24. Sin miedo a vivir. #3
Ellos decían que se aprovecharían de mí como si fuera una de las esclavas encerradas. Ellas no pueden defenderse, ¿acaso esperan que no me defienda?
—Quiero que los lleves a la última habitación del ala de esclavas —asiento—. La misma en la que mi padre me reunió con él.
Tuvieron la mala suerte de que los descubrí.
Es una desgracia para ellos que no sepan que tengo más poder en mis manos del que jamás podrían soñar alcanzar, y que no me temblarán para hacerles entender qué merezco.
Qué merecen ellos. Además, ni siquiera sabrán que no es Tien quién les ordenará revelar información nueva sobre los bastardos.
Puede que digan todo lo que necesito saber acerca de esos niños si creen que es él quién los encierra.
Supongo que no les resulta extraño verme aparecer si en último término, para esos inútiles, no dejo de ser su prometida. Después…
—Les dirás que el rey ordenó una reunión privada de urgencia para hablar sobre el destino de los niños bastardos —le lanzo otra orden cuando él todavía no ha terminado de ver el collar por completo.
—¿Lo dejaremos allí? —Mylo levanta la barbilla de inmediato.
—No debes hacer nada hasta que llegue el momento. Me reuniré contigo en las mazmorras a media noche —coloco la espalda recta ante sus pupilas brillantes.
—Pero mi guardia habrá terminado —me recuerda Mylo como si yo no lo hubiera tenido en cuenta.
—Necesito tu ayuda fuera de las guardias —estiro una ceja.
—¿Iniciaremos otro rumor? —su sonrisa se estira satisfecha.
—Mucho mejor que eso, Mylo, haremos que el pueblo sea testigo de él —sonrío ampliamente.
—¿Cómo? —Mylo deja caer el brazo con el collar. Su inquietud al medio de la mirada.
—Verán a Tien dejar los cuerpos de esos guardias sobre las orillas —revelo sin dejar que mi voz se enturbie del sentimiento de culpa por ello—. Los dejaremos en las mismas condiciones en las que mi madre y su lacayo fueron encontrados.
—¿Estás loca? —Mylo se olvida el protocolo. Da un paso tratando de controlar el tono de su voz—. No es Tien quién llevará esos cuerpos.
—Sí a los ojos del pueblo. Será él quien los cargue sobre su espalda y su conciencia —aseguro con una frialdad que me eriza el bello.
—¿Qué ocurre si el rey lo condena? —grita entre susurros.
—Admiro tu inocencia —sonrío de ironía—. En este palacio las consecuencias no se pagan por justicia, sino por la voluntad de la corona, tú lo sabes.
—Es eso lo que me preocupa, princesa —Mylo calla por vergüenza.
—El motivo de la muerte servirá para desorientarlos hacia otro sospechoso —aseguro con una convicción que hasta destensa su mandíbula.
El hechicero de Brenshire aseguró que el cancilier se había aliado con los butkam.
Si eso es cierto, debe conocer cómo actúan.
Cuando los cadáveres de los guardias aparezcan en la orilla sin órganos, no tendrá más remedio que pensar en ellos, y en que han actuado sin aviso.
Enfurecerá al ver que culpan a Tien de las muertes.
Puedo enviar a un guardia a vigilarlo por si en cualquier momento él mismo decide mostrarnos el lugar en el que se ocultan esos aliados peligrosos.
Pero si eso no funciona, al menos servirá para quebrar su unión por un tiempo y tomar algo de ventaja.
Además, dejará de prestar atención a las esclavas y niños. Debo aprovechar para enviarlos lejos de aquí mientras, intentarán deshacerse de ellos después de saber que su poder ahora está en esas pequeñas manos y yo tengo el ojo sobre todas ellas.
—¿Y si el rey decide no aplicarle castigo alguno? —Mylo tuerce el gesto con dudas.
—El pueblo se alzará si lo ven. Pedirán explicaciones y rey tendrá que ceder —insisto con la mirada perdida entre mis pensamientos—. Aún si Tien no es encerrado, estoy convencida de que lo que suceda distraerá la atención del cancilier.
—Siempre estoy a vuestra merced, princesa —asiente Mylo. Descansa el peso del cuerpo sobre la lanza cuando su cuerpo se destensa.
—Confío entonces en que has conseguido averiguar algo en la reunión de mi padre —un gesto de inquietud en mi mirada sacude la suya.
—Sus planes se centraron en las minas de solium. Al rey le preocupa lo que podría suceder si el resto de los reinos decidiera traicionar a Ravenbell —declara. Su gesto de aburrimiento me parece divertido.
—Debes estar pendiente de sus conversaciones y de asegurarte de que ninguno sospecha de Nura ni nuestro plan —me incorporo para estirar la espalda antes de rodearlo.
—Nura ya recibió la visita del sastre, agradece vuestro gesto —Mylo eleva una tímida sonrisa.
—Haz que no le falte comida ni nada de lo que desee —le ordeno. Sonrío al ver la curva leve de sus labios—. Si me permites un consejo, Mylo…
—Princesa… —asiente con mirada tímida—. Me haréis una gran distinción si lo hacéis.
—¿Así esperas que te ofrezca el consejo una amiga? —me acerco levemente para sujetar antebrazo.
—Para mí, no sois solo una amiga, también sois mi princesa —me ofrece una mirada de orgullo—. No es motivo de ofensa trataros con el respeto que considero que merecéis.
—Mylo, no es el respeto de tu lengua el que busco, sino el de tu alma —mis labios se curvan en una sonrisa que casi me ocupa el rostro.
—Ese es más leal a vos incluso —Mylo toma por suya mi curva alegre.
—Un trato algo más… informal —consigo decir—, hará más agradable nuestras conversaciones.
—Si es tu deseo, ese será mi deber —acepta de inmediato el trato sin protocolo.
—No te involucres del todo con Nura —mis ojos se arrugan tristes—. Liberaré a las esclavas y ella se irá.
Mylo traga saliva con los ojos aún en los roblones de los asientos. Su silencio confirma sin que él pueda darse cuenta, que este consejo llega demasiado tarde. Tal vez, y solo si es cierto que consiguió hacerse un hueco en su pecho, su dolor apelará al juicio de comprender qué es lo mejor.
—En Eryas, que esté a tu lado la reduce a esta vida, será una esclava hasta que muera —ratifico lo que ya debe saber y mi tono suave no alivia.
—Esa noticia me llena de felicidad, Eladriel —Mylo apenas necesita dos segundos para llenar su rostro de alegría—. Su vida solo puede estar fuera de estos cuatro muros que la gobiernan.
—Sé que puedo confiar en ti porque tu nobleza te llena de poder, por eso siempre fuiste fiel a la reina y no a su majestad —apoyo la mano sobre su hombro—. Pero un poder mal manejado puede convertirse en una amenaza.
—No dejaré que ocurra —niega sonriente. Extrañaba esa mirada de confianza desde hacía años—. Tampoco deseo eso para ti.
—Yo soy hija de la reina. Heredé de ella su inteligencia, su valentía y resiliencia —elevo una sonrisa por primera vez al pensarlo—. También soy hija del rey. Él me legó ambición, autoridad y estrategia.
—También eres inquebrantable, cálida y empática —Mylo envaina esa sonrisa de cuando éramos niños—. ¿Quién te entregó esos dones?
—Fue Twig —mis labios dibujan una sonrisa aún más desbordante cuando lo recuerdo a él.
—¿Tú lacayo? —frunce el ceño.
—Es mi padre —mi mirada se vuelve herida. Mi sonrisa desaparece—. Debo advertirte de que si vuelves a llamarlo así, te arrepentirás de tu confianza.
—No podría oponerme a tus órdenes —el guardia sella los labios. Se estiran sonriente.
Protegería a Mylo del rey sin pensarlo dos veces, pero debería protegerse de mí si vuelve a faltar el respeto a Twig de esa forma.
—Guarda el colgante con tu vida si es preciso —sonrío a pesar de que mi tono ya no tiene la dulzura del inicio—. Recuerda ser cauteloso y ágil en tus movimientos. No debes hablar con nadie cuando tomes la forma de Tien.
—Es posible que cada guardia tenga parejas diferentes, mi señora —asiente Mylo—. Será complicado que aquellos que acompañen a Kesien, Sendro y Junel no me vean ni saluden.
—Entonces tendrás que encargarte de que se alejen primero —doy un paso a la derecha para que no haya distancia entre su mirada y mi dedo de advertencia—. Ningún guardia debe ser testigo hasta que estén muertos.
—Sí, princesa —dice sin mover ni un pelo de su cuerpo.
—Retírate antes de que llegue el rey o alguno de sus canciliers —señalo la puerta en un movimiento rápido.
Mylo me dedica una rápida reverencia antes de caminar apresurado hacia la puerta.
Centro mi atención en el mapa tras el chasquido de adiós.
Me alejo de la mesa. Mi boca se pliega en una mueca pensativa frente al reino señalado.
Ylros, de las civilizaciones de la tercera era del sol.
Apenas se ha mencionado en las asambleas.
Puede que solo busquen la manera de hallar respuestas por el problema con la convergencia de este año.
Me aproximo para analizar las esquinas del mapa.
No hay nada salvo bosque en este lugar. Nada de vida salvo la de los dioses que habitan en el templo y las criaturas que conforman su ejército para defenderlo.
Ellos podrían ser la amenaza que Ilta aseguraba.
No es extraño pensar en esa posibilidad dado que mi padre es despreciado por cualquier criatura que tenga la desdicha de conocerlo.
Sin embargo, no solo el odio vela mi mirada al estar a su lado, siempre logré analizarlo bien.
Si eso fuese cierto, la poca paciencia y los hilos oscuros del rey hubieran levantado el palacio contra ellos a la primera sospecha.
—Buenas tardes, majestad —anuncia Mylo alzando el tono desde detrás de la puerta.
Despliego las alas apenas la voz del guardia quiebra la intimidad.
Me lanzo al exterior aprovechando los huecos entre columnas después de contener el aliento para evitar que mi respiración despierte recelos tras la rendija de la puerta.
Cierro los ojos cuando la libertad de fuera me abraza y siento que debo detenerme.
Suelto con la respiración, la decisión de volver.
Bato las alas en el aire en busca de piedras prominentes en la estructura que sostiene el palacio para encontrar reposo en una desde la que pueda escuchar qué sucede.
Si mi padre regresa a este lugar tras la reunión, se trata de algo necesario que tratar.
—Querido sire —la voz aduladora del cancilier Drieden rompe el silencio con temblequeo—. Debo daros las gracias por reuniros conmigo.
—No deseo tu exceso de halagos en el día de hoy, Drieden —resopla mi padre con pocos modales.