20. La verdadera cara del poder. #6
—Princesa Eladriel —el rey lleva las manos a su espalda mientras alza la vista.
—Lamento no conocer el motivo por el que me mandáis llamar —arrugo el entrecejo ante su silencio.
—Me desobedeces, querida princesa —mi padre chasquea la lengua con una mueca de pena—. Me hastía tanta rebeldía.
—¿Cuál fue mi agravio, mi señor? —elevo la mirada con intriga.
—¿Acaso no fui claro con la orden que te di? —aprieta los dientes—. Te dije que debías ver al joven Mémberin.
—Mi señor… —titubeo.
—Calla, zorra desobediente —el rey da un paso al frente que acompaña a su tono amenazante—. Dije que debías ver al joven Mémberin y decidiste declinar mi orden. Hoy verás al joven Mémberin.
De modo que todo esto es porque decidí no aceptar la compañía de Tien la noche que hablaba de aliados con su padre.
Después de lo que pasó en los jardines de los creadores y de lo que escuché, no confiaba en la idea de quedarme a solas con él.
Aunque si es lo que el rey desea… Entonces aceptaré.
Y no lo haré por complacer sus deseos, lo haré para tener la oportunidad de conocer qué relación tiene con ese niño que menciona su nombre.
—Haré lo que ordenéis, padre —asiento con respeto hacia su figura.
—Os quedaréis aquí —mi padre recorre la estancia con la mirada—. El cancilier Drieden considera que os otorgará intimidad.
—Contadme, cancilier Drieden —ladeo la mirada hacia el cancilier—. ¿Por qué os angustiáis de esa forma por mi intimidad?
—Mi amada princesa —ríe Drieden. Estira los brazos tras lanzar una fugaz mirada a mi padre—. ¿Qué más interés que el bienestar de mi señora puedo tener?
—Sabéis que la compañía de vuestro hijo no me otorga placer —elevo las cejas en modo condenatorio.
—No seáis hipócrita, querida Eladriel —arquea una ceja con sorna, con media sonrisa—. Los guardias de la puerta de vuestro cuarto aun festejan entre ellos vuestros gemidos de la última reunión que el rey propuso.
—Os preocupáis por quién no debéis, entonces —río de forma irónica—. No eran los míos los que festejaban…
—No seáis desconfiada —despacio, Drieden comienza a invadir mi espacio mientras se humedece los labios—. A ninguno de los presentes nos desagrada la idea de que sintáis placer —sonríe—. En especial cuando vuestro deber es complacer el de mi hijo.
Me esfuerzo por sostener en alto la mirada al ver como su mano viaja presta hasta mi cara.
La desliza despacio por la línea de la mandíbula, desciende por un lateral del cuello hasta llegar a la línea del busto y el lazo del corpiño.
Cierra los ojos según se acerca, sin prisa.
Intenta controlar el temblequeo de su labio superior, pero nada puede detener el impulso de colocar la arruga de su nariz bajo mi oído e inhalar con intensidad.
La arrastra por la piel de mi garganta. De un tirón, sostiene todo mi cabello.
Rasga con su lengua mis comisuras mientras espera que me estremezca, que cierre los ojos para no ver lo que hace.
No comprende que a mí siempre me gustó mirar a los ojos al dolor para no olvidar lo que tiene que enseñarme.
Tien se mantiene apoyado sobre uno de los barrotes de la cama.
En silencio. Ruedo los ojos hasta encontrarme con su figura y veo como la saliva pasa justa por su gaznate como si luchase por mantenerse en el sitio.
Pero una vez más, calla. Coloco las pupilas sobre mi padre.
Sus guardias apartaron la mirada en el momento en que Drieden comenzó a acercarse a mí, pero él se mantiene recto e impasible.
No le resulta ni un poco desagradable lo que su más fiel cancilier hace con su hija. Y no me sorprende.
—Padre —carraspea Tien tras titubear.
Sus hombros se encogen cuando el cancilier tuerce la vista hacia él como hacia cualquiera de sus enemigos.
—Querido —la voz del cancilier se vuelve aguda, calma—. Acércate y disfruta. Te pertenece.
—Deseo estar a solas —declara Tien al dirigir una mirada a los guardias del rey.
—Haremos lo que mi señor ordene —Drieden arquea una ceja desafiante.
Drieden une sus manos bajo la manga de su túnica al voltear para inclinarse frente a mi padre. Deja caer ligeramente la cabeza hacia un lado con la comisura izquierda elevada al erguir la postura.
—¿Majestad? —asiente el cancilier.
Mi padre sella los labios para observar al cancilier unos segundos. Ladea la mirada hacia Tien con el ceño fruncido. Su expresión se suaviza al ver cómo se mantiene con la mirada apartada y la mandíbula tensa ante lo que sucede.
—Nos retiramos —ordena el rey con firmeza, con los ojos fijos en su cancilier.
—Claro mi señor —Drieden arruga el entrecejo reverenciando al rey—. A sus órdenes, mi excelentísima alteza.
—Os quedaréis tras la puerta mientras la princesa esté dentro —mi padre sostiene la armadura de uno de los guardias para hablarle alto, de cerca—. No hay piedad si desobedecéis mis órdenes.
Recorro a Tien con la mirada todavía con las manos unidas, sin pestañear.
El ruido de la presencia del cancilier se diluye junto al chirrido de la puerta indicando que estamos a solas.
Ni siquiera ahora puede mirarme. Veo que está nervioso, pero me atrevería a asegurar que hasta él destensó su cuerpo al ver a su padre salir.
Por más que lo intente, jamás logrará ser tan cruel como su él.
Como le digo a mi ansiedad que se calme entre estos muros, cuando apenas sé que hay dentro de ella.
No sé si es miedo, si es ira, pero siento fuego.
No hay ventanas que lo calmen. El poco aire que corre proviene de los huecos entre las rocas de las paredes y el pecho se inunda del hedor de fuera acompañando al de la tierra y piedras mojadas.
Solo hay una cama recubierta con una estructura de madera que la transforma en un lugar perfecto para torturar a una esclava.
Como si vivir entre abusos no fuera suficiente condena.
Suspiro al ver como encorva su espalda. Me entristece que no sea porque el peso de sus decisiones le impidan ponerse recto.
—Te dije que no volvería a aceptar una de las reuniones propuestas por mi padre —cruzo los brazos para guardar la calma.
—Te convendría tomar asiento, tienes mala cara —Tien señala el borde visible de la cama tras aclararse la garganta.
—Darte el placer de aceptar tus sugerencias sería lo último que haría en este momento —elevo el labio superior con el mismo asco que me produce su presencia en mi campo de visión.
—Tal vez, deberías hacerlo —media sonrisa juguetona se dibuja en su cara—. Siempre se te dio bien.
—¿Te dijo el cancilier qué decir? —sonrío con ironía—. ¿O ya sabes construir frases por ti mismo?
Sus fosas nasales se ensanchan al dar dos pasos al frente. Aprieta la mandíbula al ver que mi cabeza se eleva, que clavo mis ojos en los suyos hasta que se detiene. A estas alturas, ya debería saber que no reacciono ante sus amenazas.
—Debes cuidarte, Eladriel —Tien entrecierra los ojos de forma despectiva—. No siempre tendré la misma paciencia que ahora.
—Que bien… —río con burla—. ¿Tengo que agradecer tu misericordia?
—¿Preferirías quedarte a solas con el cancilier? —espeta. Su entrecejo se arruga con rabia—. Trato de que entiendas por las buenas cuál es el camino que debes seguir.
—Eres tú quién ha decidido no entender —sentencio. Dejo caer los brazos con hastío—. Fui clara cuando dije que preferiría morir antes que aceptar lo que sugieres.
—En tal caso, te aconsejo pedir la ejecución, porque te condenaste el día que decidiste entregarte a mí —bajo una respiración profunda, Tien reanuda sus pasos para terminar con la distancia que nos separa—. Yo no me detendré hasta ponerme la corona y terminar lo que tú empezaste.
—¿Por qué no conversamos sobre los caminos que tú puedes escoger? —suavizo mi mirada al tenerlo cerca, trato de encontrar en ellos la criatura que una vez vi.
—No estropearía este momento —sonríe. Se inclina para golpear suavemente mi frente—. Es conveniente que continuemos hablando de ti.
—Deja de ser cínico, sé que conoces todos mis movimientos —hundo una mirada rabiosa en la suya.
—El rey subestima tu inteligencia, pero te equivocas —acerca su cara a la mía. Su aliento al mío—. Todavía debo descubrir el motivo de tus visitas al reino de los elfos.
—Una criatura que solo siente interés por el pelaje de los lobos no podría comprender el placer de perderse en una buena lectura —me aparto suavemente.
—No me sorprende que me consideres estúpido —niega. Eleva una sonrisa no muy amable—. Pero hueles a puta desde aquí —arruga la nariz como si olfateara.
—Tu cabeza alberga los mismos demonios que la de tu padre —mi labio se mueve con asco, mi respiración se agita con rabia.
—La tuya está llena de la locura de tu madre —Tien se abalanza para sujetar mi cara con fuerza. Hunde los dedos en mi mandíbula—. ¿Te merece la pena por alguien a quién no puedes amar a ojos de todos?
—Merecería la pena aun si eso significase morir solo al desearlo —sonrío con trabajo entre sus dedos—. Eso es lo que yo he elegido y nadie puede matar la libertad de mis decisiones.
—Entonces, estás unida al brujo… —clavando una afilada mirada sobre mis ojos.
—¿Crees que podría hacer algo así? —elevo las cejas con decencia fingida. Con ofensa ante tal acusación.
Con una sola sacudida, su mano libre envuelve mi cuello. Sus piernas se enredan entre las mías mientras me arrastra hasta uno de los muros, el más cercano. Siento como sus yemas presionan mi respiración hasta convertirla en un hilo fino.
—No juegues con mi inteligencia, princesa —la vena del cuello de Tien se marca entre gritos—. ¿Qué te ha hecho?
Sus ojos se separan cuando ve las marcas del cancilier Rohan en mis brazos al intentar apartarlo. Sin separar su mano del cuello, se aleja lo suficiente para inspeccionar alrededor.
—Es curioso que te preocupe lo que haya hecho él, cuando eres tú quién me sujeta por el cuello —trago saliva con trabajo.