21. El alma de una reina. #6
—¿Y si apresan al pobre? —Mylo se inclina hacia delante. Ni siquiera así conseguirá llenarme de su desconfianza.
—Confío en que puedas avisarme de que sucede —me mantengo imperturbable frente a sus ojos. Sé que ellos ya se han rendido a nuestra confianza.
—Si confiesa, llegarán a mí —niega—. El rey sabrá quién me ha dado esa orden en cuanto descubra que soy yo quién está en las mazmorras.
—No deseo un guardia, Mylo. No te busco como mi protector —espero que la seguridad de mi voz le haga tomar en bien mis indicaciones—. Cuando lleves a cabo mis órdenes, no lo harás como amigo, sino como un soldado que obedece a su princesa.
—Bien —asiente con cierto retintín—. Entendido, princesa.
—Hay algo más que deseo que hagas —me aseguro de que a los costados nadie nos presta atención—. Baja al ala de las mazmorras donde encierran a las esclavas e interrógalas. Debes avisarme si encuentras a una cuyo hijo se llama Eseo.
—¿A todas ellas? —mi petición hace que Mylo me dedique una mueca de incredulidad.
Elevo las cejas de forma desafiante. Mi mandíbula se tensa.
—A sus órdenes, alteza —asiente Mylo sonriente.
Todavía sacude la lanza contra las hierbas cuando sus cejas se unen al detenerse en mi aspecto.
Elevo la mirada al comprender que se acerca.
Su mano viaja hasta posarse con cuidado sobre mi mejilla izquierda.
Justo cuando sus dedos deslizándose con ternura me arropan, el tacto de sus dedos despierta mi piel.
El aire que corre sobre el jardín ahora hiela.
—Te acompañaré a la torre —Mylo posa sus labios sobre mi frente—. Debes cubrirte.
Asiento, pero es una lágrima la que responde a su propuesta.
Percibo las miradas de los guardias que todavía caminan por la pasarela, los que custodian la puerta, al notar la cercanía con la que camina tras de mí.
Su mano roza mi espalda al subir las escaleras de la entrada.
Encuentro más en esa forma en la que pisa el protocolo para asegurarse de que llegue a la torre de mi cuarto envuelta en consuelo, que en sus condolencias.
Su compañía me sabe al olor a dulce de la cocina y los ratos felices en ella a su lado.
Su lanza impacta contra las rocas de la entrada de mi cuarto como solo la de un hermano podría hacerlo.
No ha vuelto a hablar desde que abandonamos el jardín, pero sí lo hacen sus brazos al rodearme con ternura pese a que Aemid finge no sorprenderse.
Cierro los ojos. Creo que ambos hemos encontrado en este abrazo de metal, la música de los recuerdos que convierte el silencio en sollozos.
Se encarga de que podamos saciar el duelo.
Dentro de mi propia intimidad en el cuarto, mi duelo se bate con la culpa al limpiar la sangre de mis manos.
El cuerpo. Cada vez que respiro la hago más grande.
El deseo de la libertad me trajo aquí, y me estremece saber que me sigue impulsando a pesar de ver la muerte en él.
El anhelo por ver el trono vacío, las decisiones que tomé para verlo, despertaron a las sombras que causaron la muerte de mi madre.
Ansié que el cancilier y su hijo desaparecieran a pesar de que hace solo unos días todas las vidas de Órianth eran importantes para mí.
Tanto, como para iniciar una rebelión contra mi propio padre.
Mi propio rey. Pero se tomó la vida de la reina y su lacayo.
Observo el agua de la vasija. No la usaré para camuflar que mi dolor cae en ellas en forma de lágrima.
Aun con el cuerpo tembloroso, mi soberanía me impulsa a pensarme en los brazos del teniente de brujos.
Escuchar por un momento como su voz calma mis pensamientos más sombríos para que me dejen llorar.
Dejarme vencer por la herida ahí, donde el desvelo de mi alma me pide estar a pesar del peso que eso conlleva en ella y llame al destino que me aterra.
Twig accede para abstraerme de la ropa de luto sobre la cama cuando solo cuento con la camisa y las calzas puestas.
Guarda silencio al colocarse a un lado de la cama.
No puedo evitar sonreír a su ropa oscura.
Una de sus cejas se eleva al ver como ajusto el fajín de forma que pueda esconder bajo él un par de dagas.
Coloco por encima el brial de terciopelo morado y oro incómodo.
Ato la falda y sus comisuras se elevan en una sonrisa que parece irónica al comprobar como guardo bajo la manga derecha de la túnica otro arma adicional.
Me inclino para que tome la corona y la coloque sobre mi cabeza.
Estira el velo violeta hasta cubrirme el rostro, el pelo largo y peinado como exige la etiqueta.
Ajusta la tela para que puedan verse las lágrimas y ángeles que los sastres bordaron en ella para ofrecer consuelo.
No veo de qué manera esto puede honrar mi pena o la de mi madre si oculta la tristeza…
—Princesa —se inclina Twig al verme preparada—. Hay algo que debo contaros.
—Te escucho —recupero la postura apresurada por colocar tantas capas de tela.
Las trompetas de Eryas ladean mi mirada hacia los ventanales del balcón.
Desde la cueva, el barco ha zarpado en dirección a la entrada de palacio con el rey Aelfraed y su princesa en cabeza.
Están acompañados del sabio Elvius. Rodeo la terraza para poder contemplar la pasarela del jardín.
Han colocado un tronco en el que han grabado plegarias para los dioses y las flores que la reina siempre amó.
Sábanas de seda tapan su cuerpo. Supongo que exponerla tal y como la habían dejado esas criaturas era demasiado cruel para ella y quiénes quisieran rendirle su última promesa de lealtad.
Elm está de pie. A su lado. Sus ropas son las mismas que siempre lucía en palacio, el uniforme que le acompañó cada día.
Su cuerpo se sostiene en una pica. Su cabeza descansa en una base al lado de ella como si hubiera sido uno de los peores traidores de este reino.
Mi madre lloraría al verlo. Si hay algo que la reina desearía llevarse al reino del dios padre Azabel, sé con certeza que sería su compañía más cercana.
Estuvieron juntos cada día desde que el reino de las hadas fue creado.
—Habla sobre eso que te hizo venir —anuncio a Twig al sentir sus pasos cruzando el balcón.
—No encontré nada que fuera relevante en los aposentos reales, sin embargo… —Twig aclara su garganta.
—Sí… —volteo. Mi barbilla se eleva.
—Me atreví a buscar entre las pertenencias de Elm, que los dioses me perdonen —calla y no sé por qué—. Encontré algo.
Sonrío. Mis pupilas destellan interés.
—¿Y bien? —ladeo ligeramente el cuello.
—Os lo entregaré después de que los altos cargos se hayan marchado, estoy seguro de que llamará vuestra atención —asiente Twig con elegancia.
—Twig… —elevo las cejas mientras le muestro la mano.
—Si no bajáis ahora, el rey subirá a buscaros —se inclina tras hacerse un lado para darme el paso.
Lanzo resoplidos entre la reverencia de Aemid al tener que levantar el traje para poder caminar.
Abordo las escaleras con trabajo. Arrugo los ojos para que el velo que me cubre la cara no me hada rodar por ellos hasta aparecer en la galería principal.
Una risa baja se cuela a través de mi oído derecho.
Parece que Twig disfruta de mi torpeza mientras yo lucho con la tela.
Su suspiro no suena frustrado, sino lleno de nostalgia.
—Me alegra que mi falta de habilidad con la ropa te haga sonreír —tiro de la falda mientras trato de encontrar el siguiente escalón.
—En el día de hoy, vuestra belleza desafía cualquiera de las leyes que el rey plantea. Hasta la luz del sol parece palidecer cuando está ante vuestra presencia —Twig estira los párpados y los labios como si fuera el lacayo de mi padre.
—Un velo cubre mi rostro, Twig —arqueo una ceja con ironía, aunque no me ve.
—Es porque no podéis imaginar como de bella sois —ríe al ver como mis calzas se ven bajo el traje.
—No entiendo la necesidad de lucir estos vestidos —resoplo al bajar las escaleras porque no sé dónde colocar la tela—. Quizás es para que desees llorar con más fuerza.
—Podéis pedir consejo a la princesa Aranel —Twig estira la parte trasera de la falda para colocar la tela con cuidado.
—¿Sobre cómo lucir trajes? —pregunto con algo de burla.
El último tramo se hace algo más ameno gracias al gesto de Twig.
Suelto el traje al bajar las escaleras de la pasarela, él me ajusta el velo de nuevo antes de colocarse a mi izquierda.
La luz de la mañana comienza a incidir sobre la escena.
El agua del lago todavía tiene tintes rosáceos que confunde a los animales mientras los horrores sucedidos en la noche se han hecho visibles.
A lo postre, los muros de la torre del homenaje acabaron llenos de la sangre de quiénes protegía, porque de su sufrimiento siempre estuvo lleno.
Los altos de los elfos. El rey Wild y su querida reina Marbet.
La realeza de los brujos… Todos ellos rodean el féretro de mi madre.
Puedo ver como sostienen su asombro entre las manos sujetas al frente, la pena sobre la mirada fija en la reina.
Me dedican una apesadumbrada reverencia según me acerco.
Solo acepto su atención porque tengo el objetivo de encontrar entre ellos a la única presencia que ahora podría ofrecerme algo de alivio. Y sin embargo, el teniente no está.
—Princesa Eladriel —el rey Aelfraed rompe el duelo para dar un paso al frente—. Con el corazón lleno de tristeza y el alma repleta de ira, permíteme transmitirte en mi nombre y en el de todo mi reino, nuestras más sinceras condolencias.
—Gracias, mi señor —le dedico una reverencia.
Las trompetas vuelven a sonar. Aunque todo mi instinto me pide que observe como el barco se aleja de la pasarela, que el rey elfo me observe con tanta precisión me mantiene en mi posición.
—Desde Néferien, deseamos que la luz de la reina, aunque parezca apagada, ilumine los caminos de los que siempre la quisimos y respetamos —Efaris hunde su rodilla frente a mi madre bastante más afligida de lo que esperaba para un reino enemigo.
—Princesa Eladriel —el príncipe Ebhan sale de entre sus hermanas para acercarse. Arrugo el entrecejo cuando sujeta mis manos—. Con sincera tristeza os doy mi pésame en nombre de los pueblos de Brenshire. Permitidme ofreceos mis plegarias.
—Con vuestras palabras es suficiente, príncipe Ebhan —bajo la mirada.