20. La verdadera cara del poder. #4
Están pálidas. Su rostro luce como si hubiese llegado del molino de granos de hacer harina de mijo.
Lo único colorido que hay en ella es una cuenca morada y verdosa que envuelve su ojo izquierdo, y trata de taparlo con varios mechones para que no se vea.
—Debo agradeceros como a nuestros señores —sonríe con timidez al estirar las manos para pedir las mías—. Los reyes y vos nos enseñasteis el camino a seguir.
Un nudo en la garganta impide que el aire pase, me corta la respiración.
Su estado es lamentable. Sus ropas están llenas de hilos en aquellos lugares donde la tela está raída.
Sus pies están cubiertos de heridas y arañazos por lo que entiendo sucede por la falta de calzado en ellos.
La camisa que cubre su torso está vuelta jirones en las mangas, y entre los trozos se escapan los colores más oscurecidos de los moratones que recorren sus brazos.
No solo es su condición la que me sorprende, también su convicción.
Hay hadas jóvenes convencidas de que el régimen de mi padre y aquellos que han llamado sus señores es la solución a su dolor.
No hay gobierno que deba permitir que el cuerpo sufra, que la mente se doblegue…
Lo que me asfixia mientras le tiendo las manos es que crea que yo defiendo su reinado.
—¿Quiénes son tus señores? —me aferro a su piel herida para decirle que lo siento.
—Hay muchos señores —revela en su susurro mientras se ajusta el pelo para cubrir su ojo de los rayos reveladores del sol—. Ellos me cuidan desde que mis padre entraron a servir al palacio.
—Dime sus nombres, les diré que te busquen y te ayuden —asiento. Me acerco a ella para mirarla de cerca y no olvidarme de su rostro.
Lugh cierra sus ojos al ver su expresión. Hasta yo siento como su esencia se ha quebrado junto a la mía al comprender por qué elige guardar silencio.
—No —retira las manos de un movimiento ágil—. Necesitamos los feérines. El rey nos retiró nuestras tierras porque no producían lo suficiente.
—Al menos dime dónde vives, cómo es tu casa —curvo las cejas en un gesto de angustia—. Solo quiero saber dónde debo enviar comida.
—¿Comida? —su mirada se eleva. Su boca se separa.
—Puedo enviar frutas, panes, néctar… —doy un paso hacia ella que parece aceptar sin miedo—. Quizás, los guardias puedan ayudarte a…
—No os preocupéis, alteza —la joven se inclina en una reverencia—. Mientras vos nos mostréis el camino a elegir, todos estaremos bien.
Se lanza a la carrera entre los presentes hasta que logra escabullirse.
Aparto a algunas criaturas según me choco con otras cuando su huida no me detiene.
Trato de no perderla de vista, pasos rápidos a mi espalda me aseguran que Lugh me sigue de cerca con las mismas intenciones.
Tal vez no desee aceptar mi ayuda, pero ha hablado de más criaturas que parecen vivir en el mismo lugar, y ellas podrían necesitarla.
Abandonamos las primeras varas de la orilla para colarnos entre las filas de árboles que comienzan a formar el bosque.
Aumenta la velocidad esquivando ramas al darse cuenta de que vamos tras ella al comprender que nosotros no hemos sido tan audaces como para no delatarnos con su posición.
—¡Detente! —elevo la voz en su dirección para que me escuche—. ¡Alguna de las hadas que viven contigo podrían necesitar ayuda.
—Es inútil, anacardo —Lugh se apoya en un árbol para jadear—. Cada vez está más asustada.
—Pero tengo que… —bajo la mirada un instante para tomar aliento.
Levanto la mirada hacia la joven, se aleja cada vez más. Inicio el movimiento para seguirla, pero siento como la mano de Lugh rodea mi brazo para impedirlo.
—Escúchame bien —Lugh se acerca para hablarme claro y de cerca—. No podrás luchar por todos y debes saberlo antes de que te pierdas en el intento.
Una repentina ráfaga de aire mueve las ramas más bajas y sueltas de los sauces, se convierte en el único sonido que deseo que conquiste el silencio.
No el chasquido cercano que le sucede, tampoco el breve gemido que nos alerta…
Desenvaino la daga bajo el corpiño, Lugh la que guarda en su bota. Avanzamos cerca el uno del otro.
—El sonido viene del sur, rodéalo por la derecha —le ordeno entre dientes—. Iré por la izquierda.
Camina despacio. Los pasos lentos le permiten bordear las ramas y hojas más grandes para evitar hacer un ruido mayor al que perseguimos.
Rodea el tronco del primer árbol a su frente y un par de arbustos antes de dejar de verlo.
Otro gemino más agudo y cercano se cuela entre la posición de Lugh y la mía.
Nos avisa de que nuestro objetivo está tras una pequeña pendiente algo alejada de la entrada al bosque.
Bordeo los árboles que me separan de él, apunto a un pedazo de sombra al lado de un par de rocas ubicadas al costado del camino.
A la proximidad, un bulto marrón tiembla.
Le dibujo una silenciosa señal a Lugh para que se acerque de inmediato.
Parece una especie de animal por su tamaño, pero está perfectamente cubierto con esa especie de capa fina y desgastada.
Levanto un extremo de la tela con la punta de la daga.
Observo un pequeño zapato que se oculta debajo, después una pierna que se sacude al quedar expuesta en busca de cobijo.
Un niño aparece bajo las vestiduras cuando las retiro.
Admiro su pelo castaño con mechones dorados, sus ojos verdes como los de una gema…
Toma siento para sujetar sus piernas con las manos mientras nos contempla aterrorizado.
Sus pupilas viajan hacia el arma en mi mano, en la de mi anacardo.
La tiro a un costado sin pensarlo cuando descubro que es eso lo que le hace temblar.
Me arrodillo para ofrecerle calma. Lugh envaina la suya entre las correas de su cinturón y coloca las manos en las caderas contemplando la escena perplejo.
—No me acercaré si lo deseas —sonrío al niño.
Se hace el silencio.
—Mi nombre es Eladriel —asiento de forma amable—. Soy la princesa del palacio.
—¿Hace cuánto tiempo estás fuera de tu casa? —Lugh arruga el entrecejo sin dejar de analizarlo.
El verde puro de sus ojos nos envuelve con inocencia, es imposible no compadecerse de un ser tan pequeño.
Ojalá mencionase su nombre. No lo necesito para ayudarlo, pero me gustaría poder llamarlo de una forma que lo calme.
Ni siquiera sé si puede hablar. Lugh tiene razón en dudar de si está perdido.
Sus ropas están rotas y su aspecto está bastante descuidado, más no parece tener moratones como la joven que buscaba hace un momento.
Qué extraño… Nunca vi a hadas con este porte.
Hasta los hijos de las hadas más pobres lucen en mejores condiciones que ellos.
Estoy segura de que los cargamentos de salen de palacio porque soy yo quién los supervisa, aunque puede que no lleguen al lugar donde deben ser enviados.
—¿Quieres decirnos tu nombre? —sonrío al observarlo. Su mirada me resulta muy familiar.
—No —enuncia el pequeño sin vacilar.
—¿No tienes? —Lugh se agacha hasta nuestra altura—. ¿Y tus padres?
—No —niega, de nuevo sin titubeos.
—¿No tienes familia? —con cautela, estiro el brazo para tomar una de sus manos.
—Un hermano —el niño calla.
—¿Tienes un hermano? ¿Sabes su nombre? —acaricio con suavidad el dorso de sus manos—. Quizás podamos llevarte con él si nos dices cómo se llama.
—Tien —musita a duras penas el niño.
Arrugas adornan mi frente ante la respuesta del niño según busco a Lugh con la mirada para asegurarme de que ha escuchado el mismo nombre que yo.
Ahora, cuando miro al pequeño, solo puedo ver los ojos del hijo del cancilier en su delicada cara.
No es posible, él no tiene hermanos. Sé que desde que su madre sufrió el décimo aborto, jamás volvieron a intentar tener más hijos.
—Eladriel —Lugh carraspea al dibujas una sonrisa—. ¿Tú conoces a otro Tien que no sea el imbécil?
—Solo conozco a uno, y por cómo lo describes, estoy segura de que nos referimos al mismo —ni he podido apartar la mirada del niño desde que ha confesado ese nombre.
—¿Me puedes decir que hacemos? —muestra sus manos en un gesto de frustración que le hace resoplar—. No puedo llevármelo a casa, mi madre me hará preguntas.
—Entonces lo llevaré al palacio y lo sentaré en la mesa del comedor junto al rey. Estoy segura de que su gran amor por los niños lo hará apiadarse… —le dedico una mirada afilada—. ¡Lugh, cállate!
—No podemos dejarlo aquí, solo —me reprocha Lugh con la barbilla alzada por la molestia.
—Hay que llevarlo con sus padres —suelto la mano del pequeño—. Me aseguraré de que se reúne con Tien.
—No lo llevaré a casa del cancilier Drieden —Lugh me señala con el dedo acusador—. Ese señor es perverso.
—No te ofendas, querido insecto, pero este niño estaría más seguro si se fuese solo —doy un par de palmadas en su hombro—. Le diré a Twig que se encargue de esto.
—Pues me ofendes —uno de sus cejas se alza. Señala al niño—. No necesitamos a un insecto trotador como tú para que nos salve.
No es posible que eso ocurra si yo deseo que todo salga bien.
—Permanecerás aquí junto a él hasta que Twig llegue para llevarlo a su casa —le indico a Lugh con la frente arrugada y una mirada cargada de advertencia.
—Aquí esperaremos sentaditos a la princesa, ¿verdad qué sí? —asiente Lugh. Toma asiento sobre la hierba de inmediato—. Tápate bien, hace brisa.
—No te preocupes, te llevaré con Tien —le dedico una sonrisa al niño en medio de una mirada desafiante a Lugh.
El céfiro, más intenso que el aire que mecía las ramas de los primeros sauces hace tan solo diez minutos, azota mis alas para oponer resistencia al lanzarme al vuelo.
Lugh y el pequeño se convierten en motas indistinguibles de la hierba en cuestión de un minuto, pero todavía puedo ver los rasgos de la cara del niño como si estuviera frente a mis ojos.
Es claro que viene del mismo lugar que la otra chica.
Ambos están descuidados. Con ropajes llenos de suciedad, heridos…
Aunque alguien está más preocupado del aspecto del chico, es evidente.
Tal vez, ella también sea hermana de Tien.
Eso explicaría por qué no aceptó mi ayuda y prefirió huir a manos de quién le propina esos golpes.
No creo su historia, pero tampoco le preguntaré al hijo del cancilier por ella.
No soy tan ingenua como para no darme cuenta de que alguien sabe tan bien como yo que alejarlos del palacio es la mejor opción.