20. La verdadera cara del poder. #5
Y sé que es él. No desperdiciaré esta oportunidad para usarlo contra ellos si con eso consigo que me dejen a un lado de sus planes
Sobrevuelo la pasarela de Eryas apresurándome a subir los escalones de la puerta principal.
Recibo la reverencia de los guardias que la custodian cuando ya han abierto las puertas.
Twig aparece tras ella con el semblante desencajado y las manos temblequeantes unidas a la altura del abdomen.
Arrugo el entrecejo ante su apariencia inquieta.
Guardamos silencio mientras en el interior, dos criadas transportan con trabajo un gran cesto de mimbre cargado de telas blancas teñidas de rojo débil.
El cuerpo de Dona descansa en una camilla frente a los baños.
—Princesa —se inclina Twig tras permitirme observar la escena—. El rey os busca.
—¿Por qué? —arrugo el entrecejo.
—Por los dioses que no sé nada al respecto, mi princesa, solo que estaba furioso —declara Twig con su tono preocupado de exageración.
—El rey no me preocupa ahora, su ira solo se debe al miedo a la traición —chasqueo la lengua por la absurda obstinación del rey por ello—. Dime, ¿consiguieron salir Amine y los campesinos? ¿Y Daaria?
—Sí, mi señora —asiente de forma respetuosa—. Todos atravesaron las fronteras, uno de los gorriones de urgencia trajo una misiva con el aviso.
—¿Por qué lo eligieron a él? —me atrevo a preguntarle apenada—. ¿Por qué Gáfanger?
—El cancilier Drieden lo propuso como sospechoso. ¿Quién, sino su hermano, se arriesgaría de esa forma por salvar a una simple esclava? —resopla Twig.
—El cancilier sí consigue erizarme el bello —me inclino hacia él ligeramente tras recorrer los laterales de un vistazo fugaz—. Creo haber descubierto algo que podría detenerlo —murmullo.
—¿Conseguisteis la llave? —me pregunta llevando las pupilas a los lados.
—Sí, pero no tengo tiempo de darte detalles ahora —asiento—. Hay algo más importante que debes saber.
El impacto de las armaduras contra el suelo nos sobresalta.
Twig estira un pañuelo que saca de uno de los bolsillos de su librea, se agacha con una agilidad impropia para alguien que con trabajo transporta un carro.
Limpia la punta de mis botas con él. No deja de frotar hasta que los guardias pasan por nuestro lado sin darle más importancia a su gesto, que dedicarme una reverencia.
Le indico el pasillo del ala de servicio para hablar algo más apartados del tránsito de criadas y lacayos. Incluso guardias que hay hoy en palacio.
—Empieza a darme miedo que salgáis de Eryas —Twig se guarda con esfuerzo el pañuelo de vuelta en el bolsillo.
—Atento —le indico con mirada firme—. En los primeros sauces del bosque de la orilla sur, a unos cincuenta pasos hacia delante del lugar donde descansa el cuerpo de Gáfanger, Lugh te espera para que recojas un niño.
—¿Un niño? ¿Qué niño? —pregunta Twig asustado.
—Debes seguir el camino que te indique el pequeño para asegurarte de que llegue a su casa a salvo —le advierto con mirada insistente.
—No saldré de palacio hasta que no termine vuestra reunión con el rey —Twig se cruza de brazos frente a mí.
—Twig, ese niño dice tener un hermano llamado Tien —poso las manos sobre sus hombros para mirarle detenidamente—. Si realmente es hijo del cancilier, este es el momento perfecto para tenerlo en nuestro poder.
—Lo más probable es que no sea su hijo, él y la señora Mirtha no pudieron tener más hijos —frunce el ceño con incredulidad.
—Ese niño tiene la misma mirada de Tien, estoy completamente segura —aprieto sus hombros para hablarle con franqueza—. Y estoy convencida de que hay más.
—¿Más? —Twig abre los ojos asombrado.
—Quiero que te encargues de llevarte a todos los niños que encuentres lejos del lugar que llaman hogar —le ordeno sin titubeos al recordar que la joven dijo estar bajo el poder de señores.
—¿Yo? —Twig sujeta mi camisa con fuerza—. Pero… mi señora, yo… —niega—. ¿Dónde los llevaría un viejo lacayo?
—Pueden quedarse en el pueblo de Zor.a hasta que consiga un lugar seguro para ellos —propongo sin pensar mucho más—. Pero deben desaparecer sin dejar rastro alguno.
—Princesa Eladriel —carraspea mientras pasa sus manos por la cara—. Si es cierto que el cancilier tiene algún tipo de relación con esas criaturas, los buscará en cuanto se dé cuenta de que ya no están.
—Están descuidado, llenos de bichos y prácticamente desnutridos —hundo mi mirada en él. —Algunos incluso necesitarán atención de sanadores.
—Permitid un consejo de un viejo hada que se preocupa por el destino de su querida princesa —Twig sujeta con delicadeza mi mejilla, la acaricia con ternura cuando la dejo caer sobre su mano—.
No entréis en una guerra con el cancilier Drieden, la unión que mantiene con vuestro padre lo hace más fuerte que vos.
—No deseo enfrentarme a ese perro sarnoso, solo quiero cambiar su destino por mi libertad —dibujo una sonrisa de satisfacción.
—Quizás, su hijo sea más razonable que él, mi princesa —Twig insiste con ojos enarcados en preocupación.
—Cuando una criatura está en manos de un desalmado, solo pueden suceder dos cosas —le dedico una mirada en la que la convicción me impide parpadear—. O sucumbe a su poder para sobrevivir, o lo desafía a cualquier precio.
—No sentenciéis al joven Mémberin —titubea Twig moviendo los labios sin sentido.
—Tien eligió sobrevivir. Él hará todo lo que esté en su mano para satisfacer a su padre —sacudo sus hombros para hacerlo entrar en razón—. Y no lo estará hasta que esté unida a su hijo y consiga el poder cuando mi padre se retire a las islas de Aeranthos.
Twig alterna sus pupilas entre las mías silencioso, con una confesión entre los labios que no necesita decir. Tiene miedo. Siempre habla su miedo y lo hace por mí para impedir que yo deje de sentirlo en algún momento.
—¿Cómo los llevo hasta Zor.a? —pregunta Twig con ojos llenos de brillo.
—El comendador de Vokmer, Atria Virindi —sonrío ampliamente a su decisión—. Él les brindará asilo, caballos y carruajes. Enviaré una carta con los gorriones para ponerle en sobre aviso.
—¿Qué sucede si Atria le revela todo a su majestad? —se atreve a preguntar.
—No lo hará —asiento—. Puedes confiar en él, sé que guarda lealtad a mi madre.
—Eso me llevará días —dice con tono entrecortado—. No puedo dejaros sola tanto tiempo.
—No tengas miedo, haré que Atria te proporcione guardias para acompañarte por el camino —le sonrío con intenciones de que guarde la calma.
—No es el camino lo que me aterra, mi princesa, es la posibilidad de encontraros como habéis encontrado a Gáfanger a la vuelta —sus ojos brillan chispeantes mientras contienen lágrimas.
El sonido de una lanza golpeando el suelo me hace girar el cuello. Un guardia clava una mirada sobre la mía después de recorrer a Twig de cabeza a pies. Sacude el arma una vez más al detenerse.
—Princesa —me reverencia el guardia.
—¿Qué ocurre? —le dedico una mirada de medio lado.
—El rey ordena que os lleve ante su presencia —proclama.
—Bien —asiento.
Paso por la derecha de Twig para aceptar su indicación.
—Mi señora —el soldado da un paso a la derecha para interponerse en mi camino—. Su majestad me dio instrucciones precisas para que yo mismo os llevara a las mazmorras.
—¿Las mazmorras? —doy un paso al frente. Twig se queda inmóvil.
—Con el favor de la princesa —el guardia sujeta mi brazo para apresarme—. Si no accedéis, el rey advirtió que lloraría a mi familia en las puertas de la cripta de los sacrificios.
Analizo la cara de susto del guardia antes de resignarme.
—Te acompañaré, pero no apresada —cierro los ojos para tomar aire profundamente—. Iré voluntariamente.
El guardia suelta mi brazo. Golpea la lanza antes de señalar el camino que debo tomar y lo sigo mientras Twig se apresura a colocarse a mi lado silencioso.
Desde que apareció el guardia no ha podido decir ni una sola palabra, pero sigue intentando hablar desde entonces.
Deslizo el dedo sobre el anillo cuando comienza a tornarse púrpura entre las galerías que me acercan a las mazmorras.
De un modo que aún no sabría explicar, me invade la calma.
Las grandes puertas de la prisión se abren.
De reojo me aseguro de ver cómo se encuentra Twig, sigue en el silencio más absoluto caminando a nuestro lado.
Dibujo una sonrisa para regalársela sobre mi hombro y arquea una de sus cejas.
Espero tranquilizarlo. Quizás, su ceño fruncido cambiase si supiese que no soy como las criaturas de sus historias que temen lo desconocido.
En las mías tememos a lo que ya conocemos.
—Vete —le ordeno a Twig al llegar al lugar donde se supone espera mi padre.
—Jamás —niega Twig con las manos sujetas por delante y la postura inquebrantable.
—Haz lo que te ordené —elevo ligeramente la voz con tono autoritario—. Te tomará tiempo.
—No debéis recordar mis deberes, sino los vuestros —Twig cierra los puños al ver que la puerta se abre.
—Twig —ladeo ligeramente la cabeza para mirarlo sobre el hombro—. Es una orden.
Twig permanece inmóvil tras el guardia, en mitad del pasillo.
Observa con la ira contenida entre sus puños apretados como dentro de la sala me esperan el rey, el cancilier Drieden y su hijo.
Entrar debería aliviar algo del olor a podredumbre de fuera, pero sus presencias no ayudan a que esa sensación pueda ser posible.
La puerta mohosa se cierra. El soldado que me trajo golpea el suelo con su lanza al pasar por mi lado para reverenciarlo.
—Su majestad —el guardia se inclina ante el rey—. Cumplí con vuestra orden.
Entre sus dos guardias personales, mi padre saca una pequeña bolsa de uno de los lados de su túnica.
Eleva media sonrisa al lanzarla a los pies del soldado.
Calla para regodearse de su poder antes de darle permiso para que pueda recogerla.
El cancilier no ha apartado sus ojos del centro de mi rostro desde que entré por la puerta, tampoco se ha olvidado de esbozar su asquerosa sonrisa que cree intimidante.
Y no solo debe pensarlo él, Tien tiene la misma curvatura en su cara.
—Lárgate —le indica mi padre al soldado cuando ya recogió su pago.
—Mi señor —le dedica una reverencia mientras se retira de frente.
Contemplo al rey mientras el guardia se aleja.
—Majestad —me inclino con la mirada baja.