21. El alma de una reina. #3
Su majestad pestañea. Solo una vez es suficiente para que la cólera, esa furia e ira que siempre se ven a través de sus pupilas, se vuelva imponente.
No hay placer que pueda arrancar esos sentimientos o sanarlos.
Puede que mi madre estuviera encerrada en sus aposentos llena de magulladuras.
Sé que mi padre no la amaba, eso que oscila entre su corazón y su alma no puede llamarse amor.
Pero le han arrebatado la única criatura que realmente lo admiraba, quién le guardaba la más absoluta de las lealtades. Y eso ha comenzado a atormentarlo.
—¡Guardias! —exclama el rey.
Las hojas de la puerta se separan al unísono para dar paso al guardia.
—¿Por qué nadie me avisó de lo que ha sucedido con mi querida reina? —con el ceño fruncido en ira, mi padre toma al guardia por la armadura.
—No estoy segura de que los guardias sepan lo sucedido —musito con la mirada baja—. Acabo de encontrarla.
—¿Tú? —la mano del rey deja que el guardia se aleje. Sus pupilas brillan inquisitivas sobre el hombro—. ¿Fuiste tú quién la encontraste?
—Así es —afirmo.
—¿Debería desconfiar de ti? —mi padre establece su propio juicio—. Utilizas tu encantador ingenio para estar en todos los asuntos de palacio en los últimos soles.
—Algo me impedía dormir —no miento—. Busqué a Twig para que me acompañase a tomar aire en los jardines cuando vimos algo en el lago.
—¿Visteis quién se atrevió a tocar a mi reina? —me pregunta al dar un paso al frente con más interés del que esperaba.
No le mentiré si callo sobre mis sospechas.
Mencionar al cancilier sería tanto como aceptar mi culpa.
Él no me creerá. Drieden utilizará ese ingenio encantador del que su majestad me acusa para convencerlo de los motivos que me han hecho darle muerte.
Tampoco me interesa que el rey lo descubra.
Si fue él, no lo hizo solo, no lo expondría antes de averiguar quiénes son esos aliados que están detrás de todo prestándole su ayuda.
—Solo comprendo que este acto se dio en vuestros aposentos, debéis buscar una solución antes de que el siguiente seáis vos —sujetos mis manos al frente al elevar la mirada hacia la suya.
Hace que mi vida se paralice cuando sus ojos dudan de mí. El rey desvía la mirada hacia el guardia.
—Desplegad un grupo de cinco hombres para recuperar el cuerpo de mi reina y el del lacayo —dicta mi padre según cierra el cinturón de su bata—. Que los expongan en la pasarela del jardín para que rueguen por sus almas antes de que sean ofrecidos al dios padre Azabel.
—A sus órdenes, mi señor —asiente el soldado.
—Encárgate de enviarle un mensaje a Cedric, dile que busque a todos los canciliers y los traiga al palacio de inmediato —exige vociferando—. Que nadie toque a la esclava, terminaré con ella luego.
—Sí, su majestad —se inclina el guardia.
El soldado abandona el cuarto. Tras él, mi padre sale apresurado con Rune dando zancadas para cogerle el ritmo.
La puerta, el cuarto se ha quedado sin vigilancia.
Volteo hasta encontrarme de frente con la mirada de la esclava, trago saliva al ver que me han dejado a solas con ella.
Siento remordimiento por no correr tras ellos a pesar de que hace apenas unos minutos sostenía la cabeza de mi madre en las manos, el destino me hace estar aquí.
Me ha otorgado el momento oportuno para averiguar algo que desde que descubrí a Eseo me ronda la sesera.
Intento acercarme despacio con una leve sonrisa que le inspire confianza, no quiero asustarla más de lo que sus ojos ya vibran.
Me inclino a recoger una manta de la cama mostrándole las manos, deseo taparla y ofrecerle algo de lo que el destello lúgubre de su mirada me pide.
—¿Sabes quién soy? —utilizo un tono delicado.
—No —niega la mujer. Su voz está tan rota, pero tan firme…
—Mi nombre es Eladriel —asiento—. Soy la hija del rey Eliot.
—La hija del rey… —murmulla.
—Mantente sosegada, no he decidido quedarme para hacerte daño —me apresuro a confesarle mis intenciones—. No sé si será suficiente, pero te doy mi palabra.
—¿Deseáis liberarme entonces? —la mujer utiliza cierta ironía que me gusta—. ¿O eso sería esperar demasiado de quién desciende de Eliot?
—Te liberaría gustosa de esta condena —me inclino a su lado. Sus ojos me miran de forma penetrante ahora—, pero por desgracia no corresponde hacerlo en este momento —elevo las cejas—. Yo tampoco deseo acabar en tu posición.
—Así que, habéis decidido actuar peor que vuestro padre, seréis soberbia y guardaréis silencio —me reprocha antes de apartar la mirada.
No me voy a engañar con falsas ideas de moral, siento culpa por no soltar las cuerdas que le impiden huir al estar a su lado.
Pero también salvo su vida negándome a liberarla ahora.
La mía. Apenas podría recorrer dos pasillos sin encontrarse con guardias que la apresaran y la llevasen de vuelta a los cuartos de las mazmorras, puede que hasta perdiera el privilegio de poder subir a los aposentos privados.
Sería demasiado evidente que marchó gracias a mi ayuda.
Mi padre podría relacionar lo sucedido con la salida de la señorita Daaria de palacio.
La observo con atención. Está aterrada, enfadada, y no necesito esforzarme para ver ni entender su rabia. Comprendo que me desprecie.
—Dime —mi mirada cae incómoda ante la suya—. ¿Conoces al resto de esclavas de mi padre?
Me devuelve solo indiferencia.
—Por favor, responde —suplico.
—Conozco algunas, con las que coincido en las fiestas privadas de los canciliers —carraspea. Su vergüenza encuentra asilo en sus mejillas como si ella tuviera que sentirla—. Les gusta vernos bailar, que les sirvamos vino mientras nos acariciamos entre nosotras…
—Siento no desear conocer esos deseos dignos de la sesera de un demente —mi mente se aparta por el repulso, apenas puedo imaginar qué siente ella—. Pero si me lo permites, yo deseo hablarte. Quiero ser sincera.
—No puedo negarme a ello, sois la princesa —declara con sarcasmo.
—Necesito saber si conoces alguna esclava que haya estado en cinta de mi padre o alguno de sus canciliers —confieso sin vacilar.
—No conozco a una que no lo haya estado —sus cejas se arquean extrañadas.
Las mías se elevan un segundo ante su confesión, la manera en la que apenas se asombra por lo que dice. Un resoplido de indignación abandona mi nariz.
—¿Qué sucede con esos niños? —mi entrecejo se arruga—. ¿Dónde los llevan?
—No recibí noticias cuando se llevaron a mi pequeño Aley —la mujer amontona lágrimas para que su rostro pálido y triste brille—. Hace tan solo tres semanas que nació, pero solo pasó minutos entre mis brazos.
—¿Por qué os los quitan? —apoyo mi mano sobre su brazo para sostenerla—. No guardes nada de lo que sepas sobre este tema, es importante.
—¿Vos sabéis donde los llevan? —su sollozo se detiene cuando me clava una mirada ansiosa.
—No puedo responderte a eso, pero tú puedes decirme cuál es el motivo de que sean apartados de vuestro lado —me inclino hacia ella para que no sienta miedo de susurrar.
—El rey y los canciliers aseguran que no son nuestros —asevera la mujer con tono molesto—. Pertenecen a la corona del reino.
Las esclavas llegaron a palacio hace más de dos mil años.
Pese a que la confesión de la mujer me ha causado asombro, no soy tan inocente como para no comprender que deben haber matado, al menos, a la mitad de ellos.
Puede que muchas de las mujeres que están en esas celdas sean sus propias hijas.
De otro modo, el reino estaría repleto de bastardos.
Los sabios elfos nos entregaron un nuevo sistema de conteo que la profesora Charmglow me enseñó a usar hace algunos años, si me guío por él, podríamos pensar que han nacido alrededor de medio millar.
Aunque Twig dijo que le suministraban bebidas a base de hierbas para impedir embarazos…
Prefiero alejar de mi mente lo que habría sucedido de no ser así.
Muchos más habrían sido eliminados, abandonados.
Estoy segura de que el niño con la mirada de Tien y esa joven que huyó son más que pobres que vagan por Ravenbell en busca de comida.
—¿Reconoces el nombre de Eseo? —le inquiero sin pensarlo al recordarlo.
—Jamás lo escuché —la mujer ensombrece su mirada de forma lenta.
—¿Estás segura de afirmarlo? Es importante que pienses con claridad —reitero una vez más.
—De ser así, yo misma habría preguntado por su estado al escuchar su nombre, princesa —su tono lleva cierto retintín.
—Estoy dispuesta a encontrar el resto de niños para ayudarlos, pero te necesito —le dedico una sonrisa de confianza—. Y debo advertirte que será arriesgado para las dos.
—Haría cualquier cosa que salvase a mi hijo —manifiesta apenas mi voz se apaga.
Para saber quiénes son y dónde podría encontrarlos a todos, necesito información de los que conocen las oscuridades más profundas de mi padre.
Los guardias callarán para protegerse de los crímenes que se ven obligados a cometer, a custodiar.
Elm ya no podrá hablar, y Twig… No permitiré que Twig se arriesgue nunca más.
No pienso perderlo a él. Si esta esclava obtuviese información de mi padre, podría buscar a los que todavía se mantienen con vida.
También a ellas. Que esté en los aposentos privados de su majestad indica que es de las favoritas.
Intuyo que no le resultará complicado conseguir lo que desee si ha sobrevivido tanto tiempo en este lugar.
Me hace pensar que es inteligente, estratégica.
Podría conseguirle un elixir de la verdad para que lo use en sus noches íntimas sin levantar sospechas, seguro que sus dotes de seducción son mucho más eficaces que los míos.
—¿Estás dispuesta a sacrificar tu cuerpo una vez más? —aclaro mi garganta para evitar la franqueza de sus ojos.
—Lo usarán a pesar de que no lo deseo —inclina su cabeza hacia un lado—. Por una vez, seré yo quien decida qué hacer con él.
—Presta atención a lo que diga, porque solo podré darte ahora los detalles —ladeo la cabeza hacia un lado para comprobar que la puerta sigue cerrada—. Tienes que conseguir que mi padre vuelva a pedirte, sus canciliers.
—Eso no será problema, las favoritas compartimos techo con uno cada noche de la semana —su mandíbula se aprieta espero que con el mismo sentimiento de repudio que yo siento.