Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 21. El alma de una reina.
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21. El alma de una reina.

(Eladriel)

Arrullo las sábanas. Desde hace largo tiempo lucho por poder perderme en el mundo de los sueños.

Duermo como si me hubiera hecho con la victoria, pero mis pestañas se separan al instante.

En esos momentos donde mis párpados consiguen cerrarse, mi mano se mece con la suavidad propia de los despertares de Twig.

Salvo porque no está cuando abro los ojos.

Suspiro al recordar que tan solo son las cuatro de la madrugada.

Me esfuerzo por fundirme con el colchón y la tela de seda que me envuelve para abandonarme a las pocas horas de noche que quedan.

Sin embargo, una vez más, esa sacudida consigue acelerarme la respiración.

Doblo el codo para contemplar el anillo del teniente.

Vuelve a brillar. El cuarto abraza un rojo escarlata tan intenso que casi roza la oscuridad de las profundidades.

Ese tono no se manifestó ni con la más intensas de mis inseguridades.

Trato de inflar el pecho para calmar la respiración.

El sentirium se apaga. Dejo escapar el aire al ver que solo un par de velas con luz tenue alumbran la estancia, pero el color sangriento surge más fiero que las veces anteriores para terminar con mi tranquilidad.

Contengo el aliento ante el sonido de pasos que caminan con sigilo al otro lado de la puerta.

Tuerzo el cuello al sentirlos cerca. Unos pequeños pies aparecen bajo la rendija, unos dedos empujan un trozo de papel con cuidado de que las esquinas no se enganchen en la madera.

La sombra desaparece cauta de no ser escuchada que al llegar.

Dejo que la angustia pase por la garganta al tomar asiento en el borde de la cama.

Despliego el brazo para alcanzar la daga de la pequeña mesa al lado.

Envuelvo la empuñadura con cuidado. Me deslizo con tiento hasta apoyar el pie sobre la alfombra para tomar impulso.

Antes de dar el primer paso, mi arma está lista para ensartarse.

En el siguiente casi podría confirmar que estoy despierta por el crujir de las tablas del suelo.

Me detengo un instante a esperar nuevos movimientos tras la puerta.

Estiro el cuello para leer lo escrito que es visible en ella.

Eladriel. Doblo las rodillas. Atraigo el papel con la punta del cuchillo, lo desdoblo con cuidado de no hacer demasiado ruido a pesar de que la curiosidad me hace vibrar el estómago.

Dejo caer la daga sobre el colchón tras leer lo escrito.

Alcanzo la bata a los pies de la cama para cubrirme y me lanzo hacia la puerta.

Ni siquiera determino si Aemid está detrás.

Tomo las escaleras sin mirar ni uno de los escalones solo por el deseo de llegar al ala de servicio.

Siempre recuerdo las palabras de Twig cuando era niña “puerta siete empezando por el segundo pasillo”.

Su voz lo repite una y otra vez en mi mente según cruzo el pasillo principal.

Ante las reverencias de los guardias que custodian la puerta de palacio curiosos por mi aparición en medio de la madrugada.

Abordo la galería indicada mientras mis pupilas recorren apresuradas todas las puertas.

Llamo con insistencia a la correcta al encontrarla, sin darle importancia al hecho de que cualquiera de los lacayos o criados a los lados podrían despertar atemorizados.

—Twig —grito. Aporreo la puerta—. ¡Despierta, Twig!

Con la nota arrugada entre los dedos golpeo la madera hasta en tres ocasiones más.

La hoja se separa. Twig aparece con los ojos aun pegados, sin nada de prisa ni exaltación por la forma en la que me atrevo a interrumpir su descanso a altas horas.

Arruga el entrecejo cuando la luz del fuego de las antorchas en el pasillo impacta contra su cara.

Le toma un tiempo comprender que mi rostro está desencajado, el papel que llevo.

Se aparta sin pensarlo con el brazo señalando el interior para ofrecerme el paso.

—Mi pequeña princesa —enuncia Twig con tono de angustia y ojos redondos—. ¿Qué os ocurre?

—Alguien acaba de dejarme esto en los aposentos —le entrego la nota.

—¿Qué es lo que dice? —su preocupación se ve opacada por un momento cuando la intriga toma su ceño.

—Si lo que está escrito es cierto, tenemos que darnos prisa —trago saliva. Mi propia angustia.

Twig hunde sus pupilas en la inquietud de las mías según desdobla el papel. Baja rápido la mirada a las líneas. Apenas puedo controlar la necesidad de moverme ante el tiempo que le lleva ofrecerme una respuesta. Siento que mis brazos y mis piernas tiemblan.

—¿Qué sabes de Elm? —le pregunto ansiosa al ver que no habla.

—Nos despedimos a las doce como cada noche —musita Twig. Eleva la frente—. Esto no es posible.

—Debo ir a las orillas como está indicado —arrebato la nota de sus manos para buscar la línea—. No podrás desviar el curso del destino, pero hallarás consuelo y serenidad si lo aceptas y acudes a las orillas…

—Debe tratarse de una malvada trampa, mi princesa, no acudáis —asiente Twig con la mirada perdida.

—Tengo que comprobarlo… —trago saliva al verme reflejada en su mirada.

—¿Cómo? —pregunta con la frente arrugada en esperanza.

—Iremos al cuarto de Elm. Si no está… —sello los labios entre dolor.

Twig abre la mano en espera de que le entregue la nota.

La dobla a prisa para guardarla entre la lana que conforma su colchón.

Hace poco que le ordené a los criado que lo mulleran y agregasen hierbas aromáticas entre las fibras para que no suban los insectos que se cuelan en estas alas.

Corre hacia la puerta para ofrecerle el paso.

Camino tras él por el pasillo en busca del cuarto de Elm.

Esta vez, la preocupación le hace caminar tan rápido, que es a mí a quién le cuesta seguirle el ritmo.

Tras doblar el primer pasillo que encontramos a la izquierda conformado por otras siete puertas, la cuarta permanece ligeramente entreabierta.

No necesito que mi intuición brille para saber que se trata de esa.

Twig corre. Golpea con ligereza la puerta una sola vez en busca de respuesta, la empuja al comprender que no la obtendrá.

Observo el cuarto tan ordenado, que parece que nunca nadie entró en él.

Todavía su pijama está doblado sobre el cofre a los pies de la cama. Todo es idéntico a su carácter.

—Twig —coloco las manos sobre sus hombros—. Hay que ir a las orillas ya.

—Princesa —se inclina Twig.

—Debes prepararte para lo que encontremos —le advierto tras apoyar los labios con suavidad sobre su coronilla.

—Estoy seguro de que no me horrorizaré solo, mi pequeña Eladriel —Twig entristece su mirada. Sus ojos se vuelven anunciantes.

Ambos desplegamos las alas al tocar el suelo rocoso del pasillo.

Los centinelas de la entrada se sorprenden aún más al ver que Twig aparece en mi compañía exigiendo que se abran las puertas a pesar de estar adentrada la noche.

Golpean la lanza como confirmación. La brisa de cristal que a estas horas alberga el jardín y los cenadores acaricia mis piernas al aire.

Aunque apenas puedo percibir el silbido del viento que mece las hojas así solo un trozo fino de tela me proteja de él.

Me lanzo al vuelo con la mirada fija en la torre del homenaje.

Está a oscuras, no hay luz que bañe sus piedras como lo ha hecho cada hora de cada día durante siglos.

Recorro con las pupilas la distancia que hay entre la terraza de sus majestades hasta el agua. Algo flota en medio como si quisiera acercarse a la orilla oeste del lago. No quiero que ese pensamiento inunde mi mente, pero sé que se trata de mi madre y Elm.

—Hay algo, Twig —aviso a Twig de mi hallazgo—. Se acerca a las orillas de control de luz.

—¿Qué veis, decís? —pregunta Twig apoyándose sobre la punta de sus pies.

—No puedo distinguir qué es en esta oscuridad y a esta distancia —niego con ojos entrecerrados—. Tenemos que acercarnos.

Twig bate sus alas apresurado. Esta vez, no es el protocolo el que le motiva a tomar estas decisiones, estoy segura de que es el miedo el que burbujea junto a su sangre.

Lo comprendo. Esa angustia y desesperanza me han hecho sentir demasiadas veces como un animal acorralado al que imponen un triste final que no desea aceptar.

Desciendo sobre la arena húmeda de la orilla incluso si el agua fría del lago cubre mis pies.

Twig detiene el vuelo algo más alejado. Creo que está rezagado en esa zona seca para mantenerse fiel a los dioses que rinde pleitesía con esperanzas de que no haya dolorosas noticias.

Su pijama ondea bajo el viento. Sus pupilas están veladas por el pesar de una tragedia.

Después de dedicarle una mirada por encima del hombro, me adentro en el agua tratando de apartar la oscuridad con las manos.

No avanzo mucho cuando entre los dedos se me enreda lo que parece cabello.

De cerca se ve como es fino, oscuro con matices plateados…

Dejo que la saliva se deslice por mi garganta para que se lleve mis ganas de huir.

Tiro de él para acercarlo a mis ojos. Tomarla elimina la posibilidad de que sea un animal el que sujeto.

Solo necesito apartar la maraña negra para comprobar que sostengo la cabeza de mi madre.

Un par de lágrimas se apoderan de mi tristeza al comprobar su rostro aún herido cuando lo dejo caer.

Mis puños se cierran para lanzar un grito rabioso de dolor.

Retrocedo para salir del agua antes de tomar el otro bulto y comprobar que entre mis dedos tengo a Elm.

Apoyo las rodillas en la tierra firme de la orilla para arrastrarme lejos de ella.

Soy incapaz de apartar la vista de los cuerpos que flotan bajo el palacio.

Me dejo caer justo a los pies de Twig sin dar importancia a mi camisón lleno del agua teñida de sangre. Me huelo a muerte.

—Mi pequeña princesa —Twig se arrodilla a mi lado.

—Twig… —no puedo pestañear—. Lo siento.

—¿Qué hay en esas aguas? —ladea el cuello con urgencia hacia el lago mientras me hunde contra su pecho.

—Trozos de muerte —manifiesto mientras lágrimas de condena caen por mis mejillas—. Dolor. Ira. Sufrimiento…

—¿Trozos de muerte? —pregunta Twig con el tono entrecortado.

—El alma de la reina Olet, la de Elm, están buscando consuelo entre los brazos de Azabel —confieso entre los brazos de quién me puede consolar a mí.

—¿Elm está…? —traga saliva.

—Los ejecutaron —afirmo.

Siento como su pecho se hunde sobre mí. Me gustaría que mi pecho temblase con tanto dolor como el suyo, que mis lágrimas me desgarrasen como si quisieran recordar el profundo daño que pueden causar.