23. La génesis de una promesa. #7
—A él no le interesa que desaparezca, pero sabe que es mi objetivo —Eladriel deja escapar el aire con rabia contenida.
—Debéis entender lo importante que es marchar cuanto antes —Gandar insiste.
—El cancilier aún tiene que ascender a la corona antes de que yo desaparezca —sonríe Eladriel—. Si los butkam se alían con mi padre, ¿qué pasará con mi pueblo?
—Si Drieden no consigue el trono por ti, buscará otros medios —asevera la reina. Observa a Eladriel con curiosidad—. Ya destruyó a tu madre.
—Mi carácter no se parece al de la reina Olet —niega Eladriel—. Drieden no se conforma con el poder, él quiere mi sumisión.
—Teniente… —Gandar rueda los ojos en una mirada de súplica hacia mí, pero yo no me siento capaz de intervenir.
Justo cuando la mirada de Gandar se instala en medio de mis ojos, la reina y el príncipe deciden añadir presión hundiendo los suyos.
Eladriel mantiene la postura inmóvil frente a ellos.
Un silencio incómodo se hace con el lugar, sobre todo, porque no hay nada que decir. Yo le prometí que estaría junto a ella.
—Se hará lo que Eladriel desee —indico con tono autoritario por primera vez desde que llegamos.
—Azohr… —Gandar advierte entre dientes—. Piensa en…
—La princesa abandonará Eryas cuando decida —le interrumpo. Mi mirada le desafía para que guarde silencio.
—Sé que Ravenbell y Néferien se enfrentarán en una batalla antes de que todo termine —Eladriel se acerca hacia la mesa—. Necesitáis al teniente aquí.
—¿De qué batalla habláis? —Ebhan deja caer la botella de golpe.
—Aquellos por los que los dioses decidieron crear el ejército de ángeles están viniendo —declara la princesa recorriendo a todos con la mirada.
Gandar calla. Ebhan busca con insistencia a Efaris para determinar qué piensa sobre lo que acaban de escuchar.
Sabemos que los butkam son enemigos de los dioses, pero también que han sido repudiados por su padre, el dios Beliel.
Desde hace milenios lo busca para encerrarlos en jaulas de fuego de cristal junto a los que se atreven a desafiar sus órdenes.
No lucharían contra nuestros creadores para exponerse a ser capturados.
Por otro lado, siempre pensé que algún día, los dioses de Ylros y Ménthir se aliarían con el dios padre Azabel para desafiar a los de Órianth por haber caído en la tentación de crear vida.
Sus ejércitos caerán sobre nosotros con la misma ira con la que Beliel descendió herido y abandonado por su hermano, el dios de las cortes celestes.
Tanto como el llanto de la reina de los cielos Nagen por su hija con el rey de las profundidades, Selim.
Aseguran que su pena levantará su castigo y hará que la hija que el dios del bajo mundo salvó, destruya la orbe celestial.
—¿Cómo podéis asegurar eso? —pregunta Gandar con tono entrecortado.
—Creo estar cerca de averiguar sus nombres —Eladriel me dedica una sonrisa.
—Majestad —asiente Gandar. Se apremia en acercarse a la reina—. Sería conveniente una reunión con el consejo de guerra. Ahora.
—¿Aquí? —pregunta Ebhan al dejar la copa sobre la mesa.
—En Carsley —asegura el hechicero—. Que los tres consejos estén presentes.
—Teniente —anuncia Ebhan con voz autoritaria, me dará una orden—. Cinco minutos. Te espero en el campo de fénixes.
—Princesa. Espero vuestra visita en mi castillo antes de partir a la misión ancestral —Efaris camina sonriente.
—Mi señora —se inclina Eladriel.
—Eladriel —Ebhan ajusta su capa en el cuello mientras habla con los labios estirados—. Mantengo lo que te propuse en Eryas, mi castillo siempre servirá de protección a mi familia.
—Me gustaría poder ofreceros Eryas, pero os doy más ofreciéndoos fidelidad a vuestro apellido —la princesa le dedica una reverencia con una sonrisa resuelta.
Ebhan se inclina sonriente, desaparece en cuantos sus ojos se desvían. Elevo las cejas ante su gesto.
—¿Saben algo sobre el acceso a los archivos secretos? —Eladriel toma el resto del vino que quedaba en su copa de un trago—. ¿O eso has decidido omitirlo?
—No te preocupes, sé que cosas debo callar —sonrío ante la forma en que sus ojos se cierran por el sabor.
—Quedan dos semanas para la misión, debemos acceder a ellos antes de partir a las minas —se acerca a la mesa para dejar la copa—. Puede que nosotros no seamos los únicos que tengamos que huir.
El hormigueo de la angustia me invade la garganta, me impide tragar frente a su afirmación.
Recuerdo que Gandar aseguró lo que sucedería si accedíamos a los archivos, ella descubriría que poseo la magia negra.
Podría aceptar lo que suceda y no utilizarla, pero entonces Eladriel moriría, desaparecía de mis brazos para siempre.
Pensé en ser sincero, revelarle que soy un brujo de magia verde a pesar de tener la negra y que mi padre es el brujo que protegía Draegor.
Y me arrepentí al instante. Si no me perdona…
Sé que irá a esos archivos sola. No importará qué haya dentro de mí, porque no podré ayudarla.
Llevo días preparando todo lo necesario para la sanación del sacrificio.
El sastre confeccionó ropa exacta a la que la princesa siempre lleva.
Hay paños limpios para aplicar cuando suba la fiebre por el veneno.
Cogí ungüentos para erupciones y quemaduras de Berato, menta para hacer que despierte si pierde la consciencia…
—Eladriel —bajo la mirada en busca de su mano para cogerla y atraerla hacia mí—. Podríamos usar los guardias espías que Ebhan y Efaris han mencionado.
—Su ayuda será fundamental para acceder a los archivos —sus ojos sonríen al estrecharme la mano.
—Ellos pueden acceder sin correr el riesgo que corremos nosotros —le propongo mientras aparto el pelo de su cara.
—No confiaré esto a unos espías elfos —niega con el ceño arrugado.
—Entonces elige el miércoles, te esperarán allí ese día —suspiro resignado porque no puedo impedir que descubra la verdad—. Supongo que la noche es la mejor opción.
—Hai debe permanecer cerca, cuando cojamos el archivo debemos volar a Avka —indica la princesa tras acariciar un lado de mi cara.
—¿Avka? —detengo el pestañeo para fijarme en su respuesta con atención—. Pensé que decidirías permanecer en el cuarto real.
—Será más seguro investigar en la cabaña, dijiste que podría hacerlo —una arruga toma el entrecejo.
—Puedes —beso sus labios.
—Entonces, esperaré tu visita a las once —eleva su comisura izquierda—. Príncipe de Brenshire.
—Ignoraré el tono de burla —beso su media sonrisa—. Princesa.