19. Corazones en peligro. #9
Es inútil seguir exponiendo al teniente a una muerte que no le pertenece.
Con los ojos empañados en rabia hundo las manos en el suelo para ayudarme a levantar.
La lágrima que envolvía la pupila cae aclarando la visión justo para ver como la madera en uno de los tablones está ligeramente levantada.
Tiro para comprobar si realmente está suelta.
Sacudo ligeramente a la derecha cuando una pequeña compuerta se abre de forma expedita.
Custodia en su interior un abrecartas en forma de espada en cuyo pomo se sitúa una gema del mismo color del cristal que protege la llave.
Sin esperar ni un segundo, sin importar los ruidos ni las barreras, lo cojo y me precipito a la pared.
Acaricio con más detenimiento el alrededor de la ventana de vidrio rosado aun sin éxito.
Golpeo con menos delicadeza de la que me gustaría la pared que custodia la clave.
Una de las maderas que protege las bajeras de las estanterías empotradas cae por la vibración, y tras ella, hay una hendidura del tamaño justo de la espada de escritorio.
—Creo que acabo de descubrir como apartar el maldito cristal —le anuncio al teniente gritando en voz baja—. Esto tiene que funcionar.
Azohr olvida su misión en la puerta y recorre con una pequeña sonrisa la distancia que nos separaba.
En el preciso instante en el que el abrecartas recorre el espacio diseñado para él, desaparece el cristal.
El teniente se apresura a coger la llave, aunque eso signifique desconcentrarse del poder que había levantado con la barrera.
Aun cae mientras se arrodilla desplegando los brazos para posarla con cuidado sobre el suelo.
—Geminis mirari —pronuncia el teniente con ojos cerrados.
El metal de la llave, hasta entonces frío y grisáceo, y sin más color que el de las pequeñas piedras que decoran su corona, se transforma en el naranja vivo de la incandescencia.
Azohr la toma cuando aún parece irradiar calor, pero bajo ella hay otra idéntica de color helado.
No espera un instante para dejarla de nuevo en su sitio.
Levanta el abrecartas con celeridad para guardarlo bajo la compuerta.
Se asegura de un pisotón que ha encajado y trata de colocar los papeles sobre la mesa con la intención de dejarlos tal y como el rey elfo los tenía antes de nuestra visita.
Ese instante calmo en el que todo se ha completado me devuelve a la realidad de fuera. Del sonido que ya no está.
—Yo podría haber ayudado —me cruzo de brazos con las cejas elevadas.
—¿Ah sí? ¿Tú también haces magia? —Azohr frunce el ceño con media sonrisa.
—No, pero encontré el abrecartas, yo podría haberlo colocado en su lugar —elevo las cejas con ironía.
—Si lo deseas, puedo sacarlo y entregártelo para complacerte —se voltea reprimiendo una sonrisa entre labios.
Hasta ahora, hasta este instante y a pesar de que me he fijado en sus labios desde el primer día, no me he dado cuenta de lo bien que me sienta su media sonrisa.
Normalmente, sus ojos y la manera tan profunda en que me miran atrapan mi atención.
Salvo porque ya no desconfío de ella como en Brenshire.
Supongo que es debido a que no desconozco el hecho de que, el deseo, comenzó a transformarse en sentimientos que no puedo controlar.
Incluso si sé que es un peligro demasiado grande al que exponerse.
Y aun así, el silencio por evitar ser encontrados y sus interminables ganas de sonreírme cuando lo miro, me sigue resultando intrigante.
Dijo que me quería. No dudaría de que eso es lo que le hace estar aquí ahora jugándose la cabeza como elemento pensador y funcional, pero…
Sé, por mucho que no lo desee, que no hay peros.
—¿Cómo puedo convencerme de que ya me expuse al peligro? —trago saliva cuando sé que toda expresión que ahora observa en mi rostro, solo podría enseñarle mi admiración por él.
—¿Qué? —Azohr junta las cejas desconcertado.
Me encantaría saber cómo contestarle. Qué palabras son las que describirían mejor lo que siento, aunque esté lejos de poder decirlo.
Rompo con una sonrisa y una mirada llena de lo que sé que late bajo mí.
Con el aire que marcaba la distancia entre los que sacuden su pecho.
Acaricio despacio su armadura, deslizo con mesura las manos hasta acariciar la piel de su cuello, rodearlo con suavidad para centrarme en recorrer cada uno de los tonos de sus ojos.
Me alzo para que su boca quede tan cerca de la mía como un suspiro.
Cierro sus labios con un beso profundo aferrándome con la yema de los dedos al cuero cuando sus manos se cuelan en la parte baja de mi espalda.
Presiona con una dulzura que jamás había sentido.
Responde a la necesidad imperiosa de tenerlo entre mis besos encajando nuestros cuerpos.
Sus dedos siguen la curvatura de mi espalda firmes hasta aferrarse a mis piernas para levantarme entre sus brazos.
Ni siquiera deseo determinar donde me lleva.
Me sienta con cuidado sobre el borde del escritorio antes de alejarse brevemente para observarme un instante.
Tal vez demanda algo que le permita continuar.
Solo acierto a erguir la espalda para acceder de nuevo a sus labios.
Los muevo entre los míos con el único control que puedo permitirme ahora, aún si es el de la entrega.
De pronto, no hay ecos de ruido. Las velas de los candelabros dejan de alumbrar cuando siento como una de sus manos rodea deseosa uno de mis pechos.
Solo hay placer bajo el tacto de su piel, bajo la idea de dar rienda suelta a lo que llevo semanas anhelando.
A él. Tiro de las cuerdas que aseguran su armadura a los costados según desanuda la lazada que ajusta mi camisa y la aparta sobre el corpiño.
Estiro el cuello ante el beso de sus labios.
No puedo evitar jadear al sentirlo adentrándose en la clavícula.
Cierro los ojos. Entrelazo los mechones superiores de su pelo entre los dedos cuando se rinde a lo que dejó expuesto hace unos segundos.
Entre sus respiraciones y mis ligeros gemidos, no recuerdo que seguimos en el despacho del rey elfo.
Tampoco que hace tan solo un minuto intentábamos huir.
Pero el golpe fuerte de las pisadas de los guardias me devuelve cada pensamiento a su lugar, me arranca de este momento que parecía perfecto.
Devuelve la realidad de la luz de la estancia y del sonido amenazante.
—No te miento, Eindir, estoy seguro de que escuché hechizos brujos en este ala —una voz grave suena en el pasillo.
Con cautela, Azohr se aparta para caminar hasta la puerta mientras asegura su armadura. Ata las cuerdas de forma hábil. Me apresuro a colocarme la camisa enlazando los finos cordones del escote.
—Guarda silencio y haz todo lo que te indique —Azohr me dedica una mirada de autoridad.
—Sabes que detesto la información a medias —me apresuro nerviosa a situarme a su lado. Busco que la daga esté en su lugar.
—Tendrás que confiar en mí para salir de aquí porque necesitaremos improvisar —sujeta mi mano, entrelaza los dedos con fuerza.
—No creo que sea buena idea improvisar cuando nos jugamos la cabeza —niego. Custodio su mano entre las mías.
—No sé si entrarán aquí. Puede que revisen cuarto por cuarto hasta asegurarse de su suposición —Azohr posa su mano libre sobre mi rostro—. Lo único que puedo asegurarte ahora es que te quiero.
Es increíble la lentitud de la serpiente del tiempo cuando la muerte espera.
Es como si quisiera acogerse a su derecho de burlarse con su lengua bífida de tus últimos segundos de vida.
Aprieto la llave con fuerza en el interior del corpiño.
Me centro en Azohr, en la manera tan delicada en la que acaricia el dorso de mi mano sin dejar de estar pendiente de la puerta.
Siempre pensé que lo último que vería al morir sería la cara de mi padre pavoneándose de ello delante de su guardia real.
Casi agradezco al destino este final si no fuera porque él caería conmigo sin culpa.
—Si nos ejecutan, me alegra que también hayas sido la última persona en quererme. En decirlo —mis ojos vidriosos no podrían esconder la tristeza que siento por el tiempo perdido—. Pensé que moriría sin sentir qué es la felicidad.