Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 22. La concesión al pecado. #8
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22. La concesión al pecado. #8

—Yo lo deseo desde que te vi, ahora solo se hará realidad —beso su pecho. Sujeto las cuerdas que aseguran su pantalón—. Solo tú me puedes hacer sentir.

Su mano se encuentra con mi cintura de forma salvaje.

El tacto de su piel cálida me estremece, me pide otro beso.

Uno que sea lento para que borre lo que duele.

Me une a su cuerpo cuando los brazos rodean su cuello.

Sus dedos se deslizan por mi espalda. Su lengua acaricia la mía mientras me apoyo en la punta de los pies para confundir mi respiración con la suya.

Para decirle que, aunque no haya nada que separe nuestros sentidos ahora, aún nada me une a su cuerpo como lo deseo.

Su rodilla se cuela entre mis piernas, una de sus manos sostiene mi espalda.

Su boca se hunde con la mía al recostarme sobre los cojines del sofá con más cuidado del que nunca nadie tuvo conmigo.

Aparta el pelo que cae por mi cara. Sus pupilas realizan un recorrido rápido por mi cuerpo mientras su aliento tiembla, su mirada se encuentra con la mía…

Deja que cualquiera de mis emociones bañe mis ojos antes de sellarlas para siempre con un beso.

—Me equivoqué —musita Azohr—. Pensé que nunca podría verte más hermosa de lo que siempre te vi.

Trazo sobre su brazo lo que siento.

—Deseo enseñarte cuánto me importas —le ruego en un susurro.

—¿Cómo? —su respiración se aleja, aunque sea un poco.

—Quiero sentirte —mi voz sale en un hilo fino mientras busco las cuerdas que todavía sostienen su pantalón.

Sonríe. Sus besos se cuelan en mi cuello, en la clavícula. La punta de sus dedos recorriendo el borde de mi cuerpo me hace cerrar los ojos. Suspiro. Mi piel se eriza al sentirlos en el interior de mis muslos. Gimo cuando sus labios recorren mi pecho de forma frágil.

—Te quiero más que nunca —el teniente apoya su frente contra la mía.

Deslizo las manos con agilidad entre el pantalón y la curva de su espalda para bajarlo despacio.

Su aliento se desliza por mi cuello cuando hunde su frente en él.

Azohr acaricia mi intimidad. Un jadeo me hace recordar que debo callar.

Un rugido sale de su pecho al ver como mi espalda se arquea ante su lengua sobre uno de mis pezones.

Mis dedos se aferran a su ropa al sentir cómo sus dedos entran en mí, cómo la pasión le impulsa.

Mis pupilas lo buscan al ser consciente de que no tengo que ocultar mi placer, lo que siento. Que me observa con el mismo deseo.

Mi ansia recorre su cuerpo. Acaricio en profundidad cada parte de él tras impulsarme a que sus labios no estén lejos.

Sus párpados se cierran tras un gemido, cuando mi mano se cuela por su pantalón para acariciar su miembro erecto.

Sus brazos vibran cuando lo envuelvo. Beso su barbilla cuando cualquier otro sonido me parece vacío en comparación al de su voz.

Al que me hace sentir al quererlo. Apenas lo sabe, pero no hay ningún otro lugar en estas tierras en el que me gustaría estar ahora distinto al tacto de su placer.

De mi respiración agitada por sentir que sus besos vuelven a encontrarse ansiosos con los míos. Por algo que no es el peligro.

Jadeo por la sensación que me produce que sea él quién me haga olvidar la voz del protocolo para gemir.

Por el cosquilleo de que esté entre mis piernas.

Sonrío en virtud de saber que, por primera vez, encuentro placer en que me toquen, en que unos ojos me deseen hasta añorar cuando no lo hacen.

Recorro las líneas de sus marcas con dulzura.

Memorizo hasta los surcos más ocultos de los dibujos a la vez que su satisfacción lleva a la mía. Mis movimientos sacian los suyos.

Me embriago de la luz de su mirada. Trago saliva cuando mi pecho se llena de esa verdad que hace días me parecía inconfesable. Muerdo un te necesito desde que lo vi en Brenshire, desde que Maren nos interrumpió frente a la chimenea que aún recuerda. Ya no sé si mis dientes podrán contenerlo más.

—Te quiero, teniente Bradosck —le confieso al ver que sus jadeos lo gritan.

Azohr se hiela. Sonríe. Sus ojos abiertos se han convertido en el pequeño refugio de felicidad al que solo nosotros dos pertenecemos en este instante. Una pequeña parte ajena a la tortura que otras criaturas de este mundo viven. Que nosotros vivimos.

—¿Lo has dicho? —pregunta Azohr queriendo estirar una sonrisa.

—Te quiero, Azohr —me obligo a repetir.

—¿Me quieres? —frunce el ceño cuando su sonrisa se estira, ahora sí, segura.

—No lo repetiré de nuevo —elevo las cejas sonriente—. Pero mucho más de lo que puedas imaginar.

—Pensé durante años el momento en el que al fin dirías eso —me besa.

Me besa otra vez. Y dos más.

—¿Superé tus expectativas? —río. Aparto esos mechones que él siempre acomoda.

—Desde que te vi aparecer en Brenshire de nuevo —Azohr traga saliva—. Maldije enamorarme de ti, y me enamoré dos veces.

Mi sonrisa se transforma en una línea recta.

No es por tristeza ni por sorpresa, es por miedo a lo que siento en este momento junto a él.

Su mano se encuentra con la mía, sus dedos se unen a los míos con dulzura.

Mi estómago tiembla ante la pasión con la que lo deseo.

La forma en la que me observa enciende el brillo de mis ojos, le piden que olvidemos la norma de los dioses.

Si ya me perdí del todo al verlo, no importa si nos perdemos ahora.

—No estoy dispuesta a que los dioses nos ejecuten por besos y caricias —aprieto su mano. Hundo en él la mirada.

—Si no nos detenemos aquí, ya no habrá manera de defendernos ante ellos —me advierte el teniente en un susurro cálido.

—Nadie podría librarme del juicio de mi padre —beso sus labios.

—Él no podrá castigarte si no hay pecado —su mirada cae.

—Entonces que los ángeles bajen a verlo para contárselo —sujeto su cara para mirarlo a los ojos—. No me obligues a morir sin haberte amado.

Azohr niega, su mirada se aparta en silencio.

Su mano acaricia mi mejilla, sus ojos se encuentran con los míos antes de que sus labios se vuelvan a fundir entre mis labios con fiereza.

Muevo mi cadera bajo él. Su mano se cuela entre su sexo y el mío para unirlos.

Rodeo su cuello, deslizo los dedos entre su cabello.

Despacio, su cuerpo choca contra el mío.

Se deja caer sobre su mano izquierda para continuar con el movimiento.

Elevo las piernas con cuidado. Arqueo las caderas para que el vaivén de su cadera contra la mía suceda con más facilidad.

Cierro los ojos cuando siento como su suspiro toma el mío, como mis gemidos ahogados alimentan a los del teniente.

Su aliento se detiene en mi frente. Mi mano se encuentra con su pecho para acariciarlo con suavidad al sentir como aumenta el ritmo, él acaricia mi clítoris de forma suave.

Mis piernas caen sobre las suyas cuando su espalda se vuelve recta.

La mano que lo abrazaba, busca mi pecho con urgencia para sostenerlo.

Envuelve mi cadera para atraerme hacia él. Inclina la cabeza hacia atrás en un bramido que hace tiritar mi ansia. La punta de mis dedos se hunde en sus piernas como respuesta. Apoyo los codos para inclinarme y encontrarme con sus labios.

—Aún no hay lanzas ni fuego amenazante —murmullo—. Ni ángeles furiosos por amarte.

—Tal vez, no queramos verlo —declara Azohr con voz entrecortada.

Su brazo se abre paso bajo mi espalda para alzarme sobre él en un movimiento.

Me sostiene por la cintura. Sus manos acarician la curvatura de la columna mientras mis rodillas tocan la tela.

Me deslizo con suavidad arriba y abajo al sentir como el fiero deseo se cuela a través de un beso.

Enfatiza mis movimientos cuando entra en mí.

Dejo atrás la pared en la que recuesta la espalda para sostenerme sobre su pecho.

—¿Duele si dejo ahí mis manos? —pregunto al comprobar como su gesto cambia.

—Eso no podría detenerme ahora —la voz de Azohr me envuelve como su deseo cuando se inclina hacia delante para acercarme. Para besarme un hombro y buscar los pechos.

—Esperaba que no lo hiciese —dibujo media sonrisa entre un jadeo y un beso.

—Ni aunque se hundieran, hace años que espero conocer como suenan tus gemidos —me susurra mientras él jadea.

—Habría esperado por los tuyos toda mi eternidad —me aseguro a sus hombros.

Algunos gemidos se impulsan hacia las paredes tras reprimir lo que hace rato llevamos callando.

Las caricias humildes se han convertido en fuego de ese que Azohr asegura que no se puede ver.

Puede que tenga razón, que no comprenda qué tan grande es, pero sé que no es el que ninguno de los dos esperábamos encontrar.

Los movimientos lentos de antes se convierten en apresurados e insaciantes.

Libres de miedo. Y si es cierto que no está, soy capaz de escucharlo entre sus besos.

Extiendo el brazo para poder encontrar apoyo en la pared de nuevo, dejo caer ahí el peso de la vehemencia que desenfrena nuestra pasión.

Sus instintos rodean el arco de mi figura con el mismo cuidado de siempre, aunque se apresura de forma salvaje al ver como mi barbilla se eleva en busca del orgasmo.

Sus labios se deslizan por el centro de mi esternón, trata de encontrar el suyo.

Yo siempre busqué en sus ojos lo que él sentía, y ahora solo quiero sentirlo.

Recuesto mi cuerpo sobre el suyo cuando ahoga su éxtasis en mi aliento.

Acaricia mi pierna antes de posarme con cuidado sobre el cojín para tumbarse a mi lado.

Me besa los labios de forma cálida. La frente.

Me envuelve bajo uno de sus brazos. Entrelaza mi pelo con sus dedos al estirarlo con ternura entre ellos para que nunca termine de sentirme querida.

Me mira como nunca antes sentí, como si ahora yo fuera real.

Ya sus caricias se sienten como abrigo, no le da miedo tocarme.

—Nunca te vayas de aquí —susurra Azohr. Deja caer sus labios sobre los míos—. Quédate conmigo.