23. La génesis de una promesa. #2
Esboza un quejido porque ahora arde, no como en el comedor.
Sacude la mano, lo deja caer de nuevo sobre mi pecho.
Sus ojos se centran en esa zona, la acaricia con los dedos en busca de aliviar esa sensación de dolor que ella ha sentido entre sus dedos.
Quema. Hace días que duele. Ese fue el motivo por el que elegí ese anillo, yo sabía que ella callaría sus sentimientos y esto los gritaría.
—¿Por qué lo llevas? —Eladriel me mira con gesto de horror—. Te causa dolor.
—Duele, pero depende de ti que deje de doler —asiento.
—¿De mí? —su mirada me busca con premura.
—Esto es lo que tú tienes dentro. Dolerá mientras que lo lleve porque no me lo quitaré hasta que deje de hacerlo —guardo el colgante.
—¿Y qué debo hacer? —me pregunta con una arruga en medio del entrecejo.
—Apagarlo —confieso sin apartar la mirada de sus ojos.
—No puedo —los cierra. Su tono parece desesperado.
—Puede que tú sola no, pero déjame ayudarte —mi tono se vuelve suplicante, ella lo sabe por como su mirada brilla a él.
—Quiero confiar en ti y confesar lo que sucede —la princesa se aleja hacia la puerta—. Solo promete que tu parte de héroe se mantendrá oculta.
—No quiero ser un héroe, pero puede que me convierta en desalmado después de tu confesión —mis pupilas se agudizan de forma honesta.
—Eso te convierte en héroe —sus labios se estiran irónicos.
—No puedes comprenderlo —sonrío, solo eso puedo hacer—. A tus ojos seré un héroe, a los de tus enemigos un desalmado, pero ante los míos…
—¿Serás un teniente para excusarlo? —su comisura izquierda sube.
—Ante los míos solo seré alguien que lucha por la vida de quién lo sostiene —sentencio.
Sé que no lo desea, yo tampoco, pero su tímida sonrisa provoca la mía mientras se acerca.
—Anoche, alguien entro en mi habitación… —Eladriel confiesa, al fin.
Otro rugido, en esta ocasión más fuerte y cercano, me sobresalta. Vuelve a estremecerla. Un fénix acaba de posarse sobre la torre. La sombra de su envergadura oscurece la estancia y es Mim quién lo monta.
—Continúa, aún tienes tiempo de hablar mientras vamos al campo de fénixes —mi mandíbula se tensa mientras miro a Mim—. El coronel tiene que darme explicaciones.
Después de separar la hoja del marco, sujeto la mano de la princesa para hacerla salir. Aseguro la puerta antes de tomar las escaleras.
—Sigo esperando conocer qué sucedió anoche —le dedico una mirada sobre el hombro según recojo la antorcha de la pared.
—Entraron a terminar conmigo como hicieron con mi madre —declara con una tranquilidad que me enfurece.
Mis pasos se detienen cuando ella ya ha abordado el primer escalón.
—¿Pensabas ocultarme algo así? —mi tono de voz llama su atención, hace que se devuelva a donde yo estoy parado.
—Estoy aquí —declara Eladriel como si eso fuera suficiente.
—¿Quiénes fueron? —me obligo a guardar la calma para continuar.
—Ni siquiera tuve tiempo de fijarme en sus rostros cuando ya me había visto obligada a atacarlos —sus ojos se llenan de un mota de terror que reconozco en la de mis soldados.
—¿Y Drieden y su hijo no tienen nada que ver? —un par de arrugas aparecen en mi frente cuando no puedo evitar desconfiar de su seguridad.
Su mirada se desvía al perder el interés en mantenerse en este lugar. Se dirige a las escaleras después de encoger los hombros con poca importancia.
—Quizás —Eladriel sonríe de forma delatadora—. Puede que estén enfadados conmigo por descubrir al hijo de Tien.
—¿A su qué? —me apresuro a ir tras ella para no perderme detalle, veo que su poder no necesita de mi antorcha.
—Apenas supe que tenía un hijo esta mañana, y hace días que lo encontré en el bosque y está bajo mi protección —voltea para caminar de espaldas y contemplar como abordo los últimos escalones.
—El rey Eliot debe estar gozoso, al fin tiene ese heredero que tanto espera —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Puede que quiera usarlo en vuestras reuniones para que le leas cuentos y despiertes a la maternidad.
—Ese niño puede ser la clave para desestimarlo —la princesa ríe a pesar de que no estoy de acuerdo con eso que le ha resultado gracioso.
—Ya te expones sin usar a ese crío para amenazarlo —mi semblante se vuelve intranquilo mientras me acerco—. Será peor si lo haces.
—Parece que muestra interés en él y en su madre, no creo que quiera hacerles daño —el sarcasmo se apodera de su risa como si no conociese a ese entrenador mejor que yo.
—Si quisiera a ese niño, ya estaría en su poder —aseguro sin dudarlo—. Lo matarán sin que sus manos tiemblen un segundo por ello.
—Vuelves a subestimarme, y odio que lo hagan —Eladriel enciende sus ojos. Se ve más molesta de lo que esperaba.
—Es su hijo… —me inclino hacia delante para besar la punta de su nariz.
—En realidad… —sus labios se esconden cuando aparta la mirada—. No solo hay uno.
—¿No? ¿Cuántos más harán al rey Eliot abuelo? —tuerzo la boca con burla.
—Tengo escondidos a todos los bastardos del reino —confiesa ahora que no me mira de frente…
Coloco la mano en su hombro. Paso por su derecha para poder colocarme frente a su rostro y que no huya.
—¿Sabes lo que te harán? —apoyo la otra mano sobre el otro hombro porque ni yo sabría contestar a esa pregunta.
—Tranquilo, los niños no están en Eryas —la princesa baja la voz mientras me conmina a seguir sus pasos.
—¿Tranquilo? —me apresuro a sujetar su cara para que entre en razón—. Van a ir contra ti hasta destruirte.
—No saben en qué lugar… —sus ojos me miran con una calma que yo ya no tengo.
—No podrás huir —corto su tranquilidad cuando no puedo ocultar que tiene mucha más seguridad que yo en sus afirmaciones—. No podremos huir.
—Lo haremos, te lo prometí —la princesa se cruza de brazos. Su gesto serio consigue poner mis bellos de punta—. Pero no ahora. No sin haber eliminado primero del poder a ese maldito de Drieden y de mi padre.
—Esa guerra que quieres iniciar contra Drieden no entiende de justicia. Vas a sangrar como él, te romperá de la misma forma —mis ojos se hunden en ella suplicantes.
—No puedo marcharme para siempre dejando el reino bajo sus manos —niega con una fiereza en sus pensamientos que me aterra.
—Eladriel… —la miro de forma suplicante.
—¿Crees que podría vivir? —la princesa endurece la mirada—. Dejaré a miles de criaturas sin esperanza.
—Ellos no quieren verlo, vas a luchar por nada —me trago tras un suspiro, que mis avisos no servirán de nada.
—Pero debo hacerlo —insiste.
—Está bien, puede que no mueras, pero va a romper lo que ahora eres —me impulso a coger sus manos, a sostenerlas entre mis miedos—. No volverás a ser la Eladriel que ahora eres.
—¿Tú sabes acaso la Eladriel que soy? —su mandíbula se tensa.
—Eso creo —asiento.
—Ellos me arrebataron mi dignidad. Ellos borraron a la Eladriel que yo era —sus manos caen. Se alejan—. ¿Me pedirás que no luche por ella?
Escondo en el silencio mi respuesta. Sé que no quiero que lo haga, pero comprendo que mi deseo se encuentra en el miedo a perderla.
Quizás, en el temor de que nunca se haga realidad su promesa y mi sueños.
La observo a pesar de que no quiero darle la razón.
Tomo aire cuando mi alma entiende que no se equivoca, que no puedo perder a alguien que no es nadie. Que primero debe encontrarse.
—Las princesas no van solas a la guerra —sujeto su rostro para besarla con el mismo arrojo que ella muestra—, pero yo seré tu soldado.
Hace un segundo que sellé sus labios, aunque lo extraño al verlos sonrientes.
Su comisura izquierda se eleva por encima del hombro mientras se dirige hacia la puerta.
Guardo el labio inferior entre los dientes porque no puedo dejar de admirarla.
Hasta de espaldas comprendo que es majestuosa.
Puedo recordar, ahora que el sol del patio incide sobre cada curva de su cuerpo, como es sin ropa.
Lo he memorizado con más facilidad que un anhelo.
Se adelanta por la arena mientras aseguro la puerta de la torre del observatorio, su mirada curiosa viaja sobre los brujos que trabajan.
No puedo dejar de pensar en lo que ha confesado sobre esos bastardos cuando me acerco a ella a prisa para seguirle el paso.
Sé que para alguien como el entrenador, la palabra no significa nada, pero mis promesas se entregan con honor.
Debo cumplirlas. No podré evitar que ella se enfrente a él, que su padre y los canciliers la ataquen con malas intenciones.
No puedo destruirlos a pesar de que eso es lo que yo deseo…
Eladriel no lo desea. La princesa espera establecer esa venganza que le devuelva lo que era.
Ojalá pudiera susurrarle a su alma que no podrá ser solo recuerdos.
Aunque es tan obstinada, que sería capaz de romper el destino con tal de demostrar que en realidad nunca se fue. Que es la que la hace luchar ahora.
Y debe serlo, incluso si aún no es consciente de ello. No le mentí cuando le dije que sabía qué Eladriel era. Solo alguien que no ha perdido su esencia es capaz de aferrarse a la valentía para romper el sistema.
El aire fresco en las galerías del castillo calma.
El silencio. Aquí nadie nos observa como si fuéramos extraños caminando por el borde de la muerte, no hay cejas arqueadas en sospechas por ver una criatura de las hadas caminando por el pasillo del reino brujo.
Emir se inclina ante Eladriel tras abrir la hoja de la puerta principal.
El necio de Yeziel despliega media sonrisa cuando la princesa ya ha abandonado el interior.
—Veremos si te ríes con tanta gana cuando consiga que Mim descienda de ese fénix —doy un paso a la izquierda para hacerle sentir el filo de mi advertencia.
—Juro que traté de detenerlo —manifiesta Yeziel tras colocar sus labios rectos por mi amenaza.
Desde el puente veo como los brujos están agitados en el campo de entrenamiento, todos tienen la vista levantada al cielo.
Eladriel sigue con la mirada un rugido tan cercano, que el soplido podría tumbarnos.
Sus brazos suben al compás de los míos para cubrirnos la cabeza cuando el vuelo bajo de Shae nos obliga a replegarnos hacia el suelo.
El aire bajo sus alas levanta las capas de los guardias centinelas de la puerta.
Mim parece mantener una persecución a vida o muerte.
Mi vista se detiene sobre el fénix tras él.