22. La concesión al pecado. #4
Si abandono el reino por la cueva, notificarán al rey de que he partido en apenas unos segundos, puede que no tenga tiempo ni a cruzarla.
Maren bate sus alas a mi lado. En silencio.
No intenta indagar en los motivos por los que he decidido ir, ni se burla de los que ya conoce…
Verla así me pone nerviosa. Más inquieta que escucharla reírse de mí.
—Sé que no estás bien, no es necesario que trates de ocultarlo —dejo escapar un sonido que capte su atención.
—Al menos, a mí nadie me intentó quitar la vida anoche —Maren eleva las cejas sin apartar la mirada del frente, siempre con su peculiar ironía.
—Reconducir la conversación a los asuntos que te interesa no te librará de mis preguntas, querido pétalo —mi frente se arruga con burla. Con la misma ironía a la que ella recurre.
—A mí no me asusta hablar de lo que siento —revela Maren con un tono afilado de reproche que quiere velar con sinceridad.
—No es lo que tus actos demuestran —ladeo la cabeza para confesarle que sé sus secretos—. Estos últimos días no te vi junto a Rani, reconozco cuando tenéis problemas.
—No hablé de eso porque hay cosas que yo no entiendo aún —su mirada baja. Se apaga de nuevo.
—¿Es que ya no deseas estar a su lado? —me obligo a tragar mis esperanzas de escuchar una respuesta positiva por respeto a lo que ella siente.
—No encuentro su compañía tan reconfortante como antes —calla. Usa el silencio para analizar lo que piensa—. Su cercanía a nuevas criaturas… —suspira—. No la considero fiable.
—¿Rani tiene más compañía aparte de ti? —borro la sonrisa cuando me mira de forma herida.
—No tiene importancia —Maren sacude la cabeza. Su gesto se vuelve tan negativo como la sombra que la envuelve ahora.
—Disculpa —me acerco lo que mis alas me permiten—. Quiero escucharte.
—Ojalá nuestras diferencias solo tuvieran que ver con quién comparte cerveza —esboza una sonrisa, pero yo la siento forzada.
Aparta la conversación al ver a la guardia real de la frontera.
Hace días que los brujos dejaron de vigilarlas, pero mi padre sigue enviando soldados para asegurarse de que se mantienen lejos.
Que no es una estrategia. Descendemos tras un árbol con gran sombra y tronco ancho.
Plegamos las alas para no llamar la atención.
Los soldados que custodian una parte de la muralla conversan entre ellos.
Se les ve entretenidos comentando lo sucedido con la reina en las horas anteriores.
El duelo del rey. Maren me dedica una mirada rápida cuando forman un círculo de voces risueñas al cambiar la conversación.
Me arrastra hasta el muro haciéndome señas con los ojos para que volemos al otro lado.
Uno de los guardias que frontea la muralla brama al escuchar el crujido de una rama. Nos dejamos caer sobre la hierba de inmediato. Dejo que la respiración se vuelva calma al comprobar que no busca en nuestra dirección.
—¡Kesien! ¡Sendro! —grita con voz grave un guardia que camina por la explanada.
Los soldados lo esperan colocados de medio lado. Golpean la lanza contra el suelo cuando quedan pocos pasos para reunirse, colocan el arma en reposo.
—Por el amor a los dioses —exclama Junel molesto al apartar el sudor de su cara desprovista de casco—. ¿Por qué habéis decidido elegir el día de hoy para guardar silencio?
—Largaros, Junel —Kesien deja caer el brazo con desgana—. No queremos escuchar tus historias en la taberna.
—Me temo, querido inútil, que otras historias de menos agrado vengo a contaros —asegura Junel con mala gana.
—Cantad de una vez, baldragas candongo —espeta Sendro con el puño en el aire.
—Traigo órdenes del cancilier Drieden y el cancilier Rohan —afirma Junel entrecerrando los ojos en dirección a Sendro.
Aparto algunas ramas para deslizarme con suavidad por la tierra al escuchar el nombre de los canciliers. Trato de apartar el brazo cuando Maren me sujeta para que me detenga.
—¿Qué haces moviendo la boca para soltar lindezas en vez de las órdenes? —brama Sendro—. ¿Queréis que nos maten?
—Alertaron que los bastardos desaparecidos están en manos de la princesa —confiesa Junel con labios apretados.
—Le advertimos al cancilier que pasaría —declara Kesien con frustración—. Desde que su hijo empezó a involucrase con ese niño todo se descontroló.
—Mostrad compasión por el chiquillo —implora Junel—. Entendible son los motivos que lo llevaron a ir a Eryas.
—¿Cuál compasión, ignorante? —pregunta Sendro con ironías—. Si la realidad fuera esa que aseguráis, ese niño hace tiempo que habría sido llevado a otro lugar.
—¿Qué otra cosa puede hacer? —Kesien se encoge de hombros—. Pondría en peligro su acercamiento con la princesa ahora que están a punto de comprometerse.
—No esperéis enlace después de saber que la princesa tiene a ese niño en su poder —ríe Sendro.
—El rey aun no mencionó nada sobre su unión con el hijo del cancilier —advierte Junel con pesar.
—Estoy seguro de que debe ser por culpa de ese niño —declara Kesien con media sonrisa—. A ninguna princesa le gustaría descubrir que su futuro marido, un pobre entrenador sin corona, tiene hijos desperdigados con esclavas.
Eseo… No es hermano de Tien, sino su… Ladeo la mirada hacia Maren con intenciones de sorprenderla, pero ella ya me mira con los ojos muy abiertos.
El pequeño viene a mis recuerdos cuando devuelvo la atención a los guardias.
Debe tener al menos cinco años. Eso quiere decir que ha estado yaciendo con la esclava mientras tenía sus encuentros conmigo.
Asumí en la habitación de las mazmorras que no podría encontrar nada más en él que pudiera causarme repugnancia.
Solo me concentraré en que me aferraré a esto para salvarme de su cercanía.
—El cancilier ordenó quemar el campamento —asegura Junel.
—Aún había soldados de la guardia real allí —manifiesta Kesien con tono de horror—. Ni siquiera estoy seguro de cuántos de ellos seguían apresando a los bastardos que quedaban.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —pregunta Sendro. Sus brazos caen con descontento—. Si el pueblo descubre que utilizan a sus bastardas para que sean sus esclavas y a los bastardos para sus ejércitos, no dudarán en mancillar el honor del rey
—¿El rey? —Kesien tuerce el cuello hacia Junel.
—¿Crees que el rey no fornica con ellas? —una risa pérfida abandona la garganta de Sendro—. De otro modo no las ocultaría en su palacio.
—Una sucia hija de puta es lo que es la princesa —brama Junel—. ¿Qué haremos nosotros? Esas bastardas eran mejor desahogo que las mujeres de la mancebía.
—Tal vez, deberíamos deshonrarla —ríe Sendro mostrando los dientes—. Si le mostramos nuestros deseos, seguro que no le da importancia a lo que hagamos con sucias bastardas.
—El rey nos serviría en bandeja de plata sus partes pudendas —gime Kesien entre carcajadas—. Sería un buen postre.
—El hijo del cancilier goza de suerte —asiente Kesien—. Esa hembra no es como las que habitaban en el campamento, esconde algo bajo ese corpiño que usa.
—Sí, soberbia —Junel eleva su labio superior.
—Es una provocadora y una desvergonzada —declara Sendro sin vergüenza mientras se muerde el labio inferior—. No dudó en permitir que el joven Tien quitara su honra antes del matrimonio.
—Es una furcia —suspira Junel—. Como todas.
—Entonces, no hay dudas de que su deber es complacernos —Sendro eleva las cejas.
—¿Y se ofrecerá sin más? —pregunta Kesien con algo de burla—. No seáis ignorante, armadura con patas.
—Entraremos a su cuarto por la noche —algo en el tono de voz de Sendro cambia.
—¿Estáis loco? —espeta Kesien—. ¿No visteis lo que hizo con los que intentaron acabar con ella?
—Yo no tengo miedo. Esos que entraron no contaban con el privilegio que tenemos nosotros —Junel arruga las cejas con una sonrisa placentera—. Vivimos en el propio palacio, tenemos acceso a ella todo el día.
—¿Qué os hace pensar que renunciaré a mi parte? —Kesien empuja a Junel por sus hombros de forma juguetona.
Hace tanto que mis dientes rechinan, que me preocupa que se rompan.
Me he sujetado con fuerza a las briznas de hierba que apenas florecen para mantenerme inmóvil al sitio.
Susurré plegarias para no salir y quemarlos con la luz sin compasión.
Lo único que me contiene en este momento es el lugar en el que estamos.
Culparían a los brujos de lo que sucediese con ellos si encuentran guardias calcinados. Los fénixes serían sospechosos.
Maren se levanta según me acerco a ella con la espalda doblada. Unos pasos más. Despliego las alas entre los árboles para iniciar un vuelo lento entre la copa de algunos poco frondosos que nos ayuden a salir. Sobrevolamos los campos lunares tras haber cruzado la muralla.
La muerte de mi madre vuelve a mí. Las bestias que Aelfraed mencionaba en su carta tendrían que haber atravesado la muralla.
Habrían encontrado el pueblo de Íkora, Bonelish y Zor.a primero al ser los más alejados de Eryas.
Es cuestionable todo ese trecho para solo una reina y su lacayo. Miro a Maren. Su semblante perdido…
—¿Qué cambió con Rani? —ese sonido que captó su atención antes vuelve a captarlo.
—Solo sé qué hace un tiempo encontré algo en otra criatura que nunca vi en él —Maren se sincera, gracias a los dioses, para terminar con mi angustia.
—¿Otra criatura? —abro los párpados. Carraspeo para no sonreír—. ¿Qué criatura?
He estado demasiado desaparecida para que su vida haya cambiado tanto.
No la escuché mencionar un nombre diferente a él en cuestiones de amor.
No lo recuerdo como un suceso posible. De entre todas las criaturas que podrían venir a mi mente para acompañarla en su vida, la única que me interesa es el hijo del cancilier.
La quiero demasiado como para aceptar que sea Tien quién haya llenado ese hueco.
—¿Es el hijo del cancilier? —trago saliva con el mismo peso que me causa la pregunta.
—Eladriel, por los dioses, que habéis intimado… —Maren arruga la nariz.
—¿Acaso eso le importaría? —niego con desprecio—. Apuesto a que compartió doncella hasta con su padre.
—Yo no soy princesa como tú —Maren aprieta los labios con seguridad.
—Todas las que ha elegido para madre de sus hijos tienen sangre azul… —espeto cargada de ironía.