Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 24. Sin miedo a vivir.
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24. Sin miedo a vivir.

(Eladriel)

Maren sonríe. Mim despega la espalda de la pared cuando nos ve abordar la galería.

Ni siquiera hace un aliento que la reina, el príncipe Ebhan y ese hechicero al que no parece que le agrade nada abandonaron el comedor.

Y supongo que aun así, estarán impacientes por vernos dejar el palacio.

El mutismo se ha colado entre nosotros de camino.

Veo al coronel lanzar miradas serias, estira las comisuras en una mueca de burla que me impide pensar que algo grave le sucede.

En medio de una sonrisa escondida miro al teniente.

Calla desde que salimos de ese lugar. No tengo claro qué lo atormenta, pero cambió desde que ocurrió el conflicto con ese brujo imprudente y la reunión con los altos cargos.

Él ya no sonríe. Sus ojos han dejado de brillar de esa forma que tomé como mía para vivir, parecen opacados por la sombra de la preocupación.

Si yo estuviese en su lugar, me sentiría dichosa.

Lo quieren solo por el hecho de ser, de existir.

Puede que el motivo de su tristeza radique ahí.

En que ellos, como yo, solo se dejan llevar por el propósito con el que un corazón late, y quizás le apene que todos se queden aquí.

Bajo la mirada cuando mis pensamientos arañan.

Cuando recuerdo a Twig. Contemplo como Maren trata de contener la risa colocando la mano sobre sus labios para no secundar las burlas que el coronel le hace a Emir mientras separa la hoja de la puerta.

Cada gesto que Mim hace me recuerda a Lugh.

Los suyos me recuerdan a quiénes dejaremos atrás.

No tenerlos cerca alimentará mi alma con esa nostalgia que resulta desgarradora y dañina.

Entonces, una caricia sutil del teniente sobre mi mano al salir como si nada salvo sostenerme le importase, me lleva al juicio de como su sangre recorre su interior ahora.

Me recuerda que cuida lo que está a punto de convertirse en mi refugio, y ese tacto se vuelve frágil.

Frío al verlo palidecer tras haberse dejado vencer por la muerte.

Lo siento. Me apena cada instante de la vida en estas tierras en el que no estuve a su lado. Aun si eso afirma que debo recuperarlo.

—¿Hay algo que te preocupe? —pregunto antes de terminar de cruzar el puente—. No presumiré de conocer todas tus facetas, pero te recuerdo más alegre hace solo un par de horas.

—Me preocupa que Godrick consiga sus propósitos —confiesa Azohr con mirada baja y ningún rastro de sonrisa.

—No te inquietes por sus palabras, Ebhan tomó las precauciones necesarias para que no hablase demás ante nadie —sonrío para intentar calmar sus tormentas.

—Me inquieta lo que hayan causado en ti —su mirada sigue ausente.

—¿Debo creer que solo eso te mantiene tan serio? —estiro la frente. Mis comisuras se estiran incrédulas.

—Para mí es importante, Eladriel —el teniente me mira a hito tras aclararse la garganta.

Yo no le mentí. Dije la verdad cuando le aseguré que no me afectan las afirmaciones de ese tal Godrick que menciona, ese pasado que reluce en presente con la bruja.

Yo confío en que su forma de mirar no se puede fingir.

Sus besos cuidadosos para no dañarme se sienten ciertos, me aferro a ellos cuando siento miedo por nuestra cercanía.

No percibo en su tacto el recelo que sentía con el de Tien.

No quiero tenerlo lejos. Ojalá él supiese que solo necesito cerrar los ojos para saber que, pese a que los dioses ordenen lo contrario, quedarme cerca es la decisión correcta.

—Yo miro a tu verdad —mi pupilas buscan sus ojos para admirarlos una vez más—. La lealtad no se desvía, Azohr.

—Yo sé que descubrirás cosas en esa verdad que no serán de tu agrado —Azohr eleva la mirada. Siempre lo hace cuando desea ser sincero.

—Lo que veo en ti no necesito palabras. Yo distingo tu honestidad a través de la mirada —miro alrededor antes de estirar el brazo para posar la mano sobre el suyo.

Su mandíbula se tensa al sentirla.

—Estar cerca de ti me hace sentir que la calma siempre puede vencer al caos —musito acompañando a una sonrisa tan honesta como el destello de sus ojos.

—¿Cómo puede ser eso posible? —Azohr separa los párpados con cierto asombro—. Estar a mi lado solo te puede traer tempestades.

—Te equivocas —asiento con certeza—. Esas tempestades hace siglos que me acechan, tú solo las alejaste.

El fénix que lleva en sus lomos al príncipe gruñe con fiereza.

El coronel desenvaina una sonrisa antes de dedicarme una reverencia de despedida, saluda a Maren con amabilidad como Azohr.

Toman la explanada de una carrera. Shae y Hai estiran las alas sobre la hierba fresca tan refrescante como el color de la lima, escalan con agilidad por ellas hasta que alcanzan su silla.

Efaris guía la comitiva. No sé si el fénix que monta también lidera el ejército de aire, pero está situado en el centro como si lo hiciera.

Ebhan y Gandar se colocan a sus costados.

Azohr y el teniente inician el vuelo al ver que ya hay un largo trecho entre ellos.

Hai chilla cuando la sombra de sus alas nos oculta del sol, sacude la cabeza en una inclinación que respondo con una sonrisa.

—Sonríe ahora que todavía te ven —entre dientes y con los labios estirados, me acerco a Maren para lanzarle una advertencia—. En cuánto nos quedemos a solas, vas a poder explicarme con detalles qué hacías sobre un fénix y no tendrás ganas de hacerlo.

Desaparecen entre los árboles más altos que cubren los campos de entrada a Brenshire.

Despliego las alas. Arqueo una ceja para lanzar una mirada a Maren.

Consigue arrebatarme la paciencia cuando pone sus ojos en blanco y se lanza al vuelo sin previo aviso.

Suspiro. Puede que retirarme con Azohr no fuera lo más apropiado, incluso si dije que estaba a tiempo de pedir que nos marchásemos, pero…

¿Una carrera? Temía quedarse a solas con el coronel, una copa de vino y una charla amena.

Cómo podría imaginar que una criatura que tiembla ante la mirada de un fénix, se atrevería tan solo dos minutos después a desafiar a Mim montada sobre los lomos de uno.

—Maren… —enuncio con pereza.

—Al menos, podrías decirme si tu reunión con el teniente mereció la pena —por encima del hombro, Maren me dedica una risueña mirada.

—Por supuesto —asiento. Mis labios se estiran tan alegres como irónicos—. Fue maravilloso cuando ese brujo nos delató y tuvimos que fingir.

—Eladriel… —reclama Maren alzando la comisura izquierda.

—¿Te refieres a la reunión con la reina, el príncipe, y todos los altos cargos cercanos a él? —mis cejas se elevan con poca gracia.

—Era evidente que me refería a vuestra conversación privada —carraspea.

—Maren —mi mirada se vuelve feroz—, el coronel Mim ha estado a punto de morir.

—Él es el responsable de todo —acepta Maren al fin. Eleva el mentón con una mueca de indignación que no encuentro nada oportuna.

—Tus palabras no suenan convincentes —estiro los labios molesta.

—Es tal como oyes —asiente. Su ceño se frunce rabioso—. El muy necio se burlaba de mi miedo a volar.

—Y decidiste llevarle la contraria aceptando un fénix que no puedes dirigir, de un brujo que no conoces, en un reino que odia a las hadas —sacudo el brazo en cada uno de mis reclamos.

—Te recuerdo que él también volaba —Maren aparta la mirada. Veo como su mandíbula se tensa.

Tiene razón, y eso es lo único que no consigo entender.

Mim me recuerda a Lugh, a sus bromas, pero él jamás tomaría esos riesgos.

Oscila como una hoja al caer cuando vuela un par de brazas más arriba de lo que nuestras alas nos permiten.

Aunque, debo admitir que ambos le dan la misma importancia a lo que Maren piensa.

La diferencia es que mi anacardo la conoce desde hace siglos, pero el coronel…

La vio un par de veces en todo este tiempo.

Observo a Maren. La conozco, sé que está llena de miedos que no frenan a esa parte atrevida y alocada que se deja llevar con facilidad.

Solo se me ocurre un motivo por el que querría impresionar a Mim, él debe ser ese chico que conoció.

Esas críticas al vuelo no justifican sus actos.

El comportamiento que tienen se escapa a mi lógica si no se trata de ese tipo de amor que ella menciona.

—Confío en el que el teniente tendrá con él las palabras necesarias —sonrío al verla mirarme de reojo tras mi afirmación—. Deseo que me hables con la verdad.

—¿De qué verdad me hablas ahora? —Maren reduce la velocidad del vuelo. Sus brazos caen cansados, como su aliento sale.

—Me hago eco de tus palabras sobre la importancia de la confianza para pedirte que me confirmes si es Mim quién te ha hecho tomar distancia con Rani —confieso ahora que me mira a los ojos.

—¿Mim? —ríe como si pudiera engañarme con una carcajada. Como si no conociera el timbre de su risa—. Ese bobo vanidoso incapaz de dominar el aire no podría despertarme cosquillas ni, aunque quisiera hacerlo.

—No calificaría de bobo vanidoso a una criatura que ha conseguido hacerte dirigir un fénix —guardo la sonrisa entre los sientes—. A mi modo de ver, es todo un portento.

—¿Más admirable que el teniente? —Maren se aclara la garganta antes de transformar su semblante y volverlo travieso—. Desde la primera visita a Brenshire tu cambio es evidente.

—Ojalá eso fuera solo obra de Azohr, te aseguro que nada habría sido igual —sus palabras hacen que mi mirada caiga. Que mi sonrisa se deshaga.

—No puedes negar lo que ha causado en ti —Maren eleva las comisuras mientras su mirada se vuelve intensa.

—No puedo negar lo que es evidente, me cambió —inflo el pecho con certezas—. Pero no todo lo que soy ahora se debe a él.

Desde que tengo uso de razón he luchado por estar despierta en un mundo que me deseaba dormida.

Me vi diferente. La princesa Aranel creció en su puesto.

Borin y Elda parecían felices en sus clases de protocolo y lecciones de forja para la primera prueba oficial de los enanos.

El príncipe Ebhan y la princesa Shaqia han dominado la corona con la virtud esperada en alguien de sus cargos.

Todos eran iguales. Sus vidas lucían sencillas, según dictaba el seno en el que habían nacido.

Ellos no compartían la engalanada mesa con mi padre.

No saben cómo se sobrevive a ser diferente.

Durante ese tiempo yo solo ansié la idea de que aquellos de moral justa impartieran justicia contra los que la llevan ennegrecida por la ira.