Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 20. La verdadera cara del poder. #2
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20. La verdadera cara del poder. #2

Ladeo el cuello para hundir en Aranel una mirada más afilada que la hoja de la daga que oculto. Ella solo niega. Lugh cree que no puedo ver qué sucede, la princesa secunda sus pensamientos, pero sobrestiman su inteligencia.

—Ese que mencionas es Aendyl, y colócate esos calzones a prisa o me iré sin ti —le ordeno con la voz endurecida.

Se aleja hasta perderse en una puerta tras la que supongo que se esconden los baños privados de la princesa.

Solo puedo pensar en todo lo que puede pasarle mientras veo como se aleja.

Es Lugh, él no sabe mentir. Aranel cree que tiene el control de lo que sucede a espaldas de su prometido, pero apenas entré, yo pude descubrir qué había sucedido entre ellos con solo mirarlos.

Ni siquiera habría tenido que revelar su romance secreto de haber sido Aendyl quién hubiese entrado.

Habrían perdido la cabeza con solo un pestañeo.

—Eladriel… —Aranel mueve los labios con torpeza—. Confío en que puedas comprenderme.

—¿Podría? —elevo la barbilla.

—Tu situación con el teniente Bradosck y el hijo del cancilier es similar —su mirada baja apenada.

—Ni siquiera te atrevas a compararlo —lleno el pecho de aire que me haga hablar con calma—. Ninguno de nosotros estamos comprometidos con nada más.

—Yo no amo a Aendyl —niega. El rostro de la princesa se llena de indignación.

—¿Acaso eso justificará tus actos? —dejo escapar un soplido irónico.

—Tú tampoco amas a Tien —su mirada se llena de orgullo—. Pero te comprometerán con él.

—Yo no aceptaré ese compromiso —ni siquiera debería haber dejado que terminara la frase para recordarle cuáles son mis intenciones.

—Tú nos ayudaste una vez, puedes hacerlo de nuevo —siento como la voz de Aranel cae. Su peso sobre las rodillas.

—Apoyaré a Lugh en la decisión que decida tomar, pero no te mentiré, intentaré que se aleje de ti a como dé lugar —dejo caer mis ojos sinceros sobre los suyos—. Lo protegeré de quién sea.

—Él me importa, no represento un peligro para él —su tono se vuelve triste a pesar de que no me conmueve.

—Te importa tanto, que no te incomodará ponerlo en peligro cuando lo traigas a tu alcoba aprovechando las salidas de palacio de tu esposo —el sarcasmo se hace dueño de mi semblante.

—Yo no elegí casarme, pero tampoco puedo oponerme a ello —musita. Se quiebra por completo.

—Conozco todo a lo que tu título te ata. Conozco lo que me ata al mío —mi mirada se vuelve hostil—. Nunca te pediría que renuncies a tu matrimonio, que enfrentes al rey o a los dioses, pero si no puedes hacer eso por ti… —trago saliva—. Entonces aléjate de él.

—No puedo. Él no puede —Aranel sella sus labios en un silencio incómodo.

—Tu prometido se convertirá en el rey de Rhysartyr —doy un paso de lado que me acerca a ella—. ¿Qué crees que dirá cuando se entere de que su esposa, la reina, tiene relaciones extramaritales con un hada?

—Princesa… —Aranel intenta explicarme qué sucedería como si no lo supiese. Como si fuese ella quién necesita recordarlo.

—Dijiste que sabías las consecuencias —la interrumpo sin pensarlo—. Vuestro castigo será más severo que el que me impondrían a mí y al teniente —mi rostro se endurece—. Ahora solo eres una princesa, después serás una reina desposada a la que castigarán de forma pública hasta destrozar su honor.

—Podemos irnos, monstruo de ciénaga —Lugh aparece en el costado izquierdo sonriente—. Tengo todo colocado en su sitio.

Mi gesto se transforma en un suspiro para dedicarle una amplia sonrisa que le demuestre lo feliz que me hacen sus decisiones.

Estiro los hombros para retirar la tensión de tantas horas.

La postura de la princesa se vuelve discreta, finge sonreír como yo a pesar de que Lugh nunca podría descubrirlo.

Verlo a él repetir su gesto sin necesidad de estirar los labios llena mi corazón y lo destroza de igual manera. No sé cómo, pero esto será su fin.

—Continuaremos con esta conversación en otro momento —analizo a la princesa sin borrar la sonrisa.

—Buenas tardes, princesa Eladriel —Aranel me reverencia con la misma elegancia y falsedad que nuestro tono.

—Podríamos volver en unos días, conseguí permisos de trabajo —Lugh utiliza un tono de emoción tan puro, tan tierno…

—No es oportuno recibir vuestra visita con tanta premura —afirma la princesa apenas Lugh ha terminado de ofrecer su compañía.

La emoción alegre de Lugh ahora vibra decepcionada al aclararse la garganta. Estira su chaleco de vuelo dedicándome una ligera mirada de reojo de tristeza.

—Un placer haberos servido en esta tarde, princesa —Lugh se inclina.

Abandona la habitación sin ver como la sonrisa falsa de la princesa adopta la forma sincera. Una que se rompe. Ladea la cabeza a la izquierda cuando sus ojos se clavan sobre mí de forma inquina.

—¿Esto es lo que deseas? —Aranel me reclama y no sé muy bien porqué—. ¿Su tristeza?

—Si eso te conmueve, piensa en lo que quieres conservar a tu lado, no podrás tenerlo todo —hundo una mirada franca sobre la suya—. Porque si lo amases, no tendrías nada que pensar.

—Eladriel… —enuncia la princesa.

—Princesa —me inclino para interrumpirla antes de que comencemos aquí nuestra enemistad.

Aligero el paso para alcanzar a Lugh por el pasillo cuando ya apenas le faltan un par de escalones para terminar de bajar.

Los guardias que comienzan su nueva ronda me dedican una reverencia al salir a mi paso con intenciones de subir las escaleras.

Les sonrío adoptando una postura tranquila y reservada.

Con puños cerrados y soltando protestas, Lugh casi abandona Eigton. Se detiene. Separa los brazos para voltear a dedicarme una mirada de impaciencia y niega. Me lanzo sobre su boca para taparla.

—Aquí no —sentencio.

Lugh abre los ojos por encima de mis dedos y su gesto me hace reír.

Lo arrastro con prisas a los jardines mientras me aseguro en vistazos rápidos de que nada ha perturbado el orden del lugar.

Que no hay guardias con brujos detenidos de camino a las mazmorras.

Aunque no me fio demasiado de la calma, porque a veces es tan traicionera que puede dar lugar a las tempestades más fuertes.

Camina delante. Veo su furia en la premura con la que anda, en su ceño fruncido. Ignora cualquiera de mis llamadas, la presencia de guardias…

—¡Lugh! —grito al ver que no se detiene—. Puedes estar enfadado y esperarme.

—Eso solo ha sido notablemente ingenioso —se detiene apretando los puños.

—No puedes culparme, llevo corriendo tras de ti desde que has salido del cuarto de la princesa —entre jadeos llego a su lado.

—Te he odiado y querido muchas veces hoy —eleva las cejas con ironía—. Cuando llegamos sin duda quería estrangularte, pero cuando estaba en el cuarto de la princesa… Te quería más que nunca —alisa el gesto—. Y ahora te odio de nuevo por mencionarla.

Lugh despliega las alas. Las extiendo bajo un resoplido de resignación para lanzarme al vuelo. Esta vez no me hará correr.

—Siento haberte hecho pasar por esto, pero lo hemos conseguido —le muestro la llave.

—Dijiste que debía ayudarte a conseguirlo —me reprocha con cierto sarcasmo.

—¿De verdad? —arrugo la frente—. Porque no me refería a esta clase de distracciones cuando dije que necesitaba tu ayuda.

—Después de descubrir que se casa con el manco del condestable por boca de su padre —me lanza una mirada desafiante sobre el hombro.

—Bien pues, ódiame de nuevo si lo deseas, pero dime qué ha pasado —inclino la frente para dedicarle una mirada suplicante.

—Tienes razón, te odio —aumenta la velocidad del vuelo.

—Solo quiero ayudarte —apresuro hasta colocarme a su derecha.

Veo algo de dudas en la forma en que me mira y eso nunca había pasado. Siento que sospecha de mis preguntas. Muerde su labio inferior cuando observa mi mirada de ruego antes de ceder.

—No lo sé. Solo dijo que no podía dejarme y me besó —Lugh me mira como si entendiera por primera vez lo que ha vivido.

—¿Y qué harás? ¿Qué deseas? —aprieto los labios con inquietud por su respuesta.

—No sé si esté dispuesto a aceptar lo que ella desea. No es eso lo que yo le propuse en la carta que le diste —un par de lágrimas rebosan de sus párpados.

—Si al fin la princesa accede a casarse con Aendyl después de lo sucedido contigo hoy, eso será lo máximo que pueda ofrecerte —callo para evitar dañarle más aún.

—Ella me dijo que deseaba ser solo mía —niega algo ruborizado—. Todavía no se había vestido cuando planificaba encontrarse conmigo tras los días protocolarios que se toman los elfos en las bodas —ríe irónicamente.

—Estaré a tu lado sin importar qué decidas —me arrimo con cuidado de no chocar las alas—. Solo deseo que seas consciente de los riesgos que corres, si eso te hace feliz…

—Te recuerdo que antes también podía morir —afirma con burla.

—Tu vida no cambiará, pero la vida de la princesa no será como antes. Esperarán herederos de ella —suspiro para hablarle con la verdad—. ¿Qué harás si esos herederos son tuyos? Podrían tener el poder de la luz, alas…

—Sé que tienes razón, anacardo —rehúye la mirada porque ve la realidad en la mía—. No es lo que yo esperaba.

—No Lugh, no es lo que mereces —sentencio—. Su ambición es demasiado grande.

Lugh guarda silencio según volamos a Ravenbell.

Su dolor me hace arrepentir de haber sido de ayuda para su acercamiento.

Confié en la princesa. Me convencieron esas palabras que describían el mismo cansancio por su vida que yo sentía.

Creí en ella cuando descubrió a Azohr y guardó silencio.

Sus intenciones parecían otras cuando burló a Joralf en la entrada del claro para reunirse a solas con él.

El silencio se mantiene a pesar de que ya estamos a un par de pasos de cruzar la cueva de Eryas.

Mi expresión se vuelve el reflejo de las orillas.

Sujeto el brazo de Lugh cuando lo siento llegar a mi lado, escucho como deja caer la mandíbula al contemplar el horror.

Una pica tan larga como el mástil del barco del reino está clavada en la arena mojada.

Es la muerte de alguien. En el suelo hay un pequeño bulto que parecen ropas.

Una reunión alrededor del cuerpo mira la escena.

Desde el aire veo que uno de los guardias ha sido expuesto de la misma forma que aquellos que fueron acusados de traición, pero su castigo fue más severo.