Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 22. La concesión al pecado.
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22. La concesión al pecado.

(Eladriel)

El pecho cálido de Twig me abriga. Los guardias retiraron los cuerpos de esos hombres que entraron, las criadas prepararon un nuevo colchón con sábanas sedosas, y él tomó asiento en uno de los bordes de la cama.

Estiró los brazos para recogerme entre ellos.

Por unas horas, he vuelto a ser esa niña que necesitaba su presencia en noches oscuras de sueños malos.

Me protegió de la realidad que más me perturba con sus caricias.

Tras envolverme en su regazo, ambos perdimos la mirada, la escondimos del sueño.

Incluso si el susto por la pérdida de la reina hizo que el rey se compadeciese de mi estado cuando le comunicaron que me había negado a recibir la visita de la enfermera.

Insistieron en que me había encerrado con mi lacayo en los aposentos.

Él solo respondió que se respetasen mis deseos.

Pasó más de una hora desde que observo el cuaderno de Elm en el escritorio.

Twig me propuso leerlo tras tomar el elixir de lirio, pero decliné tan rápido que eso le hizo sospechar.

Hasta yo me sorprendí. Nunca imaginé que no encontraría consuelo en el interior de un libro, que perdería el interés por conocerlo.

Sus palabras me tientan desde que sé lo que está escribo entre sus lomos.

Mi mente me susurra que ahora no es el momento, viaja por otros rumbos desde que tuve la cabeza de mi madre entre las manos.

Paso el dedo por el anillo una vez más. Desde que me tumbé en esta cama junto a Twig, no he vuelto a pensar en esclavas ni en el cancilier Drieden.

Tampoco recuerdo a Tien. Las órdenes que le di a Mylo para comenzar rumores se difuminan con la llegada del alba.

El hueco entre mis costillas se ha vaciado de miedo ante la idea de que guardias o enemigos entren para intentar acabar con mi vida.

Aunque la muerte me siga rondando. Arde en mis pensamientos la imagen de Azohr porque su cercanía reduce la distancia con ese final, pero soy mi peor enemiga.

Yo misma elijo consumirme ahí. Él se aferra a mis pensamientos, y yo a mi lucha contra ellos.

Salvo ahora. Ya no tras comprender que no sé qué luna veré como última, cuál amparará mi último suspiro…

Llevo horas suspendida en la consideración de refugiarme en el amor de sus manos y dejarme ganar en la batalla que arrastro conmigo.

Las mismas en las que me he convencido de que solo así puedo sentir algo distinto a lo que aquí me acecha.

Quizás sea porque a su lado quiero vivir.

—Mi pequeña Eladriel —Twig acaricia mi pelo con suavidad. Aún mantengo la cabeza apoyada en sus piernas—. Lleváis demasiadas horas silenciosa.

—No puedo aportar nada mejor que el silencio —musito.

—Yo seguiré aquí todo el tiempo que necesitéis —acentúa sus caricias, la ternura de su tono—. Twig estará siempre aquí.

—No tengo miedo de las criaturas de fuera —confieso con la mirada todavía sobre el tomo amarronado de cuero de Elm—. Soy yo quién me doy miedo.

—¿Vos? —siento los ojos de Twig caer hacia mi cara.

—Cada vez me cuesta menos renunciar a la moral —confieso.

Suspiro. Me reincorporo despacio, me coloco a su lado para sujetar sus manos y besarlas.

—¿Qué me ocurre, Twig? —pregunto con mirada brillosa.

—Solo… —Twig calla para observarme un instante. Acaricia mi mejilla—. Solo tratáis de sobrevivir a este mundo.

—Anoche, cuando sentía como la sangre caliente de esos asesinos se enfriaba en mis manos según caía, mi corazón se heló. No sentía nada —hundo la mirada en la suya. Veo como traga saliva.

—Quizás, vuestra conciencia conoce el motivo por el que os habéis llenado las manos de sangre nuevamente —baja la mirada—. Tal vez por eso no sentisteis nada.

—Mi conciencia está confundida —aparto la mirada, mis manos de las suyas.

—¿Os referís al señor Bradosck? —Twig se inclina para sujetar mi barbilla. Nuestras miradas.

—El cuerpo de mi madre estaba en la pasarela, y yo no podía dejar de pensar en su ausencia —una lágrima desea brotar, pero pestañeo para cortarla de raíz.

—Cuando el alma gime, la razón calla por clemencia —sonríe ligeramente.

—¿Por qué lo quiero? —bajo la mirada, pero otra vez Twig insiste en que la mantenga levantada al tomar mi mentón—. Juro que no quise hacerlo.

—No podéis entender los sentimientos, mi pequeña princesa, porque no habitan en la sesera —hay algo de pesar en su mirada, en la forma en la que su dedo toca mi pecho. —Viven en la lógica del corazón.

—Pero yo siempre fui leal a las normas de los dioses. Esas eran mis normas —mis lágrimas ahora no pueden ocultarse.

—Un día también lo fuisteis a las de vuestro padre —asiente con una sonrisa.

—¿Insinúas que debo desobedecer también a los creadores? —pregunto de forma irónica tras recoger la corriente húmeda de tristeza.

—Jamás os aconsejaría tal cosa —niega—. Más me veo obligado a pediros que viváis intensamente lo que deseéis.

—Pero… —arrugo el entrecejo. Callo.

—Cuando leáis el cuaderno de Elm, estoy seguro de que entenderéis mis palabras —sonríe Twig.

Recorro su mirada en silencio, aunque revela lo apresurado que mi corazón late ahora. Observo su sonrisa capaz de hacerme lanzar al vacío, lo que mueve mis acciones y decisiones. Su confianza en mí a pesar de todo.

Doy vueltas a lo que asegura. Ya me dije lo que podía perder, pero sus insinuaciones me hacen ver qué podría ganar.

Más que besos y caricias, me agrada pensar en la compañía del teniente en las noches de pesadilla donde Twig no podrá rodearme con sus brazos.

Sé que ahora no son suficientes porque crecí y ya no podrían consolarme por completo.

Despertaría bajo la sonrisa de un buenos días solo por verlo a mi lado, por ser consciente de que por fin empiezo a vivir.

Entonces recuerdo a Lugh. A Maren, Lynn y todo lo que mi madre protegió para conseguir un reinado justo.

Y luego, el teniente calla todo ese ruido al volver a aparecer…

—Hay algo que mi alma necesita saber antes de tomar cualquier decisión —me apoyo en sus manos para acercarme y sentarme más cerca.

—Si soy yo quién puede ayudaros, es un honor, mi princesa —su mano cubre el dorso de las mías buscando reconfortarlas.

—¿Qué seré para ti si me atrevo a aceptar el ofrecimiento del príncipe Ebhan? —mi respiración se contiene un instante.

—¿Cambiaría algo donde veáis al teniente? —sus pupilas se detienen para ver bailar a las mías.

—Solo dime si ya no tendré tus brazos entonces… —lucho contra el pudor por ser franca—. ¿Qué seré si dejo que mi alma elija lo que siente?

—Vos siempre seréis mi pequeña Eladriel —se inclina para sujetar mis mejillas y besar mi frente.

—¿Incluso si busco en Brenshire algo más que una reverencia del teniente? —me aferro a sus manos para que no las aparte aún.

—Siempre —repite sin que su tono tierno se vea afectado por la impaciencia como en otras ocasiones.

—Entonces deseo que prepares mi ropa ahora, Twig, quiero viajar a Brenshire —confieso con una leve sonrisa.

—No marchéis sola —Twig se levanta presto tras mi confesión—. Maren quizás podría acompañaros para que las sospechas por vuestra salida se vean aplacadas.

—Lo haré —asiento. Me incorporo.

Todavía me ajusto el uniforme cuando Twig abandona el cuarto.

He conseguido hacer que se marche tras convencerlo de que asistiré en primera instancia a las clases de control.

Traté de salir hace unas tres horas en busca de Mylo bajo la excusa de caminar un rato por el palacio por tomar un poco de aire, pero ni siquiera me lo permitió.

Ahora sería difícil encontrarlo entre el jaleo de los lacayos por las galerías.

Debía enviarlo a por los frascos de elixir que tiene que entregar a la mujer esclava.

Aprieto la daga contra las costillas derechas al terminar de prepárame.

Envaino la otra en la bota. Aseguro la puerta mientras me despido de los restos de sangre de Aemid con una triste mirada.

Me tomo un momento para pedirle a su alma que ascienda junto al dios padre, reverencio su ausencia cuando una sombra se despliega en la pared del fondo.

Deslizo despacio la mano por el abdomen hasta sujetar la empuñadura de la daga. Desenvaino cuando la sombra engulle la pared.

—¡Princesa! —exclama Mylo tras aclararse la garganta.

—¿Qué haces aquí? —envaino la daga rápido—. No debes acercarte con tanta frecuencia a mi cuarto.

—Debo avisaros de algo que acaba de suceder —aún tiene el tono entrecortado cuando la urgencia lo toma.

—Tanta cercanía podría levantar sospechas, la próxima vez búscame fuera de este lugar —le advierto con las cejas elevadas—. Te escucho.

—Encontré a la madre de Eseo —da un paso hacia delante sonriente.

—¿Y bien? —mis ojos se abren a su declaración al instante.

—Escuché al cancilier Rohan hablar con uno de los guardias —sus pupilas me recorren—. La esclava reveló que alguien había preguntado por su hijo Eseo, y la trasladaron al último pasillo del ala.

—¿Saben que fuiste tú quién la interrogó? —me angustia que su respuesta sea que sí. Tanto, que me coloca un nudo en la garganta.

—Tras el casco de guardia todos somos iguales —Mylo sacude la cabeza en negativa.

Eso la convierte en alguien de difícil acceso.

Si quisiera proponerle la libertad o el reencuentro con su pequeño, no tendría la opción de que fuera llevada a los baños como la señorita Daaria.

Ella se ha hundido más. Debería saber que no es casualidad que la hayan enviado al último pasillo como lo sé yo.

Y si el guardia y el cancilier dijeron el nombre del niño, supongo que eso habrá llegado a oídos de Tien.

Él ya debe haberle confesado a su padre que esos pequeños están en mi poder.

Lo esperaba. Me alegra saber cómo son sus movimientos.

—¿Alguien te vio acercándote al ala de esclavas? —insisto cuando la preocupación por él me hace recobrar el sentido.

—Lo hice en mi turno de guardia —confiesa Mylo.

—Entonces Tien decidió ignorar mi amenaza —la frustración me hace resoplar.

—Pero… —titubea Mylo con el ceño arrugado—. Fue el cancilier Rohan quién ordenó su cambio.

—Antes de que ese guardia nombrara al niño, Tien ya le habría contado todo a su padre. Esto no sólo lo afecta a él —aprieto la mandíbula con rabia—. Sabe que lo tengo en mi poder y sabe que trataré de buscar a su madre.

—Entonces, ¿os rendís? —inclina ligeramente la cabeza hacia delante.

—Nunca —trazo media sonrisa.