Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 24. Sin miedo a vivir. #5
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24. Sin miedo a vivir. #5

Hasta yo lo estoy. Supuse que la princesa vendría con la intención de encontrarse con él, y me sorprende enviándole esa clase de regalos tan llamativos.

Estoy segura de que se merece mucho más que eso, pero el resto de hadas lo mirarán con recelo.

Mi padre verá ese anillo desde su torre si lo usa.

Por lo menos, verlo me recordó que ir a esa cena es más importante de lo que pensaba.

Apenas ha pasado la tarde. Me perdí en textos y aun ajusto los zapatos cuando un golpe hace vibrar la puerta.

Espero que sea Twig, no lo vi desde esta mañana.

Sonrío desde mi posición, seguro está nervioso por pensar que quizás no regresé a Eryas.

O peor, que algo malo me pasó. Un nuevo impacto es eclipsado por el ruido de las trompetas.

Ya solo faltan cuatro horas para las doce.

—¿Pequeña Eladriel? —pregunta Twig desde la rendija que abrió en la puerta con su inconfundible dulzura.

—Adelante, Twig —elevo la voz desde el borde de la cama.

—El rey pregunta si estáis preparada para la cena —revela Twig tras asomar la cabeza.

—Cuando dispongas, podemos bajar al comedor —asiento. Uno mis manos al frente con una sonrisa al ponerme en pie

Abre la hoja de la puerta para colocarse en un lado. Estira el brazo y señala el exterior. Recibo la reverencia de Aemid en espera de que Twig siga mis pasos y abandone el cuarto.

—¿Os habéis perdido ya entre las páginas del cuaderno de Elm? —pregunta Twig cuando la hoja fecha. Ajusta su librea.

—No —sonrío al verlo adecentarse, como siempre—. Aún no.

—Debéis conocer lo que hay escrito —sujeta sus manos a la espalda cuando comienza a bajar las escaleras.

Le escucho con atención a pesar de que no menciona nada al respecto.

Aunque quiera descubrir qué hay tras esa insistencia que muestra, sigo sin encontrar el momento.

Voces toman los escalones indicando que el pasillo principal está lleno de criaturas.

Aparecen al momento lacayos que reciben a los elfos, esperan pacientes a su lado para ayudarlos a ingresar de forma cómoda.

El rey Aelfraed nos deleita con esa amable sonrisa con la que siempre camina.

La princesa sujeta el brazo de su prometido algo desalentada.

Esboza una tímida sonrisa al ver que me inclino ante ella bajo un cordial saludo después de haber reverenciado a su padre.

Asiento con gentileza hacia su acompañante.

—Bienvenido, mi señor —me dirijo hacia el rey Aelfraed—. Es un honor contar con vuestra presencia en la cena de esta noche.

—Compartimos el sentimiento de satisfacción, princesa Eladriel —ríe Aelfraed de forma elegante. Como solo el rey de los elfos podría hacerlo—. Espero que brindemos más de una vez en esta cena.

—Que los dioses lo permitan —me inclino—. El rey nos debe esperar en el comedor.

Aelfraed asiente. Inicia una caminata hacia el lugar que mi mano señala acompañado de los lacayos y su guardia personal a las espaldas.

Aendyl dedica una reverencia a la princesa antes de desenhebrar el brazo para tomar el lugar junto al rey.

Twig se mantiene inmóvil a mi lado. Le indico con una sacudida efectiva de cabeza que se apresure a caminar para que Aranel no vea oportunidad de importunar el camino.

Me observa como si le asombrase mi actitud.

Debería recordar nuestro último encuentro y la pésima despedida, y aun así no tiene problemas en seguirme.

—Eladriel —anuncia Aranel con tono de voz comedido—. No hables si no lo deseas, pero debo pedir por tu ayuda.

—Tampoco deseo escucharte —afirmo sin detener mis pasos.

—Es importante que lo hagas—grita a pesar de que su tono continúa siendo bajo.

—Si tus intenciones son convencerme, deberás buscar otra manera de hacerlo —comienza a resultarme molesto que no comprenda que debe guardar silencio ahora.

—Se trata de Lugh —la princesa musita, pero de forma precisa y afilada.

Retengo con mis pasos la ira entre los labios tras haber deglutido en un instante toda compasión que pudiera sentir por ella.

Echo un vistazo rápido a los guardias centinelas de la puerta del comedor.

Mi mandíbula se tensa sin remedio mientras busco su mirada.

Si no fuera porque está el rey esperando y su paciencia no es don divino, de no ser porque abalanzarme sobre ella en este momento me impediría descubrir que ocurre y proteger a Lugh… Rogaría por poder escapar de mis manos.

—Guarda silencio ahora, y puede que por piedad te escucha tras la cena —le ordeno al devolver la vista al interior del comedor.

—Debo ayudarlo… —declara la princesa sin esforzarse en ocultar esa angustia que siente a pesar de que su prometido está tras las puertas abiertas.

—Te dije cómo hacerlo y me ignoraste —no puedo evitar que mi enfado brote ante su falta de vergüenza—. Ahora calla, y solo asume las consecuencias.

Twig continúa a mi lado con las manos al frente.

Los guardias de la puerta nos dedican una reverencia según accedemos al interior.

Aelfraed se acerca apresurado a mi padre, con una sonrisa plena.

Él lo espera con los brazos abiertos entre su gran sillón de señor elegante y la mesa de tremendo postín.

Acepta con gracia la reverencia del condestable Aendyl.

Dedica una curva de amabilidad a la princesa.

Me hace recuperar el aliento que su majestad encoja las comisuras en una mueca de resignación al determinar en mi figura.

De haberme sonreído a mí también, habría abandonado esta sala por temor a no salir de aquí.

—Buenas noches, mi viejo amigo —sonríe el rey elfo.

—Aelfraed —mi padre golpea con suavidad su espalda—. En estos días tristes, tu visita es el consuelo que mi corazón clama.

—Estos momentos difíciles pasarán, mi señor —asiente el elfo sujetando uno de los hombros de mi padre—. Estoy seguro de que con la fe necesaria en los dioses y en el refugio de vuestra corona, las sombras dejarán de pesar en los días.

—Que así sea, viejo elfo —suspira mi padre. Sacude su capa para apartarla—. Tomemos asiento.

Aelfraed toma asiento a su derecha cuando uno de los lacayos lo aparta.

Aendyl se coloca justo a su lado, seguido de Aranel.

Mi asiento está dispuesto a la izquierda de mi padre, en el lugar que ocupaba mi madre.

Mi estómago tiembla al verlo tan cercano a él.

No dejó atrás ningún detalle de los que la reina disponía en las cenas, hasta ha colocado la vajilla que a ella le gustaba usar.

Twig retira mi silla. Recojo la servilleta del plato.

La estiro sobre las piernas mientras todavía nos acomodamos en espera de recibir la cena y el vino.

Mi padre eleva la copa en cuánto el despensero se aparta.

Su mano apunta hacia el rey de los elfos con una sonrisa que ilumina su rostro tras días de sombrío luto.

Aelfraed alza las comisuras agradecido. El tintineo del choque del cristal me obliga a cerrar los ojos.

La cena da inicio. Se dedican a charlar, disfrutan el uno del otro mientras saborean la comida como buenos señores y beben vino sin parar.

Ruedo los ojos por la mesa en busca de algo con lo que entretenerme.

Lo encuentro en el destello de urgencia que hay en las pupilas de la princesa como si necesitara acercarse.

—Bien, mi querido amigo —mi padre posa la copa sobre la mesa de improvisto. Me sobrecoge—. Aseguraste que algo más que una simple cena os hacía venir esta noche a mi palacio.

—Con certeza, Eliot —asiente Aelfraed sonriente. Sus pupilas se alternan entre las de mi padre y las mías—. Un favor de vuestra gracia necesitaría.

—Contadme en qué os puedo servir, y pondré a mi palacio a vuestros pies —afirma mi padre con el puño cerrado con convicción sobre el reposabrazos.

—Me gustaría que tratásemos un asunto relacionado con el festival de las estaciones —Aelfraed deja la copa de vino a un lado del plato. Carraspea.

—No avives la incertidumbre, viejo elfo —su majestad dibuja una sonrisa tensa.

—Como sabéis, querido amigo, las alianzas de nuestros reinos se conmemoran durante ese día de honra a la vida y la magia —explica el rey elfo con admiración—. Me gustaría aprovechar esta ocasión para honrar también los designios de nuestros creadores.

—Contad con ello —la arruga del entrecejo de mi padre muestra más interés por su petición, que cualquiera de sus falsas palabras—. ¿Cómo deseáis hacerlo? ¿Con un sacrificio?

—Me sentiría agradecido con su majestad si pudiese anunciar el compromiso de mi hija con el condestable Silrion en el festival —Aelfraed termina de expresar sus anhelos con una mirada de orgullo sobre su hija.

Mi padre estira los párpados sorprendido sobre Aendyl y la princesa.

Sonríe. Ambos reciben su alegría asintiendo con elegancia y respeto, pero es evidente que esta noticia resulta más agradable para el condestable.

Al menos, él le ha devuelto la sonrisa. Aranel recoge la copa para tapar su boca con ella mientras mira al rey por encima de borde.

—Me parece una majestuosa idea —mi padre se reincorpora. Palmea de forma alegre por la pareja—. Permitidme expresar mi felicidad por vuestro compromiso con un presente de la casa Wínverin.

—Mi señor, me otorgáis más honra de la que merezco con vuestras palabras —la princesa se acoge a su tono amable al dejar la copa sobre la mesa.

—Las buenas princesas deben recompensarse —asegura mi padre tras volver su mirada cómplice—. Os dotaré con veinte mil feérines de plata, y un criado de vuestra elección.

—¿Un criado? —Aranel ladeo el cuello hacia su padre.

—Cualquiera que sea de vuestra elección —mi padre sonríe—. Os aconsejo elegir de forma sabia, un lacayo experimentado os vendrá bien para organizar las tareas en vuestras nuevas funciones como esposa.

La copa de mi padre se levanta por Aendyl. En su dirección. Lo observa con la suficiente complacencia como para saber que es alguien que le causa interés.

—Señor Silrion —enuncia mi padre mostrando los dientes—. ¿Por qué no nos acompañas en la próxima salida de caza al reino de Avka?

—Me complacerá acompañaros, alteza —asiente Aendyl antes de tomar la copa de la mesa para alzarla con él.

—Tengo curiosidad en ver cómo se maneja un manco con un arma —el rey hace gala de su poco tacto. Remata dando un sorbo sonoro.

—Entonces… —Aelfraed se inclina con ligereza sobre el asiento—. ¿Cuento con vuestra aprobación para ello?