea la lengua para dejar escapar su pesar—. Fue admirable como todos acudieron a entregar sus condolencias a pesar de nuestras conocidas diferencias.
—Eso traerá grandes beneficios a vuestro reino, querido Eliot, estoy convencido —asiente el rey Aelfraed. Su mirada brilla.
Como poco, esta cena no es tan accidentada como la última.
Justo tras el comentario de su padre, Aranel deja caer el tenedor sobre su plato.
Me sobresalta a mí, y a los que estamos presentes, aunque mi padre solo arquea una ceja con gesto de molestia.
Algunos de los criados incluso se han inclinado en espera de una de sus órdenes.
Se recoloca en el asiento con mala cara.
Aendyl se acerca, susurra algo a lo que ella solo sonríe con ligereza.
Coloca la mano entre ellos, lo aleja para alcanzar la copa de la mesa y dar un sorbo al vino.
Aprovecha que su prometido le da espacio para dejarla con delicadeza sobre el mantel impoluto antes de elevar la mirada hacia mi padre sin ninguna mota vibrando por el hecho.
—Majestad —la voz de la princesa recorre el ambiente agitada—. Si me lo permitís, me gustaría poder tomar un poco de aire fresco en el jardín.
—¿Deseáis que mande llamar a las enfermeras de palacio? —las manos de mi padre se apoyan en la mesa para mostrar interés por el estado de Aranel.
Elevo las cejas de forma fugaz. Ruedo los ojos a la izquierda cuando veo como mi padre se apresura a mostrar, de nuevo, más preocupación por alguien ajeno, que por mí y mi madre.
—Gracias, mi señor, será suficiente con respirar algo de aire —asiente Aranel con una sonrisa de agradecimiento—. Debe tratarse de los nervios por el enlace con el condestable.
—Pediré a mi guardia personal, Cedric, que os acompañe —su majestad chasquea los dedos en su búsqueda.
—No será necesario perturbarlo, la compañía de la princesa Eladriel me hará bien —su sonrisa oscila según me determina.
—Claro —exclama Aelfraed. Sacude la copa en mi dirección—. Nadie podría entenderla mejor en estos asuntos, que otra mujer.
—Si me permitís hablar, majestad —Aendyl dedica una mirada con ojos entrecerrados hacia Aranel—. Que las mujeres marchen hará más amena nuestra charla.
—Bien. Que así sea —asiente mi padre con gesto conforme.
—Con permiso, mis señores —me levanto para dedicarles una reverencia.
La mano del rey se sacude señalando a la puerta para que nos retiremos.
—Princesas —Aendyl se pone en pie. Se inclina ante nosotras.
Aranel me espera hacia el final de la mesa cuando los criados corren para avisar a los guardias que deben abrir las puertas.
Le dedico una silenciosa mirada antes de tomar su lado.
Asiento a la inquietud que encuentro en sus ojos.
Sujeta su túnica para poder voltear y su expresión se transforma al presentir que ninguno de los reyes presta atención ahora lo que su rostro cuenta. La ira y la rabia la dominan.
Fuera del salón, no tarda en convertirme en el centro de sus pupilas como si yo fuera alguien que tiene por objetivo destruirla.
En cierto modo, no puedo rebatir sus conclusiones.
Yo sé que no me temblaría el pulso para aniquilar las intenciones que tiene con Lugh si no desiste de ponerlo en peligro.
—Debo darte la enhorabuena —sentencio cuando la rabia por mis propios pensamientos me domina la lengua—. Aunque no debería causarme asombro que finjas, lo haces con frecuencia.
—¿Acaso tú oyes de lo que me acusas, y sin vergüenza por ello? —Aranel eleva las cejas en un acto condenatorio.
—¿No es lo que veo? —mi gesto se mantiene indiferente ante su dictamen.
—No te daré el permiso de juzgarme —voltea para caminar por la galería principal.
—Tú me lo otorgaste —le recrimino bajo una mirada furiosa mientras doy zancadas hasta ella.
—Ni siquiera has tratado de comprenderme —su reproche se envuelve en el hilo fino de un susurro—. Tú sabes que debes fingir para poder amar.
Sí, siento culpa, pero la rabia me eriza la piel.
—De acuerdo, Aranel —suspiro cuando no encuentro objeciones a esa última afirmación—. Conversaremos para ver si logro entenderte.
No tarda ni un segundo en aceptar. Camina rápido por las escaleras del jardín cuando nos dejan salir, damos un par de pasos por la pasarela.
No olvidé el anillo que envió a Lugh, tampoco el pañuelo.
Llevo la mano al corpiño para sentirlos.
Puedo ver entre las luces nocturas de las flores ese resentimiento que Aranel no puede esconder cuando me sincero.
Entonces, estoy convencida de que después de esta conversación me odiará.
—Yo no elegí a Aendyl —confiesa Aranel según voltea. Su mirada se ve perturbada—. Como sé que tú no has elegido a Tien.
—Conozco los detalles de cómo funcionan los compromisos reales, princesa —me cruzo de brazos a su pena—. Rechazo el mío.
—No hablo de compromisos reales, Eladriel —afirma a boca llena—. Has rechazado a tu pueblo por un romance que no tiene dónde sostenerse.
—Yo acepté que unir las dos cosas que quiero es imposible —admito sin espacio para titubeos—. Engañarme solo traerá destrucción a quiénes me importan y a mi propia alma.
—¿Qué hay de la carga que trae tu linaje? —su tono se vuelve irónico—. Tú misma dijiste que guardar silencio ante los actos de tu padre te volvía cómplice.
—Aún estoy en el puesto que me corresponde —dejo caer los brazos como si le diera más peso a mi presencia en Eryas.
—¿Te marcharás? —la princesa arruga la frente con expectación—. ¿Esos eran los planes que afirmabas tener en la ciudadela?
—Estaré en Eryas el tiempo que sea necesario —sonrío apenas.
—Así que, deseas darle la razón al rey cuando asegura que no eres útil como princesa —adelanta un pie, sus comisuras se alzan con burla.
—Ser la princesa que él no desea solo aumenta mi valor —mi sonrisa se estira como mi cuello. Aprieto los dientes con disimulo.
—¿Tu valor? —ríe. Ahora sí, su tono de mofa está claro—. ¿Le demostrarás tu valor cambiando tu poder por un hombre?
—Tú ni siquiera tienes coraje para eso —estiro la frente a lo que ella entiende por cobardía.
—Yo no necesito que un teniente afirme mi gallardía —sentencia. Su sonrisa se evapora.
—Porque la tuya reside en una silla y una corona —me inclino hacia delante para que disfrute de la mía—. La mía en renunciar a ellas.
—Serás quién deseas, pero nadie podrá ser testigo de ellos jamás —su barbilla sube con cierto tono de fastidio.
—Que mi conciencia lo vea será suficiente —mi comisura izquierda sube—. Y no será lo único que vea antes de marcharme de aquí.
—Esperaba esa afirmación después de las palabras que me dedicaste en Eigton —Aranel suspira. Su aliento sale tan exasperado, que me impacienta.