22. La concesión al pecado. #5
—Es desagradable que insinúes nuestro romance —me dedica una mirada sobre el hombro—. Asqueroso.
—Es la única criatura que ha entrado nueva en tu vida —me encojo de hombros.
—Te revelaré todo cuando me cuentes tus planes en Brenshire, princesa —ríe. Su tono se vuelve mofa—. ¿A qué vengo yo?
Apenas lo sé. Quiero asegurarme de que la historia que Ebhan mencionó sobre la carta del soldado de los espíritus es cierta.
Debo confirmar que el teniente sigue convencido en la idea de ayudarme a acceder a los archivos a partir de las minas.
Y estar con él. No espero que esa conversación nos tome más de cinco minutos.
Pero para Maren… Solo quería que alguien me detuviese si tenía intenciones de huir.
—Deseo estar cerca de Azohr, sentir su compañía —trato de no resultar desagradable al pedirle intimidad.
—Sé cuál es el motivo de tu visita —me reclama Maren con molestia—. ¿Esperas que os vigile la puerta?
—El coronel Mim fue bastante agradable —muerdo mi labio inferior como gesto de súplica.
—¿Vas a dejarme sola con Mim? —me pregunta apresurada—. Pero, Eladriel…
—Tu compañía para abandonar Eryas evita sospechas. Hay asuntos que necesito conversar en privado con el teniente —la interrumpo al colocarme frente a ella aún en el vuelo.
—Fue altivo y presuntuoso —con una mueca de indignación, Maren cruza sus brazos—. E ignoró todos mis pedidos cuando estábamos sobre su bicho.
—¿Se lo permitirás? —arqueo una ceja—. Pensaba que tu ironía sería suficiente para destruir su orgullo.
Maren baja la mirada tras un resoplido resignado, labios estirados en enfado.
Pasa gran parte del vuelo en silencio. Sobrevolamos el bosque ancestral.
La frontera con Néferien y el primer castillo del reino de los brujos, el blanco Carsley.
Tal vez, mis nervios en las ocasiones anteriores que vine me impidieron ver la magia del paisaje, la pureza de sus colores esta vez me cuentan más historias que los de Eryas.
Dejamos atrás la fortaleza de Borh. La ausencia de la voz de Maren no me hace el camino más agradable.
El pueblo de Kithos y sus brujos de magia verde humildes.
A Berato, el lugar de los sanadores, siempre la rodeó algo más de lujo, sus habitantes reciben cuantías altas de monedas por su trabajo.
Los bosques y caminos parecen tener una flora más escasa que en Ravenbell, pero Maren susurra con ellos sonriente. Quizás, su apariencia engañe.
La colina de Brenshire se muestra bajo su castillo de roca oscura.
Vemos las primeras casas del pueblo cerca de su falda.
Los pastos verdes de la ladera mientras nos acercamos al estrecho puente de acceso.
Capturo de reojo el campo de fénixes donde hay brujos entrenando.
Los animales vuelan entre chillos y ruedas de fuego porque las criaturas los dirigen sobre sus lomos con maestría.
Desciendo en el extremo del paso elevado.
Yeziel, el guardia que es amable de esta puerta, esboza una sonrisa al ver como Maren desciende a mis espaldas.
Siempre sonríe mientras yo solo observo. Respiro antes de dar un paso más.
—Puedo darte la mano para ayudarte —sugiere Maren con los labios torcidos en picardía.
—No tengo miedo de cruzar —trago el nudo del medio de mi garganta.
—El temblequeo en tu respiración no dice lo mismo que tus palabras —eleva las cejas, de nuevo, con ironía.
—Tiemblo porque no sé qué Eladriel saldrá de aquí —declaro sin apartar la mirada del castillo.
—Si decidiste venir, es porque sea la que sea, anhelas que esté fuera —sujeta mi brazo convencida para tirar de mí.
—Gracias…—lentamente, sonrío mientras me obliga a seguirla.
—Me lo agradeces dejándome sola con el coronel —Maren ladea el cuello, me mira sobre su hombro—. Curioso.
—Lo siento —ruedo los ojos a la derecha con vergüenza.
—Tranquila, hay algo que olvidé preguntar en nuestro viaje de vuelta a Eryas —devuelve la mirada al frente con una sonrisa.
Solo el silencio, su mano sujetando mi brazo para obligarme a cumplir con lo que deseo, es suficiente para conseguir que mi estómago deje de sacudirse con tanta fuerza. Al menos, ya no deseo dar marcha atrás.
—Princesa Eladriel —Yeziel se inclina alegremente al tenerme delante—. Hada de Ravenbell —asiente frente a Maren.
—Buenos días, Yeziel —asiento sonriente—. Veo a los brujos alegres, todos sonreís. ¿Sucede algo en Brenshire?
—Un día más de entrenamientos y reuniones entre príncipes y reinas —asegura el guardia según me recorre con la mirada.
—Eso parece —observo el alrededor con el ceño fruncido.
—El príncipe Ebhan nos advirtió de vuestra visita, pero no se encuentra aquí —me advierte Yeziel con su gesto sonriente imperturbable.
—¿Nadie puede recibirnos? —ladeo la mirada con urgencia hacia la del guardia.
—Por como el teniente ha dejado el entrenamiento al veros descender, intuyo que se encargará de recibiros —con media sonrisa, el guardia aparta la mirada hacia el puente.
Volteo cuando calla. Azohr ya camina por la mitad de la pasarela de rocas atusándose el pelo como al bajar de Hai.
Mi mirada se enciende. La suya sigue tan profunda como la del primer día que lo cruzó, pero hoy mis piernas se agitan por no dejar de mirarlo.
El sol en los detalles de bronce de su armadura, los relieves de las partes oscuras que se ocultan de él.
Cualquier partícula de luz que toca su cuerpo hace que lo desee ver.
—Princesa —se inclina el teniente con mirada sonriente—. Señorita Maren —asiente.
—Teniente Bradosck —asiente Maren mientras mira alrededor de Azohr—. ¿Y Mim?
—¿El coronel? —el teniente sacude la cabeza en mi dirección.
—¿Me concederíais un momento para comentaros algo en privado? —señalo uno de los lados de la entrada para alejarnos.
La mirada del teniente se ha vuelto sospechosa.
Antes de aceptar mi ofrecimiento dedica una mirada a Yeziel con labios que han perdido la amplia sonrisa.
Tan solo puedo alejarme un par de pasos antes de que me detenga con una mueca de angustia en la mirada.
Utilizar un tono bajo será suficiente para que entienda lo que deseo de esta visita.
—Maren quiere hacerle algunas preguntas al coronel, ya conoces su curiosidad —dibujo una sonrisa tímida—. Yo le pedí que nos ofreciera privacidad...
—Puedo mostrarte el bosque de los susurros —propone Azohr todavía con semblante serio mientras señala las traseras del castillo.
—Me gustaría algo más privado que un bosque —mis labios tiemblan por reprimir una sonrisa.
—Podemos volver a ver los detalles de la chimenea del salón —sonríe—. Te gustaron en tu visita anterior.
Bajo la mirada un instante para tomar aliento.
Solo debo dar dos pequeños pasos para que mi mano pueda acariciar despacio su armadura, y no dudo en romper con la distancia de forma cálida.
Observo como mis dedos se deslizan por el cuero.
Mis ojos recorren con cuidado los detalles hasta que llegan a sus labios, me piden que me detenga en ese lugar.
Que los pruebe y me olvide de la compañía.
La incertidumbre que bañaba su mirada comienza a desvanecerse.
Sus ojos se encuentran con los míos después de recorrer con las pupilas el camino que he formado con una caricia hasta su cuello.
Por un segundo, me corta el aliento el miedo.
Una sola inspiración es suficiente para detenerlo.
Observo como recompensa la forma en que titila el azul en el que me reflejo entre pestañas.
Con la ternura que solo su amor delicado puede hacerme sentir.
—Tal vez, la intimidad de tu cuarto estaría bien —declaro bajo una mirada silenciosa que grita.
—No conozco peor lugar que ese —confiesa el teniente detrás de una sonrisa—. Si deseas, te llevaré a uno mejor que un simple cuarto.
—Si solo estamos tú y yo… —mis pupilas divagan sobre las suyas—. No me importa qué lugar elijas.
Azohr traga saliva. Sin palabras o gestos, siento bajo mi piel como el bello de su cuerpo se ha erizado.
Dibujo una sonrisa que por un instante le hace reducir la distancia entre sus labios y los míos.
Se escucha un carraspeo. Sus ojos se levantan hacia la puerta mientras se aparta.
Sujeto mis manos al frente tras dejarlas caer para voltear y ver como Maren aprieta los labios en busca de reprimir una sonrisa que Yeziel secunda con mirada fija.
—Yeziel —el teniente aclara su garganta. Recupera su tono de voz solemne.
—Os escucho, teniente —enuncia Yeziel forzando el mismo tono que Azohr.
—Busca al coronel Mim en la parte norte del campo de fénixes, en la montaña de vuelo —ordena Azohr mientras estira el brazo para sujetar mi mano—. Dile que el teniente lo necesita en el castillo de inmediato.
—A sus órdenes, señor Bradosck —asiente el guardia golpeándose en el pecho.
Mientras Yeziel se aleja por el puente, Emir abre la puerta para darnos paso.
Es demasiado reservado. Creo que nunca escuché una palabra salir de su boca a pesar de que vine en contadas ocasiones.
No conozco mucho de su historia, pero mi padre mencionó su debilidad al asegurar que su comportamiento se debe a haber presenciado la muerte del rey Draegor y el brujo de magia negra que protegía.
Debieron ser horribles. Yo nunca acabé muda tras ver las ejecuciones del rey de las hadas.
Maren decide mantenerse en el mismo lugar sin movimientos. Incluso si le hago señas con instrucciones para que nos siga.
—¿Tú también necesitas que te den la mano? —Azohr le dedica una mirada de reojo al ver sus pasos detenidos.
Maren separa los párpados, se apresura hacia el interior.
Después de lanzar una mirada de aprobación, Azohr señala el pasillo de la izquierda para que tomemos esa dirección.
Las puertas se cierran cuando se dedo se desliza en una caricia sobre mi mano.
Entonces, no solo el miedo desaparece, también las dudas.
En el interior del salón donde la otra vez nos brindó atenciones, el teniente se dirige hacia la estantería de botellas de vino expuestas.
Maren lanza una mirada rápida al oso tapado con tela de la esquina antes de tomar asiento en el sofá.
Sonrío ante su miedo inocente dejándome caer con suavidad sobre el respaldo.
—Lugh es más peligroso que ese oso —señalo la esquina con una sonrisa juguetona.
—Sí, pero seré yo quien se quedará con el oso muerto y el coronel loco —Maren arruga la frente tras cruzarse de brazos. Apoya la espalda con mal humor.