Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 21. El alma de una reina. #5
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21. El alma de una reina. #5

—Gremory —enuncia el rey—. Envía tropas a las orillas, que recorran la montaña y el resto de los pueblos.

—A sus órdenes, mi señor —se inclina el guardia.

Mi padre y sus canciliers despliegan las alas para lanzarse al vuelo en dirección al bosque de las orillas.

La guardia real que lo acompaña no tarda en sumarse a la formación.

Aquellos que todavía trabajan recuperando los cuerpos, los soldados que se mantienen en palacio, han comenzado a seguir las instrucciones del rey sin demora.

Pero Twig se mantiene a mi lado en silencio contemplando todo con temor.

Siento como se pega a mi espalda, como su aliento calienta mis dorsales.

No parece ser un buen momento para encomendarle algo que solo él podría hacer.

Será difícil explicarle que no creo en esta teoría de la bestia del bosque ancestral y que hay que descubrir la verdad.

—Twig —giro para poder hablarle en un hilo fino de voz—. Ves a los aposentos reales.

—No, mi princesa —niega Twig sin ningún tipo de titubeo—. De ninguna manera.

—Tienes que buscar entre las pertenencias de la reina algo que revele qué sucedió con ella, con Elm —me reafirmo.

—Ya conocemos lo sucedido —aprieta sus labios de forma tajante.

—No creo en eso que menciona el cancilier sobre las bestias —inclino la cabeza hacia un lado.

—Hay guardias vigilando ese lugar —se rehúsa con más insistencia de la que yo tengo para usar ahora.

—Entonces justifica tu presencia con el hecho de que el rey deseará encontrar sus aposentos en orden a su llegada —inflo el pecho para llenarme de una paciencia que no sé de dónde sale—. No me darás un no por respuesta otra vez.

—A vuestro servicio, princesa —se resigna Twig mientras dobla la espalda en una reverencia.

Recorro con la mirada el grupo de soldados que se dispersa sobre la pasarela cuando él todavía no ha recuperado la postura.

Entrecierro los ojos entre esos guardias que no llevan casco hasta encontrar el de cabello oscuro y brillante.

De aspecto joven. Le dedico una sonrisa poco sospechosa a Twig cuando sus pasos lo van a alejar.

No solo deseo que se marche para cumplir con lo que le he ordenado, también busco alejarlo de la información.

De mis planes. Sé cómo actúa Twig bajo la sombra del susto.

Si lo conozco lo suficiente y bien, su siguiente paso al descubrir mis intenciones será tratar de impedir que me involucre en este asunto por temor a que mis órganos acaben perdidos.

O a que sea el rey quién mande mi ejecución.

—¡Mylo! —exclamo antes de que despliegue las alas.

Tres guardias, entre ellos Mylo, voltean en medio de la pasarela a mi llamado.

Arrugo el entrecejo. Mis pupilas se detienen sobre los dos soldados que lo acompañan para indicarles que continúen con su deber.

Le dedico una sonrisa cuando estoy tan cerca, que se ve obligado a dedicarme una reverencia.

Incluso si estiro la mano para pedir que no lo haga, o muevo el brazo para señalar el espacio vacío frente a mí donde quiero que se coloque.

—Mi princesa —asiente Mylo con ojos anegados de sentimiento—. Deseo expresaros mi pesar por la pérdida de vuestra madre, la venerable reina. Su legado permanecerá eterno en los que tuvimos la fortuna de estar bajo su sino.

—Lo aprecio, Mylo —sonrío con ligereza a sus palabras—. No buscaba tu pesar, mi deseo reside en la necesidad de hacerte algunas preguntas.

—De buena fe responderé, mi señora —sonríe.

—Me di cuenta de que venías del bosque en compañía de otros guardias reales —carraspeo—. Imagino que te convocó Cedric para buscar a los canciliers.

Ladeo la cabeza hacia la derecha para mostrarle el camino que debe tomar, y que acepta en el momento en el que comienzo a dirigirme hacia allí.

—Así es —Mylo afirma sin reservas—. Mi salida fue orden de vuestro padre.

—Me gustaría saber si viste al cancilier Drieden por algún lugar, si hablaste con él —inquiero con la voz entre los dientes.

—Por supuesto, seguí las órdenes de su majestad —confirma con el entrecejo arrugado.

—Lo sé, Mylo. En varias ocasiones conversamos sobre tu provechoso futuro como guardia real —asiento sonriente al ver su preocupación para calmarlo—. Solo me gustaría conocer si encontraste algo sospechoso en él.

—Princesa —aclara su garganta. Mylo da un paso a su derecha para reducir distancias conmigo—. Sabéis que podéis dirigíos a mí sin cortesías.

—Sus palabras me suenan a embuste —le confieso en una mirada de reojo—. Sospecho que es él quién está detrás de todo esto.

—Os diré todo lo que deseéis saber, mi señora —golpea la lanza contra la hierba como gesto de lealtad.

—Dime, ¿cómo reaccionó al descubrir lo que había sucedido? —sujeto las manos al frente antes de detener los pasos frente a él.

—Se mostró preocupado —la barbilla de Mylo se arruga—. Cuando su lacayo le dijo que el rey lo mandaba a llamar, solo cogió la capa antes de obedecer.

—Sí —pongo los ojos en blanco—. El cancilier siempre está dispuesto a salir corriendo por el rey. Aun si es en medio de la noche.

—Los pueblos de Ravenbell siempre han resaltado la lealtad que su apellido ha prestado a la corona durante milenios —asegura Mylo con una sonrisa de juego—. Hasta su hijo, el entrenador, estaba preparado para salir.

—¿Preparado? —su declaración me hace arquear una ceja. Dejo caer los brazos.

—Ambos llevaban sus armas encima —confiesa sin darle más importancia a ese hecho.

—Me resulta extraño —aprieto los labios. Mi mirada se desliza entre mis pensamientos—. ¿Quién estaría en la madrugada listo para salir de su casa?

—Confesaron haber estado en la taberna de Ráh hasta hacia poco rato —parece que la desconfianza comienza a afilar el semblante de Mylo.

En ese caso, la mano divina que bendice al cancilier podría considerarse milagrosa.

Se ha hablado de varias criaturas muertas en distintos puntos de Eryas, entre ellos, niños.

No es posible que hayan paseado hasta su casa sin escuchar gritos ni recibir ningún rasguño.

De nuevo, esas bestias que menciona prefieren la sangre que no tiene poder.

Y si lo hicieron, si descubrieron lo que sucedía y no prestaron ayuda…

Su suerte además es mezquina. Su historia es igual de convincente para mí, que el hecho de que una bestia haya hecho asco a la carne plebeya para cenar carne real.

—Vi las ropas del cancilier y estaban intactas —la ira de la sospecha cada vez más latente en mi sesera—. Habla, ¿cómo se veía la de Tien?

—Impoluta, mi señora —asiente Mylo—. ¿Qué insinuáis?

Lo miro con reservas, pero de todos los guardias reales que hay en palacio, Mylo es el único en el que confío.

Es leal a mi padre porque es un hombre de palabra, hizo un juramento, pero siempre mantuvo una relación especial con la reina.

Conmigo. Llegó a este palacio cuando solo tenía cuatrocientos años y no sabía coger una espada.

Su madre murió de una enfermedad que los médicos de Zor.a no pudieron curar, luego lo hizo su padre como guardia, y mi madre tomó su futuro como propio.

Ella se encargaba de que Grem horneara cada sábado pasteles de miel porque sabía que eran sus favoritos.

Nos reuníamos los tres alrededor de la vieja mesa de madera de la cocina cada uno de ellos, ninguno de los dos faltamos ni uno a pesar de saber que nunca más seríamos tres.

Hasta que le llegó el turno de ponerse la armadura.

El cocinero seguía cocinando esos pasteles, pero lo tomábamos en sitios distintos y ya no sabían igual.

Era tan niño cuando llegó, yo eran tan pequeña, que por un momento quise confundirlo con un hermano al ver el cariño que mi padre le profesaba a él en algunas ocasiones.

—Quiero que te alíes a mí —le propongo bajo una mirada de confianza y una sonrisa amplia por el recuerdo.

—Yo siempre os serví, mi princesa —Mylo me devuelve la sonrisa. Me dedica una reverencia.

—No requiero tus servicios de guardia, acudo a ti como antes —doy un paso hacia él—. Nadie debe enterarse.

—¿Eladriel? —sus labios, ahora temblorosos, hacen uso de mi nombre como en esos tiempos.

—Antes mencionaste que el cancilier es conocido por la lealtad a la corona, ¿no es cierto? —mi comisura izquierda sube complacida por su cercanía.

—Entre los guardias es conocido como el lacayo de plata —sus cejas se elevan con burla, puedo verlo a pesar de que trata de no acompañarlo con una sonrisa—. Siempre está a las órdenes del rey como un sirviente, pero sus bolsillos están llenos de feérines.

—Quiero que utilices las patrullas para hablar con el resto de guardias con los que acudiste a las casas de los canciliers, quizás ellos tengan más detalles que no viste —le ordeno de forma clara—. Como consejo, no menciones su nombre, trata de que ellos se vean obligados a hacerlo.

—¿Y qué sucede con el cancilier? —la inquietud hace que Mylo haga preguntas antes de tiempo.

Todos estos años me centré en la criatura equivocada.

Las reverencias hacia mi padre me cegaron, me impidieron ver que la cabeza pensante del trono es el cancilier.

Ya no es suficiente que él, como rey, sea apartado del poder.

Aunque el pueblo se atreva a revelarse contra su propio señor, si el consejo sigue en manos de quién ejecuta las leyes corruptas, nada de lo que hagan servirá salvo para morir.

El sufrimiento de mi madre estos años habrá sido en vano.

Conseguir desacreditar tantos años de lealtad frente a los habitantes no será sencillo, más no es imposible en un reino donde los rumores se esparcen de forma sencilla.

Pero no habrá carteles que pongan en peligro el cuello de mi querido Twig.

—Esparcirás un rumor sobre él y su hijo —le ordeno finalmente.

—Eladriel, eso es… —Mylo desea desacreditarme.

—Sé que es peligroso para ti —interrumpo su palabrería con total convicción de cuál sería su discurso—. Busca alguien pobre al que poder ayudar con monedas. Dile que cuente que el cancilier Drieden y su hijo paseaban junto a las bestias anoche aprovechando el poder del entrenador.

—Eso orientará la ira del cancilier y el entrenador hacia ti —deja escapar el aire cuando por fin puede hablar—. Ellos sospecharán que tú iniciaste este rumor.

—Estoy segura de que será así. Por eso debes asegurarte de que el rumor se expanda de forma rápida —mis labios estirados no tranquilizan su semblante.