20. La verdadera cara del poder. #3
Han abierto su abdomen para que todos observen con detenimiento el camino del palo al entrar.
A él ni siquiera le han puesto la cabeza entre las manos.
El crimen por el cuál ha sido acusado debe ser de extrema gravedad para haber tenido un final tan horrible.
—Es Gáfanger —anuncia Lugh a pocos brazos de descender a su lado.
—¿Gáfanger? —mi ojos se entrecierran para dilucidar la cabeza a los pies de la pica—. ¿Lo conoces?
El rictus de la muerte desfiguró algunas de sus facciones, pero ahora que toco tierra frente a sus ojos cerrados, sé que es él.
Llevo soñando con su cara desde que abandoné los aposentos de mi madre.
Me sorprende que Lugh lo conozca. Los guardias que pertenecen a la defensa real de mi padre reciben un entrenamiento y una educación especial, aún son niños cuando llegan a palacio.
Un hada de la edad de mi anacardo no debería conocer a quién ya está formado.
—Conozco a su hermana, solía pedir en los caminos de palacio —Lugh hace una seña en su frente y en la punta de la nariz para desearle paz a su alma—. Algunos recolectores le daban maíz y con suerte, en ocasiones se topaba con cazadores cargados de provisiones.
—Dime, ¿qué pasó con ella? —doblo las rodillas para asegurarme de que sea él—. Su situación no debería ser esa. El rey envía provisiones en cada temporada a las casas más pobres para que tengan alimento si no pueden producirlo o sus trabajos se ven reducidos.
—Solo dejé de verla en los caminos —encoge los hombros.
—¿Crees que la situación con su familia mejoró? ¿Sabes su nombre? —bajo la mirada con pena al ver el rostro del guardia, que era un alma buena.
—Daaria no tenía más familia que Gáfanger —Lugh baja la mirada—. Ahora ya no tendrá a nadie.
—¿Daaria? —me incorporo de inmediato—. ¿Es esa la hermana a la que te refieres? ¿No tiene más hermanas?
—Tan solo a esa conozco, en ocasiones jugaba con mi primo en las recolecciones de trigo —arruga la frente extrañado.
Es injusto. Él no se arriesgaba a salvar a su hermana, no se pondría en peligro ni la pondría en peligro a ella.
Después debían reencontrarse fuera del reino para comenzar su vida en paz.
Se merecía tenerse tras lo que le han hecho.
Se merecían volver a empezar. Y tan solo han necesitado un par de horas para poner fin a todas las esperanzas que ambos reunían.
Si aseguran que este es el destino del dios padre, qué puedo esperar del dios de las profundidades entonces…
—Lugh… —me esfuerzo por no llorar, pero el tono entrecortado delata mi tristeza—. Sé que ahora no es el momento, pero vuelvo a necesitarte.
—Me engañaste con eso de que es mejor contar las cosas, era más feliz cuando no lo hacías —Lugh suspira antes de dejar caer su cabeza hacia atrás.
—Daaria se dirige a Néferien con una criada de palacio —camino hacia él. Apoyo la mano sobre su pecho para hacerlo retroceder—. El teniente se asegurará de que tenga un techo, pero quiero que le lleves algo de su hermano antes de que lleven el cadáver a la cripta.
—¿Y tú cómo sabes eso? —la barbilla de Lugh se eleva, sus ojos se entrecierran y su ceja izquierda se arquea, y todo mientras sonríe.
—Me gusta eso que has mencionado sobre guardarnos ciertas cosas —estiro una sonrisa nerviosa mientras busco algo que ofrecerle entre las ropas del guardia.
—Te veo mañana en control, pequeña araña de seis patas, estoy deseando tumbarme ahora que no tengo nada que hacer —asiente sonriente.
—Era una esclava de mi padre… —me resigno a confesar.
—Lo que me pregunto es por qué ya no es una esclava de tu padre —Lugh se cruza de brazos. Utiliza una mirada de reproche que me causa más ternura que conflicto.
—Gáfanger y yo hicimos un trato, yo debía liberar a su hermana —trago saliva, porque aún recuerdo el sonido de la daga cortando la columna del guardia—.
Cuando salía con ella, mi intuición me hizo volver a por Twig…
—bajo la mirada—. Supongo que inculparlo a él de la muerte de los guardias que maté sonaba creíble.
—¿Maté? —su semblante se vuelve pálido—. ¿Tú?
—Yo —confieso.
—¿Matar? —Lugh se mantiene impávido.
—Esos guardias ejecutaron a una de las criadas que huía con ella, tenían a Twig entre sus manos… —murmullo más cerca al ver que una señora camina hacia el cuerpo del guardia—. No pude hacer otra cosa.
—¿Tú no decías que no tenías más secretos? —Lugh sujeta mi brazo mientras su voz suena entre dientes a crítica—. ¿Cuándo me ibas a contar que te dedicas a liberar a las esclavas y asesinar guardias de tu padre?
—Lo hice por Gáfanger. Todo lo que él deseaba era la libertad de su hermana —me aclaro la garganta al contemplar al guardia—. Debía cumplir mi parte del trato, ya no podía borrar de mi mente todo lo que ella podía sufrir en manos del cancilier Rohan.
—No habrá nada que le entregues que le alivie la pérdida de su hermano, Eladriel —Lugh apoya la mano sobre mi hombro. Sus labios se aprietan.
—Lo quemarán. No quedará nada de él después de eso —recojo su broche de guardia real—. Yo prometí que se reencontrarían.
—Ese será el mejor fin para él. Si el dios de las profundidades lo rechaza, estará condenado a vagar por Órianth el resto del tiempo que las tierras permanezcan en pie —coge el broche de mis manos para verlo de cerca.
Doblo las rodillas para susurrarle a Gáfanger que, al menos, su hermana está a salvo.
—Tu hermana es libre ahora —asiento con respeto hacia él—. Espero que el reino de la muerte te ofrezca la calma que el de los vivos te arrebató.
La mujer que se acercó al guardia me observa desde un lado con una mueca de molestia.
Eleva su labio superior. Se dispone a colocarse tras el cuerpo del guardia para dedicarme una mirada cargada de juicio al son que la punta de su pie golpetea el suelo.
Arrugo el entrecejo ante el sonido burbujeante que forma el roce de las brizas bajo su zapato, elevo la mirada para asestarle una de incertidumbre.
—¡Princesa! —me espeta la señora con aparente molestia—. Si el rey os viese rendir pleitesía a un criminal…
—¡Debéis hablar con respeto a vuestra señora! —Lugh eleva la voz desde mis espaldas.
Mi frente apunta hacia arriba al levantarme.
Sin importar que deba sacudirme los restos de tierra de los pantalones de vuelo, no pienso apartar la mirada del reproche de la señora.
Sujeto mis manos al frente como dicta el protocolo.
Blando una sonrisa y con toda la calma del mundo me aclaro la garganta para adoptar un tono propio de princesa.
—¿Qué crimen puede justificar este castigo? —pregunto con simpatía, aunque poco natural.
—Asesinó a una pobre criada después de haberla violado —asesta la mujer con cólera tras apartar el pañuelo que cubre su cabeza.
—Y no solo eso —interviene un señor a unos pasos—. Mató a los guardias que acudieron en defensa de la pobre criatura.
—¡Sí! —brama otro hombre con aspecto desaliñado. Eleva el brazo cerrando el puño—. Los abusadores merecen un fin cruel, nuestro rey fue benevolente con este maldito bastardo.
Que gran astucia la de su majestad, el rey Eliot, en ocultar la verdad sobre lo sucedido.
Tal vez, si se atreviese a decir que este pobre guardia solo anhelaba liberar a su hermana de los abusos a los que él la sometía…
Le perturbaba imaginar que sería sometida a uno más.
Su deseo de justicia, el mío, son los que han provocado la muerte de dos soldados que no son inocentes y ellos no están expuestos.
Quizás si supiesen que fui yo quién cortó sus gargantas porque dieron muerte a la pobre criada de la que hablan, que con eso salvé la vida de Twig y cuatros criaturas más…
Puede que desearan el mismo final para nosotros.
Que nunca se guardarse respeto por el nombre de Gáfanger.
Yo sé qué haría mi madre si fuese ella quién escuchase los reclamos del pueblo.
Les pondría atención, estoy convencida. Incluso podría decirles lo correcto.
Seguro que no dudaría en acudir al palacio y enfrentar a mi padre para pedir explicaciones sobre las acciones que perturban a sus súbditos.
Es lo que yo deseo hacer. Pero él la encerraría bajo amenazas de poder en las mazmorras.
Me encerraría. Su rechazo siempre me obligó a observarlo de cerca sin perderme detalle, quería conocerlo para saber cómo debía agradarle.
Cómo debía conseguir su afecto. Diría que a veces deseaba adelantarme a sus movimientos.
Yo, a diferencia de mi madre, sé que no debo dar un paso mal dado que me condene, más no por ello guardaré silencio.
No me acercaré a su majestad para hacerle reclamos que alteren su ánimo ni haré promesas a los ciudadanos que no pueda cumplir.
Utilizaré los carteles para contar la verdad sobre lo sucedido con Daaria.
Las mujeres y niñas que viven en esos muros como esclavas de los instintos más bajos.
Y ante ellos que demandan justicia, solo callaré.
—A pesar de que las decisiones de nuestro querido rey son siempre las más correctas y justas —asiento. Esbozo una ligera sonrisa—. Mi deber como representante de la corona real de la casa Wínverin y los dioses, es rogar por toda alma que abandona un cuerpo.
—Eso mismo —Lugh se apresura a darme la razón colocándose a mis espaldas.
—Nuestros dioses no aceptarían el alma de un asesino abusador como él —una joven que aún sujeta la mano de su madre se atreve a contrariar la fe que deberían tener.
—Este guardia no fue sometido a juicio como se demanda, su alma no ha sido condenada —mis ojos no se despegan del pequeño tamaño de su cuerpo para lo grande que son sus palabras.
—En realidad… —Lugh interviene cuando no debería ni estar tan cerca—, su majestad es el representante de los dioses en Ravenbell. Sus juicios son tan válidos como los que celebran los siete.
—El rey no decide dónde reposará su alma, es la voluntad del dios padre Azabel y el dios padre Beliel quién escoge su destino —mi mirada repleta de ira porque su voz abandone su cuerpo le hace dar un paso hacia atrás.
—No sé para que hablo si yo no soy princesa… —sentencia Lugh con ojos entrecerrados.
—Mi señora… —musita la voz de una mujer cerca al lugar donde está la joven niña.
Se acerca con las manos sobre la tela raída que cubre sus cabellos para colocarse frente a mí.