24. Sin miedo a vivir. #4
Guardo las alas para poder pegarme a las rocas. Sujeto un par de ellas más cercanas para poder ver qué sucede.
—Espero que la propuesta que os traigo cambie vuestro humor —aun con nervios, se percibe cierta esperanza en Drieden.
—Hablad entonces, bulto fastidioso —brama el rey. Su brazo se eleva para manifestar su descontento—. Mi tiempo debe ser tan valioso para ti como el de tus dioses.
—El festival de estaciones de Ravenbell tendrá lugar en los próximos días, y los dioses acudirán como cada años —expone el cancilier tras carraspear. Sus pupilas se mueven molestas.
Me sorprende como puede adoptar ese tono tan dulce y apropiado de sus manipulaciones sin transformar ni un poco esas arrugas malvadas de su rostro.
—¿Y qué con eso, ignorante maltrecho? —voltea el rey hasta que su mirada inquisitiva lo atraviesa.
—Quizás sea un buen momento para invitar a los reinos de Bhulkahdur y Néferien para calmar los malos pensamientos que los creadores tienen sobre vos —propone el cancilier con una confianza envidiable y una sonrisa nueva—. En especial, el de vuestros padres.
El silencio precede a su propuesta. Arrugo el entrecejo al verme de acuerdo con sus palabras.
Puede que saber que existe me provoque el mismo sentimiento de asco que alimentarme en las letrinas, pero no puedo negar que su afirmación es certeza.
Hacer eso sería un movimiento ingenioso que limpiaría la imagen de mi padre.
Eliminaría las sospechas contra él. Y eso no es para nada conveniente si tenemos en cuenta que no suele importarle que lo vean como un ser al que temer.
El rey aparta su capa de una sacudida ágil. En tres pasos amplios alcanza el espacio vital del cancilier y su aliento se mezcla con el de su miedo.
—Una vez te advertí que, si veía brujos en mis dominios mezclándose con mis súbditos como si fueran igual de decentes, ordenaría ejecutar a todos los que permitieron tal atrocidad —con tono de amabilidad, mi padre musita cerca suya.
—No es discutible vuestra sabiduría, mi honorable señor —asiente Drieden con la mirada fija en su túnica entre las manos del rey.
—¿Entonces por qué te atreves a hacer ver que mi juicio es escaso con esa propuesta? —reclama mi padre.
—Solo busco la calma de mi rey —las manos del cancilier se posan sobre las de mi padre. Ondean sobre ellas—. Esta recomendación busca traer paz a vuestra mente después de lo sucedido en el templo con los dioses de la luz y del agua.
—No podré sentir paz si veo a esos seres harapientos retozando entre mis mujeres y bebiéndose mi vino —el rey estira la túnica. Su ira sale entre los dientes.
—Sire —Drieden traga saliva—. Esta invitación traerá la oportunidad que buscáis.
—¿Qué clase de enigma ocultas? —espeta mi padre.
El rey suelta la túnica con más hastío que temor tiene Drieden.
—Pensadlo así, su majestad —Drieden coloca sus ropas a prisa tras los pasos de mi padre—. Destruir el reino brujo y enano será difícil si sus cargos se encuentran en sus castillos. Es por eso por lo que aún siguen con vida.
—Desconfío de los brujos, estoy seguro de que se aliaron con esas bestias que mataron a mi amada —mi padre eleva la frente a su comentario. Sus fosas nasales se separan.
—Que observación tan perspicaz, mi señor —el ojo derecho del cancilier se entrecierra. Media sonrisa aparece en su rostro.
—Ellos fueron el único reino que no tuvo muertes por esas criaturas —la mente retorcida del rey se manifiesta—. Serían capaces de cualquier cosa por conseguir poder.
—¿Qué me decís del hecho de que sean mortales? —Drieden baja la frente sibilina—. Quizás busquen deshacerse del resto de reinos y conseguir así un poder que les otorgue la inmortalidad.
—¿Qué decís? —la locura destella en la mirada de su majestad cuando aparta la vista del cancilier.
—Deben ser eliminados cuanto antes —Drieden se adelanta hasta ocupar su lado izquierdo—. Perderán poder sin el pueblo, no podrán enfrentarse solos contra todos nuestros ejércitos.
—¿De qué sirve eliminar solo a los pueblos? —vocifera mi padre. Deja caer las manos con fuerza contra la mesa cuando se encuentra con ella a mitad de camino—. La reina, el príncipe… No deseo que ninguno de sus tenientes ni altos cargos sobrevivan.
—Deberíamos hacerlo sin llamar la atención de los dioses —Drieden apoya las manos sobre la mesa como el rey. Dobla los codos para verlo de cerca.
—La convergencia también los acecha —insiste el rey.
—Lo más prudente sería actuar sin que ellos lo esperen, sire, dado su poder —el cancilier sonríe cuando su majestad lo mira—. Imaginad la vuelta a sus tierras tras el día de festival. Destruiríamos sus mentes si encuentran su reino y sus criaturas reducido a cenizas.
—Entonces no dudarán en venir a atacarnos, ignaro bobalicón —mi padre estira los dedos en el aire para golpear a Drieden.
Se detiene al ver como el viejo cancilier se estremece frente a él. Su bondadoso gesto duele, y lo hace con una intensidad que abruma. Es desleal que muestre más compasión por un insecto reptador como Drieden, cuando jamás la mostró por mí o por mi madre.
—No podrían hacernos nada —confiesa el cancilier irguiendo la postura con cautela—. Nosotros ya estaríamos preparados para responder sus ataques.
Una voz aguda chilla de forma desesperada mi nombre a boca llena desde las orillas.
Capta mi atención al momento. Dedico una mirada sobre el hombro.
Lugh me saluda como si estuviese sentada en lo mullido de la hierba con un libro entre las manos y esperando ser vista por todos.
No le parece nada sospechoso verme colgar de las rocas.
Sacudo el brazo para hacerle una señal indicando que se marche, pero él decide que enfatizar aún más su tono de voz para que no ignore su llamado es buena idea.
Me asomo con sigilo y un hueco en el pecho clamando a la suerte que ninguno de ellos lo haya escuchado.
Me lanzo al aire para poder desplegar las alas. Desciendo junto a su amplia sonrisa de inocencia con media cara fruncida en molestia.
—¿Acaso piensas que practicaba para visitar el reino de los enanos? —espeto nada más apoyar la punta del pie en la tierra húmeda de las orillas.
Coloco la mano sobre su pecho. Lo empujo hacia atrás hasta que su espalda impacta con el tronco de un árbol al fondo que nos aparta de las vistas desde la sala de asambleas.
—Siempre te parecieron interesante las cosas raras —Lugh encoge sus hombros con poca importancia.
—Puede que no necesites esperar a que llegue Aranel esta noche para conocer mi ira —poso el dedo sobre su frente hasta que su cabeza de inclina hacia atrás.
—Te buscaba porque quería mostrarte algo… —Lugh saca un pañuelo de un hueco en su uniforme—. Lo trajo su guardia.
—¿Un pañuelo? —arqueo una ceja.
Mi ira desaparece al mencionar que el presente es de parte de la princesa.
—Es mi pañuelo —Lugh coloca el dedo sobre mi hombro para alejarme—. Quizás lo olvidé el día que te acompañé a Rhysartyr.
—¿Por qué lo enviaría y se expondría con ello? —estiro las pupilas para contemplarlo con más detalle—. Vendrá en las próximas horas, podría habérmelo entregado a mí.
—Esto venía envuelto en él —abre la tela con cuidado. Del interior saca un hermoso anillo.
Una joya con decoraciones del color azul del palacio de Eigton con una letra en elfario grabada en el centro con oro puro y radiante.
Al peso, podría decir que llevarlo demasiado tiempo puesto le dejaría el brazo molido del cansancio.
Algo nada llamativo para una princesa prometida con un condestable de su ejército, cuyo corazón dice latir por un hada al que no puede amar…
—Esto me parece sospechoso, Lugh —mis ojos no saben qué objeto analizar antes—. Pensé que el motivo de su visita era aprovechar para reunirse contigo, pero…
—Tal vez, esto lo envió antes de conocer que el rey Aelfraed organizaría la cena con tu padre —sugiere Lugh con mirada brillante y más esperanza de las que yo tengo.
—Considero a la princesa una criatura inteligente, ella no renunciaría a algo que justificaría vuestro encuentro —arrugo el entrecejo—. Mi padre podría veros juntos, y él no sospecharía si descubre que solo te entrega un pañuelo que olvidaste en nuestra visita.
—Puede que ella no desease venir —señala Lugh con pupilas vibrantes.
—Eso es lo que me angustia —le muestro la palma de la mano—. Deja que yo los guarde hasta que la cena termine.
—Ni hablar —sacude el brazo para apartarlos—. Sé que no me los devolverás.
—Solo quiero comprobar qué hay detrás de este amable gesto —insisto. Sacudo los dedos en pedido—. Esa joya que llevas en el dedo no es un simple regalo.
Su vista se cierne sobre el anillo con duda.
Vacila. Su brazo parece ceder, pero lo aparta rápido antes de que sus cejas se alcen de forma fugaz.
Al fin , su mano se abre para ofrecérmelos.
Los agarro con tanta prisa por si se arrepiente, que antes de que pueda pestañear lo he guardado bajo mi corpiño por si sucede.
—Eladriel, si tú tienes dudas… titubea Lugh. La angustia de sus ojos me mira—. No calles si sabes que ella podría correr peligro.
—Me aseguraré de averiguarlo —acepto sin darle demasiada importancia.
—No olvido tus palabras en el vuelo de vuelta, pero ella es importante para mí —se acerca. Apoya la mano sobre la mía cuando su voz se rompe.
—Ten fe en que si tú no fueras el motivo de sus problemas, de buena gana le ayudaría —suspiro—. Y aun así no puedo negarme a ello.
—Quiero que esté a salvo, pero no significa nada —su frente se inclina hacia delante con más seguridad de la que yo tengo en él—. No cederé a sus peticiones.
—Confío en ti, Lugh —miento. Aunque mi mirada podría confesarle que conozco qué hay tras la suya.
—Debo volver, pequeña rata de las tabernas. Solo dejé el trabajo porque un mensajero me buscó —Lugh da un par de pasos hacia un lado para alejarse de mí. Para poder iniciar el vuelo.
Su sonrisa ameniza su vuelo, pero yo veo como se transformó para siempre.
Está, sí, pero algo en ella ya no es igual que antes.
Este asunto con la princesa está arrasando con su esencia, lo confunde.