Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 23. La génesis de una promesa.
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23. La génesis de una promesa.

(Azohr)

Deslizo las yemas con suavidad sobre mi sueño.

Siento su piel sedosa, pero se tersa cuando mis dedos acarician la parte baja de su abdomen.

Ahoga uno de sus gemidos. Enciende más que nunca mi deseo de ella.

Su sonrisa oscila en una mezcla perfecta de elegancia y travesura, se amplía al sentir que formo tirabuzones con su cabello.

Hace rato que lo hace. Es tan maravillosa, que aún no ha sido capaz de darse cuenta de que, desde que nuestros placeres se unieron para dejar de reclamarse, he sido incapaz de apartar la vista de ella.

De lo me entregó. Ni siquiera sabía que ella necesitase sentir tanto como yo.

El silencio que ha guardado a mi propuesta no me causa desagrado.

Incluso me calma. Siempre supe que si ella aceptaba desaparecer de las tierras de Órianth por mí, no podría evitar sentirme egoísta.

Para mí, estar a su lado es años de anhelo, pero para ella alejarse de lo que conoce, de lo que ama…

La arrancaría de este lugar por los pocos años que dura mi vida.

No suena amable dejarla sola cuando muera.

Volver nunca sería una opción para Eladriel.

Para las criaturas que aquí viven y gobiernan ya no sería la princesa de las hadas, se convertiría en una traidora. Yo me convertiría en un traidor.

—Me quedaré contigo —Eladriel sonríe. Posa la mano sobre mi mejilla en una caricia—. Y entonces iremos donde desees ir.

Ladeo el cuello para observar su sonrisa.

Sus ojos alzados en seguridad. Justo cuando mis pensamientos más oscuros aparecen, ella decide romper el silencio con esa respuesta.

Contengo el aliento al pensar que espera una sonrisa.

Que la sujete feliz en un abrazo a pesar de que esa decisión rompe mi alma tanto como perderla.

No quiero besarla. No me apresuraré a tomarme su afirmación como verdadera hasta que esté seguro de que esa es la realidad que conoce.

Que pensó las consecuencias de lo que dice y aun así acepta, y está dispuesta a perder su trono, su casa, su reino y su nombre, por alguien cuyos días en estas tierras están contados.

—Por tu silencio, podría suponer que esperabas una negativa —Eladriel deja caer la mirada tras arrugar su entrecejo.

—Nunca —beso su frente para sentirla—. Pero ha sido solo una afirmación.

—¿Afirmación? —sus cejas se elevan en un gesto de reproche—. Yo lo llamo decisión.

—Necesito más que una frase que lo afirme —busco sus ojos redondos por consuelo—. Necesito saber por qué tomas esa decisión.

—Porque eso es lo que siento. Eso es lo yo deseo —Eladriel se apoya en el codo para incorporarse Sus ojos se hunden en los míos.

—También pareces desear salvar el trono de Eryas —aparto la mirada—. ¿Qué pasará con él?

—Hace años que renuncié a esa silla —asegura sin vacilar ni un instante. Sujeta mi mentón para hacerme bajar la mirada hasta la suya—. Mi decisión no la cambiaría el trono de mi reino.

—Si te arrepientes, si cuando estés lejos extrañas la corona… —tomo aire—, no es posible volver. Ni siquiera a comprobar si tu pueblo sigue a salvo.

—Sé que no podría volver, pero estarías tú —entrelaza sus dedos con los míos.

—Hasta que deje de estarlo —aprieto los labios.

—¿Ese es tu objetivo? ¿Desaparecerías? —una de sus cejas se arquea con esa indignación que siempre me parece adorable.

—Yo sería tu sombra por el resto de la eternidad, princesa —deslizo la mano por su espalda para acercarla. Abrazarla—. Cuando los dioses reclamen mi alma algún sol, me harán renunciar.

—Yo cambiaré el destino. Romperé todas las normas para mantenerte con vida —Eladriel deja que sus palabras salgan tan convencidas como parece su semblante. Besa mis labios.

—Intenté cambiar el destino cuando te conocí, y estás entre mis brazos —confieso en medio de una sonrisa irónica.

—¿Acaso no me crees, teniente Bradosck? —hay cierto aire de agravio en su voz.

—No dije eso —niego.

—No es tu destino el que me ha hecho estar aquí, sino el mío —se hunde en mi pecho—. Yo elegí estar aquí.

—Esto es el presente —apoyo mi barbilla sobre su pelo. Mis ojos se cierran con tristeza—. ¿Qué pasará si algún día buscas refugiarte en mi pecho como ahora, y no puedo abrazarte?

—Me subestimas… —sacude su cabeza al reincorporarse apresurada.

—¿Qué criatura ha logrado desafiar a Beliel o Azabel? —sonrío por su obstinación, por ver el arco de su espalda dibujado frente a mis ojos.

—Yo haré que los dioses padres conozcan la intensidad de mis decisiones si es necesario, ¿me escuchas? —me dedica una mirada de medio lado envuelta en tono de advertencia.

Se inclina para que sus pupilas se expandan sobre las mías.

—Robaré la luz de las profundidades de Beliel y consumiré su reino si él se atreve a quemar mi corazón al aceptar tu alma —me besa—. Llenaré las cortes del dios Azabel de oscuridad si arranca el único fuego que me sostiene.

Nada podría hacer desaparecer mi sonrisa.

Ni esos pensamientos de hace unos instantes.

Tiene razón al admitir que la subestimé, lo hice desde el momento en que apareció en Carsley hace años.

Siempre quise protegerla y no vi que era ella la que me protegía a mí.

Su corona nunca la convirtió en una princesa, sino en una guerrera, y necesito ser su soldado hasta las últimas de las decisiones que desee tomar.

Nunca creí en la justicia de los dioses.

Tampoco en las estatuas que los alaban, pero sí me sostuve en la fe que le tuve al cuerpo de Eladriel durante todo este tiempo.

A su vida. A ella le guardo la lealtad absoluta del que es fiel a su dios.

—Quememos Órianth, mi princesa —sujeto su brazo para acercarla. Para besarla con vehemencia.

Sus manos se aferran a mis hombros. Mis dedos buscan con urgencia un rincón de su espalda al que poder aferrarme para que mi interior deje de temblar.

Recorro el centro de ella, las deslizo con suavidad sobre las perfectas marcas que permiten que sus alas emerjan.

Su lengua acaricia despacio el lóbulo de mi oreja.

Jadeo cuando desciende con lentitud hacia el cuello, se detiene el instante que dura un suspiro antes de besarlo despacio.

Con cuidado. El tacto de sus labios me hace perder la noción de la realidad.

Sus ojos se abren en busca de los míos, se hunden en ellos cuando su sonrisa se dibuja por el tacto de mi abdomen.

Entre sus caricias. La punta de su nariz desaparece entre mi pecho y la forma en que se precipita.

El calor de su aliento en el centro de mi cuerpo rompe mi razón en un gemido involuntario.

Sus dedos se entrelazan a los míos cuando sus labios se acercan a mi intimidad en besos que reducen la distancia.

Me acaricia mientras un par de movimientos rápidos aceleran mi respiración, exhalo al sentir como su lengua lo envuelve.

Todo en mí tiene sentido si es ella la que está conmigo, si es a ella a quién le pertenecen mis sensaciones.

Su mirada profunda al hundir la yema de sus dedos me hace jadear.

Mi gemido sacude su cuerpo y solo puedo centrarme en él. Nada fuera de esto puede ser real.

Ambos nos estremecemos bajo el chillido de un fénix que sacude los muros de la torre.

Las rocas vibran. Dirijo una mirada apresura a Eladriel cuando se incorpora a prisa para alcanzar una de las dagas que dejé junto a la armadura.

La empuña con fiereza. Tomo asiento para sujetar sus hombros.

Su cuerpo tiembla bajo mis manos a pesar de que el arma se mantiene recta entre sus dedos hasta perder el color rosado.

Sé que no está acostumbrada a los chillidos de los fénixes, pero su reacción…

—Eladriel —envuelvo la empuñadura para apartarla—. Es sólo un fénix volando cerca.

—Admiro la seguridad que muestras… —Eladriel observa el alrededor con los ojos tan abiertos, que me preocupa su temor.

—Estoy bastante seguro de que es eso —sonrío. Beso la punta de su hombro.

—Tal vez no ataquen este lugar, pero podrían atacar Brenshire —niega. Sus pupilas me desvelan sus preocupaciones con urgencia.

Sus manos se mueven nerviosas sobre la tela de los cojines, su cuerpo no deja de vibrar cuando busca las dagas adicionales. Apoyo la rodilla ante ella para sujetar sus manos.

—Princesa —mi ceño se hunde sospechoso—. ¿Qué te ocurre?

—Nada —Eladriel se esfuerza por sonreír a pesar de que sé que no es real.

—Nada… —elevo las cejas.

—Debemos buscar a Maren —asegura. Se aparta con cuidado para levantarse.

Se aleja cuando su anillo se transforma en color morado.

Busco mi colgante, sé que lo dejé donde la camisa…

Vibra con la misma intensidad que resplandece su color, puedo sentirlo incluso si ahora no puede lacerar mi pecho.

Incluso si las marcas que deja desaparecen al apartarlo.

Su miedo encendió la magia. Al menos, no parece tan potente como el rojo escarlata de estos días, se hacía difícil ocultarlo sin la armadura cubriendo la camisa.

Coloca sus ropas mientras termino de ajustar las cuerdas del cuello de las mías. Estiro el cinturón según retoca el amarre de sus botas.

—Tienes mucho optimismo si crees que saldrás de aquí sin decirme la verdad —mi frente se convierte en una advertencia mientras termino de asegurar la armadura.

—¿Qué verdad? —pregunta la princesa sin apenas mirarme.

—Tienes miedo —elevo la frente a su forma de negarme lo evidente—. Dime por qué.

—Los dos nos asustamos al escuchar el rugido del fénix —me recuerda según se atusa el pelo para esquivar mi mirada.

—No puedes enseñarme cómo funciona la magia —mi tono se llena de molestia. Dejo caer los brazos—. Estos días no había fénixes rugiendo en Eryas.

—No pensé en pajaritos cuando ese rugido me descubrió desnuda sobre ti —me reclama. Una de sus cejas se arquea.

—¿Es así como te comportarás? —camino hasta colocarme frente a la puerta—. ¿Solo confiarás en mí para lo que tú desees?

—Confío en ti —Eladriel da un par de pasos al frente confundida.

—No parece que confíes ahora —inclino la cabeza hacia un lado.

—Tú tampoco pareces confiar en mí —rompe la distancia conmigo con un gesto de indignación.

—Que yo calle no significa que haya estado alejado de ti todo este tiempo. Sentí lo que tú —mis labios se sellan con cierto pesar por su silencio.

Aparto el cuello de la camisa para mostrarle el colgante.

Estiro el brazo para agarrar su mano, le hago envolver el fénix de plata que cuelga en él.