Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 22. La concesión al pecado. #7
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22. La concesión al pecado. #7

El patio de armas está repleto de arena tostada por el reflejo de los rayos del sol.

Hay brujos trabajando en los talleres de armas y madera.

Soldados que blanden espadas en la zona de entrenamiento y otros que limpian los espacios ordenando las armas en los almacenes de piedra del fondo.

Y todos ellos despliegan con curiosidad su mirada para comprobar quién es la mujer que acompaña a su teniente por lugares poco propios.

—Dime —Azohr rompe el silencio apiadándose de mi estómago tembloroso. Sujeta las manos a la espalda—. ¿Has conseguido averiguar algo sobre lo sucedido con la carta que envié?

—Ni siquiera sé qué escribiste en ella —adopto como él una postura de protocolo. Uno las manos al frente.

—¿El rey no informó al pueblo de que lo sucedía? —niega con una sonrisa sarcástica—. No lo esperaba…

—Podría afirmar que él nunca supo el contenido —tomo aire mientras reflexiono sobre la carta—. Fue Drieden quién la recepcionó.

—Siempre fue un detestable hijo de puta —señala el teniente con total naturalidad y resentimiento en su sonrisa—. No pensé en esa posibilidad.

—Lo escuché hablar acerca de un nuevo aliado. Estoy convencida de que hay una conexión entre él, y lo que ha sucedido en los reinos —le revelo mis dudas.

—No tendría sentido que desease atacar a su propio reino —me contradice sin pensarlo.

Azohr detiene el paso frente a la entrada de una torre en una esquina del patio.

Echa mano a una de las llaves que cuelga de su cinturón para abrir la puerta.

Da paso a un espacio empedrado del que nace una amplia escalera.

Es como si la forma de los escalones se hubiera perdido después de siglos de ser usadas, aunque su olor a abandono indique lo contrario.

Antes de cerrar la hoja, se acerca a la pared para recoger una de las antorchas que ilumina el interior.

El fuego apunta hacia las escaleras. Apenas alumbra con eficacia más de tres peldaños al frente.

El teniente estira la mano para que lo use como guía.

Examino tras aceptar, en esos instantes donde la llama crepita, como sus facciones se ven tan afinadas como lo que comienzo a sentir por él.

Me vuelvo devota de mis más bajos instintos.

Este instante fortalece lo que mis manos desean contarle.

—¿Cómo podemos averiguar lo que ese cabrón de Drieden sabe? —pregunta Azohr volviendo a mencionar el nombre de ese maldito.

Debo dar gracias de que no puede escuchar cuánto late mi alma por él ahora.

—Tú estás demasiado lejos para implicarte en todo esto —doy un paso hacia atrás para darle espacio al colocarse frente a la hoja de una puerta.

—No me inspira confianza que te enfrentes a ellos sola después de lo que sucedió en el templo de los dioses —me advierte con una mirada rápida.

—No estoy sola, y no tengo miedo —asiento con una sonrisa segura.

—No podrás estar siempre alerta —se gira para sincerarse.

—¿Mantendrás mucho tiempo más el misterio oculto? —señalo la cerradura con los labios estirados en ironía—. ¿O debo considerar que tienes un problema con las puertas?

La mirada del teniente baja cuando no puede ocultar su risa.

Arquea los dedos hasta que el pomo de la puerta gira.

Se abre tan despacio, que llena el ambiente de un sonido agudo y desagradable.

Todo el interior está rodeado de un enorme bando de piedra que recorre la estructura, tiene cojines frondosos a modo de asiento.

Es como estar bajo un claro una tarde de primavera cualquiera.

El techo de cristal, semicircular como la ciudadela, permite que la luz del sol se cuele en la estancia.

También la inmensidad del cielo. Lo que hay aquí dentro es como una especie de refugio desordenado.

Me aventuro a caminar por la estancia. Contemplo los papeles raídos y amarillentos que invaden rincones lejanos del suelo.

Plumas que han sido esparcidas u olvidadas en algunas partes de los bancos.

Paso las páginas de un libro en blanco que espera ser escrito con curiosidades o pensamientos por los botes de tinta seca a su lado.

Entre ellas, en el centro, hay una esfera blanca que me hechiza.

Una especie de humo la envuelve, la mantiene en el aire sin esfuerzos.

Hay aparatos de ciencias como en la torre del reino de los elfos.

Un reloj de sol, e incluso dibujos de esferas que Glimmer llama planetas.

—¿Qué es este lugar? —me acerco a la gran bola para acariciar su superficie. Una arruga baña mi entrecejo al comprobar que es rugosa.

Azohr termina de ajustar la puerta. Cruza sus brazos tras ella mientras observa mi curiosidad.

—Es el observatorio de fénixes —sonríe el teniente—. Y eso que tocas es el esperium.

—¿Y para qué sirve? —observo como el humo envuelve también mi mano sin volverla opaca.

—Para mostrarte el fénix que deseas ver de cerca —su hombro derecho sube como si fuera algo que todos deberían saber.

—¿No podéis verlo desde cualquier lugar? —mis comisuras suben con chanza.

—No tan de cerca —deja caer los brazos para tomar asiento en el banco a su lado—. Aquí podemos ver las maniobras del fénix y como lo maneja el jinete.

Observo los papeles sobre el escritorio.

“Etimeno cuena laera”. Las plumas que utilizan para escribir tienen los colores anaranjados de los fénixes adultos.

Imagino que no solo las utilizarán para hacer alfombras como la de la cabaña en Avka.

Todo lo que hay me obliga a continuar recorriendo el lugar.

Examino el ambiente hasta que mis ojos se encuentran entre las rocas con los ojos del teniente.

Con la manera en la que siempre parece seguir mis pasos con ellos.

Sus pupilas nunca me hicieron sentir vigilada, siempre lo sentí reconfortante.

—¿Por qué has elegido el observatorio? —señalo el alrededor mientras vuelvo al centro.

—¿Qué quieres decir? —Azohr se inclina para apoyar los codos sobre las rodillas.

—Esperaba encontrar una estancia más íntima —le confieso según elevo la mirada hacia el techo descubierto.

—Lo es —sus ojos se mantienen sobre los míos—. Es magia. Puedes ver lo que hay fuera, pero no pueden ver qué hay dentro.

Sonrío. La chispa de inocencia de sus ojos me hace tambalear.

No sé si la mía vibra con la misma intensidad que la suya, si él puede verlo.

Apenas una mirada y la promesa de que solo el cielo puede ser testigo de lo que aquí suceda son suficientes para que sus labios estén demasiado lejos de los míos en este momento.

Con la misma profundidad que siempre encuentro en el azul de sus ojos, hundo mi mirada en la suya.

La ligera sonrisa que adornaba su cara se transforma para dar paso a la seriedad de la duda por como mi respiración cambia al acercarme a él.

Sus codos aún sostienen el peso en sus rodillas.

Parece centrado solo en mis pasos. En el silencio donde mis rodillas se doblan hasta colocarme a su altura.

Busco su atención a través de la renuncia a nuestra distancia, a un palmo de sus labios.

—Si nadie puede vernos, no esperes a besarme —le musito a un roce de que sus labios se unan a los míos.

Sus pupilas se dilatan. Escucho como se llena de aire antes de que mi mano escale de forma acelerada hacia su nuca para pedirle que no me haga esperar.

Mis labios se funden con los suyos con calma.

Solo por un segundo. Mi otra mano demanda profundidad al hallar en su brazo el lugar perfecto al que aferrarme.

Nuestras lenguas se encuentran con urgencia al sentir que se ha rendido a complacerme, que su mano acaricia mi cintura de forma lenta para buscar donde sostenerse.

En medio de sus besos, mis manos caen hasta anclase a los mullidos cojines del asiento.

Me impulso hacia delante al sentir que me acerca hasta que su espalda roza con suavidad las rocas de la pared.

Envuelvo la tela con fuerza al recordar lo que vi en el cuarto de la ciudadela.

Lo imagino bajo mis caricias mientras rodeo la cuerda que ajusta su armadura a uno de los costados.

Contengo el aliento al tirar de ella. Muerdo mi labio inferior cuando mis yemas acarician el siguiente lazo y sus labios se alejan. Lo deshago apenas sus brazos me rodean.

Mantengo la mirada centrada en sus ojos abiertos, azules, según tomo impulso para alejarme. Con una sonrisa, me separo lo más que podría hacerlo ahora, solo tres pasos.

—Quita tu armadura —le ordeno con la frente en alto.

Azohr responde con obediencia. Se despoja de la armadura en un instante.

Su garganta se mueve cuando al distraerse un segundo por dejarla a un lado, mi corpiño y la daga que escondo bajo él están en el suelo.

Desanudo la cuerda que sujeta mi pantalón al abdomen para poder sacar la camisa a merced de sus ojos.

Sus labios se separan al ver como dejo caer a un lado las ropas finas para dejar mi torso al descubierto.

Sus manos sujetan el cojín como lo hacían antes las mías.

—¿Me harás ordenarte también que te quites la camisa? —saco la daga de la bota para dejarla junto a la otra.

Su pecho contiene un suspiro. Azohr envuelve las cuerdas que aseguran su pantalón obligándome a contener el aliento.

Se apresura a tirar de las que cierran su cuello entre que aparto las botas rápido.

Me deshago de los pantalones mientras contemplo como la tela desaparece de su cuerpo.

Mi garganta se sacude al verlo. Sus pupilas, como antes, tiemblan al ver que nada me cubre, no hay ropas de distancia como en la ciudadela.

Al contrario que la suya, mi respiración se precipita.

Pongo fin a la distancia que nos separa para volver frente a él.

Me arrodillo. Acaricio su brazo hasta encontrar temblorosa su mano.

Examino su piel bajo la mía antes de buscar su mirada, sus labios con ansias de sentirlos.

—En la ciudadela dijiste que solo temblabas porque no podías tocarme a pesar de que me deseabas —beso su mano antes de llevarla a mi pecho para que lo llene.

—Eladriel… —Azohr deja caer su mano. Se incorpora—. Esto no es lo que yo deseo escuchar.

Apoyo las manos en la piedra para levantarme y colocarme a su lado.

—Quiero que tus caricias me hagan temblar mientras tú encuentras la calma —estiro la mano para acariciar su hombro.

—Quiero hacerlo solo cuando ese deseo sea tan mío como tuyo —su tono se vuelve más serio de lo que me gustaría en este momento.

Me cautiva como se esfuerza por dejar sus brazos indiferentes a mi cercanía.