22. La concesión al pecado. #3
Su boca está cerrada de forma impropia, parece que está a punto de encontrar la palabra adecuada con la que pronunciarse hasta que sus labios caen en la torpeza.
—¿Ella vendrá aquí? —Lugh hunde sus yemas en mis brazos cuando su cabeza cae hacia delante.
—Vendrá al palacio —mi mirada se tensa ante su repentino semblante de alegría.
—¿Por qué? —una arruga confusa toma su ceño—. ¿La llamaste?
—Lo desconozco —miento para no dañarlo, su rostro ya ha estado demasiado apenado estos días—. Pero sí hay algo que puedo asegurarte.
—Te escucho —Lugh afila ese júbilo de su mirada.
—No voy a permitir que te acerques, mucho menos a ella —dejo caer sus brazos mientras le lanzo una mirada de advertencia.
Su insistencia me tienta. Le destrozaré si le confieso que Aendyl es el motivo por el que nos visita, su presentación oficial como prometidos ante un rey vecino. Hay ocasiones en las que, el silencio, es la mejor verdad de todas.
—Vamos, insecto moribundo —la sonrisa de Lugh se dibuja irónica—. ¿Crees que usaré uno de los bancos del palacio como catre?
—Imagino que cualquier alcoba vacía sería suficiente para vosotros —me cruzo de brazos ante su insolencia.
—No te faltaría el respeto —da un paso con la palma de la mano al descubierto—. Y menos al loco de tu padre.
—¿Crees que eso me importa? —río—. No me importaría si en vez de insensatez mostrases solo irrespeto.
—No estoy de acuerdo —Lugh lleva sus manos a la cintura.
—Solo me importa lo que haces con Aranel porque te pones en peligro —mis brazos caen.
—¿Debo recordarte que tú haces lo mismo? —una de sus cejas toma un segundo para arquearse en señal de aviso.
Mis puños se cierran para encerrar mi ira cuando me desafía con fuerza.
No me negaré que dice la verdad a pesar de que no la sabe toda.
Como él, yo peligro. Sé que mi cercanía a una criatura de otro reino me expone, pero en cuanto al resto…
Yo renuncié a mi trono hace años. Ahora renuncio de nuevo, por él, más no solo por su presencia.
Aranel no aceptó su propuesta. Ella eligió colocarse una corona que fuese en consonancia con el trono, un marido falso.
¿Cómo puede asegurar que es lo mismo con tanta ligereza?
Yo tuve que enfrentarme a mis propios anhelos e instintos para no pecar.
Yo no quise exponerlo al destino de la muerte.
Y él… Él se dejó llevar por la primera palabra que le sonó a amor.
Los besos de la princesa ya pudieron llenar su alma, sus caricias, y los míos aún están a medias.
Puede que Aranel esté llena de deseo, pero es oscuro. Egoísta. Yo sólo quiero que mi deseo me deje amarlo.
—Tú has pecado más que yo —musito. Dejo caer la mirada.
—No es cierto —Lugh sacude el cuello. Sus labios se estiran nerviosos.
—No me entregué a él —mis ojos se alzan directos a los suyos.
—¿Es que acaso perdiste tu cordura? —siento que me juzga a pesar de que su tono de voz es simpático y tierno.
—Espero que no —cierto sarcasmo toma mi voz mientras cambio el peso de una cadera a la otra.
—Te advertí que te perderías si tratabas de protegerlos a todos —Lugh aprieta sus labios decepcionado—. Debiste comprender mis palabras.
—Lo deseo como tú a la princesa —mi mirada se vuelve crítica a pesar de que mi barbilla tiembla por la timidez—. Pero no quiero ser el dragón.
—¿No sientes culpa por burlarte de lo que siente? —su pregunta esconde un reproche que no comprendo.
—¿Burlarme? —pregunto confundida.
—Tú haces lo mismo que Aranel, solo eres princesa —Lugh se sincera con cara de molestia—. Serlo te impide luchar por él porque no puedes luchar por ti. Por tu vida.
—Sabes que nunca anhelé estar en esta posición —me aclaro la garganta.
—Pero él lucha por ti como yo lucho por Aranel —su reflexión suena coherente y me sorprende verlo así. Quizás yo no esté siéndolo.
—¿A qué más podría renunciar? —intento justificarme—. Ya renuncié a mi moral por él.
—Apenas puedes rozarlo sin pensar que morirá —su frente se alisa irónica—. Quizás no debas renunciar a tu moral, pero sí a tus miedos de princesa.
Puede que la princesa Aranel no ame tanto a Lugh como para abandonar su puesto, pero él…
Lugh ha roto su fe por quererla. Yo también.
No puedo desmentirlo, sé que me parezco a mi madre más de lo que me gustaría reconocer.
No quiero que este reino me engulla como a ella, pero no deseo marcharme de Eryas con el teniente solo pensando en él.
No solo pensando en mí. Antes de desaparecer de estas tierras, el cancilier Drieden debe haber perdido su poder.
—A veces subestimo tu inteligencia, querido anacardo —sonrío.
—Yo confío en la tuya, sé lo que sucedió anoche en tu cuarto —Lugh me dedica una mirada de medio lado.
—¿Twig? —pregunto el ceño fruncido.
—Debes apreciar mucho tu aliento si hoy estás aquí tras lo sucedido con la reina y esos hijos de ramera —golpea mi hombro con su comisura izquierda llena de orgullo.
—No me quedaré en clases —hasta yo siento como mis mejillas se ruborizan—. Hay cosas que deseo hacer antes de que mi alma sea acogida por Beliel.
Y él debe haber comprendido qué sucede, solo sonríe y aparta la mirada hacia el frente.
—¿Crees que irás al reino de las profundidades con lo inocente que eres? —Lugh me señala mientras su cara se arruga por la burla.
—¿Nagem me acogería después de volver de Brenshire? —dibujo media sonrisa divertida.
—Si ese fuese un pecado que te condenase, yo estaría en el abismo profundo —me recuerda sonriente.
El descenso apresurado de Ilta capta nuestra atención.
Detiene su vuelo en las orillas ajustándose las gafas para recorrer a las hadas con urgencia.
Sus ojos se abren a través del cristal al verme.
La observo extrañada. Su mano se eleva para pedirme en un gesto que me acerque.
Dedico una mirada rápida a Lugh antes de asentir y tomar camino hacia ella.
Su mano se posa sobre mi espalda con suavidad para pedirme en silencio que me aleje algunos pasos más del resto.
—Sé que iréis a Brenshire —declara la profesora cerca de mi oído—. Llevaos esto.
Ilta sujeta mi mano para guardar algo en ella antes de que pueda verlo. Noto algo redondo. Una cadena.
—¿Quién te informó sobre mi salida? —dejo caer los ojos al puño cerrado.
—No fue nadie de Eryas, princesa —asegura Ilta.
—Entonces… —comienzo a murmullar.
—Este amuleto que os entrego os dará una apariencia diferente si os lo colgáis del cuello —interviene con voz de sabiduría—. Usadlo cuando queráis pasar desapercibida.
Me mantengo en silencio mientras observo la mano.
—No os preocupéis —Ilta da un paso hacia atrás. Se inclina—. Tenéis el permiso del consejo de profesores para ausentaros el día de hoy, vuestras pruebas de luz os tendrán ocupada toda la jornada.
—Decidme quién os dijo que partiría hacia… —intento que se apiade de mi angustia.
—Quién lo dijo solo quiere vuestro bien —asiente Ilta.
—Gracias, profesora —asiento al comprender que no revelará sus fuentes.
Tuerzo el cuello para buscar a Lugh. La profesora se decanta por tomar su posición en las orillas mientras me acerco a él.
—Pediré a Maren que me acompañe al reino brujo —inclino la frente para hundir mi mirada en él—. Miente a Tien si aparece. Di que la profesora me envió fuera para hacer pruebas de control.
—¿A Maren? —Lugh sostiene mi brazo con los ojos abiertos.
—Drieden sospecha de nuestros acercamientos y Lynn está en control de viento —resoplo con impaciencia—. Maren no le debe explicaciones a nadie.
—Bien —deja caer mi brazo—. Esta noche me contarás todo cuando te visite en el palacio.
—Atrévete a pisar la pasarela, y usaré las pinzas de las langostas para hacerte mucho daño —afilo el gesto por encima del hombro mientras despliego las alas—. Yo te buscaré cuando la cena acabe.
—A veces me das miedo —declara Lugh con el ceño turbado.
No puedo evitar dibujar una sonrisa según me lanzo al aire.
Tomo la dirección a las cataratas. Las rodeo aprovechando que no hay guardias patrullando esa zona para adentrarme en las primeras brazas de la orilla oeste.
Sorteo las casas y troncos anchos de los árboles más antiguos.
Algunas de las hadas que se dedican al cuidado de las plantas y su uso para la medicina de las enfermeras trabajan en estos alrededores desde los primeros rayos del sol.
También las que las usan para la cocina o las que recolectan para llevar a la torre de las ciencias de Rhysartyr.
No podría esperar encontrar a Maren en otro lugar distinto a este.
Se encarga del cuidado del árbol del poder, pero como encargada de la coordinación del resto de trabajos, imagino que esta será su primera parada.
La comisura de mis ojos se arruga al verla tan sonriente como siempre mientras hace movimientos de autoridad ante el resto. Las últimas veces que nos encontramos, el idiota de Rani había apagado su rostro con problemas. Luce como si hubiera recuperado esa alegría perdida.
—¡Princesa! —exclama Maren con tono de sorpresa.
Como Lugh, sus brazos se separan al verme aparecer. Su abrazo es más silencioso, más apesadumbrado que el de Lugh. Su rostro se empañó cuando posé el pie en tierra. Quiero evitarlo, pero me hace sentir culpable que ella sienta más pena por mí de lo que yo siento en este momento.
—Te necesito —le confieso cuando mis brazos la rodean.
—Claro —Maren dibuja una sonrisa ligera que dedicarme al apartarse por mis palabras—. Puedes contarme…
—Quiero ir a Brenshire, y me gustaría hacerlo en tu compañía —la interrumpo para evitar que mis ojos revelen lo que yo requiero hacer.
Veo como su pecho sube. Como su mandíbula quiere negarse a lo que pido. Mi respiración cae al ver como su sonrisa se vuelve entrecortada.
—¿De verdad es esto lo que necesitas ahora? —Maren no oculta que está llena de dudas, su ceño habla por ella—. ¿Después de lo ocurrido?
—No puedo expresarte por qué —solo puedo mostrarlo así, llenando mi rostro de súplica—, pero yo estoy segura.
—Ese es el amor que buscabas, querido pétalo —sonríe. Sus alas aparecen imponentes—. Vamos.
Extiendo las alas para volar. Señalo a Maren el frente para tomar un rodeo por la parte de la frontera con el reino de Ohiris.
Habrá que sobrevolar el bosque ancestral.