Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 20. La verdadera cara del poder. #7
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20. La verdadera cara del poder. #7

Elevo la rodilla para clavarla en su abdomen.

Bajo un jadeo de dolor, sus manos abandonan mi garganta para rodear su estómago.

Cierro el puño para alejarlo de un golpe en la nariz.

Aprendí que es una zona muy dolorosa cuando mi padre me golpeó y casi la rompe.

Ahoga un grito de dolor antes de cubrírsela y mirarme sobre sus dedos.

En un primer par de pasos tambaleantes intenta acercase, pero la luz de la llama de la única antorcha en la estancia ya viaja hasta mi mano arqueada para poder darle forma. Atacarlo.

—Si das un paso más, decidiré que la mejor opción para ti es reunirte con Beliel ahora mismo —un par de bolas chispeantes de fuego rodean mis manos.

—No me harías daño —sonríe Tien. Sorbe la sangre que brota de su nariz.

—Escuché que se necesitan tres criaturas para hacerte al sonido que produce el gemido de la muerte —la luz de mis manos crece. Mezcla amarillo y naranja leve—. Quizás puedas ayudarme a comprobar si la teoría es cierta.

—Me encantará ver si puedes conseguirlo —eleva la barbilla con desafío. Afila la mirada con advertencia—. Pero si fallas… —aprieta los dientes—, cortaré tu cuello y le serviré tu sangre al rey en una de sus doradas copas. Celebraremos juntos tu muerte.

Antes de que pueda pestañear, de que yo misma pueda controlar mi poder, mis brazos se elevan para lanzarle la luz.

No es como lo que nos enseñó Ilta. Las partículas toman forma de brazos grandes que lo atrapan.

Lo golpean con fuerza contra una de las paredes.

Una cortina de arena cae desde el techo sobre él.

Con el reflejo de las llamas en mis ojos porque no puedo dejar de mirar, me acerco despacio arqueando los dedos para que el calor del fuego se intensifique sobre su piel.

Me obligo a seguir mirando al ver que chilla, que se retuerce e inclina la cabeza hacia atrás cuando siente las quemaduras.

—Siento que hayas fallado —esbozo una mueca triste.

Un lamento desgarra el eco, pero no sé si es de dolor o impotencia.

—Si decides que tocarme es buena idea, me encargaré de que nunca más puedas tocar algo en tu vida —aprieto las uñas contra las palmas de las manos—. Usaré la daga menos afilada del palacio para cortar tus dedos uno a uno.

—Te castigarán por ramera. Por haberte entregado a la criatura más despreciable de Órianth —asegura Tien entre quejidos y gritos de angustia.

—Te ofrezco algo —arqueo una ceja—. Tu silencio, a cambio de mi silencio.

—Tú no tienes nada que utilizar contra mí —grita. Aprovecha para dejar salir el dolor en cada una de sus palabras.

—¿Ni tu hermano? —arrugo la frente a la espera de su respuesta.

El silencio se adueña de la expresión de Tien, y no hay fuego que le haga gritar bajo mi pregunta.

—¿Eseo? —el hijo del cancilier arruga el entrecejo—. Él es un niño.

—Lo que me diferencia de mi padre es que jamás dañaría a un inocente —asiento. Bajo los brazos para que el fuego cese—. Está a salvo.

El cuerpo de Tien toca el suelo arenoso y húmedo de un impacto firme.

Sus hombros humeantes por las abrasiones impactan contra la roca sin piedad.

Sus gritos son ahora más dolorosos que hace un instante porque lacera aún más sus heridas.

Titubea entre agonía. Sus ojos se llenan de dolor, impide que sus lágrimas nazcan de orgullo.

—Puede volver a estar en peligro si lo dejo donde lo encontré, y eso depende de tu silencio —me acerco hasta estar a un par de pasos.

—No puedo negarme a las órdenes del rey —Tien me busca con la mirada mientras se retuerce con desesperación.

—Convéncelo para que las reuniones se acaben —con la frente en alto le dedico una mirada de reojo.

—Guardaré silencio sobre el malnacido de Bradosck, pero no mencionaré nada sobre las reuniones hasta ver a Eseo —insiste.

—Entonces convéncelo para que esas reuniones sean fuera de palacio —trago saliva—. Utilizarás los días que proponga para ver cómo sigue el estado de Eseo.

—No aceptará —niega.

—Debe hacerlo, no solo tengo a Eseo en mi poder —carraspeo al recordar a la niña, mi idea de que viene del mismo lugar.

—¿Quién más? —arruga el entrecejo con los ojos rojos.

—Todos los que viven bajo las órdenes de los señores —manifiesto finalmente.

Pido a los guardias con un toque que abran la puerta mientras Tien continúa retorciéndose en el suelo entre algunos espasmos. Al dar un paso fuera del cuarto, los soldados bajan la mirada hacia mis manos del mismo rojo que conforma la sangre.

—Ayudadlo —les ordeno sin detenerme a mirar sus semblantes.

Ellos solo ven como me alejo por el pasillo sin detener mis pasos ante los chillos del hijo del cancilier. Se apuran en entrar para ofrecerle su ayuda.

Aunque no dejo de escuchar los lamentos de Tien, sigo caminando como si escuchase un eco lejano al que no puedo acceder.

Me asusta no sentir nada por su dolor, sus gritos no me provocan ningún remordimiento al alejarme.

Me aterra que no me conmueva su sufrimiento.

Que eso signifique que yo estoy a salvo porque sus heridas han impedido que mi cuerpo sea el que sufra.

Me estremece más que cualquier lengua pérfida de un cancilier.

Lo único que me intimida es la idea de ser como mi padre.