Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 21. El alma de una reina. #7
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21. El alma de una reina. #7

Su mirada se aparta de la mía con intenciones de alejarse, pero mi deseo de saber por qué solo él vino desde Brenshire es más fuerte que el temor a que pueda resultarle sospechosa mi preocupación.

—Príncipe Ebhan —sacudo suavemente sus manos para detenerlo—. ¿Por qué no vino vuestro teniente?

—No arriesguéis tanto, princesa Eladriel —Ebhan desliza una ligera sonrisa—. No olvidéis que nos encontramos en el territorio de vuestro padre.

—¿Por qué resultaría arriesgado recibir sus condolencias? —una arruga de inocencia en medio de mi frente mientras señalo al resto, lo guía—. Todos están aquí.

—Su presencia frente a vos en este lugar es peligrosa —su sonrisa se vuelve más intensa al volver a encontrarse con mi mirada—. El rey no permite su entrada a este palacio.

—En días normales, mi padre tampoco recibe a ningún brujo —retiro las manos al no comprender a qué se refiere—. ¿Tan peligroso es ofrecer una mirada de agradecimiento a su consuelo bajo esta tela?

—Tal vez lo consideréis un gesto inocente, pero bajo la mirada de vuestro padre podría convertirse en sangre y muerte —su tono de voz baja al frustrar el intento de dar un paso que lo acerque—. Os ofrezco algo mejor que este palacio.

—¿Algo mejor? —susurro.

—El castillo de Brenshire —su rostro se vuelve impasible al permitir que sus ojos se llenen de sinceridad—. Os ofrezco mi protección a vos y a mi teniente.

—Deseo agradecer vuestro ofrecimiento, pero… —aparto el velo. Lo coloco sobre la corona con cuidado—. No comprendo de qué debéis protegerme a mí.

—¿Me haréis hablar en presencia de tantos reyes y poderosos enemigos? —sus dientes se aprietan.

—Ofrecerme vuestro castillo implica más que protección —hundo los dedos en su antebrazo para que comprenda.

—Princesa Eladriel —Ebhan estira la frente. Su tono se vuelve imperial—. Protegeré al teniente de todos lo que son sus enemigos, y eso significa proteger a quién él ama.

Por vergüenza a su ser, bajo la mirada para tomar valor desde ahí. No esperaba que su acercamiento para ofrecerme consuelo también me haría tener que reunir valor para enfrentarlo.

—Debéis saber que mis deseos no están alejados de los vuestros —alzo la mirada por temor a que suene poco convincente—. Quiero protegerlo.

—No debéis preocuparos por eso, princesa —Ebhan lleva los brazos a la espalda—. Entendí vuestra postura cuando Azohr me contó que fuisteis vos quién envió la carta.

—¿La carta? —le pregunto como si no supiera a qué se refiere.

—Fue un gesto admirable, Eladriel —asiente el príncipe—. Hizo que la que os envió el teniente para alertaos sobre el soldado de los espíritus no me causara tanta rabia.

Un pinchazo recorre mi columna cuando le escucho mencionar tal cosa. Mi boca se queda seca porque Ravenbell no recibió tal carta. Eryas jamás leyó ese aviso del que el príncipe habla.

—Ebhan —ahora soy yo quien se acerca a él—. No sé de qué carta habláis.

El príncipe deja caer los brazos. La capa encerrada entre ellos se libera ansiosa de tomar el aire.

—Azohr envió una misiva a Ravenbell alertando de que en los picos de Bhulkahdur, un soldado de los espíritus había atacado un campamento de enanos que hacían guardia —su tono se vuelve confidente mientras me aleja—. Hace días que debería haber llegado.

La carta que recibió Drieden la noche del baile del reino era de Néferien, incluía su sello real.

Recuerdo que mi padre no quiso recibirla.

El cancilier se ofreció presto a recoger el mensaje para impedir que eso perturbara la conversación que mantenía con el rey de los elfos.

Puede que nunca le comentara a su majestad el contenido.

Pero… Aelfraed también envió una misiva en la que nos informó que bestias del bosque ancestral habían cruzado las fronteras. Yo avisé a los brujos sobre esto.

—El rey de los elfos envió una carta contando que varias criaturas del bosque ancestral habían cruzado la frontera —divago entre mis recuerdos confundida.

—Recibimos la carta —afirma—. Pero investigamos, y no hubo testigos de los sucedido con los guardias elfos. Nadie vio quién les hizo aquella barbarie.

—¿Insinuáis que…? —ladeo la mirada hacia el cuerpo de mi madre. Elevo la mirada al de Elm—. ¿Dices que esto lo ha hecho un soldado de los espíritus?

—Las condiciones en las que la reina y su lacayo aparecieron coincide con la de los cuerpos encontrados en las fronteras de Bhulkahdur y Rhysartyr —Ebhan imita mi gesto para contemplar al lacayo. —También la ejecución.

—Gracias por vuestra sinceridad, príncipe Ebhan —trago saliva más confusa aún—. Me gustaría aprovechar para pediros algo.

—Decidme —asiente Ebhan.

—Si tengo vuestro permiso, mañana quisiera visitar vuestro castillo. Al teniente —me trago la vergüenza como he hecho otras veces con el miedo.

—Mi permiso carece de validez ante vuestros deseos, princesa —se inclina Ebhan. —Brenshire siempre ha estado preparado para recibiros.

—Entonces, transmitidle de favor este mensaje a Azohr —mis pestañeos se llenan de pesar—. Decidle que puede que esta noche los colores sean intensos, pero dejarán de brillar cuando encuentre sus ojos tras el alba.

—Así será —se inclina antes de retirarse.

Durante horas, veo como el jardín se llena de criaturas que vienen a reunirse alrededor de mi madre.

Los altos de los reinos se mantienen en la primera fila.

Tras ellos, el pueblo y lacayos lloran a las espaldas de los representantes.

Los que trabajan para mi padre instalaron un trono tras el féretro de mi madre para que reciba las condolencias cómodo.

Guardias a sus costados. Los canciliers formaron una fila tras el sillón dorado.

Sus semblantes se han estirado con gestos adecuados al momento, aunque dudo mucho de que alguno de ellos sienta compasión por el cuerpo de la reina.

Twig está a mi lado. Inmóvil. Le busco en una mirada de reojo hasta que la insistencia de las pupilas le hace voltear para prestarme atención.

Estrecho la mirada por el cansancio. Sus pies dan un paso atrás para ofrecerme visión de la entrada del palacio.

Una temblequeante sonrisa me nace al ver que ya puedo retirarme.

—Mi señor —me inclino ante mi padre al voltear—. Desearía poder marchar a mi cuarto.

El rey se mantiene recostado sobre su cómodo trono, pero pinchos invisible enturbian su rostro.

Sus dedos sujetan su frente para evitar que la tristeza baje su cabeza frente a todos los grandes gobernantes del resto de reinos.

Sus ojos permanecen sin pestañeos por ratos largos.

Sus labios no cambian la forma ante las palabras de majestuosidad que le dedican sus súbditos.

No se siente grandioso ante la de sus enemigos.

Mis peticiones no tiran de su rabia para hacerla salir.

—Majestad —le dedico una reverencia antes de marchar. No le perturbaré.

Sujeto la falda del traje para tomar camino cuando la voz escalofriante del cancilier me detiene.

—Princesa Eladriel —anuncia Drieden un paso por delante del trono.

—¿Sí, cancilier Drieden? —me detengo. Dejo caer la ropa para sujetar mis manos al frente.

—No tenéis permiso para retiraos —el ceño arrugado del cancilier me acusa de su propia molestia.

—Aún no escuché la oposición de mi padre —le reclamo con tono comedido.

—Es el duelo por vuestra madre, por vuestra reina —su brazo me lanza una crítica. Enarca los ojos en autoridad—. Es de vuestra obligación recibir las condolencias de los que la aman.

—Tomaré mi lugar solo si mi padre lo ordena —me mantengo firme.

—¡Majestad! —grita Drieden. Se voltea con brusquedad sobre mi padre.

—Calla, necio. Interrumpes mi duelo —ordena el rey con voz queda.

—¿Consentiréis este desprecio a la memoria de vuestra querida reina? —pregunta Drieden entre titubeos.

—Si no guardas silencio, sentiré recibir también las condolencias por vuestra muerte en el día de hoy —anuncia mi padre con los dedos sujetos con fuerza a los brazos del trono.

El cancilier se gira para clavar sus ojos enfurecidos en mí como forma de gritar todo lo que debe callar ahora.

Estiro la tela de nuevo para dedicar una reverencia a mi padre antes de continuar con el camino de entrada a palacio.

Twig se inclina frente al rey y todos los canciliers que custodian la pena de su señor para alcanzarme.

Los guardias centinelas se doblan a la mitad cuando aún camino por los primeros escalones.

La puerta está abierta esperando a que acceda.

La luz del interior nunca antes me pareció tan cálida y reconfortante como en este día.

Mis ojos observan deseosos la sensación de libertad que me ofrece el pasillo principal cuando el chasquido de la cerradura lo llena de eco.

El aire que corre es fresco. Roza mi cara como si fuera caricias con las que quiere susurrarte su afecto.

Aun en la inmensidad del jardín, bajo el infinito cielo, no conseguía encontrar un hueco en el que sentirme desencarcelada.

—Dejé un cuaderno sobre vuestro escritorio —anuncia Twig con tono confidente—. El cuaderno íntimo de Elm.

—¿Por qué es interesante su cuaderno privado? —pregunto sin darle demasiada importancia.

—No subestiméis el conocimiento de quién estuvo cerca del trono toda su vida —me recrimina Twig con la frente arrugada por la ofensa.