21. El alma de una reina. #8
—Sabes que no me burlo de él —le dedico una mirada de reojo—. Pero no sé de qué manera podría ayudarnos sus memorias.
—No son solo sus memorias —expone Twig con ojos abiertos en misterio—. Elm compartió todo.
A solas por fin en el interior de mi cuarto, dejo la corona y el velo sobre el escritorio.
Observo el cuaderno que Twig ha mencionado en la esquina.
Lo abro para ojear de forma rápida como es el interior, pero no podría leer ahora, dormiría al primer pestañeo.
Estoy exhausta desde hace días porque el miedo me impide dormir.
Los párpados me pesan en las clases sin poder controlarlo, aunque también soy ágil para abrirlos al segundo de tocar las pestañas inferiores.
He perdido mis capacidades en el día de hoy.
Me dejo caer en la cama cuando el incómodo vestido que me envolvía deja de sentirse, el cansancio me pide dejar de existir por una noche.
Apoyo la cabeza lentamente sobre el antebrazo deseosa de la realidad del mundo de los sueños.
Quiero dejar de escuchar la carga cuando la imagen de la reina aparece, Elm llorando a su lado con la cabeza entre sus dedos.
Unas manos llenas de hueso que blanden una gran espada deslizan la hoja por la garganta de mi madre.
Cierro los ojos con fuerza. Murmuro palabras que imploran por su vida hasta que dejo de poder hablar.
El cansancio ganó al temor.
En medio de un patio de árboles, una sola rama se mueve.
Me acerco a ella para tranquilizarla, pero está tan asustada que se estira de forma incontrolable hasta sujetar mi brazo.
Lo sacude con fuerza. Solo puedo arrugar el entrecejo al ver como una sola manzana roja resplandece bajo los rayos suaves del sol.
Su color intenso impide que mis ojos se abran.
Trato de poder hacerlo. Todo el paisaje desaparece en un instante cuando unos dedos que rodean mi brazo me hacen separar los párpados.
El rojo escarlata del anillo se refleja en mis ojos como el de la fruta de mis sueños.
Le devuelve la luz a la oscuridad de la noche como en la madrugada anterior, la sortija parece empeñada en que no venza al sueño nunca.
Un golpe fuera de mi cuarto me alerta. Giro en la cama para levantar el vestido rápidamente, desenvaino la daga que siempre llevo en el muslo.
Busco la que hay bajo mi corsé apresurada cuando veo como el pomo de la puerta comienza a moverse despacio sin intenciones de molestar mi descanso.
La obstinada tarea de quién intenta entrar.
Me coloco tras la hoja con el traje sujeto sobre el brazo izquierdo y las dos armas empuñadas.
Tomo aliento cuando comienza a abrirse con sigilo, aprieto los labios al ver como una figura oscura aparece con una espada.
Dejo caer el vestido al ver otra criatura que la sigue.
Ladeo el cuello hacia el exterior, acerco la cabeza al espacio de los goznes y encuentro el cuerpo de Aemid ejecutado.
Cierro los labios para contener el suspiro de horror.
—Dijiste que la princesa se encontraba aquí —una voz fuerte habla entre gritos susurrantes.
—Tú mismo la viste entrar —reprocha otra voz.
Cierro las manos alrededor de las dagas para sostener las decisiones que debo tomar desde hace pocos soles.
Lleno el pecho de aire. Centro mis ojos en la criatura que camina lejos de la cama y agudizo la mirada antes de lanzarme en carrera a su dirección.
Elevo el brazo para clavar la daga con ferocidad en sus costillas izquierdas.
Arqueo la mano para atraer la luz de una de las antorchas mientras sujeto su boca.
Dejo que el fuego entre en su garganta y cierro la mandíbula con la daga.
Empujo el cuerpo contra el que clava uno de sus cuchillos sobre el colchón para hacerlo caer hacia delante hasta tener acceso rápido a su cabeza.
Enredo su pelo para ver su rostro. Su mano se levanta presta a acabar conmigo.
—No eres de palacio —grito tras clavar su brazo al colchón con la otra daga. —Di quién eres.
—¡La princesa! —brama la voz de Cedric desde las escaleras.
Mis manos aun sostienen su pelo. Estiro el brazo para sacudir su cabeza y hacerle perder el equilibro.
Salgo de su vista al agacharme a tirar de la daga que hundí entre las cotillas de quién quería ayudarlo en sus intenciones justo cuando la hoja de su espada embiste contra la cama.
Rajo su garganta desde su espalda cuando intenta alzarla de nuevo.
Observo la escena entre la sangre de los cuerpos. Con el traje de luto manchado y despidiendo el día de la misma forma en la que lo empecé. Una lanza golpea el suelo tras la puerta y las armaduras comienzan a invadir el silencio de la muerte de mi cuarto.
Debo de haberme acostumbrado ya al gemido de despedida, pero no me hago al olor que deja en mis manos para la eternidad.
—¡Princesa Eladriel! —espeta Cedric con mirada desencajada.
Tres guardias apuntan con lanzas desde sus espaldas.
Colocan sus armas cuando ven como sujeto una daga en la mano, como la sangre cae de ella sobre mi vestido.
No pueden evitar recorrer los cuerpos de las hadas que yacen en el suelo, sobre la cama…
El colchón embestido por la espada que iba dirigida a mi cuello.
—Retirad los cadáveres y dejadme sola con Twig —elevo la mirada llena de lágrimas hacia Cedric. Dejo caer la daga. —¡Ahora!