Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 21. El alma de una reina. #2
44%

21. El alma de una reina. #2

Sentir. Quizás, el rencor que siento por mi madre por haber callado la verdad me lo impide.

Tal vez, si me hubiese confesado antes lo que hacía para salvarme, podría haberla convencido de que así solo me hacía más daño.

Fui yo quién se convenció de que éste era su destino final, ella luchaba por mantenerse aquí a pesar de saber cuánto dolor le causaba. Su ausencia no sacia las preguntas.

Twig apoya un pie para levantarse. Corre por las piedras de la orilla hasta adentrarse en el lago desesperado por hallar la confirmación de que el alma de su amigo se fue.

Sacude los brazos entre la penumbra mientras deja que el agua reciba con agrado sus lágrimas de despedida.

Aparta la cabeza de mi madre a un lado para acercarse a la siguiente prominencia que rebasa la superficie.

Nunca fue tan descortés con su reina como ahora.

Sus manos llegan a él para elevarlo, para que el silencio se haga por unos segundos con la luz de la noche.

Mi alma se quiebra al escuchar como sus gritos aclaman a la piedad por los que no pudieron protegerse.

Por aquellos que no pudimos proteger de los que rompen destinos.

—Mi viejo amigo, Elm —solloza Twig. Bajo la mirada al verlo acariciar el pelo mojado entre sus manos—. ¿Cuál era vuestra culpa?

Mis ojos se rompen por la pena de verlo devastado. Se arrastran por la hierba antes de elevar con rencor la mirada hacia las estrellas. Apenas comienza a salir del agua me incorporo, lo hundo entre mis brazos para que nunca más sienta necesidad de llorar de esa forma. Hasta que su dolor se esfume.

—No impidas que tu dolor tome forma y libertad —le pido mientras aprieto los brazos a su alrededor—. Te prometo que sobre este palacio, haré que caigan las luces ensombrecidas de mi venganza.

—No, mi querida princesa —Twig respira entre golpes de amargura—. Ahora más que nunca debéis detener vuestros actos.

—No puedo —aprieto los dientes por no poder complacerlo.

—Mi corazón no soportaría teneros entre mis manos como a Elm, ni veros en picas como a esos guardias —me advierte con el tono oscurecido por lo que acaba de ver.

—Te aseguro que aún me quedan muchos amaneceres por delante —mi frente se eleva con seguridad a pesar de que me duele ignorar sus palabras.

—Estáis obligada a aceptar la propuesta de la reina —Twig posa las manos alrededor de mi rostro para atraerme hacia él—. Huid por mí. Iros tan lejos como el teniente os lleve y no volváis nunca.

—¿Das por hecho que puedo irme de aquí sin ti? —sujeto sus manos para que no las aparte—. Mi destino está ligado al tuyo desde que nací.

—Mi lugar está en Eryas, me crearon para servir a su majestad, pero el vuestro… —Twig baja la mirada.

—Yo moriré donde mueras —me inclino para que no deje de mirarme.

—No debéis decir esas cosas, vos tenéis un nombre —Twig sonríe y no finge que siente lo que dice—. Yo ya me cansé de vivir.

—Eres tú quien no debe decir esas cosas —apoyo las rodillas en el suelo para arrodillarme frente a él—. ¿De qué sirve mi nombre si no estás a mi lado para llamarme princesa?

—Hará que nunca os olvidéis de quien sois —sus ojos se encienden—. Princesa de las hadas de Ravenbell. Primera de la casa Wínverin y única heredera del primer trono creado sobre las tierras de Órianth. Descendiente del linaje del dios Aivtor y la diosa Essoi.

—No puedes permitir que tu alma se rinda ahora —agito sus brazos tras sacudir la cabeza en un gesto de negativa—. No después dejar de luchar por vivir lo que siempre deseaste. Esos paseos sin vigilancia, las cenas en calma…

—Twig lleva demasiado tiempo luchando —confiesa algo avergonzado—. Está demasiado triste para continuar ahora que su único amigo se marchó.

—Entonces deja que yo te haga feliz —asiento con una sonrisa amplia.

El agua roja del lago aun gotea de mi ropa como si formara parte de ella.

El aire consigue por fin erizarme el bello.

Desvío la mirada hacia los cuerpos en el agua, mi nariz se ensancha con la ira contenida por los años.

Nadie de palacio ha notado su ausencia. Ninguno ha venido a recoger sus cuerpos y flotan sin que se les guarde misericordia.

Ella es la reina. Tiene guardias que la vigilan, que la obligan a permanecer en sus aposentos, impiden el paso de quién el rey nombra…

Para qué sirven entonces… Aparto con cuidado las manos de Twig para alejarme con decisión.

—¿Qué haréis? —Twig trata de sujetarme de forma torpe antes de lanzarse a andar tras de mí.

—Iré a buscar al rey —bramo con las pupilas fijas en el palacio—. ¡Han asesinado a su reina!

—Mi princesa, despertaréis al pueblo —Twig abre los ojos al escuchar mis alaridos.

—¡Que despierten todos! —vocifero—. ¡Pero que despierten de una vez!

—¡Jamás estaré dichoso si corréis peligro! —exclama Twig apurado mientras estira los brazos para alcanzarme—. No estáis segura de que hayan sido asesinados, la reina siempre mencionaba la idea del suicidio.

—¡Twig! ¡No necesito que me protejas de una pesadilla ahora! —dejo caer los brazos con rabia al detenerme—. No tienen cabeza.

Twig calla. Deja caer los brazos al aceptar que no puede convencerme de otra cosa. No hay otra explicación a lo que he visto y él lo sabe.

—Enviaron una nota a mi cuarto para avisarme de esto —río con ironía—. ¿Es una amenaza contra mí?

—¿Qué es lo que decís, princesa? —se retira un par de pasos cuando su semblante se llena de desconcierto. Pánico del que vi muchas veces.

—Quién está detrás de sus muertes deseaba que yo fuese quien lo descubriese —le confirmo con una seguridad que desgarra sus ideas—. Esto es una nota de suicidio, pero para el mío.

—Por todos los dioses… —musita Twig sin pestañear.

—No dudo de quién es, y no pienso dejar que vea como esto ha hecho temblar mis órganos —asiento con un gesto de advertencia.

Despliego la ira a la vez que las alas al correr para lanzarme al vuelo.

Dejo que el aire enfríe mis lágrimas, limpie mis ojos rojos por la muerte de camino a las escaleras de la pasarela.

Avivo la mirada con cólera al llegar frente a los guardias.

Se inclinan ante mí y el agua que dejo alrededor sin preguntas.

Cruzo a prisa hacia el pasillo de la izquierda del ala este del palacio.

Giro ahora a la derecha, al que conduce al despacho privado del rey, la sala de asambleas, sus aposentos privados…

Él está protegido por sus guardias. Por esos canciliers que desean pernoctar aquí para compartir con su majestad sus fantasías oscuras que no reciben castigo.

Me vuelvo piedra frente a la puerta de su cuarto entre la sala de asambleas y el despacho.

El único guardia que la custodia ni siquiera permite que una palabra salga por su boca al ver cómo el blanco de mis ropas se convierte en el carmesí de la sangre a media altura.

Cómo parte de mi cabello también gotea, o el modo en que mi cuerpo tiembla.

Incluso si no comprende que no es de miedo, sino de pena.

—Abre la puerta —mi voz sale temblorosa, pero por el desafío.

—Princesa… —el guardia resopla con la tentativa de negarse a mi orden.

—Abre la puerta ahora, o haré que el resto de mis ropas se ensucie con la sangre de tu cuerpo —guardo los pestañeos para más tarde.

Se vuelve mudo. Su mano sujeta el pomo para darme el paso cuando siento como todo lo que hay alrededor comienza a detenerse.

Veo los movimientos ágiles del guardia hacerse pesados antes de perder la vista por un segundo.

Su cuerpo se mueve despacio hasta inclinarse cuando la recupero.

El tiempo siempre deja de galopar cuando más necesitas que corra.

Twig dobla la esquina de la galería cuando las luces del interior, íntimas, comienzan a llamarme para entrar.

—Pequeña Eladriel —consigo escuchar de la boca de Twig.

Las puertas se cierran. Busco la izquierda de la estancia, el rey yace sobre la cama con una de las esclavas en una escena digna de los textos de Beliel.

En apenas un gesto, mis párpados se separan ante las cuerdas que atan sus piernas a un extremo de la cama.

Siento que mi expresión desaparece al ver sus manos retorcidas sobre sí, envueltas en una soga que las une a su cuello para mantenerla aprisionada bajo él.

Aparto la mirada al ver su cuerpo lleno de arañazos.

Las fisuras que adornan la piel de su torso sin ropa, el recorrido de sus piernas.

Cierro los ojos al no poder borrar de mi mente el gimoteo silencioso y amargo de sus ojos al comprobar que estoy frente a ella.

Frente a lo que sucede. Ese brillo puede perforar cualquier principio.

No sé si su majestad no es consciente de mi presencia. Si ni eso le impide continuar impactando con brutalidad entre gemidos contra la mujer arrodillada ante él. No sé si es ajeno a lo que ha ocurrido, o si tal vez lo celebra.

—Mi señor —carraspeo cuando mis rodillas se doblan para llamar su atención de una vez.

Sus sacudidas cesan, aunque su cuerpo no reacciona a la llamada, permanece de rodillas tras ella. Un resoplido de frustración se escapa de sus labios cuando al fin se hace eco de mi figura. Sus ojos se hunden en mi presencia para cuestionarla con su tirana autoridad.

—¿Cómo te atreves a…? —el rey frunce el ceño al ver mi aspecto.

Recupera la postura de inmediato tras sus palabras.

Echa mano a una bata que reposa a su lado para cubrirse la intimidad mientras toma aliento.

Camina hacia una esquina, lava sus manos en la jofaina mientras Rune deja caer el agua con cuidado de no enturbiar nada alrededor.

No había determinado que nos acompañaba.

—Que aspecto tan despreocupado y poco elegante —asevera el rey con el labio elevado cuando sus ojos se encuentran de nuevo conmigo—. ¿Es así como os paseáis por mis dominios?

Si pudiera decirle ahora que está frente a mí todo lo que deseo, estoy segura de que no se preocuparía por mi apariencia desordenada…

—Madre murió junto a su lacayo —le asesto sin compasión alguna.

—¿Mi amada? —su semblante se transforma. Su frente se arruga por mi confesión.

—Junto a su lacayo —me repito en la muerte de Elm.

—No puedo creer que al fin mi reina decidiera cruzar el umbral hacia lo impuro tomando su propia vida —lamenta mi padre sin determinar a Elm. Su mirada baja.

—Sus cuerpos están en el lago ejecutados —mi mandíbula, mis hombros se tensan al recordarlo.