20. La verdadera cara del poder.
(Eladriel)
Inspecciono los rincones del despacho en busca de alguna señal, algo que indique el lugar dónde se oculta un pasadizo.
Sé que debe haber túneles por alguna parte.
Si cierro los ojos y pienso en la estructura de Eryas, debe haber alguno dentro del despacho privado.
Me alejo de la idea de que el mecanismo esté tras uno de los libros que adornan las paredes, a ojo veo medio millar.
Deslizo las manos por los grabados en la madera de las estanterías.
Busco bajo el escritorio. Me resigno ante la idea de buscar entre los tomos al no encontrar nada que me resulte sospechoso.
Dedico una mirada a Azohr. Aún se mantiene tras la puerta empuñando la espada.
Su mirada está perdida en los sonidos tras las hojas por si pudiese adivinar qué camino toman los guardias.
Resoplo frente a la estantería más cercana a la chimenea y la más amplia.
Me apoyo sobre la punta de los pies cuando estirar los dedos no es suficiente para alcanzar los libros más altos. Los muevo uno por uno.
—¿Qué haces? —me pregunta el teniente en voz baja—. ¿Esperas reconfortarte con una lectura?
—Sé que debe haber salidas ocultas en este lugar —pongo los ojos en blanco sin detenerme.
—¿Y crees que esperarán a que la encuentres cuándo entren? —su tono me suena a reproche.
—¿Ves mejor salir por la chimenea? —volteo por un instante para hundir mis pupilas irónicas sobre las suyas—. O quizás prefieres suplicarles.
—¿Estás segura de que hay salidas ocultas? —sus cejas se elevan.
—Si no hay guardias que custodien este lugar todo el tiempo, Aelfraed se volvería un objetivo demasiado fácil si flanqueasen Eigton —devuelvo la mirada a los libros antes de dar un último recorrido con la mirada por la estancia.
—No se escuchan ruidos fuera —indica Azohr.
Sus dedos se fijan aún más a la empuñadura de la espada, un ramo de espinas comienza a brotar de la guarda. Rodea la hoja en movimientos lentos, bajo un sonido crepitante según se estira.
—Prepara tu daga —me ordena el teniente con tono autoritario—. Salir por la puerta será más rápido y efectivo.
—No puedo abandonar Eigton sin Lugh —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. No me iría sin ponerle en sobre aviso.
—Seguro que Lugh tiene menos problemas que nosotros en este instante —se acerca. Me ofrece la mano.
—No creo… —bajo la mirada hacia su ofrecimiento—. Está con la princesa en uno de los cuartos del pasillo. Ni siquiera está lejos.
—Dejo de insistir, ¿no es cierto? —sus ojos se cierran resignados.
—Solo tengo que llegar al cuarto antes de que lo hagan los guardias —me apresuro a tomar su mano antes de que se arrepienta—. Tenemos.
—¿Sabes si alguno de esos pasadizos que mencionas llevan hasta ellos? —suspira. Señala la estantería a mis espaldas con la espada.
—No tengo forma de saberlo —niego—. Tampoco estoy segura del lugar al que conducen.
—Es demasiado arriesgado usarlos sin saber a qué lugar llevan —arruga la frente.
—No me pareció desproporcionada tu idea de salir por la puerta —sonrío.
Llevo la mano al corpiño para asegurarme de que la llave sigue en el mismo lugar en el que la guardé.
Siento como su mano sujeta con fuerza la mía para guiarme hacia la puerta.
Desenvaino la daga y trago saliva. La punta está limpia, pero mis ojos aún pueden verla llena de sombras.
Olvidé por un momento a Amine y Daaria, deben estar cruzando las fronteras de Ravenbell para dirigirse a tierras brujas esperando que ellos le ayuden.
Tiro de su brazo para detener todas sus intenciones.
Al menos, tengo que intentar que esta madrugada tengan un refugio en el que guarecerse.
—Espera —sostengo su mano con firmeza mientras mis ojos destellan súplica al mirarle—. Hay algo que debo decir antes de marchar.
—¿No estás segura de lo que vamos a hacer? —pregunta Azohr con el ceño arrugado.
—Necesito que hagas algo por mí —me esfuerzo por sostener en alto la mirada.
—¿Ahora? —insiste en enfatizar esa arruga que enturbia su entrecejo.
—Solo debes asegurarte de que alguien de Axior o Ladmir ofrezca asilo a dos hadas, no tienen donde ir —bajo la mirada.
—¿Quieres que tu padre me ejecute? —Azohr se inclina para buscar mis ojos—. O peor —los suyos brillan—. ¿Quieres que te ejecute a ti?
—Yo les ofrecí monedas y puedo encargarme de enviarle provisiones por un tiempo —persisto en mi plegaria sin haber cedido a su mirada.
—¿Quiénes son esas hadas? —su tono se vuelve serio cuando eleva mi mentón.
—Son esclavas del palacio, de mi padre —alzo la mirada ante su empeño—. Las liberé. Huyen hacia Néferien escoltadas por dos campesinos a los que pagué para ello.
—Estás completamente desquiciada, princesa de las hadas —el teniente separa los párpados. Su postura se recoloca así no lo quisiera.
—Pensé que tu reino sería el más seguro para ellas —uno los labios para sellarlos.
—No me preocupan las conclusiones que has sacado para esas hadas —a pesar de que no lo conozco lo suficiente, podría asegurar que esas pupilas hundidas sobre mí…
—Mi padre no sospechará de mi ayuda —dibujo una leve sonrisa que calme sus dudas. O las mías.
—El rey Eliot siempre sospecha. Esos a quiénes ayudas podrían traicionarte, quiénes te ayudan a ti —me recuerda con cejas arqueadas en advertencia.
—Sé que puedo confiar en ti —mi sonrisa se vuelve firme—. Sé que solo puedo confiar en ti.
—¿Y es esa confianza la que espera que tu padre nos deje sin cabeza? —el teniente suspira sonriente. Sus labios se posan cálidos en mi frente para hacerme cerrar los ojos.
—Tú estás conmigo. Siempre lo estás —contengo el aliento. Me detengo en su cercanía—. Que tu cabeza deje de estar en su sitio es lo que más me inquieta.
—Pero tú no estás solo conmigo —siento como su mandíbula se tensa.
—No puedo estar solo aquí, mi conciencia se divide —confieso sin dudas.
—Iré con el coronel a Axior, puede que un par de brujos que conocemos quieran ayudarnos… —asiente Azohr.
Dejo que mis dedos se deslicen por un lado de su cara antes de acercarme a sus labios para besarlos. Su respuesta se guarda en una mirada que esconde ternura y miedo. Acaricio el dorso de su mano antes de sujetarla con firmeza.
—Deslízate por la pared a tu derecha cuando salgas, yo haré lo mismo al otro lado del pasillo —Azohr adopta esa actitud de teniente que no puede ocultar.
Asiento sonriente a sus instrucciones para complacerlo.
—No dejes de apuntar con la daga al frente. Mira alrededor en todo momento y haz que tus movimientos sean rápidos —sus ojos se apagan—. No tengas piedad por sus vidas, ellos no la tendrán por la tuya.
Ojalá sus indicaciones fueran algo nuevo que memorizar. Que no me recordaran a la muerte de los guardias de Eryas.
Gira el pomo sin apenas tocarlo. La hoja comienza a ceder hasta formar una pequeña rendija que casi nos impide ver el pasillo.
Azohr utiliza la hoja de su espada para abrir.
Despacio, se asegura de que nadie escucha el crujido que hace al permitirnos el pasos antes de abordar la galería con decisión.
Ambos lados parecen desprovistos de guardias, hay tanto silencio como en las ceremonias de la cripta de los sacrificios.
Fijo la espalda a la pared. El teniente toma la misma posición justo al otro lado.
Asiente y señala al frente con la punta brillante para indicarme que continúe hacia allí.
Coloco la daga en posición según avanzo.
No me olvido de asegurar mis espaldas con miradas rápidas sobre el hombro, que Azohr aún sigue a salvo.
Mis pasos se detienen al verlo cerca de las escaleras, podría ser un objetivo fácil al estar en una zona abierta donde no tiene salida si los soldados la abordan.
—¡Azohr! —mi voz se vuelve un susurro que grita desde lo lejos.
—Busca a Lugh —sentencia Azohr sacudiendo la cabeza para señalar el pasillo a mis espaldas—. Yo cubriré la zona de abajo para asegurarme de que nadie nos ha visto.
—Estás desquiciado, teniente de los brujos —me alejo de la pared de inmediato—. ¿Crees que puedo dejarte?
—Ellos buscan a un brujo, nadie sospechará de ti si te ven sola —sonríe con una mirada de imposición—. Piensa en tu reino, viniste por él.
—No necesito a mi reino, pero a ti te necesito —doy un par de pasos hacia él a pesar de que su negativa me hace detenerme—. Tú y yo hacemos esto posible.
—No tengo intenciones de permitir que uno de estos elfos me separe de ti —dibuja una amplia sonrisa.
—Yo tampoco dejaré que lo hagas. Ni siquiera ahora —la ira me crispa el rostro.
—Tú has aceptado seguir mis órdenes, aun estás bajo ellas —Azohr alza las cejas para utilizar su inteligencia de forma oportuna—. Después de esto estarás lista para acompañarme a por leña cuando vayamos a Avka.
Se inclina antes de abandonar el escondite. Baja los escalones a prisa a pesar de que cada uno que baja me causa angustia. Solo puedo aclararme la garganta mientras veo como desaparece, y aceptar su indicación.
Envaino la daga de camino al cuarto de la princesa.
Creo que si me ven pasear por el pasillo con una daga empuñada, puede que deje de lucir tan inocente y delicada como debo aparentar.
Golpeo la puerta con golpes más delicados de los que Twig utiliza para despertarme por las mañanas.
Aranel abre lo suficiente como para que la luz le permita averiguar quién hay tras la puerta.
La hoja se separa a medida que estira el brazo para hacerme entrar al interior.
Contemplo el temblequeo de Lugh cuando las hojas se unen a mis espaldas, la forma en que sus pupilas danzan por la habitación en busca de ese zapato que le falta…
—Tenemos que irnos ya —mi sonrisa se transforma en una línea recta al verlo.
Sus ojos se abren al determinar mi presencia. Sonríe y sus labios se tensan cuando estira el pie a un rincón de las columnas de la cama para alcanzar su zapato.
—Quería buscarte para partir —afirma Lugh sin titubeos y con muy poca vergüenza—. Me despedía de la princesa.
—No solo debes alcanzar el zapato —señalo al otro lado, a los calzones que adornan una parte bajo la cama.
—Quizás eso sea de Kendil —Lugh encoge los hombros.