Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 19. Corazones en peligro. #8
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19. Corazones en peligro. #8

Un invernadero repleto de vegetaciones que nunca vi fuera de las ilustraciones sobre el bosque ancestral.

Un cielo tan azul, que contrarresta con la viveza de las plantas.

Lugh se detiene frente a una pareja de sillones azules con decoraciones doradas junto a un par de mesas con libros.

Aranel se dirige a la escalera, pero él…

Me acerco después de haberle asegurado a la princesa con una sonrisa que iría a ver cómo se encuentra.

—¿Todo está bien? —susurro. Poso la mano en su hombro.

—Claro —Lugh me dedica una sonrisa alegre que es evidente que es fingida.

—Esperamos a que nos acompañes —curvo las cejas. Lo miro con los ojos entrecerrados—. Lugh, quiero que estés seguro de lo que vas a hacer…

—Eladriel, estoy bien —me dirige una mirada de medio lado. Amplia la sonrisa mientras se la señala—. ¿Ves? Sonrío. Eso es que estoy bien.

—Tendrás que guardar la calma sin tener en cuenta lo que ella diga —arrugo la frente con angustia.

—Sí, lo sé, es importante guardar la calma —deja caer su cabeza hacia atrás ligeramente tras inflar el pecho.

—Me importas, Lugh, y buscaremos una solución cuando salgamos de aquí —le doy ese abrazo que antes quise darle.

—No hadas nada, Eladriel, porque no es necesario —camina hacia las escaleras.

Señala a la princesa para que suba cuando llega frente a ella. Aranel no tarda ni un segundo en lanzarse a seguirlo. Subo los escalones de dos en dos para alcanzarla antes de que trate de conversar con él de nuevo. Necesito asegurarme de que entrarán al cuarto.

—Aranel —musito—. ¿No deberías de asegurarte de que no hay guardias cerca?

—Los guardias de Eigton no representan problemas —Aranel se encoge de hombros.

—¿Qué ocurre si me ven sola en los pasillos de los aposentos reales? —pregunto con algo de incomodidad, entre otras cosas, porque no deseo morir hoy.

—Solo hacen guardia en este ala cada hora. Padre les dio instrucciones precisas al apreciar que el ruido de las armaduras enturbiaba la paz de su trabajo —Aranel ni siquiera despega la mirada de Lugh para hablar.

Él ya ha abordado el pasillo. Aranel se apresura a mostrarle el camino. Ambos me dedican una sonrisa antes de desaparecer por completo. Pensé que dejarlos a solas sin que pareciese algo sospechoso me resultaría más complicado.

Tomo aire mientras volteo. Dejo caer los brazos.

Analizo la escalera y el vacío que los nervios provocan a la altura de mi esófago al verlas; son tan amplias, que podrías subir cinco filas de guardias a la vez dispuestos a defender a su señor de sus enemigos.

Me deslizo por la pared. Contengo la respiración mientras sorteo alguna fina mesa, jarrones o hasta una armadura que caso me saca un grito al verla tambalearse.

De entre todas las puertas, sé que Aelfraed trabaja tras la que tiene el picaporte de oro con apliques metálicos en algunos puntos justo en el lado opuesto al resto.

Me acerco a inspeccionar. No encuentro cerraduras visibles, cuando trato de girar el pomo no funciona.

Cada intento produce un sonido que rebota por el silencioso pasillo.

Paro mis acciones para buscar otras estrategias, debe haber alguna manera para abrir usando el pomo, solo debo pensar cuál es.

Me aparto para observarla con los brazos cruzados y en silencio.

Recorro los distintos puntos. Las decoraciones, los anclajes que conforman el lateral de la puerta, hasta la parte donde debería ir el pomo por si hubiera algo que hacer en ese lugar.

Podría probar a presionarlo, parece suelto al moverlo.

Utilizo poca fuerza al inicio pero, rápidamente escalo para usar toda de la que dispongo hasta que un ligero chasquido me detiene. La hoja se abre. Sonrío.

—Debes reconocer que tienes un problema con las puertas —la voz irónica de Azohr a mis espaldas me arranca una sonrisa.

—¿Fuiste tú? —elevo las cejas en un gesto de sorpresa fingida.

—No parecías estar consiguiéndolo —da un paso hacia delante dibujando una sonrisa de lado.

—Tú, y tu complejo de héroe —aparto la vista en un gesto irónico.

—No espero agradecimientos, solo que me dejes formar parte de esto —da otro paso para mirarme de esa forma intensa en la que siempre me mira.

—Formas parte, pero pensé que yo daba las órdenes —dejo caer los brazos mostrando más seguridad en mis palabras que en mis acciones.

—¿No es así? —Azohr arquea la ceja izquierda.

Estira el brazo para sujetar mi cintura, reduce la distancia entre nosotros. Utiliza su dedo índice para elevar mi barbilla y sus labios se posan sobre los míos para entregarme un beso.

—Sí —me apoyo sobre las puntas de mis pies para propinarle otro rápido al sentir que se ha alejado—. Y ahora ordeno coger la llave.

Suspira y su aliento se cuela entre mis deseos.

Sujeto su mano. Le dedico una breve mirada sobre el hombro para acertar a ver como camina con su labio inferior entre sus dientes, sin oponer nada de resistencia.

Se encarga de cerrar la puerta mientras yo me acerco al escritorio.

Parece pesado. Aparto la butaca en forma de flor de lis del mismo azul noche de las alfombras.

Recorro con la mirada las paredes repletas de libros que precisan de escaleras para ser alcanzados.

Los candelabros con velas gruesas esculpidos con la forma de las torres de los pueblos elfos alrededor de la mesa de trabajo, cerca de una pareja de sofás frente a la chimenea con la cara de los dioses grabada…

No hay ni una sola ventana. En una de las estanterías de la pared, una especie de cristal brillante protege los muros.

Tras él, una llave que pareciera diseñada para una cerradura dañada, del revés, se apoya en unas bases de metal.

—Vale, no me sorprende. Sabía que no todo podría ser fácil —me acerco al cristal para examinarlo de cerca—. ¿Puedes cogerla sin romperlo?

—Puedo intentar sacar la llave utilizando el mismo hechizo que utilicé para materializar la pintura en el cuarto de la ciudadela, pero, si el cristal tiene magia de Vémtix no funcionará —Azohr camina hacia el vidrio inspeccionándolo de cerca hasta con el tacto.

Se coloca frente a la llave sin apartarla de su vista.

En un instante, su brazo derecho se ha estirado con la palma de la mano apuntando hacia el suelo, con cierta temblequera.

Da un par de pasos al frente. La llave comienza a moverse lentamente tras el cristal.

Abre su mano izquierda y en esta ocasión, el metal golpea con fuerza la vitrina luminosa que lo protege del paso del teniente.

Sus ojos resplandecen verdes. Sus marcas esmeralda resplandecen.

—Transitus aetheris —espeta Azohr.

Un círculo verde se forma cuando une sus muñecas en un gesto casi imperceptible.

En su interior, la llave se muestra tan cerca como la tentación de estirar el brazo e introducir la mano para agarrarla con fuerza y sacarla.

Baila al sentirse atraída por la magia de Azohr.

Cada segundo brota con más intensidad a través de su piel con ínfulas de humo.

Las embestidas contra el cristal suenan más fuertes con cada impacto.

En algún momento podría ceder si no sale, está a un solo palmo de ella.

—Si no te detienes, se romperá —me apresuro a indicarle para que deje de usar la magia.

—¡Transitus aetheris! —el teniente eleva la voz con insistencia. Con sus cejas arqueadas.

Un par de tatuajes de los que adornan su cuello comienzan a desgarrarse.

Dejan escapar unas gotas de sangre a través de ellos.

El sonido de los golpes contra el cristal se vuelve ensordecedor.

Ya no me preocupa que se rompa, me inquieta el ruido que indica justo nuestra posición antes de que pueda duplicarla.

—Detente ahora, nos descubrirán —me acerco para sujetar su brazo, pero su piel quema de frío.

El cristal comienza a desquebrajarse en una de sus esquinas cuando el sonido de las armaduras y las lanzas me alerta.

Azohr se detiene de inmediato. El tono azul de sus ojos vuelve mientras las heridas formadas comienzan a sanarse para dar lugar a una piel intacta.

La sangre en su ropa es la única evidencia que queda.

Me mantengo en silencio tratando de escuchar con atención el exterior.

Mis pupilas están tan conectadas a las suyas, como nuestro silencio al deseo de salvación.

—Hay que salir de aquí —Azohr sujeta mi mano para situarnos tras la puerta.

—Pero aún no tenemos la llave —intento alejarme con intenciones de ir a por ella.

—Eladriel —aprieta mi mano suplicante—. Solo podemos salir por la escalera. Si esperamos a que los guardias lleguen no podremos escapar de aquí.

—Eres libre de marcharte si lo deseas —le lanzo una mirada determinante tras soltar su mano—. Yo no me iré sin ella.

Corro para examinar el cristal de nuevo. Desplazo los dedos por los bordes de las estanterías cercanas en pos de algún tipo de mecanismo que la abra. Está claro que la magia la protege, utilizarla para sacarla será inútil. Tal vez un código o una palabra en elfario…

—Princesa, buscaremos otra manera de acceder a los archivos —me implora Azohr gritando en voz baja mientras la desesperación lo acerca.

—Aseguraste que los protegía la magia de Vémtix y mira lo que ha sucedido cuando has intentado utilizar tus poderes contra ella —dejo caer las mano sobre el escritorio sin apartar la vista del cristal resplandeciente.

—Buscaré información en los libros de Brenshire. Tal vez sea necesario un hechizo que no haya visto antes —sigue mis pasos donde me dirijo agitando los brazos.

Ignoro de forma eficaz sus palabras, aunque no puedo dejar de escuchar como murmulla cerca mientras.

Aparto los pergaminos. Desplazo la tinta en busca de algo escrito que tratasen de ocultar, abro cajones y levanto doble fondos.

A veces, ser princesa también tiene ventajas.

Los pasos de los guardias suenan cada vez más cerca.

Más fieros. El sonido me hace arrodillarme como medida desesperada para buscar bajo los rincones que conforman los cajones.

Azohr se sitúa tras la puerta. Me dedica una mirada angustiada sobre el hombro y extiende una barrera de protección.

Bajo la vista hacia la madera desordenada, no tiene sentido seguir buscando algo que el rey puede tener en su poder en este momento.

Quizás he sido demasiado ilusa al pensar que acceder a ella iba ser tan fácil como llegar al despacho de Aelfraed y rebuscar entre sus pertenencias…