19. Corazones en peligro. #7
Su majestad sonríe con la amabilidad de siempre al determinar el aleteo de mis alas cerca.
Aranel… Aparenta estar incómoda ante nuestra presencia.
Apenas presta atención a Lugh ni a recibir su saludo. Casi no quiso mirarlo.
—Princesa Eladriel —enuncia Aelfraed sonriente con brazos abiertos—. Llenáis mi reino de honor y belleza con vuestra visita.
—Su majestad —Lugh le dedica una reverencia.
—Mi señor —me inclino con una sonrisa—. Es un placer poder veros en los maravillosos jardines de vuestro palacio. Princesa —asiento cortés frente a Aranel.
La princesa sujeta sus manos a la altura del abdomen. Sonríe nerviosa, puedo determinar que lo está por la forma en la que sus manos se mecen en busca de calma. Asiente a mi saludo con la voz apagada. Su mirada se aparta desesperada del brillo ansioso de Lugh.
—Contadme, querida Eladriel, ¿qué os trae a Eigton? Acostumbramos a recibir vuestras visitas en la ciudadela —el rey elfo junta las cejas con preocupación—. ¿Acaso sucedió algo con mi viejo amigo Eliot?
—El rey goza de buena salud —me obligo a sonreír en la respuesta como haría cualquier hija feliz con ello—. Solo deseaba compartir tiempo con la princesa en compañía de un buen amigo. Si es posible, mi señor.
—Desde luego —asiente el rey sonriente—. Llegasteis en el momento oportuno.
—¿Por qué? —sonrío de forma genuina.
—Me complacería compartir con buenos amigos de mi querida hija una maravillosa noticia —afirma Aelfraed según ladea la mirada hacia la princesa.
—Padre… —Aranel da un paso al frente para sujetar el brazo del rey.
Sella los labios cuando por fin decide aceptar la mirada de Lugh.
—Todas las criaturas de Órianth deben celebrar este glorioso anuncio. Sobre todo cuando las buenas noticas escasean en los últimos tiempos —Aelfraed se limita a acariciar la barbilla de la princesa con calidez.
—Sería mejor no modificar la programación, padre, adelantar el anuncio podría poner en riesgo el enlace —titubea nerviosa. Hunde una mirada suplicante al rey mientras se aferra a su túnica.
—Eladriel es alguien cercano, de confianza. Merece compartir esta felicidad con nosotros —asiente Aelfraed en un único gesto bañado en seguridad.
—Por favor, padre, deseo guardar silencio por ahora —insiste Aranel una vez más.
—Con el favor de los dioses, me llena de orgullo anunciar el compromiso de mi amada hija, la futura reina de Rhysartyr, con el condestable del ejército de los elfos, Aendyl Silrion —el rey estira la mano para señalar al elfo con una sonrisa que ocupa todo su rostro.
La princesa baja la mirada para liberar una lágrima, supongo que por piedad, mientras Lugh le cuenta el desgarro de su alma a través de una intensa mirada.
Lentamente, sus brazos cruzados a la altura del pecho caen ante la noticia.
Cada una de las palabras del anuncio explican la ausencia de la princesa estos días, y me ha quemado en silencio ver como su expresión se rompía bajo la sonrisa de orgullo del prometido.
Ni siquiera hay espacio para la ira en su rostro.
Solo muestra un dolor profundo, íntimo. Se aviva cuando Aranel, después de recuperar la compostura, camina hacia el elfo y apoya suavemente la cabeza sobre su hombro.
Jamás vi la cara de un corazón roto hasta ahora.
Aprieto los dientes para callar lo que mi garganta quiere gritar. Veo como la mirada de Lugh cae, como sus puños se cierran con fuerza para soportar lo que hasta a mí consigue enmudecerme. Carraspea luchando por hablar sin sonar roto.
—Os deseo toda la felicidad en vuestro matrimonio —Lugh se fuerza a mirarlos tras inclinarse ante ellos.
—Mis más sinceras felicitaciones, futuros señores de los elfos —finjo una sonrisa tras una reverencia—. Especialmente para vos, mi señor —asiento al rey—. Deseo que esta unión traiga felicidad y dicha a vuestro reino.
—Espero que, pronto, mi querido amigo nos sorprenda con el anuncio de vuestro compromiso y las buenas noticias aumenten —sonríe el rey elfo y finjo sonreír de nuevo—. Si nos disculpáis, debemos retirarnos.
—¿No nos acompañará, su majestad? —me apresuro a preguntar interesada por conocer su paradero.
—Estaba por salir junto a Aendyl a Oabel, necesitamos algunas transcripciones de la lengua antigua de Órianth —Aelfraed sujeta sus manos a la espalda—. Podéis disfrutar de las vistas.
—Adelante, mi señor —reverencio.
Espeto un codazo a Lugh al ver que se mantiene recto con los ojos fijos en Aranel.
—Su majestad —se inclina Lugh con rapidez.
Suspira aliviado al levantarse. La princesa se permite observar a Lugh cuando su padre y su prometido toman distancia.
Sus labios tiritan con intención de hablarle en un par de ocasiones para guardar silencio.
Sujeto mis manos al frente al ver como Lugh permanece a mi izquierda apretando la mandíbula tratando de no dejarse vencer por las lágrimas.
Hasta que ella da un par de pasos reduciendo la distancia y él le hace detenerse solo con un gesto impasible.
—Lugh, no deseaba que lo descubrieses así —Aranel baja la mirada donde se ha detenido—. Pensé ir a Ravenbell para contarte que mi padre propuso a Aendyl…
—Lo entiendo —Lugh la interrumpe llevando las manos a sus caderas—. Sé qué eres, no necesito explicaciones.
—¿No? —ladeo el cuello para clavarle una mirada de reproche—. Claro que sí. Debe darte todas las explicaciones pertinentes a solas —señalo el palacio en una sacudida firme de cabeza.
—Podemos ir al salón principal —Aranel sostiene una mirada brillante sobre él llena de súplica—. Eladriel podrá estar con nosotros si lo deseas.
Siendo Lugh, las posibilidades de que eche todo a perder con solo una palabra son todas.
Entiendo su dolor. En su lugar, yo tampoco desearía escuchar como alguien me da detalles sobre como jugó con mis sentimientos.
Pero, si no se controla, no tendrá que preocuparse por si sufre o no, nos matarán a todos.
—No, él no lo desea —estiro una sonrisa apretada—. De hecho, vinimos porque deseaba conversar en intimidad contigo, ¿cierto? —le golpeo el pecho para que conteste.
—Sí. No obligué para nada a Eladriel a asumir toda la culpa en caso de ser necesario —Lugh se aclara la garganta tras su intento de chanza.
—Yo propongo un lugar donde poder hablar con tranquilidad sobre un tema tan… íntimo —sonrío con algo de inquietud—. El cuarto de la princesa sería un lugar adecuado, no creo que tengan acceso muchas criaturas.
—Permíteme contarte la verdad —Aranel me ignora para dedicarle una mirada profunda.
—Solo accederé porque Eladriel está siendo bastante insistente —Lugh me dedica una mirada de reojo cargada de condena.
—Claro que sí —tomo aire—. Hablar las cosas es lo más importante.
—Podemos mantener la propuesta del salón si te hace sentir más cómodo —Aranel dibuja una tímida sonrisa apartándose para darle paso.
—Me hace sentir más cómodo la idea de mantener la cabeza sobre los hombros —espeta Lugh tras alzar las cejas.
Sonrío. Coloco con cautela la mano sobre su espalda para empujarlo a aceptar su ofrecimiento sin oponer resistencia.
Demasiada, al menos. Sacude el hombro con agilidad antes de alejarse.
Anclo mis pies al suelo porque entiendo que necesita romperse por un instante. La princesa observa cómo se marcha.
—Princesa, tienes que ayudarme —Aranel deja escapar su petición entre dientes al incorporarse a mi camino.
—Dime cómo —niego—. Cómo podría defender esto que has hecho.
—No le mentí antes cuando dije que tenía intenciones de buscarlo en Eryas —sus ojos viajan hacia él velados por el temor.
—Eso no cambia lo que él siente —arrugo la barbilla con pesar—. Tampoco que ahora seas una princesa comprometida.
—Tú eres una princesa, sabes cómo funcionan los palacios —escucho como esboza un resoplido irónico—. ¿Qué otra cosa podía hacer?
—Entonces dime desde cuándo sabías que te comprometerían —le pregunto para que vea que yo no tengo dudas de que miente.
—No hace demasiado —confiesa con cierta pena.
—Deberías de haber buscado la forma de ser sincera con él —dirijo la mirada hacia el Lugh abatido que camina frente a mí—. Lleva días esperando noticias de la princesa.
—Solo quise evitar esto. No deseaba que mi compromiso lo alejase —Aranel entorna los ojos con anhelo.
No sé si será por la culpa o por el miedo.
—¿Sabes el castigo que le darían por visitarte a escondidas tras ser una mujer casada? —no me detengo en mis acusaciones—. Además, de otra raza…
—Por desgracia, mi don me obliga a conocer cosas que no todos podrían soportar descubrir —Aranel eleva las cejas en un gesto de ofensa.
—Eso nunca podría justificar tu silencio. Por el contrario —hundo una mirada condenatoria en su frente molesta.
—¿Y tú? —sentencia con cierto tono de rabia—. ¿Conoces ya todas las formas en las que puede morir el teniente si lo descubren en la ciudadela real en compañía de la princesa de otra raza?
Me corresponde callar. Por más que me moleste admitir que hacerlo otorga la razón en este caso.
Sé que la tiene. Tal vez, yo solo la enfrento porque desearía con todo mi ser que fuera ella quién sufriera en este momento.
Quién tuviera el corazón destruido. Verlo así me sobrecoge.
No veo su sonrisa y él siempre sonríe. Mi pecho sufre por no poder entregarle de vuelta el consuelo que me ofreció a la salida del palacio.
Envolverlo en un abrazo que le grite que estoy a su lado y me importa.
Mantener la cabeza centrada, las emociones calmas, y la sangre fría, sigue siendo crucial.
Lugh nos espera en una entrada repleta de pinos porque el protocolo le impide acceder antes que la princesa.
Aranel y yo adoptamos una postura recta al recibir las reverencias de los centinelas que custodian la puerta principal de su palacio mientras nos esforzamos por no resbalar con el césped húmedo del riego de las hadas. Accedemos con calma al interior.
A primera vista, es imposible no fijarse en la gran cristalera semicircular que se ubica bajo la ancha escalinata.
Deja entrar una luz natural que intensifica el blanco de las paredes, potencia los colores de la decoración.
Las vistas a través del vidrio no dejan indiferentes.