Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 23. La génesis de una promesa. #4
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23. La génesis de una promesa. #4

Contengo entre los dientes el deseo de acercarme al contemplar cómo sus ojos se llenaron de vergüenza.

Sé que no tiene nada que ver con Fiena y su cara aguzada, la insinuación de Godrick es más afilada para ella.

Mim separa los párpados ante mis pupilas, era evidente que me diría con la mirada que no guarde silencio.

Giro el cuello hasta que el brujo vuelve a estar en mi campo de visión.

Tomo aire para guardar la calma y apartar de mi sesera el pensamiento de golpear su cara hasta que olvide cómo se habla.

—Mis reuniones siempre fueron objeto de tu interés, pero no sé a cuál de todos nos celas —aprieto los dientes.

—¿Qué pensarán el resto de brujos acerca de este repentino acercamiento entre rivales? —Godrick se separa del poste para recuperar confianza y recurrir al sarcasmo.

—Sus criaturas nunca fueron mis enemigas, es a su rey al que yo no le rindo pleitesía —hundo la mirada en sus párpados estirados por la seguridad de sus palabras.

—¿Y los dioses? —ríe—. ¿Habéis pensado que pensarán los dioses?

—Lanzas afirmaciones que no solo juegan en mi contra —mi puño se cierra. Sujeto su mandíbula para acercar su cara al poste de madera—. ¿Eres tan estúpido que no puedes ver que serás ejecutado por acusar el falso?

—Princesa —Godrick rueda los ojos hasta ella—. ¿Os llevó a su cuarto?

—¡Silencio, Godrick! —Fiena da un paso hacia él.

Ella parece más preocupara por Godrick, que el propio Godrick.

—¿Con ella no te diviertes lo suficiente? —reclama Godrick cuando su voz sale colérica entre mis manos—. ¿Necesitas una princesa que te haga sentir poderoso aun si rompes las normas?

—Por favor, teniente —Fiena borra el trecho que le separaba de nosotros para suplicarme que no lo escuche.

—Fiena puede contaros como complacerlo —Godrick cierra los ojos en una carcajada—. Estoy seguro de que recuerda hasta ese lugar donde guarda el vino que más le gusta.

Siento la mirada de la princesa sobre la nuca, y está llena de descubrimiento.

Me aventuro a observar sus ojos. Debí haberle dicho que no quise llevarla a ese cuarto porque sentí que la traicioné todas las veces que Fiena estuvo conmigo.

Mis puños se cierran cuando Eladriel baja la mirada, me priva de ella.

La forma en que su gesto se transforma en decepción justo ahora que ya no me mira hace que una tormenta de furia sostenga mis principios.

Me abalanzo sobre el pecho de Godrick en un segundo.

Sujeto entre mis dedos la tela de su camisa arrugada alrededor del cuello.

Lo empujo hasta que su cabeza golpea el poste, me rindo al deleite de mirarlo por unos segundos porque sabe que romperé mi palabra, y que juré no hacerlo.

—Perderás —Godrick fija sus pupilas en mis nudillos.

—Te daré el placer de ganar —dibujo media sonrisa.

—Espero que el príncipe no borre tu satisfacción con un castigo —aprieta la mandíbula cuando su cuello se tensa tanto como sus hombros.

—Ningún castigo podría borrar la satisfacción de romperte el ego —musito en un hilo fino de voz.

Mi puño se encuentra con su cara una vez.

Sonríe de forma indiferente tras dedicar unos segundos a sacudir el gesto para recomponerse.

Eso incendia mi razón. Reduce a cenizas mi control.

Cuando le juré que no caería en sus provocaciones, también me aseguré de advertirle que, de perder, no lo haría en vano.

Un solo golpe no es suficiente si luego recibiré un castigo.

Tiro de su camisa para separarlo del poste y hacer que su espalda toque el suelo, coloco mi rodilla al lado para impactar sin piedad la mano cerrada contra su pómulo.

En un par más de ocasiones. En otro embate, su cara voltea hasta tocar la hierba cuando el peso de mi brazo cae prominente sobre su ceja.

Su mandíbula parece necesitar ayuda para destensarse, ha reprimido tanto odio…

—¡Teniente Bradosck! —la voz firme del príncipe Ebhan me detiene—. ¡Os ordeno que os detengáis de inmediato!

—¡No interrumpas cuando castigo a mis soldados! —le advierto con rabia. Aún con Godrick entre las pupilas.

—No es tu deber castigar a ningún soldado, teniente —carraspea Ebhan—. Y si así fuera, eso no es un castigo apropiado.

—Aléjate, Azohr —me ordena la reina Efaris con tono suave.

Fundo la camisa de Godrick con mis dedos.

Dejo que el odio salga a través de mis ojos, trago saliva para llevarme con ella toda la rabia que aún sujeto antes de soltarlo.

Me aparto. Entrecierro los ojos al soldado que se acerca rápido para ofrecerle ayuda.

Lanzo un suspiro de resignación al ver cómo se levanta, debería agradecer la presencia de la reina porque no me hubiera detenido así Ebhan hubiera llamado guardias que me llevasen a las mazmorras.

A pesar del inconveniente, la reina sonríe cuando el campo lleno de brujos se inclina ante ella. Gandar también los acompaña. Su gesto serio debería hacer temblar a Godrick después de que haya fijado su mirada blanquecina en él.

—¿Qué clase de bienvenida es esta para una princesa? —Ebhan aparta la capa para acercarse.

—Os aseguro que, esta princesa, ve cosas peores que este espectáculo —la princesa se inclina ante él.

—No en mi reino, princesa Eladriel —asiente el príncipe con ceño serio—. No permito que falten el respeto a una figura de autoridad.

—Entonces, debéis saber que el brujo que se despeja la sangre de la nariz ignoró mi posición y la de vuestro teniente —afirma Eladriel con manos al frente.

—¿Así es? —Ebhan arquea una ceja—. Estoy impaciente por escucharos.

—No hay más verdad que esa —la princesa eleva la frente—. Este fementido tardo sostenía falsedades.

—Contádmelas todas —insiste el príncipe—. Veremos a dónde su lengua le lleva…

—Asegura que detrás de mi visita al castillo de Brenshire, hay libertinajes ocultos con vuestro teniente —confiesa Eladriel con una mueca de indignación fingida que me convence incluso a mí.

Ebhan entrecierra los ojos mientras rueda la vista hacia Godrick.

—¿Dice la verdad? —pregunta el príncipe mientras se acerca al brujo.

—Así es —admite Godrick con mirada apartada y labios temblequeantes.

De reojo, de forma sutil, el príncipe me dedica una mirada.

A la princesa. Dibuja una leve sonrisa que consigue apaciguar los latidos de mi corazón, no mintió al asegurar que me ayudaría.

Su mandíbula se tensa cuando sus ojos observan el rostro de Godrick y la forma en la que me analiza desde lejos.

Si lo conozco bien, esto le sentará como una traición propia.

—¿Tienes idea de las consecuencias a las que se enfrentaría tu teniente por tu afirmación? —brama el príncipe tan cerca de su cara, que le hace cerrar los ojos.

—Mi señor… —balbucea Godrick. Tan cobarde como siempre.

—Yo concerté la audiencia con la princesa —confiesa Ebhan con mirada rígida.

—Motivos encomendados por los dioses unen nuestros reinos en estos tiempos —interviene la reina con semblante molesto.

—¿Explicaciones? —Ebhan voltea el cuello con urgencia—. Este soldado no necesita explicaciones.

—¿Qué tal un castigo? —propone Gandar estirando su vara para señalarlo—. Las calumnias vertidas sobre el teniente Bradosck y la princesa Wínverin son graves y deben corregirse.

—Será inhabilitado de su cargo. Desde este momento, tiene prohibido montar cualquier fénix de mi ejército —asegura Ebhan después de lanzar una mirada a Gandar.

—Majestad —replica Godrick.

—Si así lo desease, podría ordenar tu muerte —ruge Ebhan. Le espeta una mirada acusadora—. No solo ofendiste a una princesa, soldado Galvork, también a tu príncipe —me señala directamente.

—Haré lo que ordenéis, mi señor —acepta Godrick tras aclararse la garganta.

Ebhan lo mira por unos instantes antes de apartar su capa en mi dirección. Sus ojos se encuentran en una mirada elevada con los míos, su barbilla sube para darme una orden.

—Como príncipe, tú elegirás el castigo que el soldado Galvork recibirá —el dedo índice de Ebhan me señala en un aviso—. No me repliques y ten en cuenta que el castigo elegido será el ejercido.

—La cama de espinas —manifiesto sin detenerme a pensar en nada más que en la mirada de Godrick.

—Quizás… —Gandar interviene con tono de misterio.

—Así será —asiente Ebhan. Da media vuelta—. ¡Guardias!

El conjunto de guardias que formaba una fila en la entrada al campo en custodia de la reina, el príncipe y Gandar corre hacia nosotros con las espadas a medio desenvainar. Se detienen firmes sobre la explanada cuando Ebhan eleva la mano frente a ellos.

—Mi señor —se inclina Ender, uno de los guardias centinelas del príncipe.

—Llevad al soldado Galvork ante los verdugos de las mazmorras —ordena el príncipe—. Aseguraos de que sobreviva a la cama de espinas.

—Sí señor, a vuestro servicio —reverencia ajustando la espada.

Tras un par de pasos, voltea

—¡Guardias! Ejecutad la orden —ordena Ender.

Los guardias envainan las espadas. Se acercan a Godrick para tomar sus brazos y llevarlo a las mazmorras.

Él no opone resistencia, sé que no se atrevería a desafiar al príncipe, pero se despide dedicándome una mirada de desprecio.

Los dos sabemos que no podrá olvidarse de hoy.

El castigo que elegí le impedirá hacerlo.

Lo desnudarán para atarlo sobre unas espinas bañadas en vitiolum que quemarán su piel según las puntas se hundan en su cuerpo.

En un suspiro, la capa superior de la piel comenzará a desgastarse.

En un trecho corto se llenará de ampollas que todavía no se han logrado curar con magia.

El proceso se repite por el otro lado. Con el tiempo suficiente, el veneno podría necrosar sus músculos e incluso perder los huesos.

Espero que aprenda que debe acatar las órdenes igual de rápido que suplicará porque no se olviden de él.

Su recuperación será lenta y dolorosa, y cuando sane, quedará lleno de marcas que le recordarán que debe guardar silencio.

Después de asegurarme de que ha desaparecido, nada me interesa tanto como encontrar los ojos de la princesa ahora para suplicarle que no me vuelva a dejar sin ellos.

—Eladriel —susurro. Acaricio su mano en un gesto disimulado—. Guardar silencio no hará desaparecer tus dudas.

—Solo tengo una —Eladriel se hace dueña de su seguridad para elevar la mirada—. ¿Qué hay de cierto en lo que él asegura?