21. El alma de una reina. #4
—No deseo que los complazcas en esos términos —mi frente se inclina en modo advertencia—. No quiero que te toquen.
—No comprendo qué debo hacer si ese es el caso —me mira confusa.
—Te haré llegar frascos de elixir de la verdad para que lo eches en el vino. Finge beber y comienza a hacer preguntas a los diez minutos de la segunda copa —arrugo la frente. Asiento.
—¿Qué ocurre si deciden tomarme sin responder? —sus labios se unen. Sus ojos danzan sobre los míos—. Si los conocéis…
—El elixir obliga a cualquiera que lo tome a responder lo que preguntéis —la interrumpo para no conocer el resto—. No obstante, te entregaré de forma adicional elixir del sueño.
—¿Cómo debo usarlo? —en un movimiento, trata de colocarse para poder observarme mejor.
—Te perfumarás. Cuando esos sórdidos lascivos pongan su lengua en cualquier parte de tu cuerpo, caerán redondos sobre la cama —mi comisura izquierda se eleva—. Entonces aprovecharás para buscar entre sus pertenencias cualquier prueba que pueda darnos información de los niños.
—El rey trabaja tras hacerme suya cada una de las noches en las que he permanecido en su compañía —revela con una pequeña luz de esperanza al fondo de sus ojos—. Veo como mueve papeles y conozco donde los guarda.
—Enviaré a un guardia de confianza a preguntarte quién te solicita para cada noche, con él te haré llegar los frascos necesarios para cada ocasión —poso mis manos sobre las suyas—. Utilizaré esas reuniones para buscar información en sus casas.
—No puedo prometer que encontraré lo que necesitáis, pero voy a intentarlo —susurra con determinación la mujer.
—Si realmente Eseo es un bastardo, los niños estarán a salvo —asiento—. Os reuniré con ellos, lo juro.
Desdoblo las rodillas mientras ella recobra la posición en la que mi padre la dejó. Trata de despojarse de la manta, pero poso la mano sobre su espalda para impedirlo.
—Es una prueba —confiesa la mujer.
—Él ya sabe que estuve aquí —sonrío mientras le coloco la manta para que le cubra por completo—. Es la única manera en la que puedo protegerte.
Tras abrir la puerta, la figura estática de Twig se presenta frente a mí con gestos contraídos.
Después de lanzar una breve inspiración de susto, solo mi ligera sonrisa consigue aliviar el peso de la incertidumbre y el silencio.
Mi desobediencia. Sus hombros se relajan al cerciorarse de que no hay heridas sobre mi cuerpo.
—¿Por qué no abandonasteis los aposentos cuando lo hizo su majestad? —la voz de Twig me reclama entrecortada.
—Necesitaba un momento a solas —me atrevo a mentirle.
Comienzo a avanzar por el pasillo según señalo el otro extremo con una sacudida firme de sesera. Él solo asiente para acompañarme. Toma aire mientras coloca las manos en su espalda.
A diferencia de hace un rato, las galerías están llenas de urgencia.
Los alaridos del rey fuera de los muros hacen que los lacayos y criados se lancen en una carrera alarmados.
Se han asustado ante la idea de que alguien haya entrado a palacio, y se haya atrevido a tomar la vida de la reina de las hadas.
La criatura más protegida del reino. Comentan sobre la seguridad de Eryas desde la llegada de los brujos y enanos, se preguntan por la integridad del rey…
Están reunidos en las esquinas para bajar la voz cuando me ven dar pasos seguros en los que reprimo las lágrimas.
No caen de pena ni de dolor. No ven el rostro partido de quién acaba de perder una madre.
Una princesa en duelo que porta trajes elegantes para vestir su tristeza y adornar su dolor que no llora como súbdita la muerte de su reina.
—¿Crees que sus lágrimas los convierten en mejores seres? —pregunto a Twig con la voz rota por la culpa.
—¿Por qué? —pregunta Twig sosteniendo mi tono entrecortado. Posa la mano sobre mi brazo.
—Ellos lloran lo que yo no sé llorar —callo.
—Ninguna bondad brotó de sus ojos cuando callaron por siglos —asegura Twig alto y claro—. Sus gotas de pena llegan demasiado tarde.
No hay guardias custodiando las puertas principales. Una línea de duda se dibuja en mi frente cuando, al salir a la pasarela, una treintena de guardias y todos los canciliers salvo Drieden, se desquitan con otros soldados. Los tachan de ineptos por ser incapaces de guardar la seguridad del palacio.
Ladeo el cuello hacia el lago al escuchar ruido.
Hay criaturas que trabajan para sacar los cuerpos fuera del agua.
Aparto la mirada del lago para evitar ver detalles innecesarios, la devuelvo al conjunto de voces que tratan de desafiarse para ver cuál de ellas tiene la autoridad y la razón.
Trato de acercarme para interrumpirlos cuando más de media docena de guardias atraviesan los árboles de las orillas.
Pasan entre la multitud curiosa con antorchas que iluminan los minutos antes del amanecer por analizar con mayor claridad la escena.
—¡Mi señor! —exclama un guardia desde el aire. —¡Majestad! —brama con tono asustadizo.
—Habla, Gremory —autoriza el rey tras voltearse para buscar quién lo llama.
—Más cuerpos fueron hallados en las casas que bajan la montaña —confiesa algo agitado al descender frente a nosotros con la formación.
—¿Cómo así? —mi padre aparta su capa bruscamente para dar un paso al frente.
—Un total de cincuenta y tres si contamos hombres, mujeres y niños —asiente Mylo. —Todos han aparecido en las mismas condiciones.
—¿Qué condiciones? —mi padre eleva una ceja asustado.
Voces que reclaman a su majestad provienen de las orillas, justo de ese lugar donde los guardias trabajaban.
Uno de ellos bate sus alas a prisa para acercarse, pero el apremio y su cara de susto sugieren que trae malas noticias.
El resto de soldados, inmóviles junto a los cadáveres, tampoco te otorgan la satisfacción de agarrarte a la esperanza.
—Alteza —jadea el lacayo con la mano en el centro del pecho.
—¿Por qué vociferáis como una dama en apuros? —le espeta mi padre con las cejas juntas por la molestia.
—Lo que encontré fue el motivo de mi comportamiento, su excelencia —se inclina en un par de ocasiones a modo de disculpas.
—Habla y cuenta lo que te ha perturbado antes de que te arroje al agua a ti también —asevera mi padre con poca elegancia y poca paciencia.
—El cuerpo de su majestad, la reina Olet, y el lacayo Elm Diebor, fueron encontrados sin sus órganos —confirma el criado tragando saliva.
—Esa es, mi señor, la manera en la que aparecieron los cuerpos de los súbditos —advierte el guardia que antes se vio interrumpido.
—Debe tratarse de esas criaturas que atacaron a los guardias elfos del rey Aelfraed, majestad —asegura Mylo.
La teoría de Mylo me recuerda esa carta que mi padre recibió la mañana que acudí a los aposentos reales.
Aelfraed escribió explicando que algunos de sus guardias fueron encontrados con el interior del cuerpo expuesto, que ninguno de sus órganos fue hallado alrededor de ellos ni en las cercanías.
Aunque mi padre comentó tras su conversación con el rey de los elfos que no habían cruzado la frontera de Rhysartyr, ni su pueblo se había visto expuesto.
No comprendo cómo aquí se han atrevido a ingresar a palacio.
A la torre de su majestad. Se dobló la seguridad desde que se tuvo constancia de lo que sucedía.
El cancilier Drieden guarda las alas tras cruzar la verja, sacude sus brazos con fuerza al hacer que sus piernas se muevan apresuradas hacia mi padre.
Debe tener prisa por hacerle una de sus reverencias.
Su cara de sorpresa y devastación causarán conmoción entre los canciliers y guardias alrededor, pero a mí no consigue emocionarme.
Puede que uno de los seres del bosque ancestral que mencionaba el rey Aelfraed haya decidido escapar solo por el placer de saborear el dolor según arrebata vidas, pero estoy segura de que un animal hambriento no discrimina criados ni lacayos.
Pueden ser despiadados, bestias en muchas ocasiones, pero jamás tienen la maldad de una conciencia.
—Disculpad a este torpe cancilier, querido sire —Drieden jadea con voz temblorosa—. Me he encargado de hablar con guardias antes de venir ante vuestra presencia para comprobar que todo el alrededor del palacio estaba despejado.
—Oh, querido Drieden —exclama el rey con agonía—. La madrugada ha azotado con tiranía estas tierras.
—Cedric me puso al tanto de los sucedido —asiente el cancilier. Coloca la mano sobre el hombro de mi padre—. Os ofrezco mi condolencias, mi señor, es una tragedia que hayamos perdido a nuestra querida reina.
—Nuestros dioses se entristecerán con esta noticia —se lamenta el cancilier Evander con un par de lágrimas en los ojos.
—Nuestro deber es enviar misivas al resto de reinos para que vengan a entregar sus condolencias a nuestro señor —señala el cancilier en alto mientras recorre al resto con la mirada.
—¿A los reinos? —le pregunto al cancilier cruzándome de brazos—. ¿Incluso aquellos a los que siempre despreciasteis?
—Todos los reinos deben asistir, mi querida princesa —Drieden me ensarta una mirada poco amable, con pocas condolencias de esas que menciona—. No hay criatura sobre la faz de estas tierras que no le deba respeto y sumisión a vuestro padre. A la memoria de nuestra reina.
—Aquellos que ultrajaron el cuerpo de mi madre no deseaban honrarla —elevo las cejas con sospechas de su repentino interés por velar a la reina.
—Esas malditas bestias… —niega el cancilier—. Lograron atemorizar al pueblo.
—No perdamos tiempo en fatuidades —proclama el rey mientras gotas de saliva salen de su boca—. Debo comprobar los daños que esas criaturas ocasionaron en mi pueblo.
—Mi señor —se inclina Twig a mi lado—. ¿Qué hacemos desde el palacio?
—Envía uno de los escribas a Vokmer. Que se manden misivas a los reinos de Rhysartyr, Bhulkahdur y Néferien —afirma el rey con la mirada triste—. Los dioses querrán ver como las tierras se unen para despedir a la reina.
—Majestad… —carraspea Drieden.
—Quiero el cuerpo de mi reina expuesto aquí, en la pasarela de su palacio —ordena el rey con los ojos hundidos en los de Twig.
Mi padre voltea. Recorre con la mirada a los guardias hasta que encuentra a Gremory a unos pasos de su izquierda.